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Etiquetación y búsqueda de información en bibliotecas públicas: un modelo basado en el «Libro de los pasajes», de W. Benjamin

Por Carlos Sánchez Lozano1

Este artículo cuestiona la idea de que la catalogación bibliográfica actual y su metadata asociada puedan ser suficientes para dar cuenta de la ingente cantidad de información tanto impresa como digital que deben manejar las bibliotecas públicas. En cambio, propone un control bibliográfico menos formal y cerrado, y más abierto a la interactividad y al trabajo colaborativo, que tiene sustento en la etiquetación apoyada en redes semánticas, intertextuales, un experimento que el filósofo Walter Benjamin desarrolló en su Libro de los pasajes (1982, ed. póstuma). Las reflexiones expuestas a continuación fueron suscitadas por la lectura del texto “La normalización: el trabajo silencioso de las bibliotecas” de Zulma Mónica Abril Vargas, publicado en el No. 92 de 2017 del Boletín Cultural y Bibliográfico.

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A causa de la revolución tecnológica que originó internet a comienzos del siglo XXI vivimos un cambio drástico en el paradigma informacional y en el ecosistema de medios de comunicación social (Doueihi, 2010). Este cambio altera lo que entendemos por libro, lectura, escritura, oralidad, y a su vez genera nuevas formas de representarse el mundo. Asistimos a la eclosión de nuevos medios que mezclan los precedentes y rompen los esquemas verticales de información emisor/receptor/mensaje. Surgen medios complejos como los chats y las redes sociales, que paralelamente generan textos interactivos que unen información escrita, imágenes, video, animaciones. Se habla de comunidades virtuales, de enlaces, de falsas noticias, de likes, de hiperconectividad. Los medios tradicionales sufren su peor crisis en años y deben enfrentar la conversión digital como un reto ineludible. Una sensación de zozobra y de cambios abruptos se apodera de los lectores convencionales, que por momentos ven hundirse un mundo, el de la imprenta, que costó construir quinientos años.

Roger Chartier (2008, p.12) advierte que los nuevos soportes digitales rompen la linealidad y fijeza canónica de los textos publicados en papel. El concepto de “obra abierta” (que Umberto Eco hizo popular en su obra de 1985) vuelve a tomar fuerza, con la diferencia de que esta vez no es el autor el que abre los límites de la interpretación, sino que son los lectores, que alentados por las nuevas tecnologías, se convierten en hermeneutas atrevidos: transforman los textos a su antojo, los abren, los editan, los alteran, los plagian, los hacen decir lo que ellos quieren. A su vez los textos no son unidades verbales selladas, sino que en verdad son hipertextos, textos que tienen dentro de sí otros textos, y que a través de los enlaces amplían el horizonte de interpretación y facilitan al lector adquirir el contexto de lo que lee.

El historiador de la escritura y paleógrafo italiano Armando Petrucci. Foto de Alfonso Castillo G.

El gran historiador italiano de la escritura, Armando Petrucci, antes de morir avizoraba con escepticismo este panorama:

Se va abriendo un modo de lectura de masas que algunos proponen expeditivamente que se defina como “posmoderno” y que se configura como anárquico, egoísta y egocéntrico, basado en un único imperativo: “leo lo que me parece”. (2001, p. 615).

En internet la explosión de textos genera una ansiedad inédita, pues simula la idea de que toda la información del mundo está allí. Esta Babel exponencial, a su vez, genera múltiples problemas, pues la red carece de editor o de bibliotecario catalogador que ordene y clasifique los innumerables textos que se suben por minuto. Fueron ellos los grandes actores en el ecosistema del libro que sirvieron de jueces para diferenciar el grano de la paja, para filtrar la información de valor, de la que es secundaria. Pero ese mundo de normalización estable estalló con la conversión digital y ahora nos hallamos en un nuevo lugar, que exige la revisión de principios y consignas. Uno de esos principios tiene que ver con dónde busca la gente la información que necesita. A lo largo de los siglos XIX y XX las bibliotecas públicas, junto a las librerías, fueron en las ciudades uno de los referentes donde los ciudadanos alfabetizados hallaban libros, periódicos, revistas y documentos que requerían sobre todo para su formación educativa. Hoy lo son los buscadores electrónicos, uno de los grandes valores agregados de la revolución internet.

