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¿Qué libro puedo regalarle a Molly Bloom?*


Carlos Sánchez Lozano

A las tres de la tarde el señor Leopold Bloom, vendedor de clasificados para un periódico de Dublín, camina por el centro de la ciudad y encuentra una librería de libros usados. Se detiene: quiere llevar un libro de regalo a su esposa Molly. Esa mañana, conversando mientras le llevaba el desayuno a la cama, ella le ha manifestado que está por acabar una novela y desea leer otra igual de interesante. “Prometo traértela en la noche, luego de la vuelta del trabajo”.

El señor Bloom buscando un libro que le guste a su esposa Molly. Imagen generada por Meta IA.

Me detengo aquí para hacer una pregunta que usted como lector habitual se habrá hecho: ¿qué libro regalarle a una persona que se ama?

Dar regalos, en general, es problemático, y lo es más si la destinataria es una persona por la que se tiene un interés afectivo particular, pues ello exige conocer en detalle los gustos de Molly de mi corazón. ¿Pero quién es uno para creer que conoce los gustos de una persona? La interpretación puede ser acertada, pero también incómodamente errónea. Un anillo, una blusa, incluso un perro, ofrecidos como sorpresa, con gran expectativa, pueden suscitar la reacción contraria: una sonrisa forzada de agradecimiento. “Metí la pata”, concluye el señor Bloom.

En el caso de los libros, piensa el señor Bloom, es todavía más complicado. ¿Qué libro le gustará a ella? A la Ella con mayúscula que hace palpitar mi corazón. ¿Cómo dominar el arte de interpretar las señales vagas? Ejemplo: Molly dice que le encantan las historias de amor. Pero vienen las preguntas: ¿historias largas, cuento tal vez, novelas sentimentales con tramas blandas, algo de porno suave al estilo de Las sombras de Grey, quizás una historia densa de mil páginas como Ana Karenina, poemas de Benedetti, de Neruda, de María Mercedes Carranza…? Ay.

Volvamos al señor Bloom y el libro regalo para su esposa Molly.

Pero antes el contexto.

Mi idea de Molly Bloom. «Chica Bond». Ilustración del maestro Elkin Obregón.
© Trazos. Eafit, 2007.

La señora Bloom le es infiel a su marido y él lo sabe. Molly tiene sexo desde hace varios meses con su agente artístico, Boylan Blazes. Molly es cantante de música popular irlandesa y de algunas arias clásicas que le encantan. El “cretino” con quien me es infiel me saluda desde el andén opuesto levantándose el sombrero, mientras voy a camino a un restaurante. Son las tres de la tarde de un verano seco. Blazes lleva en la mano una canasta de flores y vino.

Más información. Hace ocho años ella quedó embarazada. El niño nació y a los pocos días murió. Se llamaba Rudy. Molly quedó destrozada, Bloom igual. El matrimonio perdió su coherencia.

Desde ese día no tienen sexo. Bloom no la ha dejado de amar y no sabemos exactamente que piensa ella del asunto.

…espero que él me escribirá una carta más larga la próxima vez si es cosa de que realmente le gusto a gracias a Dios de veras que tengo alguien que me da lo que tanta falta me hacía para darme un poco de ánimo una no tiene ninguna oportunidad en este sitio como ocurría hace mucho me gustaría que alguien me escribiera una carta de amor la suya no fue mucho y le dije que podía escribir lo que quisiera tuyo siempre Hugh Boylan en Viejo Madrid las estúpidas mujeres creen que el amor es suspirar me muero pero si él me escribiera supongo que habría alguna verdad en ello verdad o no le llena a una el día entero y la vida siempre algo en qué pensar a cada momento y verlo todo alrededor de una como un mundo nuevo…

Lo cierto es que Leopold Bloom se siente culpable de la muerte del niño. ¿Cómo recuperar el afecto de Molly? Trato de demostrarlo de diversos modos: llevándole el desayuno a la cama, comprándole ropa interior que le gusta, incluso buscando un jabón de olor especial en las droguerías más recónditas de Dublín. Ella es imperativa: “cierra la puerta despacio para seguir durmiendo”

Y ahora el bendito asunto del libro. Aquí estoy frente a un librero con cara de morboso que me muestra cuatro libros que ha sacado de una caja sucia.

Seleccionar un libro de regalo a una mujer es un arte que exige paciencia y gran tino. Uno no puede guiarse exclusivamente por el título o por lo que dicen los editores en la contracarátula. En mi caso siempre cierro los ojos, primero, y luego abro al azar una página. Si una página es buena, el resto del libro lo será también.

