¿Qué libro puedo regalarle a Molly Bloom?*


Carlos Sánchez Lozano

A las tres de la tarde el señor Leopold Bloom, vendedor de clasificados para un periódico de Dublín, camina por el centro de la ciudad y encuentra una librería de libros usados. Se detiene: quiere llevar un libro de regalo a su esposa Molly. Esa mañana, conversando mientras le llevaba el desayuno a la cama, ella le ha manifestado que está por acabar una novela y desea leer otra igual de interesante. “Prometo traértela en la noche, luego de la vuelta del trabajo”.

El señor Bloom buscando un libro que le guste a su esposa Molly. Imagen generada por Meta IA.

Me detengo aquí para hacer una pregunta que usted como lector habitual se habrá hecho: ¿qué libro regalarle a una persona que se ama?

Dar regalos, en general, es problemático, y lo es más si la destinataria es una persona por la que se tiene un interés afectivo particular, pues ello exige conocer en detalle los gustos de Molly de mi corazón. ¿Pero quién es uno para creer que conoce los gustos de una persona? La interpretación puede ser acertada, pero también incómodamente errónea. Un anillo, una blusa, incluso un perro, ofrecidos como sorpresa, con gran expectativa, pueden suscitar la reacción contraria: una sonrisa forzada de agradecimiento. “Metí la pata”, concluye el señor Bloom.

En el caso de los libros, piensa el señor Bloom, es todavía más complicado. ¿Qué libro le gustará a ella? A la Ella con mayúscula que hace palpitar mi corazón. ¿Cómo dominar el arte de interpretar las señales vagas? Ejemplo: Molly dice que le encantan las historias de amor. Pero vienen las preguntas: ¿historias largas, cuento tal vez, novelas sentimentales con tramas blandas, algo de porno suave al estilo de Las sombras de Grey, quizás una historia densa de mil páginas como Ana Karenina, poemas de Benedetti, de Neruda, de María Mercedes Carranza…? Ay.

Volvamos al señor Bloom y el libro regalo para su esposa Molly.

Pero antes el contexto.

Mi idea de Molly Bloom. «Chica Bond». Ilustración del maestro Elkin Obregón.
© Trazos. Eafit, 2007.

La señora Bloom le es infiel a su marido y él lo sabe. Molly tiene sexo desde hace varios meses con su agente artístico, Boylan Blazes. Molly es cantante de música popular irlandesa y de algunas arias clásicas que le encantan. El “cretino” con quien me es infiel me saluda desde el andén opuesto levantándose el sombrero, mientras voy a camino a un restaurante. Son las tres de la tarde de un verano seco. Blazes lleva en la mano una canasta de flores y vino.

Más información. Hace ocho años ella quedó embarazada. El niño nació y a los pocos días murió. Se llamaba Rudy. Molly quedó destrozada, Bloom igual. El matrimonio perdió su coherencia.

Desde ese día no tienen sexo. Bloom no la ha dejado de amar y no sabemos exactamente que piensa ella del asunto.

…espero que él me escribirá una carta más larga la próxima vez si es cosa de que realmente le gusto a gracias a Dios de veras que tengo alguien que me da lo que tanta falta me hacía para darme un poco de ánimo una no tiene ninguna oportunidad en este sitio como ocurría hace mucho me gustaría que alguien me escribiera una carta de amor la suya no fue mucho y le dije que podía escribir lo que quisiera tuyo siempre Hugh Boylan en Viejo Madrid las estúpidas mujeres creen que el amor es suspirar me muero pero si él me escribiera supongo que habría alguna verdad en ello verdad o no le llena a una el día entero y la vida siempre algo en qué pensar a cada momento y verlo todo alrededor de una como un mundo nuevo…

Lo cierto es que Leopold Bloom se siente culpable de la muerte del niño. ¿Cómo recuperar el afecto de Molly? Trato de demostrarlo de diversos modos: llevándole el desayuno a la cama, comprándole ropa interior que le gusta, incluso buscando un jabón de olor especial en las droguerías más recónditas de Dublín. Ella es imperativa: “cierra la puerta despacio para seguir durmiendo”

Y ahora el bendito asunto del libro. Aquí estoy frente a un librero con cara de morboso que me muestra cuatro libros que ha sacado de una caja sucia.

Seleccionar un libro de regalo a una mujer es un arte que exige paciencia y gran tino. Uno no puede guiarse exclusivamente por el título o por lo que dicen los editores en la contracarátula. En mi caso siempre cierro los ojos, primero, y luego abro al azar una página. Si una página es buena, el resto del libro lo será también.

El señor Bloom suspira al leer un fragmento de Las dulzuras del pecado:

Ella pegó su boca a la de él en un lascivo beso voluptuoso mientras él le buscaba con las manos sus opulentas curvas dentro del deshabillé… Llegas tarde -dijo él roncamente, observándola con miradas de sospecha. La bella mujer se quitó de encima la capa forrada de martas, exhibiendo sus regios hombros y su palpitante opulencia. Una imperceptible sonrisa jugueteaba en torno a sus perfectos labios al dirigirse a él con calma…

“Me llevaré este”, le dice al librero y le entrega un billete.

* Este relato se basa en los fragmentos de la sección 10 del Ulises de Joyce (pp. 238 y 240), y de la sección 18 (p. 714). Traducción al español de Marcelo Zabaloy. El cuenco de plata, Buenos Aires, 2015. Fue publicado originalmente en Agenda cultural. Universidad de Antioquia. No, 294. Febrero de 2022. Básicamente buscaba aprovechar un texto original que adoro desde los 20 años y suscitar un hipertexto, que es una parodia. No es novedad decirlo (ya Louise Rosenblatt lo expresó tan bien en “La literatura como exploración”, 1938, 2002) que los textos literarios, cuando hay empatía por parte del lector, generan emociones de encuentro. Mi opinión es que pueden “abrirse” para decirnos a través de ellos, gracias a ellos. Este post de Escribidores está dedicado a mi amigo Jesús Luis Mendoza, gran lector de Joyce, pero sobre todo gran ser humano, y el mejor de los interlocutores que conozco.

Nadaísmo, guerrilla y ciclismo colombiano

Carlos Sánchez Lozano

Durante la época en que estudié en la Universidad Nacional, en julio de 1984, una amiga medio chiflada -que me gustaba- me hizo una invitación llamativa.

—Vamos a un recital de poesía. Va a estar un poeta cheverísimo —me dijo poniendo las manos en cruz.

Fue la primera vez que oí el adjetivo colombianísimo “chévere” aplicado a la poesía, que, oh, yo tenía por las nubes como lenguaje sagrado.

Como fuera, yo babeaba por ella -por la poesía- y seguí a mi amiga como guardián fiel. Pero recién llegados a un atestado auditorio de una entidad oficial, en pleno barrio colonial de la Candelaria en Bogotá, tuve la impresión de estar en el sitio equivocado. Dos hombres con revólver y una adolescente con una metralleta, tapados los rostros con pañuelos de colores negro y rojo, que los identificaban con un grupo guerillero, saludaban al “Compañero poeta que nos acompaña en la lucha revolucionaria”.

El compañero poeta era un señor semicalvo, de chivera y sonrisa más bien cínica, que a petición del público leyó un poema donde hablaba de universitarios que morían en combates urbanos, místicos que encontraban en el Ché un camino redentor, burgueses a quienes se los comería el piojo de la historia… Aquel libelo versificado terminaba con una alusión enfática a respaldar “nuestros ciclistas Alfonso Flórez y Lucho Herrera, quienes dejan en alto la bandera de nuestro pueblo en el Tour de Francia”.

El heroico Lucho Herrera cruza la meta en Alpe d’Huez. Foto:
© Revista Mundo ciclístico

¿Cuál era la relación entre la lucha subversiva y los tenaces escaladores, uno de los cuales ganó sufridamente una etapa? ¿Y entre estos hechos y la poesía? Vaya a saber. Lo cierto es que el poeta fue ferozmente aplaudido por un público juvenil -incluida mi compañera, dulce y adorada Rita de junco y capulí, que gritaba feliz- público, decía, que al tiempo gritaba consignas del tipo “Belisario, esclavo yanqui. Landazábal, perro h.p.” (se referían a nuestro presidente de la época y su ministro de defensa).

El ambiente se calentó más cuando la guerrillera chiquita, pero con metralla, gritó señalando al eufórico recitador:

—Pido un aplauso para el compañero Jotamario Arbeláez.

El poeta nadaísta Jotamario Arbeláez en su época «woke».
© Revista Otraparte

—¡Viva! —se oyó un coro en respuesta.

—¡Viva el nadaísmo! —gritó alguien atrás.

—¡Viva! —repitió el coro en bloque.

Mientras yo pensaba en tanto circo, los guerrilleros se esfumaron, el compañero Jotamario firmaba autógrafos y otros jóvenes se peleaban la mesa central para recitar poemas en homenaje al valeroso pueblo cubano, o al obrero y la puta explotados o a la muerte de Dios…

Mi amiga había desaparecido.

Variando el refrán “Fui por la lana y salí trasquilado”, en mi caso: “Fui por cariño y descubrí el nadaísmo”.

Roberto Calasso: el secreto editorial de las memorias de niñez y adolescencia

Por Carlos Sánchez Lozano

Este es un libro de memorias del reconocido editor italiano Roberto Calasso, fallecido en julio de 2021. Se dirá que los libros de editores son monotemáticos y dirigidos en clave a los colegas porque se centran en el negocio de los libros con todos sus accidentes y dolores de cabeza, el primero de los cuales son los autores. Esta memoria rompe este sino porque, al contrario del corpus biográfico que circula en el ámbito librero hispánico, se centra en un periodo central de la vida que nos une a todos: la niñez y la adolescencia. Con ello quiere decir que cualquier persona que quiera narrar y evocar su infancia tendrá en Memè Scianca un referente de gran valor.

Los buenos libros de memorias, a mi parecer, se caracterizan porque:

1) no se pierden en detalles que interesan al autor pero que al grueso de los lectores no, y

2) son un ejercicio de estilo más que una crónica ordenada de hechos. Calasso lo logra en juntos casos. Veamos cómo.

Este librito aparece publicado en una edición portable (los nuevos cuadernos de anagrama en un tamaño de 10,5 X 17,5 cm). Cabe en un bolsillo, y sus 48 capítulos, de dos o tres páginas, se pueden leer en 5 minutos cada uno. Lo maravilloso de este regalo de Calasso es que esa lectura invita al lector a contrastar su propia experiencia con la del editor italiano por lo menos durante otros 5 minutos.

