Archivo de la etiqueta: Cómic

Primeras lecturas en la escuela o el método Proust de evocación

Carlos Sánchez Lozano – Junio 10 de 2015

proust niño

Proust niño, 1885

¿Cuánto pesan en nuestra vida futura esas lecturas que hicimos –o nos hicieron- entre los seis y nueve años y que coinciden habitualmente con los primeros años de la escuela primaria?

Esas lecturas cuando ya pudimos entender, al fin, mediante el “método de lectoescritura” que fuera, el significado de esas letras, que tantos misterios escondían, pero a las que no podíamos atrapar en su relación como palabras, frases y textos congruentes.

Quiero invitar a las lectores a que pensemos sobre el tema en este post y compartamos esas vivencias, que seguramente nos enriquecerán a todos.

Inevitablemente hablaremos en primera persona y eso, en este caso, está bien, no es manía de narcisismo, porque la experiencia vivida en la niñez es el terreno, no solo de la nostalgia, sino de nuestra configuración como personas, de la construcción del yo que somos hoy, como la ha advertido Michèle Petit en ese maravilloso libro, sugestivo y lleno de ideas suscitadoras, que es Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura (FCE, 1999). Las palabras, el lenguaje -la reflexión sobre la palabra y el lenguaje- nos cambian para siempre y nos vuelven otros seres (a veces ensoñadores, a veces más realistas, a veces propensos al llanto o al asombro continuo). “Solo existe una verdadera patria, y esa es la infancia”, dice el poeta Rilke.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu ha hablado de ese derecho a las primeras lecturas de calidad como de “capital cultural”, pues de él depende no solo la construcción de la subjetividad, sino la formación como ciudadanos y la capacidad de descentrarnos para entender los dramas de los otros. Cuántos niños quedan aún en nuestro país por acceder a ese derecho: la posibilidad del lenguaje estético, al descubrimiento de los universos que aún no existen y pueden ser elaborados en nuestras mentes. El derecho a soñar, a imaginar, a la fuga.

A veces no valoramos bien cuánto un libro –un texto de alto impacto estético- puede causar en una niña, en un niño. Y por eso hemos insistido en la acertada selección de los títulos por leer con nuestros estudiantes, porque de esa decisión dependen muchas cosas, que a veces no alcanzamos a ver completamente cuando estamos en las carreras en el colegio, resolviendo el sinfín de “rollos” de cada día.

Acabo de leer un texto autobiográfico de una compañera maestra, Aura Pérez, quien recuerda de este modo el descubrimiento de las historias literarias a sus siete años.

“Lo único que me queda de buen recuerdo en mi primaria, en relación con las letras, es el placer del olor de los libros nuevos y de cómo me devoraba las lecturas que aparecían en los libros de español. Recuerdo mucho la seriePescando luces, cómo me gozaba las rimas, las fábulas, las adivinanzas. Esta costumbre se extendió a lo largo de todo mi estudio”.

El aristócrata y novelista esencial del siglo XX, el francés Marcel Proust, recuerda en Sobre la lectura (Pretextos, 2012), que su delicioso vicio de leer a los diez años era interrumpido por su padre médico, que detestaba las ensoñaciones del hijo: “Venga, cierra ya el libro, vamos a almorzar”. Pero desde años atrás eran su madre y su abuela las compinches que contradecían el mandato patriarcal y le leían en la noche –dejándolo insomne a veces en la mitad de un libro prodigioso, como François le Champi de George Sand- y quienes una vez al mes llevaban el niño Marcel a la librería a que escogiera los libros que quería leer. Proust, en medio de un terrible asma que le impedía ir al colegio, se propuso aprender por sí mismo a entender el significado de esas benditas letras para no depender de la mediación de sus adoradas madre y abuela, y poder terminar por sí mismo los libros que leía con una lámpara debajo de las cobijas a medianoche cuando todos dormían.

“Me hubiera gustado tanto que el libro continuara, y, en el caso de que esto fuera imposible, saber alguna cosa más de aquellos personajes, conocer algo de sus vidas… esos seres que mañana no serían más que un nombre sobre una página olvidada”.

Entiendo entonces a la entrañable argentina Graciela Montes cuando dice con su habitual sentido de ironía:

graciela montes 2

(Graciela Montes. © Foto Página 12.

“¿Sirve la literatura? Creo que sí, a mí me sirvió en la vida. Pero no del mismo modo en que me sirvieron, por ejemplo, las ideas. Las ideas me ayudaron a ordenar el mundo. La literatura me hace sentir que el mundo siempre está ahí, ofreciéndose, disponible, que siempre se puede empezar de nuevo”. (En: La frontera indómita, FCE, 1999).

Quisiera recordar mis primeras lecturas al entrar a la escuela, la pequeña “concentración” Camilo Torres, en el barrio San Fernando de los años sesenta, en una Bogotá fría, pobre, llena de necesidades. Pues bien, allí no fue ninguna maestra la que me proporcionó algún libro que me llamara la atención. Fue una niña, mi adorada Doris, compañera de pupitre y futuro amor doloroso, quien me prestó Tribilín, ‘un paquito’ o historieta de Walt Disney, muy popular en esa época. Mi amor a la literatura comenzó no por la alta literatura, sino por la cultura popular.

De allí en adelante ya no pararía yo de guardar mis ahorros para ir a una peluquería (jejeje, así les decíamos a los style center de hoy) donde nos alquilaban por cinco centavos un paquito, ¡que además había que leer allí, incómodamente, en una banca sin espaldar, al lado de otros niños que comían paletas, se rascaban los piojos de la cabeza, querían conversar con uno o hablaban para sí mismos deletreando fastidiosamente los globitos de los cómics!

Ese amor a la letra escrita se trasladó luego al Álbum de mi patria con sus quinientos “caramelos o monas” -varios inalcanzables-, a copiar canciones de la radio, a las telenovelas (inolvidable Esmeralda con Lupita Ferrer y José Bardina), y en la adolescencia, a Corín Tellado y sus tramas cuasieróticas llenas de enredos y trampas al lector, tomitos en papel periódico guardados religiosamente debajo de mi cama.

Reproducido del blog Soy lector, Ediciones SM