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Jünger y la obra de los destructores

Por Carlos Sánchez Lozano1

Ernest Jünger conforma al lado del filósofo Martin Heidegger, del poeta Gottfried Benn y del jurista Carl Schmitt el grupo de intelectuales alemanes más prestigiosos que fueron acusados de colaboracionistas del régimen nazi. Sin embargo, esta actitud neoconservadora debe ser comprendida dentro de un contexto ideológico ambiguo que se remonta al Romanticismo alemán (Sturm und Drang), al círculo de Stefan George, a la influencia de Nietzsche y su cristalización en el movimiento expresionista que antecedió la Primera Guerra Mundial.

Ernst Jünger, Martin Heidegger y Carl Schmitt, hacia 1919, luego de finalizada la primera guerra mundial.

Jünger nació en Heildelberg en 1895 y en marzo 29 de 1995, en un caso curioso de longevidad, cumplió los cien años en perfecto estado físico y mental2. Muy joven se fugó del domicilio paterno e ingresó a la Legión Extranjera francesa participando como voluntario en la guerra del 14, experiencia que narró en Tempestades de acero (1920). Esta vocación por el mundo militar le provenía de su familia (“No había día, durante las comidas, donde no se mencionara a Napoleón y a Alejandro Magno”) y del imperialista espíritu bismarkiano, exaltado tras el triunfo alemán contra Francia en 1870.

Durante la Segunda Guerra Mundial -ya como capitán de caballería e integrante del Estado Mayor Conjunto del ejército hitleriano- participó en la invasión a París en 1940. Allí llevó una vida intelectual activa con intelectuales colaboracionistas del régimen de Vichy, como Montherlant, Drieu La Rochelle y Cocteau. Perteneciente a la elite aristocrática del ejército, tardíamente -según él- se enteró de las masacres que se cometían contra los judíos en las cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka.

Ya antes, con la publicación de sus Diarios (1940), había tenido problemas con la censura nazi y la derrota en 1945, aparte de la muerte de su hijo Ernstel combatiendo del lado italiano, lo alejaron de la profesión militar. No hay duda de que los Diarios de Jünger son resultado del espíritu protestante que siguió a la Reforma, según el cual, “primero hay que establecer las cuentas consigo mismo y luego con Dios”.

Pasados los setenta I (1965-1970), tercer volumen de sus memorias, constituyen un invalorable documento de interpretación de la segunda mitad de la década más “loca del siglo XX”, según la definiera Truman Capote, la década de la Revolución cubana, la muerte del Che Guevara, de los Beatles y los Rolling Stones, del asesinato de los Kennedy y de Martin Luther King, de la rebelión estudiantil de mayo del 68 y de la aparición de la ‘escandalosa’ minifalda. Pero fundamentalmente en este libro se hallan las apreciaciones de un clasicista sobre un mundo que -a su parecer- no se pertenece a sí mismo. Es el triunfo del nihilismo, manifiesto en la derrota del titanismo del espíritu humano frente a la técnica que lo domina y antecede todo.

En compañía de su esposa, Jünger emprende varios viajes en estos cinco años: al lejano Oriente, Génova, Egipto, India, Japón, Ceilán [hoy Sri Lanka]. Luego partirán hacia Córcega, Portugal, Angola, Roma, Islandia y el resto del tiempo la pasarán en su casa de Wilflingen, en la hermosa Alta Suabia. Viajar es la oportunidad de reconocer el cambio del dominio humano sobre el mundo, pero sobre todo la ocasión de actualizar juicios y de conocer nuevas variantes de la experiencia.

En Jünger es posible todavía encontrar un elemento épico en los viajes, propio de la saga de Ulises, pero enfrentado ahora a la industria turística y al consumismo que trivializa, deshumaniza y “tecnifica” el sentido de recorrer nuevas tierras. Por doquier Jünger tropieza con estos fósiles-guía como Coca-Cola y Marlboro, cuyo imperio es inevitable “así uno se pierda en lo más hondo del Sahara o viaje hasta los polos” (p. 142). Esta experiencia épica del viaje en Jünger se suma a sus agudas observaciones sobre la entomología, zoología, botánica, geología, de las regiones que visita, aspecto que lo coloca en la línea de los viajeros naturalistas como Linneo, Humboldt, José Celestino Mutis, Goethe y Klages.

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Jünger evidencia que el ser está escindido: él mismo lo comprueba en su amor por la naturaleza ante un mundo ciego que prefiere arrasarla en beneficio del poder tecnológico. Más importante que la llegada del hombre a la Luna son para Jünger experiencias cotidianas como observar una mariposa de colores hermosísimos en Ceilán, vigilar el crecimiento de un árbol casero, detallar el trabajo de las hormigas en un refugio de Angola o descubrir un tipo de roca caliza en Islandia. Pero si el asombro ante la Naturaleza le produce felicidad de vivir, el terror de la destrucción ecológica que subyace a sus observaciones, siempre está presente.

Desde su visión, la historia de la civilización es contemplada como continuidad, no como fragmento. Pero Jünger no habita el pasado como territorio seguro. Cierto que su oposición al presente parte de un ethos nietzscheano: no valorar la fugacidad más que como imagen de algo en descomposición, verbigracia su ácido comentario sobre el suicidio de un profesor italiano cuyos alumnos le gritaban en medio de la rebelión estudiantil de mayo del 68: “Deja en paz a (Torcuato) Tasso y háblanos del Che Guevara” (p. 454). Es su postura de reto a la modernidad.

Sin embargo, el “extrañamiento” reaparece con frecuencia, visible sobre todo en la conversación diaria donde comprueba que las personas cultivadas escasean y aumentan aquellas con “cultura de televisión” (p. 402). Confirma a Rilke: cada vez más los hombres se alejan de las cosas y el Ser se enajena. Ahora los jóvenes “conocen menos árboles que marcas de automóviles”.

Un conjunto de notorias diferencias marca la separación (y paradójicamente identidad) de Jünger frente a nuestro tiempo: la epicidad del viaje, la guerra, la apropiación de la naturaleza, el cuestionamiento de la técnica. Tras esta crítica al mundo fundado por la modernidad, se halla la belleza del mundo en sombras, visible solamente a los ojos nuevos, donde el hombre domina su entorno y ejerce su capacidad de hacerse histórico.

Es decir, Jünger valientemente se arriesga a contrastar aquella escisión de la Unidad que describiera Gottfried Benn, como fin apocalíptico del hombre: “ah, solo en la obra de los destructores / ves los signos vivos: caras frías y pálidas/ y lo profundo: concluido”.

  1. Esta reseña apareció originalmente en el desaparecido Magazín Dominical de «El Espectador», dirigido por Marisol Cano y Juan Manuel Roca. No. 646, 1o de octubre de 1995. Jünger, Ernst. Pasados los setenta (1965-1970). Radiaciones. Vol. 3. Tusquets. Barcelona, 1995. 591 págs. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. ↩︎
  2. Jünger murió a los 102 años de edad, el 17 de febrero de 1998 en Wilflingen, Alemania. ↩︎