Es decir que lo invita a uno a dialogar vivamente con un autor que ya está muerto y lo hace a partir de lo que está fijado en un texto escrito. Verbigracia léase el comienzo del capítulo 1 que se encuentra en la red y cómo responde con sencillez a la pregunta: “¿por qué quiero hablar de mi niñez sin parecer afectado u obvio?”:

Era una noche templada a finales de prima­vera. Estábamos sentados en torno a una mesa de piedra, bajo una pérgola. Un poco más allá, el lago de Garda. Por aquellos días yo estaba leyendo los recuerdos de infancia de Florens­ki, titulados A mis hijos. Me habían conmovido en particular algunas historias, algunos deta­lles de sus primeros años en la estepa del Cáu­caso. Josephine, de veintiún años, y Tancre­di, de doce, me escuchaban interesados, pero también por complacerme. Historias demasia­do lejanas, pensé. Después empezaron a pre­guntarme qué recuerdos conservaba yo de mis primeros años. Dije algo y me di cuenta de in­mediato de que sonaba igualmente lejano.

El motivo para escribir Memè Scianca es que Calasso en un primer momento se vio sobrepasado por la pregunta de sus hijos y no pudo responder sino con alguna anécdota general. Entonces se propuso rescatar 48 momentos de su vida que fueran claves para sintetizar su niñez y adolescencia.

El joven editor Roberto Calasso en su Florencia natal.

Leídas las 112 páginas es justo reconocer que hay una experiencia de vida auténtica, más allá de ser editor de libros. Si bien es un texto escrito por un intelectual asociado a un entorno burgués europeo de mitad del siglo XX, sentimos sobre todo en los primeros capítulos que hemos atravesado con Calasso el primer capítulo de nuestras vidas: en mi caso la de un niño en un barrio popular de Bogotá, hijo de padres de origen burgués, en decadencia económica, que súbitamente a los quince o dieciséis años -es decir finalizando la década de los setenta del siglo pasado- descubre de la mano de dos amigotes los libros, el cine y el rock, y se propone indagar un pasado familiar y político que le parece problemático.

Recogidos los temas claves del libro los podemos resumir con estas etiquetas, que leídas despacio pueden dar cuenta del rico valor intertextual de Memè Scianca:

#La escuela montessoriana – #Retratos cercanos de Hitler y Mussolini – #Un niño en mitad de la segunda guerra mundial – #La Italia de la reconstrucción – #La importancia de los traductores – #El mundo intelectual de los abuelos – #El descubrimiento de la poesía a través de Baudelaire – #Juventus y Proust – #Florencia vs Roma – #Primer amor por la protagonista de Cumbres borrascosas – #El gusto por la filología – #Simenon y el relato policiaco – #La persecución fascista al padre – #Una charla con el historiador Arnaldo Momigliano– #El amor a los libros como objetos físicos

Memè Scianca es un personaje que Calasso de cinco años crea para que así lo llamen sus padres. ¿El origen de las dos palabras? Completamente incierto y probablemente es un primer juego con el ánimo de reconocer el poder del lenguaje y darse una identidad literaria. Y este niño al que vemos crecer página a página nos va dando granos de su voz a través de flashes tersos que recogen momentos amables o difíciles de los años 50 y 60: el abuelo abogado que discute con amigos una traducción de Hegel que va a editar, un compañero más grande que luego de un partido de fútbol le habla de En busca del tiempo perdido, un embajador de Mussolini, amigo de un traductor judío, que salva a su padre del asesinato…

En la página inolvidable del libro que he marcado con un posit y sobre la que volveré, dice Calasso:

El primer poema que aprendí de memoria y que todavía resuena en mi cabeza fue de Baudelaire: “L’Homme et la mer”. Me atraía todo lo que tenía que ver con Baudelaire, desde los retratos a los títulos de sus obras, sobre todo Les Fleurs du mal, que emanaba misterio y escándalo.

Nadie sensato olvida su primer poema: el mío fue “Interludio” de Aurelio Arturo, leído por mi padre, una mañana de domingo, en una revista amarillenta.

¿Escritores autodidactas y revolucionarias heterónomas? El caso de Ignacio Torres Giraldo y María Cano

Por Carlos Sánchez Lozano

Ignacio Torres Giraldo hacia 1926 cuando conoció a María Cano. Foto incluida en el libro de Alfonso Rubio.

He leído con interés el ensayo “La escritura de Ignacio Torres Giraldo. El aprendizaje de un autodidacta”, del historiador y profesor Alfonso Rubio de la U. del Valle, incluido en el libro Diversidad y utilidad de la escritura (Instituto Caro y Cuervo, 2022). El texto celebra la formación intelectual de un dirigente socialista, de origen popular y regional, autor de un libro que fue parte del canon de las lecturas de la izquierda colombiana en los años 70: Los inconformes. Pero me ha llamado la atención que el ensayo de Rubio pasa por alto la importancia de una mujer, María Cano (1887-1967), quien fue, de un lado, compañera de vida de Torres (1893-1968) durante dos décadas, y de otro, un referente intelectual clave precisamente en la formación comprensiva, la Bildung, del ambiguo dirigente comunista.

María Cano hacia 1945. Foto de archivo © Melitón Rodríguez. © Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

El ningunismo al que han sido sometidas las mujeres intelectuales en Colombia requiere una revisión detallada, pues demuestra de diversos modos que una forma del ejercicio del poder masculino -evidencia del machismo hispánico asentado en una sociedad jerárquica como la nuestra- consiste en quitarles a las mujeres su papel cultural de influencia ubicándolas en un plano secundario o abiertamente ignorándolas. Esa forma de poder la ejerció Ignacio Torres Giraldo con María Cano.

Si bien Torres escribió un retrato hagiográfico sobre María Cano. Apostolado revolucionario (Carlos Valencia Editores, 1980), el lector notará desde el prólogo que el registro de escritura que emplea es el de paterfamilias: Torres consideraba a María Cano una menor de edad (en el sentido kantiano) a la que él guio por el acrisolado camino de la revolución. A los ojos de Torres, Cano era una socialista a medias «porque no tenía ninguna formación teórica sobre la estructura básica de la sociedad de clases» (Torres, 1980, p. 32) a la que él educó en marxistología.

Nada más lejos de la realidad. Cano ya había desarrollado una identidad revolucionaria, incluso en contra de su origen social, pues pertenecía a una reconocida familia burguesa de Medellín vinculada con el periodismo y el comercio. Beatriz Helena Robledo, quien ha escrito una biografía documentada y valerosa de María Cano, recuerda el primer encuentro entre la joven sindicalista de izquierdas que llega a Bogotá en 1926 y descubre con desconsuelo en la estación de trenes de la Sabana a un revolucionario filipichín, adocenado, presto a educarla con consignas marxistas-leninistas:

«Torres Giraldo decía que su peinado y trajes eran síntomas de una actitud bohemia aburguesada que desentonaba con el movimiento obrero». María Cano. Roja muy roja © Gabriela Pinilla. © La Silueta.

… un señor cuidadosamente vestido, con sombrero, paraguas y un chaleco con muchos bolsillos que le ceñía el cuerpo y del cual sacaba papelitos para leer algunas citas. Todo lo apuntaba y lo guardaba en uno de los múltiples bolsillos del chaleco. En algún momento podía necesitar echar mano de lo apuntado. María supo después que los innumerables chalecos que tenía Torres en su guardarropa eran confeccionados por él mismo, pues había sido sastre de oficio y profesión, sastre de chalecos, no pantalonero. No sabía que esta era una especialidad. (Robledo, 2014, p. 174).

Entrevista a Beatriz Helena Robledo en el Hay Festival, 2018. Impresiones sobre la relación entre María Cano e Ignacio Torres Giraldo. Minuto 28:46 a 33:45.

María Cano amó a Torres Giraldo e incluso cumplió funciones de madre con su hijastro Eddy Torres, cuando aquel la abandonó durante los años 30 y partió a adoctrinarse en la Unión Soviética. Cano no guardó rencor ante estos hechos ni ante el ninguneo intelectual de su compañero. Hasta donde pudo se mantuvo activa como agitadora revolucionaria y luego en los años del Frente Nacional (1958-1970) entró en la sombra, víctima de una enfermedad neurológica que la llevó a la muerte en su natal Medellín. Torres terminó su vida enfrentado con las directivas del Partido Comunista y se recluyó como historiador de la gesta revolucionaria en Colombia y librero en Palmira.

María Cano fungió como madrastra de Eddy Torres, quien luego llegaría a ser director de la Biblioteca Nacional de Colombia durante 1982-1983. © Foto de Melitón Rodríguez. Archivo Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

María Cano fue una gran lectora de literatura (en especial de Cervantes, de la poesía modernista y de la literatura francesa de denuncia como la de Victor Hugo y Zola) fundó una biblioteca popular, ejerció como periodista y denunciante de la injusticia laboral, y creó con sus hermanas círculos de lectura con obreros en la Medellín de los años 20 del siglo pasado cuando arreciaba la furia del partido conservador en contra de una alfabetización democrática. Fue una mujer ilustrada, con vocación de maestra, que no perdió la oportunidad seguramente de ayudar a un revolucionario como Torres a consolidar su educación.

El profesor Rubio presenta en su ensayo a un Ignacio Torres autodidacta, capaz de aprender a leer y a escribir por sí mismo, consolidado como un autor publicado y reconocido en los círculos revolucionarios. Pero olvida que los aprendizajes asociados al ingreso de la cultura escrita son de carácter sociocultural (Vygotsky, 2000, p. 133; Bruner, 1986, p. 85) y que requieren mediaciones basadas en el alcance de nuevas zonas de desarrollo próximo (ZDP) en que intervienen diversas personas (maestros, amigos, bibliotecarios) que jalonan al inexperto a una zona de conocimiento nuevo que le permiten adquirir autonomía como lector y escritor. Estoy seguro de que una de esas mediadoras clave en la formación de Ignacio Torres Giraldo fue María Cano.

Torres Giraldo en los años en que había publicado Los inconformes.Historia de la rebeldía de las masas en Colombia. © Foto del archivo personal de Juan Carlos Celis Ospina.

Una historia de la cultura escrita en Colombia, que recoja el papel de editores, bibliotecarios, promotores de lectura, críticos literarios, autores de literatura infantil y juvenil, programas de lectura, deberá reconocer el papel trascendental de las mujeres. Mujeres que en un entorno de alfabetización atrasado, dominado por una élite intelectual masculina, abrieron puertas para la posibilidad del cambio.

Sí: mujeres fundacionales, berracas, como María Cano.

María Cano. Roja muy roja © Gabriela Pinilla. © La Silueta.

Referencias

Bruner, J. (1986). Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa.