El frenesí con que se impusieron los buscadores electrónicos en la vida de las personas ha impedido ver con calma, reflexivamente, para qué son buenos y para qué no, y qué se requería para saber moverse en ellos con relativa experticia. Vemos con asombro a lectores inexpertos (que son los más) que ubican cualquier descriptor de búsqueda y se resignan a la información que aparezca en los diez primeros sitios web. En cambio, lectores expertos (que son los menos), que tienen competencias en el manejo de la información (CMI), saben utilizar descriptores más cerrados semánticamente, diferenciar las intenciones de los emisores de los textos y rescatar su aporte y, además, conocen los recursos intertextuales para citar la información en contexto. La idea de “que todo está en Google” es tonta e infundada y supone un conocimiento limitado de los recursos de conocimiento. Sin embargo, no hay que descartarla como indicio de una actitud: la forma como se recupera la información.

Interfaz del buscador electrónico Descubridor, de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Este aspecto juega un papel determinante para sustentar la tesis de este artículo: si los buscadores electrónicos se han convertido en el primer instrumento de consulta de los lectores en búsqueda de información confiable, hay que poner en ellos la información que agrega valor y buscar el modo de que los algoritmos la jerarquicen con mayor relevancia. Pienso en ello a propósito del extraordinario fondo, sobre todo el impreso, de más de dos millones de volúmenes que posee la Biblioteca Luis Ángel Arango. ¿De qué modo los lectores -sobre todo los más jóvenes e inexpertos- podrían conocer los contenidos de estos libros? ¿Cómo lograr que los buscadores electrónicos capturen los mejores contenidos del entorno analógico que se hallan archivados en las bibliotecas públicas?

Se dirá que para ello los lectores pueden acudir al magnífico catálogo en línea de la Luis Ángel Arango y su red de bibliotecas. De acuerdo, pero aquí quiero exponer un reparo. Los diferentes sistemas de clasificación que en la actualidad están vigentes para la normalización bibliográfica -que Zulma Abril (2017) ha expuesto de manera didáctica en su magnífico artículo– tienen limitaciones porque dan respuesta a problemas propios del mundo analógico, es decir, el asociado al mundo impreso, y no al entorno electrónico, que es esencialmente hipertextual, de un lado, y de otro, obedece a nuevas lógicas asociadas a los abruptos cambios de los conceptos libro, lectura, escritura, oralidad.

“Estamos asistiendo a la aparición de nuevos modos de decir y nuevos modos de escribir, a nuevos modos de escuchar lo oral y nuevos modos de leer lo escrito”, advierte Emilia Ferreiro (2001, p. 41). Agrega García Canclini: “El punto de partida es intentar averiguar cómo conviven ahora la cultura letrada, la cultura oral y la cultura audiovisual” (2015, p. 29).

Dicho en otros términos, han cambiado los textos, sus soportes, las formas de relacionarnos con ellos y su forma de leerlos; además de la lectura de textos largos en profundidad y en silencio, se leen disruptivamente fragmentos, se salta de un texto a otro. Las fotos, los videos, el audio, la animación –la multimedia y la transmedia– entran en escena y nos invaden de un modo impensable hace apenas una década. Cambia la representación de la realidad (más rápida, más gregaria, más saturada de datos), de la ciencia, del periodismo, de las industrias culturales. En ese sentido la lectura fragmentaria, atomizada, hipertextual merece ser considerada con particular reflexión. Los nuevos lectores –“lectores transmedia”, los llama Scolari (2016)- no solo leen horizontalmente de la primera a la última línea, como se hace en los soportes impresos (en los libros, los periódicos y las revistas), sino también en forma vertical (tal como sucede en redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram). No suelen leer las obras completas ni en el marco de referencias de contexto. Las frases y los recortes aislados ganan un espacio en las redes sociales. La noción de obra unitaria se rompe y quedan escenas, capítulos, frases aisladas. Este hecho representa un severo problema filológico, pero sobre todo de derechos de autor. ¿Qué es un texto, entonces? ¿Un Todo verbal o sus unidades menores?