El señor Bloom suspira al leer un fragmento de Las dulzuras del pecado:

Ella pegó su boca a la de él en un lascivo beso voluptuoso mientras él le buscaba con las manos sus opulentas curvas dentro del deshabillé… Llegas tarde -dijo él roncamente, observándola con miradas de sospecha. La bella mujer se quitó de encima la capa forrada de martas, exhibiendo sus regios hombros y su palpitante opulencia. Una imperceptible sonrisa jugueteaba en torno a sus perfectos labios al dirigirse a él con calma…

“Me llevaré este”, le dice al librero y le entrega un billete.

* Este relato se basa en los fragmentos de la sección 10 del Ulises de Joyce (pp. 238 y 240), y de la sección 18 (p. 714). Traducción al español de Marcelo Zabaloy. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2015. Fue publicado originalmente en Agenda cultural. Universidad de Antioquia. No, 294. Febrero de 2022. Básicamente buscaba aprovechar un texto original que adoro desde los 20 años y suscitar un hipertexto, que es una parodia. No es novedad decirlo (ya Louise Rosenblatt lo expresó tan bien en “La literatura como exploración”, 1938, 2002) que los textos literarios, cuando hay empatía por parte del lector, generan emociones de encuentro. Mi opinión es que pueden “abrirse” para decirnos a través de ellos, gracias a ellos. Este post de Escribidores está dedicado a mi amigo Jesús Luis Mendoza, gran lector de Joyce, pero sobre todo gran ser humano, y el mejor de los interlocutores que conozco.

María Paula y el descubrimiento de las palabras

Carlos Sánchez Lozano, julio 7 de 2015

Libro con alas. Fabio Morais. Tomado de  http://bit.ly/1G4Ur4K

La primera vez que vi a María Paula tenía seis años. Es la ahijada de mi hermano y la conocí el año pasado en un evento familiar. Mona, de trenzas hasta la cintura, tenía los ojos verdes y grandes, y te hablaba mirándote a los ojos. Nos contó que estaba en primer grado. 

Esa tarde, después del almuerzo, los adultos nos reunimos a conversar en la sala de la casa. Mientras hacíamos chistes, hablábamos de política y contábamos anécdotas de nuestros días de trabajo, noté algo particular: la niña entraba y salía, abrazaba a sus papás y volvía a salir a una habitación contigua. Su mamá le dijo que por qué no veía televisión un rato. Pero la niña regresaba a los pocos minutos.

Hubo un momento en que les pedí a los adultos que visto que María Paula necesitaba atención, jugáramos. Varios se miraron entre sí de forma extrañada. Jugar se entiende de modo muy peculiar entre los “grandes”. Jugar no es lo habitual cuando se es adulto. Les propuse, entonces, jugar “a las palabras”. María Paula puso atención. Y expliqué el juego: cada uno de los adultos y también María Paula diríamos una palabra en orden alfabético. La última palabra debía relacionarse con la anterior y al final debería salir una oración chistosa con las 27 letras del alfabeto.

A María Paula el reto la puso ansiosa. Levantó la mano y dijo preocupada: “Es que yo no sé bien las letras”. Le contesté que no se preocupara, que pusiera atención al juego y que cuando le llegara el turno, le ayudaríamos. Empezó el juego verbal. A medida que decíamos las nuevas palabras, nos reíamos más. María Paula estaba feliz y solo se puso nerviosa cuando le tocó el turno: “A botar cáscaras duras esta feliz gallina hambrienta inglesa…”

-¡María Paula, te toca decir una palabra con j que siga la retahíla!-le gritamos en coro. La niña se puso roja y miraba expectante a su mamá. Luego desviaba la mirada y seguramente recordaba las clases con su maestra de primero. Su mente buscaba en la cartilla de lectura qué dibujo se relacionaba con la j.

-¡Jirafa! ¡Sí, jirafa!-. Todos nos reímos.

-Sí –intervine yo-, pero mira que jirafa no cuadra bien porque se pierde la lógica de la oración-. Y le expliqué que estábamos hablando de una gallina feliz que botaba cáscaras. ¿Qué otra cosa podría hacer esa gallina con j?

María Paula se puso seria. Pensó y pensó. Y luego gritó: “¡Jugar, si la gallina ju-ga-ba!”.

Y entonces con gran cuidado, despacio, reconstruyó la oración a partir de las palabras que todos habíamos aportado y la nueva que ella decía. La niña estaba radiante. El juego de “palabras” le había encantado. Esa tarde, María Paula descubrió algo para sí que la transformó: el lenguaje sirve para crear ideas, volverlas aladas, divertidas. Entraba al extraño mundo de la palabra reflexionada.

Pensando en la que había sucedido entre María Paula y las palabras, a los pocos días busqué una librería virtual y le envié por correo a su casa este libro. Su mamá me contó que lo había recibido con extrañeza porque nunca le habían regalado un libro y que en su colegio no era habitual que la profesora leyera en clase ningún libro, salvo la cartilla para aprender a leer.

Hace unos días recibí en mi perfil de WhatsApp este mensaje de María Paula:

¿Me regalarías otro libro?

¿Qué otro libro le encantará a María Paula?