Pinilla Zuleta, G. (2017). María Cano. Roja, muy roja. Bogotá: La Silueta.

Robledo, B. H. (2017). María Cano. La virgen roja. Bogotá: Debate.

Rubio, A. (2022). Diversidad y utilidad de la escritura. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo

Torres Giraldo, I. (1980). María Cano, apostolado revolucionario. Bogotá: Carlos Valencia Editores.

Vygotsky, L. (2000). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Crítica.

Reflexiones de un católico sobre un personaje secundario de «En agosto nos vemos»

Carlos Sánchez Lozano

Las críticas de la novela En agosto nos vemos se han centrado en aspectos extratextuales -que desde luego tienen valor- y menos en los intratextuales. Una de las críticas más severas provenientes incluso de sectores ideológicos opuestos resalta de modo común la debilidad del personaje protagónico: Ana Magdalena Bach (AMB). Les parece que no tiene identidad, es repetitiva y que no aparece retada por puntos de giro destacables; en definitiva, que es un pálido reflejo de otros poderosos personajes femeninos garciamarquianos que son arquetípicos: Úrsula Iguarán, por citar uno.

Me distancio de esas posiciones. Ana Magdalena Bach es absolutamente cautivadora. La mujer de 50 años de la que un hombre medianamente sensato se enamoraría en el primer encuentro. Pero no es de ella de quien quiero hablar, sino de su hija: Micaela Amarís Bach.

Ordenémonos.

La tesis que quiero sostener en este breve texto es que AMB es un “personaje devenido” (la jerga es hegeliana), esto es, que su configuración solo puede ser comprendida en la relación que tiene con su madre y su hija (juntas llevan el nombre de Micaela). Y que esta relación dialéctica de abuela-madre-hija propone un imaginario de mujer en América Latina en un momento de compleja transición histórica (el comienzo del siglo XXI).

Con el personaje de AMB García Márquez aporta -desde una perspectiva masculina-patriarcal- su mirada sobre el problema y anuncia un giro novedoso en las relaciones entre mujeres, y entre mujeres y hombres.

Ana Magdalena Bach en su visita anual a la tumba de la madre. Detalle de ilustración de carátula realizada por David de las Heras. © Random House, 2024.

Veamos cómo es el camino desde el que he llegado a la anterior conclusión.

Por timidez asumida y gozo personal de lectura en las narraciones y en las obras de teatro y en las películas de cine me gustan menos los personajes protagónicos y más los personajes secundarios. Me gusta los cameos, los personajes de un solo parlamento, la gente de fondo que no se ve clara en las fotos. Me gusta más el sepulturero que Hamlet.

Pero además de ello creo que los personajes secundarios son fuente de historias que los lectores deberíamos investigar y ampliar. En la época de los “relatos extendidos” tendría el prurito -obvio, aclarando los temas de copyright– de hacer un relato multimedia del personaje que más me gustó de En agosto nos vemos: la joven Micaela.

Por ahora solo quisiera aventurar que me encantó el personaje porque esta chica arriesga un perfil femenino que poco se piensa en un momento histórico ateo o arreligioso como el que vivimos. Contra viento y marea Micaela quiere ser monja, es decir, valora ser católica, integrante de una comunidad religiosa y entregada a una fe de reclusión. Con esta actitud propone un desafío a los feminismos radicales en boga.

No existe una teoría del personaje secundario, si bien gurús como Eco, Barthes y Greimas asoman ideas al respecto. En términos generales podemos decir que en las narraciones (visuales, escritas, multimedia) los personajes secundarios cumplen 3 funciones:

  1. Correa de transmisión. Ayudan al protagonista a alcanzar sus objetivos.
  2. Contraste parcial. Complementan o contrarían posturas del héroe o la heroína.
  3. Decorativas. Dan una respiración al texto y le permiten al lector relajarse.

García Márquez en En agosto nos vemos agrega una cuarta:

  • Ayudar al protagonista a configurarse; a definir lo que no pudo ser.

En efecto, Micaela Amarís Bach es un “desarrollo figural” de su abuela y de su mamá. Si lo miramos a través de un esquema el asunto es así:

De acuerdo con la información que aparece en En agosto nos vemos, Micaela hija aparece en diez páginas[1]. De ellas podemos extraer estos datos explícitos:

Micaela:

  • Al comienzo de la novela tiene 18 años. Al final de la narración tendría 22.
  • No hay descripción de su físico (¿será bella como la madre?).
  • Tiene talento musical como su padre y su hermano, pero no lo desarrolló.
  • Se destaca su espíritu rebelde y su vocación sorpresiva: quiere ser monja. Ingresará a la comunidad católica de los Carmelitas descalzos.
  • No estudia de manera formal en ninguna universidad.
  • Tiene una alfabetización elevada, pues a sus padres les admira que “daba muestras de una información activa y un criterio maduro sobre la actualidad cultural” (p. 47).
  • Convive ocasionalmente y tiene relaciones sexuales con un músico de jazz, mulato. El músico es trompetista. Si bien se resalta que es un jazzista “virtuoso” también se sugiere que es drogadicto.
  • No tiene hijos. Ha evitado un embarazo acudiendo a anticonceptivos. AMB por esta razón la llama “puta”.
  • Le gustan las películas de acción y las ve en televisión hasta la madrugada.
  • Uno de sus discos músicos favoritos es el heterodoxo blusero y rockero Van Morrison.
  • Regularmente es insomne.
  • Con su novio visitó la tumba de la abuela Micaela en la isla y le llevó aparentemente rosas (que la señora odiaba).
  • Es peculiar su entrada al convento: carga un “maletín con sus artículos de tocador” (p. 79). Ingresada, lleva una vida de fe cristiana y no vuelve a casa.
  • Es irreverente incluso con la iglesia católica: piensa que “en los albores del tercer milenio se acabaría hasta con el voto de castidad”. (p. 46)
Micaela hija: del relajo a la contrición. Foto de Kiki. Por © Man Rey, 1922

Al final de la novela descubrimos que un hombre mayor visitaba también la tumba de la abuela Micaela dejando flores. Era el amante clandestino de esa maestra montessoriana que no se resignaba a llevar la convencional vida matrimonial de las mujeres de mitad del siglo pasado. Y fue esa la razón por la que resolvió que a su muerte dejaran el cadáver en la isla donde había conocido el amor. Luego allí su hija Ana Magdalena, cada 16 de agosto durante cuatro años, intentará con tres hombres a quienes convertirá en amantes ocasionales en encontrar el sentido del amor, sin lograrlo. Paralelamente su hija Micaela Amarís Bach renunciará al sexo y al amor, seguirá el camino religioso de la castidad y la oración, y se deslindará del destino de la madre.

Deseo, pérdida del sentido del amor y encuentro en la vocación religiosa marcan a tres generaciones de mujeres de una familia caribeña.

Qué mejor ocasión de hablar de estos temas en semana santa a la luz de una maravillosa novela resucitada, escrita en medio de dudas por ese mago de la narración y de la palabra escrita que es Gabriel García Márquez[2].


[1] En la edición de Random House, 2024: páginas 19, 20, 39, 40, 46, 47, 48, 78, 79, 106.

[2] Este post es resultado de una conversación polifónica con Adriana Pinto, Jackeline Barragán, Serafín Barrero y Conrado Zuluaga. Gracias.

El ingreso de la Inteligencia artificial (IA) en la escuela: “hay que elegir ser parte de la solución o parte del problema”

Touch of the future AI hands vector

“Estamos viviendo los inicios de una transformación educativa mucho más extensa, más profunda y más veloz que todas las anteriores, en la que hay que elegir ser parte de la solución o parte del problema”, señala un experto español.

Por Carlos Sánchez Lozano*

El sociólogo y profesor Mariano Fernández Enguita, de la Universidad Complutense de Madrid, es un experto en inserción de tecnologías de IA en la escuela y un crítico de las competencias docentes que se requieren para implementarlas. Polémico y propositivo. Dio una conferencia y un taller en el Congreso Internacional de Educación que realizó el Gimnasio Moderno en Bogotá el 15 y 16 de septiembre de 2023.

Con el ingreso de la IA en educación percibimos un nuevo momento en la generación y circulación del conocimiento. ¿Desde qué postura teórica propone usted asumir ese cambio?

La IA, o más exactamente la IA generativa, conversacional, basada en el aprendizaje automático (de la máquina) y, en particular, los grandes modelos de lenguaje, hoy día los transformadores, es solo el último elemento, por ahora, de la tecnología digital. La educación siempre se ha apoyado en una tecnología y siempre ha tenido como objetivo, entre otros, el aprendizaje de su uso. Primero fue simplemente el lenguaje, en su forma más sofisticada la retórica para los poderosos. Después fue la escritura, en particular para los escribas y similares, y para otros privilegiados un poquito de lectura. La escuela que conocemos hoy es el producto de la imprenta, que permitió la generalización de la lectoescritura, algo exigido por la modernidad (todavía estamos en ello, todavía es un objetivo incompleto del desarrollo sostenible). Hoy vivimos una transformación más amplia, rápida y profunda, con un metamedio, lo digital, que lo absorbe y lo potencia todo: lenguaje interpretación, lectoescritura, todas las formas de imagen y sonido… La escuela tiene que servirse de la mejor tecnología de información, comunicación y aprendizaje y preparar a los alumnos para la sociedad en la que van a vivir, no para aquella en la que vivieron sus tatarabuelos, por más que puedan añorarla sus padres y sus profesores. Lo nuevo, con la explosión de la IAG, es que la tecnología es ya interactiva y adaptativa, con una calidad que emula al maestro y en una cantidad (individualización, continuidad, disponibilidad) que no podría siquiera soñar este por sí solo.

Los niños y jóvenes han cargado con las consecuencias de la pandemia e incluso se habla de una “fractura en la sociabilidad” y de una brecha socioemocional compleja. ¿Cuáles son los pasos que deberían tomar en cuenta los directivos escolares para enfrentar este reto?

Hay que recordar que la pandemia no solo cerró las escuelas, sino que también vació los parques, las canchas, las calles… En el pasado, las epidemias de peste también obligaban al confinamiento, pero era típicamente en familias extensas, de tres generaciones, con otros adultos emparentados o sirvientes y numerosos niños de todas las edades. Hoy vivimos en familias muy reducidas y el confinamiento supuso para muchos niños el aislamiento como tales, incluso en condiciones de hacinamiento físico (viviendas minúsculas). Pero fue lo que fue, y no más. Mostró que podríamos haber continuado enseñanza y aprendizaje… si hubiésemos tenido la tecnología suficiente y si hubiésemos sabido utilizarla (en particular los profesores), pero no fue así. Hay quien redescubre ahora la importancia de la proximidad y la interacción y los opone al uso de la tecnología digital, pero eso es solo un argumento oportunista, además de muy pobre. La presencialidad escolar no está en cuestión ni lo ha estado nunca: lo que hace falta es que no se volatilice la escuela cuando no podemos embutir al alumno en un aula; y que, cuando lo está, el aula deje de tener el formato del sermón en el templo o el trabajo en la industria manufacturera, es decir, del procesamiento de los alumnos por lotes.