Si aceptamos el valor de estos de estos cambios, ¿no habría que revisar la forma como se clasifica la información y también el modo cómo se llega a este nuevo lector? El sistema de catalogación actual se basa en definir descriptores a partir de una metadata relacional que Zulma Abril resume en tres: relación de equivalencia, relación jerárquica y relación de asociación (2017, p. 232). Ahora, habría que pensar si esa normalización de palabras clave no podría enriquecerse mediante una metadata hipertextual, es decir, que abra los textos impresos, facilite redescubrirlos desde nuevas perspectivas de información y permita acceder a ellos en una lógica digital, esto es, interactiva y colaborativa.

He hecho un ejercicio para exponer la propuesta de forma práctica. He leído la novela La montaña mágica, de Thomas Mann (930 páginas en la edición de Edhasa, 2005, traducción de Isabel García), de las dos formas: horizontal y vertical, de la primera a la última línea y de modo atomizado, con lecturas de secciones al azar. Leída de forma horizontal, y sintetizada tal como la exponen los paratextos del libro, la novela narra la historia de un adinerado joven alemán, Hans Castorp, quien de visita a su primo en un sanatorio de tuberculosos en Davos, acaba descubriendo que él también sufre la enfermedad; allí se quedará siete años, periodo rico en vivencias y autodescubrimiento. En este lugar localizado en las altas montañas, vive su educación sentimental (se enamora locamente de una mujer mayor excéntrica) y a su vez es guiado intelectualmente por dos tutores de tendencias ideológicas opuestas: uno es un cosmopolita liberal italiano y el otro un radical marxista austriaco. Luego de salir del sanatorio, Castorp fallecerá en una de las batallas de la primera guerra mundial.

En la catalogación de contenido que hace la Biblioteca Luis Ángel Arango aparecen seis palabras clave que me parecen completamente acertadas:

Novela alemana – Enfermos novela – Novela amorosa – Guerra novela – Emociones novela – Simbolismo en la literatura

Ahora, leída de forma vertical La montaña mágica, esto es “pedaceada” en fragmentos, puede generar un conjunto de nuevas etiquetas que no dejan de llamar la atención. He recuperado cincuenta temas, pero por razones de espacio solo he seleccionado quince:

Receta de cocina sobre cómo guisar la carne – Cuidados que se deben tener en el uso de los esquís de nieve – Explicación sobre cómo un tenor de ópera debe educar la voz – Una guía turística de Davos – Bella descripción del cuerpo de la mujer amada – El cultivo de café en Java – Particularidades de los uniformes militares – Vida de los jesuitas en los conventos – Criterios para la cata de vinos – Relación entre las caminatas y el pensamiento – Virtudes sanatorias de las sillas tumbonas – Reflexiones filosóficas sobre la enfermedad – Impacto del invento del fonógrafo – Voltaire y la guerra – Avances de las cámaras fotográficas.

Evidentemente estos temas tendrían que convertirse en palabras clave para su catalogación homologada, pero tengo la certeza de que estos microtextos circulando en internet en diversas modalidades textuales (post, flyers, frases célebres, fotos acompañadas de pies de foto, animaciones) y medios (Instagram, Facebook, Twitter, blogs) acercarían a nuevos lectores a una obra que se considera sofisticada y del canon literario occidental.

Léase, por ejemplo, el fragmento dedicado a la popularización de las cámaras fotográficas hacia 1910. La “locura” por tomar fotos, de la que habla Mann, no dista de la que surgió con los teléfonos celulares un siglo después.

Avances de las cámaras fotográficas. Esta pasión se había convertido, durante semanas y meses, en una locura colectiva, con lo cual no quedaba interno que no andase disparado fotografías aquí y allá, inclinado con gesto de suma concentración sobre su cámara, apoyada en el estómago, y la exhibición de los consiguientes resultados a las horas de las comidas no tenía fin. […] Pronto pasaron de moda las fotografías corrientes; el último grito fueron las fotografías con flash de magnesio y en color, siguiendo la técnica de los Lumière. Abundaron, pues, hasta la saciedad, los retratos de personas que, bruscamente sorprendidas por el fogonazo de la cámara, salían con los ojos fijos y el rostro pálido y desencajado, como cadáveres de asesinados a los que hubiesen incorporado con los ojos abiertos para ser inmortalizados en la foto. (La montaña mágica, 2005, p. 817).

