Modos del humor en la literatura infantil latinoamericana*

Por Carlos Sánchez Lozano

La primera reacción de empatía en los bebés es el gesto y uno de los gestos más bellos es la risa. El gesto sirve de preámbulo a las formas de comunicación más complejas de la oralidad y la escritura en los niños. Los bebés ríen primero por imitación y luego durante la primera infancia lo hacen de modo más consciente porque comprenden que la risa es un lenguaje que permite acercarse a los otros, sentir la unidad humana, sus contradicciones que van de la inmensa alegría a la tristeza o a la rabia, y percibir también su vulnerabilidad.

El humor es una construcción cultural a la que contribuye poderosamente la interacción social y no habría risas donde un sujeto no pueda ser objeto de burla. El primer humor nace del conflicto entre un elemento serio, con aura, y uno que lo desdice de manera abrupta, sin respeto alguno. Ver a mamá equivocarse y en lugar de ponerse un anillo en el dedo, colocarse un arete puede ser ya un motivo para reír. Este contraste gratuito activa el cerebro para la sorpresa: lo que es, quizás podría no ser… Y viceversa.

Después del gesto, el primer encuentro de los niños con el humor es el gag: los golpes, las caídas, los chillidos, los choques entre personajes que ven en los dibujos animados en televisión, y luego en los videojuegos, constituyen una poderosa preparación para desarrollar formas de humor más sofisticadas con las que se encontrarán en la escuela. En la literatura infantil un primer roce con este tipo de humor puede hallarse en ¡Silencio, niños!, el hilarante conjunto de cuentos de la argentina Ema Wolf.

El segundo espacio cultural de descubrimiento del humor por parte de los niños es la comedia de situaciones en la que los protagonistas viven situaciones dramáticas caracterizadas por el exceso o la caricatura: ponen en aprieto a sus familiares o llevan hasta el delirio cómico un lío en el colegio o en la calle. Ejemplos de esta forma de humor se pueden apreciar en programas de televisión –El Chavo del 8 fue el ejemplo arquetípico para tres generaciones de niños latinoamericanos- y, desde luego, en libros de literatura infantil como Por culpa de una S (Cristina Rebull), o Franz la tierna serie escrita por Christine Nöstlinger (Franz se mete en problemas de amor, Las enfermedades de Franz).

La comedia de situaciones permite a los niños participar en un marco hermenéutico donde la interpretación se educa de modo progresivo: las situaciones y los diálogos cómicos constituyen un andamiaje clave para crecer como lectores autónomos, pues poco a poco se van involucrando solos en el diálogo con textos humorísticos y por eso se les verá sonriendo o abiertamente estallando en carcajadas. Libros que facilitan ese andamiaje es el clásico Solomán (Ramón García Domínguez) con su antihéroe ingenuo y generoso; En el arca a las ocho (Ulrich Hub), donde Dios encarna en un pingüino; Cupido es un murciélago (María Fernanda Heredia) en la que un niño tímido superará un primer amor accidentado o Patricio Pico y Pluma en la extraña desaparición del doctor Bonett (María Inés McCormick), caracterizado por la reunión casual de animales con problemas mentales que se unen para rescatar a su siquiatra.

En efecto, es en la escuela, y gracias a la mediación de los maestros, donde se asienta un sentido cultural y crítico del humor cuyo principal puente lo constituyen los libros de literatura, en especial los álbumes, las antologías de chistes y juegos verbales, y los relatos centrados en la comedia de situaciones. El hallazgo de la literatura puede ser un vehículo extraordinario para alcanzar ese afianzamiento del humor como un lugar de encuentro con las contradicciones humanas y la consecuente vulnerabilidad de las personas, al tiempo que permitirá consolidar una mirada más abierta y de sospecha sobre el mundo y de unos sus bisagras: el poder, o mejor, los poderes.

El lenguaje literario, su literariedad -en palabras del lingüista checo Roman Jakobson-, basa su funcionamiento en la ambigüedad lingüística. Esta ambigüedad es el sustrato del lenguaje connotativo que da origen a un humor mucho más sofisticado centrado en los juegos de palabras, los chascarrillos, las exageraciones y en general el chiste verbal. Lograr que el niño entre en este universo literario de la metáfora, de la hipérbole, del doble sentido no es para nada fácil. Los niños en la educación primaria son “lectores literales”, es decir, se centran en el nivel superficial de la historia sin sacar inferencias más complejas y por eso pierden la oportunidad de disfrutar la riqueza oculta de los textos. Superar este reto exige la presencia de un docente (o un bibliotecario, o un padre) mediador de gran destreza. Si no hay mediación en la comprensión lectora y reflexión metaverbal un niño de ocho años no entenderá este chiste: “¿Cuál es el santo de las frutas? San Día” (en ¡No se aburra!, de Maité Dautant, 2017), o este párrafo de un libro maravilloso, Toby, de Gabriela Cabal:

El novio de mi tía viene todos los días a buscarla a la casa. A veces los dos se van a caminar. A veces se quedan en la cocina. O en la puerta de la calle. A mí me gusta ver cómo la aprieta el novio a mi tía. Mucho me gusta. Después yo voy y la aprieto a la almohada. Y a la noche mi abuelo protesta.

Pero el chiste verbal es apenas el primer piso de la escalera del humor. Los siguientes y más exigentes pasos son la ironía y la parodia. Llegar a estos escalones superiores del humor -donde literalmente se ataca a arquetipos del poder -el profesor, el policía, la dama adinerada- implica nuevos avances en el dominio de habilidades lectoras (las inferencias, por ejemplo, o las posturas críticas argumentadas ante el texto) y formas de interacción más sofisticadas.

El acceso que facilite el mediador a textos y autores más exigentes (Pombo, Nazoa, Ungerer, Rodari, Nöstliger, Dahl, Ivar da Coll) los educará en el arte de la sospecha, de la risa inteligente, del dardo que hiere a quien pretenda instaurar verdades autoritarias y la seriedad como regla de vida.

  • Este texto apareció originalmente en la revista Barataria, No. 20 de 2019. Nuestro agradecimiento a Fanuel Hanán Díaz, editor de Norma, que me invitó a escribir el texto en un número dedicado a los «territorios infinitos de la literatura infantil».

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