En el cap. 4 de su libro “La quinta ola” se ponen en escena las contradicciones de la entrada de los medios de masas en la escuela. La triada: dispositivo-software y conectividad que surgió con plenitud a comienzos del siglo XXI parece ser, como decimos en el Colombia, “el coco” del sistema escolar. Hay una dinámica compleja que impide que las tecnologías electrónicas tengan asiento en las aulas cuando ya están corrientes en otros entornos sociales. ¿Francamente son irreconciliables o existe una tercera vía?

Hay tecnologías y tecnologías, sobre todo si pensamos en las electrónicas. La radio, el cine, la TV, la primera informática, que prometían el oro y el moro y según algunos sustituirían al libro, etc., en realidad llevaban los defectos de éste al paroxismo, pues el libro de texto es único, cerrado, etc., pero a fin de cuentas permite ir a distintos ritmos, parar, volver y demás. Una grabación de audio o vídeo, per se, es absolutamente rígida, no permite un despiste del espectador, etc. En este punto, los educadores tienen todos los motivos para desconfiar de lo electrónico, por muy bueno, bonito y barato que sea en sí, si es que lo es. Pero el medio digital no tiene nada que ver con esto, no se puede ni se debe ver como una tecnología de reemplazo, sino como un medio que absorbe, amplía y supera a todos los anteriores, que es lo que ha sucedido en otras grandes transformaciones informacionales. La escritura no acabó con el lenguaje, sino que lo perfeccionó y potenció enormemente; la imprenta no acabó con la escritura, sino que la hizo llegar y la puso a disposición de todos; la digitalización no va a acabar con el libro. Sería un poco largo detallar esa superioridad, pero créame –y está usted hablando con un autor prolífico y un lector adulto compulsivo: excepto encender la chimenea o cosas peores, no hay nada que se pueda hacer con un libro de papel (un códice, sería el término correcto) y no con un libro digital en un dispositivo digital; pero sí hay un sinfín de cosas que se pueden hacer con éste y no con aquél (por ejemplo llevar la biblioteca personal o pública en el bolsillo, buscar y encontrar al instante, que te lea el libro mientras caminas y ejercitas la vista o, ya hoy, dialogar sobre su contenido con el libro mismo, con el artilugio o con tus pares).

Hay un conjunto de docentes “apocalípticos” (en la jerga de U. Eco) que han desarrollado un discurso negativo sobre los dispositivos electrónicos, sobre internet, la lectura multimedia, las redes sociales y en general aquello que está cuestionando la idea de un “estudiante letrado”. ¿Qué decirles?

Lo curioso es que esos “apocalípticos” son, al mismo tiempo, los “integrados”, es decir, los que está conformes con el modelo escolar tal como es, o al menos tal como dice ser (por más que añadan que faltan medios, que está en crisis, que está siendo atacado, etc.). Hay un punto de razón en la oposición que perciben entre tecnología y escuela, pero se equivocan de tecnología (y de escuela). La institución escolar lleva decenios tratando de lograr ese “estudiante letrado”, pero sin conseguirlo a pesar del tiempo y el esfuerzo. Ampliamos y alargamos la escuela, pero no lo ha hecho en consonancia el aprendizaje. Los medios audiovisuales predigitales eran ya más atractivos para niños y jóvenes que la escuela, y los medios digitales lo son mucho más. En realidad, nunca se persiguió formar a un estudiante “letrado”, sino un trabajador disciplinado y, con el paso del tiempo, más bien un oficinista inmune al aburrimiento. Una paradoja de la escuela como institución es que cada vez gusta menos a los alumnos (sabemos que les gusta menos, en conjunto, en los países ricos que en los pobres y que les gusta menos, individualmente, cada año que pasan en ella), pero hay un pequeño grupo, más o menos adicto, que vuelve como profesor y no entiende a quienes la rechazan o simplemente se muestran poco interesados.

Contemplando el conjunto de cambios suscitados por las nuevas tecnologías y la forma como adquieren asiento en la escuela occidental hoy, donde en los recreos los niños y jóvenes se reúnen mientras chatean y juegan videojuegos, y al regresar a clase usan sus libros (varios de ellos de texto), ¿cuáles son las competencias laborales del docente que requieren ser revisadas ya?

Todas las áreas en que la información y la comunicación son centrales se han visto o se están viendo profundamente alteradas por la tecnología digital, o la han abordado por sí mismas con estrategias de transformación: la música, el cine, la prensa, las editoriales, la política, las finanzas… La escuela se atrinchera en la retaguardia, y puede hacerlo porque cuenta con un público cautivo, conscripto, obligado por la ley, por la competencia credencialista que les espera en el mercado de trabajo y por su función de cuidado en apoyo a las familias. Pero su obligación como institución social encargada de la educación, y la de la profesión que la habita, es estar en la vanguardia, como lo estuvo en el periodo de la alfabetización de toda la sociedad y, sí, de formación de una minoría letrada necesaria para los estados, las empresas y otras organizaciones propias de la modernidad. El docente debe saber desenvolverse en el entorno digital, ser un usuario avanzado hasta el punto de poder ser un apoyo para sus alumnos, y ser capaz de diseñar, individualmente y en equipo, situaciones, actividades, experiencias y trayectorias de aprendizaje para sus alumnos. No me refiero a programar, que para eso ya están los programadores, sino a ser capaz de entenderse con ellos y de elegir y utilizar las herramientas digitales con el nivel de conocimiento profesional que se le presume cuando tiene que elegir un libro de texto, hacer una programación de curso o planificar una sesión de clase. No necesita ser programador, como tampoco necesita ni necesitaba ser impresor, encuadernador, ni tan siquiera autor. Pero sí que necesita moverse de manera fluida en ese medio, ahora digital, como antes en el impreso, y siempre con el capital profesional especifico de un docente.

Usted ha sido testigo de una reforma curricular significativa en España el año pasado, la LOMLOE. ¿En qué marco institucional se debe mover un estado liberal hoy para promover cambios como los que usted ha señalado en esta entrevista?

Un estado de derecho, democrático, liberal y social, como creo que ha de ser, en una sociedad tan compleja y tan cambiante como lo son todas hoy (a lo que, en Iberoamérica, hay que añadir las tremendas desigualdades económicas y la inmadurez de las instituciones políticas), lo va a tener muy difícil, pero es un actor imprescindible y con gran capacidad de impacto. Primero, debe jugar un papel activo, asumiendo la transformación digital, la de la educación en particular, como una misión histórica, como una nueva alfabetización. Segundo, debe potenciar la iniciativa y la responsabilidad, esenciales para la innovación y para políticas pegadas al terreno, en el nivel meso formado por los equipos docentes, las direcciones escolares y las redes locales o de afinidad de centros o profesores, distinto tanto del macro (la política educativa) como del micro (el profesorado en el aula). Tercero, debe particular la coexistencia y la colaboración público-privada, tanto entre los centros educativos (alineando los incentivos en la escuela pública con el dinamismo que requiere la transformación y en la escuela privada con la cohesión social). Cuarto, particularmente en Iberoamérica, debe asumir activamente la cooperación internacional para alcanzar el músculo necesario y las economías de escala posibles en la transformación digital de la educación.

No es correcto pedir a científicos sociales que hagan pronósticos sobre el devenir de la escuela (aunque Bourdieu, Foucault, Emilia Ferreiro lo hayan hecho), pero nos gustaría conocer sus pronósticos. ¿Aprenderemos mejor? ¿Qué quedará de lo presente, qué desaparecerá?

No creo que volvieran a hacerlos hoy. El problema es que la sociedad va más rápido, es más diversa y desigual y los desenlaces son más inciertos, eso que suele llamarse un entorno VUCA1. No hay duda de que mucha más gente aprende más (conocimiento escolar), pero, aun así, la mejora del aprendizaje va muy por detrás de la expansión escolar, que no trae lo prometido.

Espero que veamos más escuela y menos aula, más escuela abierta a la comunidad y menos escuela-santuario, más hiperaulas y menos aulas-huevera, más aprendizaje y menos enseñanza en términos relativos, más codocencia y trabajo en equipo y menos docente-orquesta y clónico, más ciborgdocencia o colaboración hombre-máquina, inteligencia natural y artificial, y menos maniqueísmo tecno ni antitecnológico. De no ser así, lo que veremos será un desapego creciente del alumnado frente a la escuela, un atractivo decreciente de la docencia y un divorcio galopante entre escuela y sociedad.

Mariano Fernández Enguita

Usted dio una conferencia y un taller en el Congreso Internacional de Educación que realizó el Gimnasio Moderno. ¿Qué expectativas verificó en su visita a Colombia?

No era mi primera visita, y fue breve, pero seguro se constituyó en una nueva oportunidad de aprender en un país que, en contexto de la educación iberoamericana, destaca por la abundancia de escuelas innovadoras, tanto en el sector privado como el público.

Mi mensaje a cualquier maestro hoy, sea aquí o en Pekín, es que se estamos viviendo los inicios de una transformación educativa mucho más extensa, más profunda y más veloz que todas las anteriores, en la que hay que elegir ser parte de la solución o parte del problema, porque ser parte del paisaje ya no es una opción.


Nota: esta entrevista apareció publicada originalmente en El Espectador. Gracias a Fidel Cano, Federico Díaz Granados y Olga Lucía Barona.


* Profesor del área de Español del Gimnasio Moderno y director de la Escuela de maestros. carlossanchez@gimnasiomoderno.edu.co

  1. Volatilidad – Incertidumbre – Complejidad – Ambigüedad ↩︎

Los nombres comerciales y la creatividad popular

Por Carlos Sánchez Lozano

Me interesa la creatividad popular, que en mi opinión está atada a la necesidad de resolver un problema y cumple funciones netamente prácticas y se caracteriza porque no sigue el principio esteticista del arte por el arte, sino que se vale de él para sus propios fines.

Una de las formas de creación artística que me llama la atención son los letreros de los locales comerciales, tanto los avisos externos como los internos, que estoy seguro merecen dentro del estudio de la cultura escrita un campo particular de investigación. Estos letreros publicitarios hablan de cómo los comerciantes -un gremio con notorio poder dentro de la vida social- usan la escritura para fines específicos que podemos sintetizar en tres palabras: detener, seducir, vender.