¿Cómo convertir estas frases, escenas, cuadros, capítulos, fragmentos en hipervínculos que permitan ser localizados en los buscadores electrónicos? La respuesta puede ser: a través de una “red intertextual”. Una red intertextual, en opinión del profesor Jesús Camarero (Intertextualidad, 2008) tiene su origen cuando se acepta que:

…el sentido de los textos literarios reside no en sus causas exteriores -el mundo, el autor, o las fuentes del escritor-, sino en la relación que las obras literarias propiamente dichas mantienen entre ellas. Entonces comprender la literatura pasaría por considerarla como un espacio o una red, una biblioteca, en la que cada texto transformaría los otros textos al tiempo que estos lo modificarían. (p. 44).

La intertextualidad permite relacionar discursos (D), textos, frases, imágenes que antes no se habían asociado por estar apartados entre sí en otras unidades verbales cerradas.

No son los autores, sino los lectores los que construyen, entonces, la red de intertextos, hecho que daría origen a una polifonía literaria ambiciosa. Es el sueño de Borges en “La Biblioteca de Babel”: la vida como un libro que se escribe de forma permanente. Una intención de esta clase facilita el encuentro entre textos que probablemente nunca serían citados al mismo tiempo: ¿qué une a La montaña mágica con El amor en los tiempos del cólera? Aparte de ser novelas extraordinarias, un almuerzo con carne bien adobada.

Poder apreciar la multiplicidad de redes intertextuales que un libro contiene fue la grandiosa tarea a la que se dedicó el gran filósofo y polígrafo alemán Walter Benjamin entre los años 1927 y 1940, cuando fue asiduo usuario de la Biblioteca Nacional de Francia. Benjamin hizo algo borgesiano: se propuso diseñar una cartografía de la modernidad y de su ciudad emblema, París, a través de fichas de cartulina que compilaba en una caja y les puso como título provisional Libro de los pasajes u Obra de los pasajes.

Walter Benjamin, en 1937 en la Biblioteca Nacional de Francia, recogiendo información para su libro póstumo sobre los pasajes parisinos.

Este libro no fue publicado en vida de Benjamin y la edición póstuma en alemán, que es de 1982, puede resultar densa si se lee de forma horizontal, de la primera a la última línea. La intención de Benjamin, probablemente sin saberlo, era diseñar un libro vertical, multimedia, que pudiera ser leído y entendido en cualquier parte que se abriera. Estas cartulinas contienen citas tomadas de diferentes fuentes (libros, fotos, recortes, revistas), y en ocasiones de sus propios libros, lo que le permite organizar la información cruzando sustantivos de relevancia semántica (descriptores). Las palabras clave aparecen subrayadas lo que permite formar una red intertextual en forma de Atlas de la a la z. El sueño de Benjamin, finalmente, fue materializado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid (2015). Veamos un ejemplo representativo del cruce de descriptores en la letra c.

CIUDAD

“El actual habitante de las grandes ciudades”, escribe escribe [Valery] agudamente, “recae en un estado de salvajismo, es decir, en aislamiento”.

Sobre algunos motivos en Baudelaire

Paul Valéry. Cahier B 1910, París, 1926, p. 88 ss. Cit. en Obras I, 2, p. 233

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La ciudad es la realización de un viejo sueño humano: el laberinto. Realidad que persigue al flâneur sin saberlo.

Obra de los pasajes. M6a, 4

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“El placer de encontrarse sumergido entre las multitudes es expresión secreta y misteriosa del goce de la multiplicación que el número produce. […] El número está en todo. […] La embriaguez es un número… Embriaguez religiosa de las grandes ciudades”.

Obra de los pasajes

Baudelaire. Œuvres, ed. Le Dantec, vol. II, pp. 626-27. Cit. en Obra de los pasajes, J 34 a, 3

Atlas Benjamin. Web diseñada por el Centro de Bellas Artes de Madrid

¿Es posible que la Biblioteca Luis Ángel Arango aproveche en internet estas redes intertextuales imaginadas por Benjamin?

