Por Carlos Sánchez Lozano

He leído con interés el ensayo “La escritura de Ignacio Torres Giraldo. El aprendizaje de un autodidacta”, del historiador y profesor Alfonso Rubio de la U. del Valle, incluido en el libro Diversidad y utilidad de la escritura (Instituto Caro y Cuervo, 2022). El texto celebra la formación intelectual de un dirigente socialista, de origen popular y regional, autor de un libro que fue parte del canon de las lecturas de la izquierda colombiana en los años 70: Los inconformes. Pero me ha llamado la atención que el ensayo de Rubio pasa por alto la importancia de una mujer, María Cano (1887-1967), quien fue, de un lado, compañera de vida de Torres (1893-1968) durante dos décadas, y de otro, un referente intelectual clave precisamente en la formación comprensiva, la Bildung, del ambiguo dirigente comunista.

El ningunismo al que han sido sometidas las mujeres intelectuales en Colombia requiere una revisión detallada, pues demuestra de diversos modos que una forma del ejercicio del poder masculino -evidencia del machismo hispánico asentado en una sociedad jerárquica como la nuestra- consiste en quitarles a las mujeres su papel cultural de influencia ubicándolas en un plano secundario o abiertamente ignorándolas. Esa forma de poder la ejerció Ignacio Torres Giraldo con María Cano.
Si bien Torres escribió un retrato hagiográfico sobre María Cano. Apostolado revolucionario (Carlos Valencia Editores, 1980), el lector notará desde el prólogo que el registro de escritura que emplea es el de paterfamilias: Torres consideraba a María Cano una menor de edad (en el sentido kantiano) a la que él guio por el acrisolado camino de la revolución. A los ojos de Torres, Cano era una socialista a medias «porque no tenía ninguna formación teórica sobre la estructura básica de la sociedad de clases» (Torres, 1980, p. 32) a la que él educó en marxistología.
Nada más lejos de la realidad. Cano ya había desarrollado una identidad revolucionaria, incluso en contra de su origen social, pues pertenecía a una reconocida familia burguesa de Medellín vinculada con el periodismo y el comercio. Beatriz Helena Robledo, quien ha escrito una biografía documentada y valerosa de María Cano, recuerda el primer encuentro entre la joven sindicalista de izquierdas que llega a Bogotá en 1926 y descubre con desconsuelo en la estación de trenes de la Sabana a un revolucionario filipichín, adocenado, presto a educarla con consignas marxistas-leninistas:

… un señor cuidadosamente vestido, con sombrero, paraguas y un chaleco con muchos bolsillos que le ceñía el cuerpo y del cual sacaba papelitos para leer algunas citas. Todo lo apuntaba y lo guardaba en uno de los múltiples bolsillos del chaleco. En algún momento podía necesitar echar mano de lo apuntado. María supo después que los innumerables chalecos que tenía Torres en su guardarropa eran confeccionados por él mismo, pues había sido sastre de oficio y profesión, sastre de chalecos, no pantalonero. No sabía que esta era una especialidad. (Robledo, 2014, p. 174).
María Cano amó a Torres Giraldo e incluso cumplió funciones de madre con su hijastro Eddy Torres, cuando aquel la abandonó durante los años 30 y partió a adoctrinarse en la Unión Soviética. Cano no guardó rencor ante estos hechos ni ante el ninguneo intelectual de su compañero. Hasta donde pudo se mantuvo activa como agitadora revolucionaria y luego en los años del Frente Nacional (1958-1970) entró en la sombra, víctima de una enfermedad neurológica que la llevó a la muerte en su natal Medellín. Torres terminó su vida enfrentado con las directivas del Partido Comunista y se recluyó como historiador de la gesta revolucionaria en Colombia y librero en Palmira.

María Cano fue una gran lectora de literatura (en especial de Cervantes, de la poesía modernista y de la literatura francesa de denuncia como la de Victor Hugo y Zola) fundó una biblioteca popular, ejerció como periodista y denunciante de la injusticia laboral, y creó con sus hermanas círculos de lectura con obreros en la Medellín de los años 20 del siglo pasado cuando arreciaba la furia del partido conservador en contra de una alfabetización democrática. Fue una mujer ilustrada, con vocación de maestra, que no perdió la oportunidad seguramente de ayudar a un revolucionario como Torres a consolidar su educación.
El profesor Rubio presenta en su ensayo a un Ignacio Torres autodidacta, capaz de aprender a leer y a escribir por sí mismo, consolidado como un autor publicado y reconocido en los círculos revolucionarios. Pero olvida que los aprendizajes asociados al ingreso de la cultura escrita son de carácter sociocultural (Vygotsky, 2000, p. 133; Bruner, 1986, p. 85) y que requieren mediaciones basadas en el alcance de nuevas zonas de desarrollo próximo (ZDP) en que intervienen diversas personas (maestros, amigos, bibliotecarios) que jalonan al inexperto a una zona de conocimiento nuevo que le permiten adquirir autonomía como lector y escritor. Estoy seguro de que una de esas mediadoras clave en la formación de Ignacio Torres Giraldo fue María Cano.

Una historia de la cultura escrita en Colombia, que recoja el papel de editores, bibliotecarios, promotores de lectura, críticos literarios, autores de literatura infantil y juvenil, programas de lectura, deberá reconocer el papel trascendental de las mujeres. Mujeres que en un entorno de alfabetización atrasado, dominado por una élite intelectual masculina, abrieron puertas para la posibilidad del cambio.
Sí: mujeres fundacionales, berracas, como María Cano.

Referencias
Bruner, J. (1986). Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa.
Pinilla Zuleta, G. (2017). María Cano. Roja, muy roja. Bogotá: La Silueta.
Robledo, B. H. (2017). María Cano. La virgen roja. Bogotá: Debate.
Rubio, A. (2022). Diversidad y utilidad de la escritura. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo
Torres Giraldo, I. (1980). María Cano, apostolado revolucionario. Bogotá: Carlos Valencia Editores.
Vygotsky, L. (2000). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Crítica.