La detención que consiste en lograr convertir a un parroquiano en cliente; la seducción que exige generar la pulsión del deseo (“quédese aquí: entre”) y la venta, que resume las intenciones del comerciante de fortalecer su capital y cumplir un papel dentro del circuito económico.

A causa de la enfermedad respiratoria que me dejó el covid-19, debo caminar todos los días entre cuarenta minutos y una hora. El domingo pasado salí a dar mi vuelta en Bogotá hacia la calle 183 entre carreras 16 y 7ª. Soy mirón, doy vericuetos, me detengo a valorar, en definitiva, soy un flâneur, como llamó Walter Benjamin a los paseadores citadinos sin rumbo fijo.

En el barrio San Antonio, calle 182 con carrera 7B, me detuve a contemplar el letrero de la carnicería que aparece al principio de este post. Me llamó la atención el nombre del local: CERDINORTE. Tomé la foto y seguí caminando.

Soy lingüista y profesor de lengua española. Comprendo que una de mis tareas es reflexionar sobre los actos del lenguaje que constituyen comunicación. Así que he llegado a mi casa a consultar la información que ofrece la Gramática de la lengua española (2010) en su tomo 1 sobre morfología y formación de las palabras.

CERDINORTE

Es una palabra compuesta, que en este caso reúne dos sustantivos, dos nombres (N):

NN
CerdoNorte

En el letrero exterior del local de carnes el primer sustantivo tiene una variación en la marca de género (o-a) que se remplaza por una i, que en mi opinión cumple la función de remplazar la conjunción y para unir las dos palabras en una sola: cerdo-norte y darle una sonoridad más fuerte que permita la memorización: cerdinorte.

Consulto el Diccionario de colombianismos (2018) y el Bogotálogo (2021) de Andrés Ospina y encuentro palabras compuestas con la misma estructura N+N:

boliqueso – culipronto – paticorto – manicagado – cuchibarbi

¡El español colombiano es una maravilla!

Los lectores como protagonistas del ecosistema del libro

Carlos Sánchez Lozano*

El mundo del libro está viviendo una revolución silenciosa. Y los protagonistas de esa revolución son los lectores, que en el tradicional ecosistema del libro eran valorados como sujetos distantes, borrosos. Hoy, debido esencialmente a internet y a las redes sociales, los lectores han ganado protagonismo y se han impuesto sobre los autores, e incluso sobre los propios textos. Desde luego que esta situación es problemática y plantea retos a los editores y a los mediadores de lectura, pero no puede ser desconocida. El fin del canon, el ocaso de la crítica literaria académica, la apropiación subjetiva de los textos, son algunas consecuencias de esta revolución.

Ruptura en uno de los eslabones

El libro impreso ha necesitado más de 500 años para consolidar su poder y a su vez contemplar su crisis. Esta crisis no debe ser entendida como decadencia (el fin del libro), sino como una oportunidad de mirar su renovación. Y ello, a mi modo de ver, se puede hacer desde una perspectiva dinámica que ve los nuevos productos culturales -el libro electrónico, por citar uno- como reinvenciones de otros, pues une nuevos sistemas de comunicación que permiten su resurrección y su acomodación a un entorno histórico distinto.

Por ejemplo, el cine es ciertamente una reinvención del teatro, de la fotografía y de la literatura escrita, que generan un nuevo arte y una nueva industria. Lo que está sucediendo con la renovación del libro impreso es lo mismo. Las consignas conservadoras de Umberto Eco (2010) -en su diálogo con Jean Claude Carrière- de defensa a ultranza del libro impreso, en consecuencia, sobran y desvían lo que es importante discutir: ¿qué está cambiando en el mundo del libro y cómo podríamos tener pistas para interpretarlo de una manera menos apasionada y más asentada en el sentido común? Ese sentido común que observa los fenómenos empíricos más desde la complejidad que desde los prejuicios.

La construcción del ecosistema del libro ha sido lenta y ha requerido la participación de diferentes actores que enriquecen ese ecosistema. Uno de esos actores es el lector, cuya ubicación en esa cadena ha sido variable en relación con el papel de los textos y de los autores (ver gráfica 1). De cumplir un papel secundario en el Renacimiento (hace cinco siglos), es en este momento histórico el centro del ecosistema, según la tesis central que sustentaré en esta conferencia.

evolucion lector ecosistema

Gráfica 1

Para mostrar el valor del lector en el ecosistema del libro quisiera previamente mostrar su ubicación a partir de un esquema (gráfica 2) que hice hace unos años para estudiantes de una maestría en literatura y mostrarles cómo funciona la “máquina” de producir libros para niños.

ecosistema

Gráfica 2

Si se observa con atención, se podrá apreciar que los actores que participan tanto en lo artístico del libro (los autores e ilustradores) como en el negocio (editores, vendedores) cumplen roles específicos, pero interdependientes de los otros. Así, los editores hacen libros para los niños dependiendo de las edades y de los niveles de comprensión lectora, que a su vez se corresponden con sus avances en la escolarización.

La gráfica quiere introducir otra tesis: la construcción de un lector autónomo, moderno, es un acto histórico-cultural complejo y lento que supone la sintonía de diversas variables. Por ejemplo, no habrá lector autónomo si este antes no ha sido lector heterónomo, es decir, un lector que requiere el apoyo de mediadores. El mediador lo invita a entrar al mundo del libro y la lectura, y lo ayuda a interpretar los textos. Esos mediadores son los padres de familia, los profesores, los bibliotecarios, los promotores de lectura, los compañeros de colegio. En consecuencia, se requiere un sistema cultural que facilite el encuentro entre los niños y los libros para que aquellos se conviertan en lectores autónomos (librepensadores, como los denominaba Estanislao Zuleta[1]). Ser lector no es algo que está dado, ni nadie tiene en el ADN un cromosoma que se llame “lector predestinado”.

El lector autónomo, moderno, que empieza a formarse en el siglo XVI (Chartier, 2000, p. 66) tuvo que “superar” (en sentido hegeliano) momentos críticos para alcanzar un estatus y ser reconocido como actor clave en el ecosistema del libro. Uno de esos momentos críticos tuvo que ver con la prohibición de acceder a los textos de manera personal. El poder -las élites que monopolizaban la cultura escrita- no lo permitieron. Foucault (1973, 2010) advierte las razones:

En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tiene por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. (p. 14).

La lectura autónoma requería de condiciones de posibilidad, la más importante, la democratización del acceso al libro. Esa democratización ha tardado demasiado en darse (en Colombia, apenas hasta 2013 los niños de escuelas públicas han empezado a recibir libros de literatura e informativos proporcionados por el Estado) y ello ha traído enormes problemas educativos y culturales.

La construcción del lector autónomo, librepensador, moderno tiene su origen en Europa en la Revolución francesa (1789) y en los países latinoamericanos luego de las revoluciones de independencia del siglo XIX. Esta revolución de la lectura amplió la base de los lectores, pero se quedó en una élite, según señalan historiadores de la cultura escrita: Hamesse (2001), Darnton (2003), Einsenstein (2010), y en nuestro medio Silva (2002), quien estudió las prácticas de lectura en Colombia durante el siglo XIX.

Esa primera revolución de la cultura escrita en Colombia generó una elitización de la lectura. En efecto, los libros, ya publicados en un margen de producción manufacturada más amplio, seguían siendo apropiados por élites que construyeron la imagen del “lector culto” (varón, blanco, adinerado, con posición social y política de poder). Es la imagen de un lector que deja en su casa un amplio espacio para acumular libros en una biblioteca privada de miles de volúmenes y que publicita su eliticidad[2]. El libro impreso cumplía un papel de compresor de esa eliticidad. Si no tenías para comprarlo, no existías como lector.

Mujeres que venían de estratos medios cultos y que luego se radicalizaron políticamente, como la gran feminista antioqueña María Cano, advirtieron semejante injusticia y la clase de exclusión que podía establecer el libro impreso, e iniciaron campañas para formar clubes de lectura obrera y sacaron los libros de sus bibliotecas a la calle y los divulgaron en sindicatos y espacios públicos (Robledo, 2017).

El “canto de cisne” del canon textual

La siguiente tesis que sostendré es que el modo como las élites ralentizaron la democratización del acceso al libro y la lectura fue mediante el establecimiento del canon textual y la censura. Ese canon fue organizado primero por la Iglesia católica y luego por la crítica literaria académica. La crítica literaria, en mi opinión, elitizó la lectura e instauró una forma de exclusión al determinar qué tenía valor estético y qué no. De paso desconoció el aporte de las nuevas formas de la cultura popular tales como el cómic, el cine, la televisión, la radio y ahora los nuevos textos que han surgido con internet y las redes sociales.

El canon de textos (religiosos, jurídicos, literarios) es el resultado de una estrategia del poder por establecer un orden del discurso (Foucault, 1973, 2010). Ese canon es entendido como:

…fórmulas, textos, conjuntos ritualizados de discursos que se recitan según circunstancias bien determinadas; cosas que ha sido dichas una vez y que se conservan porque se sospecha que esconden algo como un secreto o una riqueza. (p. 26).

Coetzee (2007) ha detallado la forma como la Iglesia católica reaccionó a la Reforma protestante visibilizando su poder en el siglo XVI mediante la prescripción de un canon cerrado: el Index Librorum Prohibitorum, que estableció qué y quiénes podían leer los textos con el sello de aprobación. El caso de la publicación del primer tomo del Quijote (Bouza, 2012) revela las complejas relaciones entre los censores y los artistas. Si el censor hubiera previsto que el Quijote era un libro que invitaba a la revolución (de ideas, de sueños, de los campesinos contra el poder feudal), no se hubiera publicado. Se valoró el humor “ingenuo” que expresaba y el que no tocara ningún órgano del poder con críticas veladas (Gracia, 2017).

La irrefrenable publicación de textos durante los siglos XVII y XVIII en Europa, exigió un nuevo modo de control del orden del discurso que se instaló en los países latinoamericanos a comienzos del siglo XX: los listados de textos canónicos emitidos por la élite intelectual y materializados por entidades educativas de los gobiernos. Aquí el canon se había abierto a textos que fortalecían el nacionalismo, sobre todo literario. En Colombia obras como Memorias del cultivo del maíz en Antioquia (1866), María (1867), La pobre viejecita (1893), La vorágine (1924), eran de obligatoria lectura en el sistema escolar.

