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Rebeca Marsa, nueva novelista colombiana

Noviembre 8 de 2017

Por Carlos Sánchez Lozano

En su primera novela, Como perro sin dueño (2017), Rebeca Marsa logra un sólido equilibrio entre la historia de un artista fallido y el trasfondo histórico de un país invivible que pasa del detritus del Frente Nacional al narcotráfico y termina en los «falsos positivos». Las primeras novelas no suelen ser buenas, pero esta sí lo es: cuidada en su concepción, escrita con dominio del tema, es la continuación de una tradición de novelas realistas sobre Bogotá, que han enriquecido, entre otros, Soledad Acosta de Samper, José A. Osorio Lizarazo, Antonio Caballero, Luis Fayad, Carlos Perozzo, Rafael Humberto Moreno-Durán y Julio Paredes. Sigue leyendo

«La educación sentimental»: un amor de mis 20 años

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En 1984 yo estudiaba derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. El libro que me acompañó en aquellos días fue La educación sentimental (1869) de Gustave Flaubert. Un espejo total de lo que vivía.

Una amiga, con la que estudiaba derecho civil (el derecho de la propiedad y de los ricos), moría asesinada por la policía, tras un asalto urbano. Era guerrillera. La versión femenina de Senecal.

Un compañero de literatura un día me dijo: “Te voy a dar a leer mi novela. Todo lo que no se ha dicho sobre la violencia en Colombia, yo lo cuento ahí”. Me lo encontré y lo interpelé por su opera prima. “La perdí en un bus”. Era el cínico Hussonet. Y Deslauriers y Cisy rencarnaban en la figura de un abogado, antiguo y feroz sindicalista de izquierdas, que ahora defendía los intereses de alguna iglesia evangélica gringa: “Debo comer, ¿no?”.

Yo mismo me había enamorado de una mujer casada (Frédéric y madame Arnoux). Ay.

Leer ayuda a ser un poco más libres

Entrevista publicada en el periódico La Opinión de Cúcuta, domingo 22 de noviembre de 2016 (http://bit.ly/2gy5Biu)

Por Cicerón Flórez (ciceron.florez@laopinion.com.co. Asesor Emérito del diario La Opinión)

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Se ha dicho que la lectura es uno de hábitos de mayor goce del ser humano. Desarrolla el conocimiento, irriga la inteligencia y contribuye a la comprensión de la vida. La falta de ese ejercicio es una resta que se la hace a la cultura y genera preocupaciones. Por ello se están promoviendo campañas en establecimientos de educación, o desde las bibliotecas públicas y en los mismos hogares. Carlos Sánchez Lozano, docente universitario, consultor en temas de educación y estudioso del arte y la literatura trabaja en el fomento de la lectura. La semana pasada vino a Cúcuta para dictar un taller en el Área Cultural del Banco de la República. Es el tema de esta entrevista que concedió a La Opinión.

Las estadísticas muestran un bajo índice de lectura de libros en Colombia. ¿Cuál es la realidad al respecto?

Los estudios cuantivativos sobre hábitos de lectura han sido relegados porque no permiten valorar cambios en el concepto dinámico de lo que los historiadores de la alfabetización denominan hoy lectura. Del último estudio elaborado por el Dane en 2005 quedó en claro que se estaba leyendo más en pantallas que en papel y que la lectura de libros literarios de los niños entre 7-12 años iba en crecimiento. Posteriormente programas para la primera infancia como Fiesta de la lectura –en el que por los menos 50 mil madres comunitarias de todo los municipios y veredas de Colombia les leen diariamente a los niños de 2 a 6 años- hablan de que es mejor observar las prácticas de lectura in situ, que ponerse a contar cuántos libros leen las personas por año.

Hay campañas tendientes a promover el hábito de la lectura. ¿Qué tan eficaces han resultado y qué más puede hacerse?

Colombia tiene programas reconocidos y exitosos en promoción de lectura tanto en el ámbito público (el Plan Nacional de Lectura y Escritura dirigido por el Ministerio de Educación Nacional y el Ministerio de Cultura), como en el privado (el caso de cajas de compensación familiar en Bogotá, Cali y Medellín). En general tienen eco, sobre todo en el sistema escolar. Ya incluyen a población en discapacidad, presos en cárceles e incluso a habitantes de la calle. Está clara la idea de que una de las formas de inclusión democrática es la lectura para todos.

¿Desde los centros de enseñanza cómo se está contribuyendo a la lectura?

En las instituciones de educación básica y media todavía falta una política concertada del Estado, pero se están desarrollando programas y hay recursos en ejecución. El principal problema tiene que ver con que muchos docentes no son mediadores de lectura, esto es, ellos no forman lectores ni guían a los niños y jóvenes a serlo. Incluso, muchos docentes no son lectores activos ni de prensa, ni de literatura, ni de información especializada en sus áreas. Y si bien usan las redes sociales, ello no comporta necesariamente una actitud lectora crítica. Un actor clave en la formación de lectores en la escuela son los bibliotecarios escolares. Pero eso va lento porque no hay plata para crear el cargo en las instituciones educativas públicas.