Sí. Ello requeriría un manejo de la metadata diferente para aprovechar el potencial interactivo y colaborativo de la red. Propongo un proceso con cinco momentos.

Momento 1. El Departamento de Catalogación de la Biblioteca Luis Ángel Arango establece que el manejo de la metadata de etiquetas de contenido de los libros sea abierto. Se habilita la plataforma de catalogación para que los usuarios registrados puedan proponer nuevas palabras clave.

Momento 2. La biblioteca informa a los usuarios registrados el modo de agregar etiquetas teniendo en cuenta la lógica de las redes intertextuales. Expone didácticamente el procedimiento.

Momento 3. Los usuarios registrados divulgan frases, fragmentos, escenas de los libros que hayan leído del fondo impreso de la biblioteca y los etiquetan. Los subirán a una red intertextual que siga el modelo del Atlas Benjamin creado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Estos fragmentos deberán observar las limitaciones establecidas en el artículo 31 de la Ley de derechos de autor (Ley 23/1982).

Momento 4. El área de Comunicaciones de la biblioteca selecciona algunos de los fragmentos seleccionados por los usuarios registrados y diseña piezas digitales para divulgarlas en sus redes sociales, las ubica catalogadas en su Biblioteca Virtual. Facilita de este modo que los buscadores electrónicos localicen las URL asociadas.

Momento 5. El área de Catalogación de la Biblioteca Luis Ángel Arango valida las etiquetas propuestas por los usuarios registrados y aprueba su divulgación externa.

La idea es que progresivamente otras personas diferentes a los usuarios, tales como editores, críticos literarios, blogueros y en general lectores interesados, participen y acojan la idea de etiquetar textos de forma más amplia.

A la propuesta que se ha expuesto en este artículo subyace, primero, una “filosofía share”, una filosofía que valora la construcción colaborativa e interactiva del conocimiento. Segundo, busca que nuevos lectores, los llamados “lectores transmedia” se acerquen al magnífico fondo impreso con que cuenta la Biblioteca Luis Ángel Arango y descubran su riqueza y puedan darle nuevos usos y apropiaciones. Tercero, crear ciudadanía digital, entendida esta, como el ejercicio de la participación para ser civitas en un entorno que el comunicólogo Manuel Castells denominó con razón sociedad-red.

Necesitamos, pues, crear nuevos lectores, facilitar el acceso a los libros, divulgar el conocimiento, consolidar un ciudadano crítico. Qué mejor que los bibliotecarios, en alianza con los usuarios de la biblioteca, puedan abrir esas opciones. Ningún robot, ningún dispositivo de inteligencia artificial (IA), ningún algoritmo puede remplazar el sentido del bibliotecario y de la biblioteca pública.

Bibliografía citada

Abril Vargas, Z. (2017). La normalización: el trabajo silencioso de las bibliotecas. En Boletín Cultural y Bibliográfico, No. 92, 2017. En línea: http://bit.ly/2pUcaOJ

Benjamin. W. (1982). Libro de los pasajes. Madrid: Akal.

Benjamin, W. (2015). Atlas / Constelaciones. Madrid: Círculo de Bellas Artes. En línea: http://bit.ly/1iaFrOx.

Camarero, J. (2008). Intertextualidad. Barcelona: Anthropos.

Chartier, R. (2008). Escuchar a los muertos con los ojos. Madrid: Katz Editores

Doueihi, M. (2010). La gran conversión digital. Buenos Aires: FCE.

Eco, U. (1985). Obra abierta. Madrid: Planeta.

Ferreiro, E. (2001). Pasado y presente de los verbos leer y escribir. México: FCE.

García Canclini, N. et al. (2015). Hacia una antropología de los lectores. Madrid: Alianza.

Mann, T. (2005). La montaña mágica. Buenos Aires: Edhasa.

Petrucci, A. (2001). “Leer por leer: un porvenir para la lectura”. En: Historia de la lectura. Madrid: Taurus.

Scolari, C. (2016). “El translector. Lectura y narrativas transmedia en la nueva ecología de la comunicación”. En: La lectura en España. Informe 2017. Madrid: FGEE.

  1. Este artículo fue publicado originalmente en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, No. 94 de 2018. ↩︎