Judith Kalman (2006) ha insistido en que toda acción política de promover la lectura en las clases populares es ideológica e intencionada con determinados fines por parte de esas élites. El canon o el establecimiento de libros de prescripción tuvo su origen en una actitud propia del Romanticismo: el “pueblo” debía leer los textos de más alto valor estético. Pero muchos textos de gran valor -sobre todo que no habían dado el paso de la oralidad a la escritura, o que habían sido producidos por las mujeres u otras comunidades excluidas- quedaron hundidos en el olvido y es apenas hasta ahora que se está descubriendo su valor. El caso de Soledad Acosta de Samper en nuestro medio es diciente. En los manuales de lectura escolar para secundaria, hasta hace menos de 10 años no existía como autora incluida en el canon y se ha necesitado el trabajo intenso de varias docentes universitarias colombianas y extranjeras para sacarla a flote y darle una dignidad que la crítica literaria le negó.

La crítica literaria académica ha cumplido ciertamente un papel de exclusión. Centrada en legitimar los textos canónicos, descuidó al lector, sobre todo al “lector débil” (Bahloul, 2002) y se enfrascó en los debates de corrientes y escuelas, alcanzando un grado de ininteligibilidad terminológica que acabó convirtiéndola en una guerra de cenáculos cada vez más cerrados y con incapacidad de comunicar sus logros a la nueva comunidad de lectores (Sánchez Lozano, 1998).

Lo cierto es que el canon literario como mandato exterior de lectura tiene los días contados, así haya profesores del corte de Harold Bloom (2006) que insistan en reclamar su vigencia. El gran historiador de la cultura escrita, el italiano Armando Petrucci (2001), dio aviso de este hecho en los albores del siglo XXI cuando se iniciaba la revolución de las TIC:

Se va abriendo un modo de lectura de masas que algunos proponen expeditamente que se defina como «posmoderno» y que se configura como ‘anárquico, egoísta y egocéntrico’, basado en un único imperativo: «leo lo que me parece». (p. 615).

Inevitablemente clásicos del canon como Shakespeare, Marcel Proust y José Eustasio Rivera se encuentran con la cultura popular (en formato de cómic y multimedia) y ahora los podemos disfrutar al lado de los adolescentes. “Leo lo que me parece”. Algo ha cambiado.

La irrupción de los “lectores débiles”

Sin duda alguna un nuevo lector surgió con la irrupción de internet en la primera década del siglo XXI. Los vertiginosos cambios que hemos vivido desde entonces no paran. El primero de los cambios y que convierte al lector en un protagonista de la cadena del libro se produjo con los comentarios que se abrieron en las versiones digitales de los periódicos y revistas. Este espacio interactivo -al principio incontrolable y sin censuras- permitió apreciar que los lectores eran reales, incluso en medio del enmascaramiento virtual. Se pudo apreciar en carne viva que se imponía el lenguaje soez, la incoherencia, el insulto degradado, la amenaza (incluso de muerte), y que no imperaban ni los argumentos ni el sofisticado análisis crítico que reclamó cierta élite letrada (los casos más evidentes fueron los de Daniel Samper Pizano, Héctor Abad Faciolince y Antonio Caballero que cerraron los comentarios del lector de sus columnas). Se pudo apreciar que el acceso a la escritura pública expresaba múltiples rencores soterrados, hablas que no habían podido ser leídas, carencia de conocimiento de la interacción escrita en público. Acallados por los medios, la gente que nunca había hablado, habló. Nuevos emisores ganaban espacio en el entorno digital. La escuela ni la universidad habían preparado a los nuevos lectores para entrar al ágora pública que es la prensa digital, lo que demostraba a las claras que la ciudadanía escrita en Colombia era casi inexistente.

Se pudo apreciar cómo estos lectores de prensa no entendían los textos leídos, o al menos no discutían con ellos. Se imponía la sobreinterpretación. Los autores de los textos eran calificados de comunistas, asesinos, homosexuales. El odio de diverso origen y los prejuicios se imponían sobre la argumentación razonada. Como lo entreviera con razón la profesora María Teresa Uribe:

No tuvimos sujeto moderno [en Colombia] porque el sujeto de la escuela no aprendía a pensar con su cabeza, lo que aprendía era a creer. (citada por Barbero[3]).

El otro espacio inédito en la historia de la escritura que revolucionó el mundo digital fueron las redes sociales. Facebook y Twitter ganaban el protagonismo. Creadas en 2004 y 2006, respectivamente, por grandes imperios estadounidenses de las comunicaciones, generaban un nuevo modo de relacionarse entre las personas y las comunidades virtuales. Como lo han probado diversos artículos y estudios, estas redes sociales (sobre todo FB) fueron utilizadas para distorsionar la información y generar reacciones basadas en la mentira, la polarización y en el desprecio a las opiniones contrarias. El Triunfo del No en el plebiscito de octubre de 2016 en Colombia, y el de Trump a la presidencia de los Estados Unidos en noviembre de ese año, han sido documentados como ejemplos de manipulación mediática, al tiempo que muestran otras caras de poderes globales que no existían antes.

Ese lector que daba likes a noticias falsas, que retrinaba como cierta información sin fuentes verificadas, que se agazapaba en sus emociones de furia y resentimiento contra un sistema que lo había borrado o desconocido, salía a la palestra, era real. ¿Cómo reclamar lectores críticos si nunca se les formó en el sistema educativo para ello? Cierta ingenuidad llevó a los editores a desconocer a este lector débil, acusarlo y excluirlo de contenidos de calidad. ¿Dejarlo, entonces, en manos de los productos más pobres del mercado del ocio, de las cartillas religiosas, de la alfabetización más precaria?

Si algo ha caracterizado a los promotores de lectura en Medellín -y aquí reclamo esto como un logro para la ciudad– es quitarle a la pobreza, al desarraigo y al fanatismo a muchos niños y jóvenes que encontraron oportunidades de verse a sí mismos y al mundo de otro modo, gracias a los libros y la lectura.

Los nuevos lectores privatizan y atomizan los textos

Con internet surgieron una gran cantidad de textos y medios nuevos: el trino, el muro, el blog, el chat, el canal de YouTube, el sitio web, el perfil laboral en Linkedin, el videocast y el podcast, el perfil en Quora, la edición en Wikipedia… A todos estos textos y medios los caracteriza que no son unidades verbales cerradas, sino abiertas, debido a los enlaces. La intertextualidad y la hipertextualidad ofrecen un nuevo poder: los textos pueden continuamente ser borrables y ajustados, al tiempo que permiten al lector la posibilidad de establecer relación con personas desconocidas en cualquier parte del mundo. En la red social Twitter se puede poner tanto una queja sobre un daño de agua en el barrio acudiendo a un hashtag, como interrogar al presidente de la república siguiendo su cuenta. Los nuevos lectores han descubierto, entonces, que pueden ser partícipes de una o varias comunidades. El poder escribir, subir un video, expresar ideas a través de la red, los empodera.

YouTube permitió que un nuevo emisor ganara fuerza: el booktuber. Los adolescentes y los jóvenes se tomaron este medio para exponer sus gustos literarios, que estaban habitualmente por fuera del canon. La crítica académica despreció en varios casos los juicios de estos muchachos acusándolos de ser manipulados por las editoriales y carentes de tener un juicio crítico de peso. Pero en este momento una chica -la mayoría de booktubers son mujeres- en alguna ciudad de Colombia está descubriendo libros de Paulho Coelho, Gioconda Belli, Carolina Andújar y los está promocionando abiertamente, sin importarle la opinión de profesores o gurús de la literatura.

En todas estas respuestas de los nuevos lectores a las textualidades que inauguró internet se pueden apreciar tres evidencias:

  • Apropiación personal de los textos. Con ello quiero señalar que ha nacido una hermenéutica de lo privado que traiciona al texto original. No son lecturas literales sino hiperinterpretaciones, en las que los lectores van más allá del texto y lo alteran para su propio beneficio, apropiándose de ellos, dándole un matiz de subjetividad extremo. Existe Mi Mario Benedetti, Mi Biblia, Mi García Márquez. Si miramos con atención los flyers, pósters y avisos repletos de frases célebres de estos autores y obras que circulan en Facebook, vemos que ni Benedetti, ni la Biblia, ni García Márquez probablemente dijeron lo que dicen los nuevos lectores que dijeron. Los editores, los filólogos y los lectores cuidadosos probablemente se reirán de ello o se enojarán, pero para los nuevos lectores estas frases falsas, estos bulos, son su entrada a un entorno letrado y demuestran un deseo implícito de conversación, que en mi opinión no debería ser desconocido.
  • Lecturas fragmentadas. La apropiación personal de los textos conlleva a su atomización. Estos nuevos lectores no suelen leer las obras completas ni en el marco de referencias de contexto. Las frases y los fragmentos aislados ganan un espacio en las redes sociales. La noción de obra unitaria se rompe y quedan escenas, capítulos, frases aisladas. Este hecho representa un severo problema filológico, pero sobre todo de derechos de autor. ¿Qué es un texto, entonces? ¿Un Todo verbal o sus unidades menores? La fragilidad de los textos electrónicos propicia, además, que fácilmente sean alterables. En un post que circuló en Twitter a propósito de la celebración del día de nacimiento de Lewis Carroll, el área de comunicaciones de una de las editoriales que lo traduce al español puso este póster.

alicia pais

Pues bien, en el texto original aparece que esa frase la dijo la Duquesa, un personaje feo e intrigante, secundario en la obra. No la dijo Alicia. La alteración del emisor o narrador cambia la orientación interpretativa del texto. ¿Le importa esto a los nuevos lectores? No, porque valoran en los textos lo que estos les dicen a ellos, no lo que el texto original expresa. Se podrá llamar a esto interpretación irresponsable, pero nos plantea un reto complejo sobre cómo verificar la unidad y fijeza del texto y su circulación en internet.

En otro contexto más cercano a las áreas de marketing de las editoriales, estos nuevos textos digitales atomizados, fragmentarios, pueden servir para atraer a los lectores. He hecho el ejercicio de leer La montaña mágica, de Thomas Mann, etiquetando los temas que trata la novela y he sacado cerca de 90. Entre ellos están una receta de cocina sobre cómo preparar el pollo, cuidados que se deben tener en el uso de los de los esquís de nieve, explicación sobre cómo debe educar la voz un tenor de ópera, una guía turística de Davos, Suiza, la bella descripción del cuerpo de la mujer amada, en fin. Estos microtextos circulando en internet probablemente acercarían a nuevos lectores a una obra que se considera sofisticada y del canon literario occidental.

  • Ingreso a comunidades lectoras virtuales. La batahola de la novela histórica, de las sagas juveniles, de los libros de autoayuda, de los instant books, generaron en internet la conformación de comunidades de lectores que no se conocían personalmente entre sí, pero que se encontraban en intereses de lectura y subían sus reseñas a sitios web como Goodreads y Librotea. En Twitter y Facebook han crecido comunidades lectoras alrededor de las lecturas bíblicas, las de Harry Potter, de Carlos Ruiz Zafón y recientemente un hashtag, #Dante 2018, ha dado que hablar, pues propone la lectura diaria de un canto de la Divina Comedia, y tiene cerca de mil seguidores en Twitter.

La posibilidad de que los autores interactúen en directo con los lectores a través de medios como Youtube Live o Facebook Live, ha renovado el contrato autor/lector. Los nuevos lectores, además, proponen capítulos inéditos al autor, o se los envían, o los suben a sitios fan-fic. Incluso cambian secciones del libro que no les acaban de gustar y los comparten en la red. Recientemente editorial Anagrama de España propuso a sus lectores escribirle directamente al Nobel de literatura 2017, Kazuo Ishiguro, proponiéndole temas para la novela que comenzará a escribir en 2018. Se cuestionarán los valores sagrados del autor encerrado y solitario en su biblioteca que escribe una obra única, pero las dinámicas de la interacción autor/lector advierten de nuevas formas de construir los textos, y que el lector pueda ser parcialmente coautor o colaborador del texto. La idea de obra cerrada se rompe (vieja propuesta hecha por Umberto Eco en Obra abierta, por allá en los años 60 del siglo pasado).

Conclusiones

Estamos asistiendo a bruscos cambios en la relación de las personas con la cultura escrita, cuyas consecuencias aún no alcanzamos a entrever totalmente. Podemos lanzar hipótesis y es posible que erremos en los juicios de lo que sucederá, pero es tarea de los editores -varios de los cuales se están formando en la Especialización en Edición de publicaciones de la Universidad de Antioquia- avizorar ese futuro forjándolo en medio de la niebla. El editor de Alianza, el español Javier Pradera (2017) enumeró las tareas de las editores, una de las cuales (está subrayada) es construir lectores:

[El editor es] alguien que presenta un interés selectivo en sus preferencias como actor racional a favor de la difusión del conocimiento y de la cultura; la capacidad de allegar y organizar recursos; un mínimo proyecto cultural; la capacidad de armonizar sus gustos personales y las líneas generales de ese proyecto con la demanda social no solo actual sino también potencial; el talento para discriminar y seleccionar entre la oferta existente, es decir, para apostar por autores, tendencias y géneros; la imaginación suficiente para hacer llegar esa oferta mediada por su catálogo a una demanda seleccionada por su proyecto; y, por último, saber administrar los recursos humanos y materiales a su disposición para hacer viable y perdurable su empresa. (p. 61).

Los editores, pues, no pueden ser ajenos a este nuevo puesto que ocupa el lector en la cadena del libro. La democratización de la lectura, la emergencia de otros tipos de texto que han surgido con internet y las redes sociales, las relaciones entre los lectores y los autores, la “traición al texto”, son la muestra de ese cambio vertiginoso y lleno de ruidos que se inició con el nuevo paradigma digital a comienzos del siglo XXI. Esta democratización anárquica, sin observación de cánones ni de reglas académicas, manipulada en algunos casos, abre nuevos retos a la alfabetización y a quienes somos maestros, editores, mediadores de lectura.

Quienes producen libros (impresos, electrónicos, multimedia) y en general contenidos analógicos o digitales de interés público deberían valorar ese lector, invitándolo a ser partícipe activo de la cadena del libro. El derecho que tiene quien no ha sido mirado con atención, ni ha sido protagonista de un proceso. Hay que “consentir” a ese lector. Avisarle de las novedades, tenerlo incluido en los boletines, etiquetarlo en las redes sociales, llamarle por su nombre propio, invitarlo a dialogar con los autores y sobre las obras. La idea del lector “ideal”, borroso y distante que tenían los editores tradicionales, terminó. Recientemente he estado en el Hay Festival de Cartagena y he podido apreciar a lectores reales (señores y señoras mayores, jóvenes curiosos, profesores universitarios abriéndose a la cultura popular) seguir a sus autores en busca de una dedicatoria para sus libros.

En consecuencia, los nuevos lectores tienen derecho a la posibilidad, a ser guiados, a ser oídos, a compartir el valor de los textos. Hay que invitarlos a pertenecer a comunidades letradas y ganar una identidad ciudadana para que puedan alcanzar una capacidad crítica que les permita distanciarse del odio y la manipulación de líderes políticos o religiosos. Es un sueño propio de la Ilustración, que esperamos tenga una segunda oportunidad en nuestro medio.

El gran poeta romántico Friedrich Hölderlin habló de tener la cabeza en alto en medio de las crisis[4] . Y bueno, mientras unos se enfurruñan con los cambios y piden a gritos conservadoramente mantener el statu quo, otros pedimos dar pasos sin perder la serenidad. ¿Dónde deberían estar los editores en ese espacio de renovación? Del lado del lector, digo yo, del lector real. Señoras como la de la foto, que en un viaje en transporte público de 50 minutos no levantó los ojos de El amor en los tiempos del cólera;

señora leyendo

… de esta joven que es capaz de leer una novela clásica mientras consulta su WhatsApp…

joven leyendo al tiempo digital e impreso

Del lado de los excluidos de la cultura escrita, como lo ha pedido la escritora de literatura infantil Irene Vasco, en Letras al carbón (2015).

irene alfabetizacion

Una tarea central de los editores innovadores es ganar nuevos lectores con libros que el mercado tradicional rechazaría porque no son rentables a corto plazo. Si eso es así, entonces habrá que mirar cómo están funcionando estos nuevos lectores y qué textos necesitarían para enriquecer su imaginario. Habrá que buscar autores para escribir esos textos. Yo creo que el lenguaje y las formas textuales todavía admiten nuevas aperturas y corresponde a los editores explorarlas.

Mi opinión es que la cultura escrita (incluidas las culturas orales campesinas, negras, indígenas) pueden ser un bastión de resistencia contra el Texto único, las lecturas homogéneas, las escrituras normatizadas y validadas por los editores y la crítica tradicionales.

Cierto que la palabra libre suscita ansiedad y obliga a mirar hacia el futuro, a lo desconocido. Por eso me gusta la palabra libertad, por todo lo que moviliza.

¡Gracias por su atención!

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[1] Zuleta, E. (2007). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Medellín: Hombre Nuevo-Fundación EZ.

[2] El número 92 de 2017 del Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República (http://bit.ly/2nFCUk7) da cuenta de ello y muestra los ejemplos de valiosas colecciones de libros que apenas empiezan a ser conocidas públicamente. Otro artículo señala el infortunio de la magnífica biblioteca del poeta León de Greiff refundida en un prostíbulo en Bogotá: http://bit.ly/2nAUwyp.

[3] En entrevista publicada en la revista Semana. Cfs. http://bit.ly/2KwefYX

[4] Hölderlin: “Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios, / ¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta, / tomar el rayo del Padre, a él mismo, con nuestra propia mano, / y entregar al pueblo, velados / en la canción, los dones celestes”. Poemas, Alianza, Traducción de José María Valverde, 1987.

Bibliografía consultada

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Bloom, H. (2006). El canon occidental. Barcelona: Anagrama.

Bouza, F. (2012). Dásele licencia y privilegio. Madrid: Akal.

Chartier, R (2000). Las revoluciones de la cultura escrita. Barcelona: Gedisa.

Coetzee, J. M. (2007). Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar. México: Debate.

Darnton, R. (2003) Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen. Madrid: FCE, Turner.

Eco U. y Carrière, J. C. (2010). Nadie acabará con los libros. Barcelona: Lumen.

Einsenstein, E. (2010). La imprenta como agente de cambio: México: FCE.

Foucault, M. (1973, 2010). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.

Gracia, J. (2017). Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Barcelona: Taurus.

Hamesse, J. (2001). El modelo escolástico de la lectura. En: Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid: Taurus.

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Pradera, J. (2017). Itinerario de un editor. Barcelona: Trama. Descargable en: http://bit.ly/2EIvXpi

Petrucci, A. (2001). Leer por leer: un porvenir para la lectura. En: Historia de la lectura. Madrid: Taurus.

Robledo, B. (2017). María Cano. La virgen roja. Bogotá: Debate.

Sánchez Lozano, C. (1998). Siete anotaciones para una crítica de la crítica literaria colombiana de fin de siglo. En: Página 34. Opiniones de una década. Bogotá: El Astillero. Descargable en http://bit.ly/1Pc7dDw

Silva, R. (2002). Los ilustrados de Nueva Granada 1760-1808. Genealogía de una comunidad de interpretación. Eafit-Banco de la República: Medellín.

* Esta conferencia fue presentada por gentil invitación de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia para inaugurar la cuarta cohorte de estudiantes de la Especialización en Edición de Publicaciones. 5 de febrero de 2018. Auditorio Carlos Gaviria. Una versión abreviada se presentó en el «Encuentro latinoamericano del libro, la edición y la lectura», en el Instituto Caro y Cuervo, el 25 de julio de 2018. Correo electrónico: cslozano@gmail.com

La mejor historia que puede contar un bibliotecario escolar es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes”. Natalia Díaz, mediadora de lectura.

Esta es la primera de tres entrevistas a mediadores de lectura y escritura. Los mediadores son fundamentales en la transformación en los hábitos de lectura que está viviendo Colombia y que ha confirmado la Encuesta Nacional de Lectura 2018, realizada por el Dane. Dar visibilidad a esos mediadores me parece más que justo, pues en la prehistoria de cada lector hay un mediador. De un lado a otro del país, en bibliotecas públicas y escolares, en iglesias, en malocas, en parques, en hospitales, en plena selva los mediadores se la juegan toda por ayudar en la reconstrucción de un país acostumbrado a la exclusión en la cultura escrita. Nuestra invitada de hoy es la profesora Natalia Díaz, de Bogotá, quien primero fue bibliotecaria escolar y ahora es maestra de bachillerato. Natalia pertenece a la nueva generación de mediadores formada en una facultad de Literatura y con una mirada más panorámica del problema de la lectura en la escuela. (Carlos Sánchez Lozano).


Natalia nació en Bogotá. De niña fue odontóloga, dueña de restaurante, ama de casa, bailarina, etc. En la adolescencia tenía una costumbre particular: leer hasta altas horas de la noche. Estudió en la Universidad Javeriana. Fue bibliotecaria escolar en cuatro colegios públicos de Bogotá. Hoy es maestra en el Colegio Ramón de Zubiría.

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Foto de Juan David Correa

Natalia, danos una imagen verbal del momento en que te enamoraste de los libros.

Yo tenía el único mueble biblioteca de la casa y allí fueron a parar los libros de mi papá y los que me regalaban a mí. Yo era la guardiana y protectora de estos libros y en esta relación fue que me enamoré de ellos.

¿Pinocho o Hansel y Gretel? ¿Caperucita roja o Cenicienta? ¿Qué historia de niñez te atrapó para siempre?

¡Todas! Tuve una colección de libritos con algunos de estos cuentos, una historieta de Aladín y otra de El sastrecillo valiente. Recuerdo que leí incluso todos los cuentos de mis libros de texto del colegio, aunque no los hubiéramos visto en clase. Aún hoy en día y a lo largo de los años sigo encontrando nuevas versiones o haciendo nuevas lecturas de los cuentos clásicos y creo que siempre me van a atrapar.

¿Tuviste buenos maestros en el colegio que te entusiasmaran por la lectura literaria?

Mis maestros de primaria me enseñaron a leer y escribir muy bien, era un colegio pequeño y tuve esta gran ventaja. Pero curiosamente fue uno de mis maestros de primaria el que frustró muy pronto mi carrera como escritora. A los nueve años me sentí inspirada para comenzar a redactar muchos cuentos en mi cuaderno de español con su respectiva ilustración, pero mi profesor se quejó de que yo estaba distrayéndome de las clases con este tema de escribir los cuentos y hasta ahí llegó mi entusiasmo, creo que también llegó a decir que los cuentos no eran muy buenos como para dejar de lado las clases. Fue un duro golpe del que aún no me recupero, la escritura quedó relegada a las redacciones académicas o laborales y a actualizar de vez en cuando mi diario íntimo o los estados de Facebook.

Ya en bachillerato, tuvimos que leer en octavo El amor en los tiempos del cólera, creo que fui una de las pocas estudiantes que de verdad lo leyó completo y fue una experiencia inolvidable, la mejor lectura obligatoria del colegio. Pero ¿cómo tuve yo la facilidad para leerme un libro completo de García Márquez a los 13 años? Mi gran maestro, el adulto que de verdad me inspiró por la lectura fue mi padre. Y lo único que él hacía era leer. Leía de todo, desde el periódico y las Lecturas dominicales de El Tiempo, las revistas de Selecciones, crónicas de Germán Castro Caycedo y cuanta novela negra le interesaba. Yo lo imitaba y ahí quedé irremediablemente atrapada.

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Mis primeras lecturas de la adolescencia fueron los libros que él terminaba de leer y me prestaba, muchas veces novelas sobre espías rusos o norteamericanos que tenían misiones muy complicadas. Estos libros me enseñaron mucho de redacción, ortografía y la capacidad de sumergirme en una historia por más larga que pareciera. Pero sobre todo, el placer de leer.

Estudiaste literatura. ¿Cómo llegaste a esa decisión? ¿Fue muy aburrido estudiar Literatura con L mayúscula?

Exceptuando algunas pocas clases en las que me costaba mantenerme despierta, estudiar Literatura fue todo un placer y un privilegio. Antes de terminar el colegio tenía claro que quería estudiar algo relacionado con las humanidades. Me presenté a Historia, pero no se dio y después de salir del colegio me decidí por Literatura porque el pénsum era lo más cercano al tipo de clases que quería ver. Me gusta pensar que soy una persona práctica y en ese sentido Literatura era la carrera más cercana para lograr que me pagaran por hacer lo que más me gusta, que es leer, y así sucedió.

¿Cómo llegaste a ser bibliotecaria escolar? ¿Cuántos años duraste?

Gracias a Jenifer Nieto, mi amiga y compañera de la carrera, quien meses después de graduarnos de la universidad me contó que estaban haciendo pruebas para este trabajo. Nos presentamos, pasamos las pruebas, nos contrataron y duré siete años trabajando como bibliotecaria escolar. A Jenifer mi eterno agradecimiento por esto. Mi intención era trabajar en el mundo editorial y la corrección de estilo, pero estar en un lugar con miles de libros y que me pagaran por leer y animar a leer a otros fue mi verdadero destino y yo me sentí más que feliz con esto. Ya no me puedo imaginar en un trabajo ciento por ciento de oficina, trabajar en educación y con personas está bastante alejado de la rutina de una.

Cuéntanos una historia que resuma ser bibliotecaria escolar.

La mejor historia que puede contar un bibliotecario es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes. Que en siete años yo haya prestado miles de libros, la mayoría de ellos escogidos por los niños o sugeridos por mí y no lecturas obligatorias, es la satisfacción más grande y la mejor prueba de que mi trabajo funcionó de alguna forma. Los talleres, la atención en descansos, el trabajo con docentes, los proyectos y todas las actividades que debe realizar un bibliotecario escolar deberían tener este final: te visitan los niños con su documento de identificación -y los más pequeños- con su acudiente a llevar libros a casa y crean esa intimidad entre texto y lector. Es la oportunidad de oro para formar mejores lectores, estudiantes y personas en el futuro.  Yo extraño mucho a mis lectores más juiciosos de las bibliotecas escolares en las que trabajé, pero estoy segura de que la oportunidad y el hábito de ser usuarios de bibliotecas es lo más valioso que les pude dejar y que ahí queda una conexión permanente, así ya no los vuelva a ver.

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Eres un caso especial porque pasaste de ser bibliotecaria escolar a maestra. ¿Cómo fue ese cambio? ¿Por qué decidiste hacerlo?

Esa historia incluye una historia de amor porque fue un exnovio el que me convenció de presentarnos juntos al concurso docente y de alguna forma a él le debo mi actual trabajo. En mi caso el cambio se dio de una forma muy natural, duré más de tres años en todo el proceso del concurso y cuando llegó la audiencia para escoger colegio, el año pasado, yo ya estaba plenamente mentalizada y agradecida con el cambio de empleo, sobre todo porque las condiciones laborales son mejores ahora. Ser bibliotecario escolar es un trabajo maravilloso, pero yo pertenecía a ese grupo de contratistas que van al capricho de cada administración y sin ninguna certeza de continuidad o recibir prestaciones de ley. Además, no estoy muy alejada de mi anterior trabajo: todavía trabajo con niños de colegio público, hacemos algunas clases en la biblioteca y cuando se puede hago promoción de lectura con ellos.

Trabajas con adolescentes en estos momentos. ¿Te han sacado canas porque no les gusta leer?

Me sacan canas por muchos motivos, pero no porque no les guste leer, al final todos terminan leyendo, aunque sea la misión de un videojuego o el chat y las redes sociales. Estar rodeado de pantallas interconectadas nos vuelve a todos lectores, y de alguna forma ellos se dan cuenta de que necesitan esa habilidad en el mundo actual. Lo difícil tal vez es convencerlos de que lean buena literatura, pero por un estudiante de cada curso que termine haciéndolo, ya se justifican todas las canas.

Natalia, ¿cómo te percibes ahora como maestra? ¿Cuál es tu responsabilidad en este momento a diferencia de cuando eras bibliotecaria?

Me veo como subiendo una escalera, con unos escalones más altos que otros y un esfuerzo diferente al que hacía en mi trabajo como bibliotecaria. Antes como bibliotecaria yo estaba en un lugar fijo, mi biblioteca, y tenía que dinamizar este lugar y hacer que toda la comunidad educativa de alguna forma se relacionara con ella. Ahora doy clase a trece cursos y a cada uno lo puedo ver una o dos horas a la semana. No todos tienen el deseo de escucharme o aprender algo de mis materias, que son Comunicación e Investigación. De alguna forma ha sido un reto más difícil y además la mayoría de mis estudiantes son adolescentes de población vulnerable, lo que hace que valore mucho más todo lo que estoy aprendiendo como persona, sobre todo y en este momento, a tener más autoridad y dominio de grupos. Afortunadamente lo que se ha conservado intacto es la oportunidad de usar todos los días mi creatividad para preparar las diferentes actividades, la libertad de cátedra es lo mejor de trabajar en instituciones públicas.

¿Qué idea tienes de ti dentro de cinco años?

La de todos los millenials: tener acumulados más viajes, lecturas, experiencias y mantener una conciencia tranquila, el resto se lo dejo a la vida.

Respuestas cortas para preguntas cortas

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El personaje masculino (o femenino) de novelas que te mata.

Sherlock Holmes.

Una mujer escritora que admiras.

Helena Iriarte, gran maestra y escritora.

El lugar literario que quisieras visitar.

Uno que aún no haya leído. Leer también es habitar.

Lo que le preguntarías a tu escritor preferido

¿Tener un solo autor preferido? ¡Imposible!

Un texto literario al que vuelves una y otra vez

La alegría de querer, de Jairo Aníbal Niño.

Un poema de amor inolvidable

Al menos, si entro en las sombras antes que tú,

te has de acordar de mí después

sin que mi recuerdo te arda o te hiera o te mueva,

porque nunca enlazamos las manos, ni nos besamos,

ni fuimos más que niños.

Fernando Pessoa

La frase de un cuento o ensayo que subrayaste.

“Los estudios siguen sin arrojar resultados concluyentes sobre la posible relación causa-efecto entre la violencia y el consumo de violencia en el ocio”, de Simon Parkin en el libro Muerte por videojuego. Fue uno de los últimos fragmentos que subrayé.

La biblioteca que hace parte de tus sueños.

La biblioteca de Babel.

La librería donde te gastas la mitad de tu salario.

No discrimino, cualquiera donde encuentre lo que estoy buscando en el momento.

El amigo o amiga con el que te gusta conversar de libros.

Después de tantos años dedicados a la literatura y a la promoción de lectura, puedo decir que con casi todos mis amigos me gusta hablar de libros. Pero un reconocimiento especial para mi amiga desde la época de colegio, Diana Rodríguez, quien sin estar relacionada profesionalmente con la literatura, ha leído muchos más autores contemporáneos que yo.

Escuche a Natalia Díaz leyendo un fragmento de Tamerlán, de Enrique Serrano.

Hay que leer siempre lápiz en mano, George Steiner

Avatar de calledelorcoCalle del Orco

En efecto. Y lo repito: casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el que está leyendo. Es una de las grandes arrogancias culturales de mi pequeño y trágico pueblo.

Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: «¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!». No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo : «El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Es in extremis pero encierra una gran verdad. Tener unas obras completas es recibir a un invitado a quien damos las gracias y de quien también toleramos los defectos, que incluso llegan a gustarnos. Y, años más tarde, por esnobismo o arrogancia de mandarín, tratamos de ocultar los rastros de…

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