¿Medellín está a la vanguardia del empeño por la lectura?

Sí, Medellín es un caso particular en el país. Tiene un plan de lectura municipal bien organizado, tiene programas excelentes de gran impacto como el Juego literario, realizado de forma anual, donde miles de niños y jóvenes de todas las escuelas públicas leen a autores que se invitarán posteriomente para que conversen con los estudiantes. Tiene además una potente red de bibliotecas públicas y de cajas de compensación familiar con programas barriales que hacen que la comunidad las valore enormemente.

¿Cómo les va a las bibliotecas?

La Biblioteca Nacional, que está a cargo de las bibliotecas públicas de 1.060 municipios, tiene programas activos de promoción de lectura más o menos estables con bibliotecarios locales que están en proceso de profesionalización. También hay que reconocer el esfuerzo de la red de las 22 bibliotecas del Banco de la República que logran poner a disposición de los lectores más de dos millones de libros impresos que tiene la Luis Angel Arango en Bogotá, al igual que cajas viajeras para que maestros o promotores de lectores las usen en zonas rurales donde no llegan los libros. El tema complejo siguen siendo las bibliotecas escolares (debería haber una por cada institución escolar. En Colombia hay más de 25 mil instituciones educativas públicas). En eso estamos muy retrasados. La dotación ha crecido (la Colección Semilla con 270 libros literarios e informativos dirigidos a los niños y jóvenes de todos los grados escolares), pero a veces se pudre en los colegios porque los maestros no usan los libros, porque temen que se pierdan –o se dañen- y les inicien un disciplinario.

¿Cuál podría ser el futuro?

Hay que dotar mejor las bibliotecas (públicas y escolares). Hay que invitar a los maestros a formarse como lectores. Hay que abrir nuevos espacio de lectura como Libro al viento, los clubes de lectura, los Biblioparques, etc. para que los ciudadanos se acerquen sin temor ni reverencia a los libros. Hay que hacer énfasis en la lectura –impresa y electrónica- con jóvenes. Hay que crear programas para que las víctimas del conflicto armado y en general de todas las personas que están en situación de pobreza o exclusión pueden acceder a programas de lectura y escritura.

Defina la importancia de la lectura.

Leer ayuda a ser un poco más libres y confrontativos ante al poder, la mentira, la estupidez y los dogmas. Vimos el 2 de octubre que sin lectura y escritura de calidad, no hay ciudadanía.

¿La buena literatura ha perdido atractivo?

Estamos en una época de fin de los cánones. Ya nadie se puede arrogar el derecho de qué deben leer los otros. Es necesaria la mediación y las recomendaciones, pero la prescripción vertical terminó.

¿Cómo está Colombia en producción literaria?

No estoy al día en el tema, pero celebro que hay nuevas voces, sobre todo femeninas. Lo que haya que decir de nuevo, lo dirán las mujeres.

¿La crisis de la lectura afecta el conocimiento y el desarrollo cultural?

Sin duda y está verificado por entidades como la OCDE. Bajos niveles de hábito lectura y de circulación de libros se reflejan en economías con baja movilidad y una transferencia dependiente del conocimiento.

¿Y usted qué lee y cuánto lee?

Gracias por la pregunta. Leo poco. Unos 40 minutos o una hora diaria, entre las 5 y las 6 de la mañana acompañado de mi sagrado café. Las responsabilidades de maestro universitario limitan mis oportunidades de leer tranquilo. En este momento estoy viviendo un periodo de fiebre lectora de poetas. Acabo de leer El gran amor del estimado maestro, y ahora estoy metido de cabeza en la obra de un poeta ruso: Joseph Brodsky. No había leído un poeta contemporáneo que me dijera tanto sobre el poder, la pérdida de la razón del mundo, la incomunicación, y el valor del lenguaje para sobrevivir en medio del nihilismo

El niño que pasaba desapercibido cumplió seis años. Como los gatos, va para la segunda de sus siete vidas. Entrevista a Óscar Rodríguez

Por Carlos Sánchez Lozano. Enero 17 de 2016

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A Óscar Rodríguez lo conocí, creo, en 2008, en un taller de escritura en la Javeriana que dirigía Juan Manuel Silva. Yo hice una presentación breve sobre la industria editorial en Colombia y luego sobre la importancia de los libros de literatura infantil, pues en ese momento fungía de editor de LIJ en Ediciones SM Colombia y quería invitar a los noveles escritores de ficción a pensar en los niños. Uno de los asistentes que mostró interés fue Óscar. Hablamos puntualmente: lo invité a que participara en el Premio que organizaba la editorial en alianza con la Biblioteca Luis Ángel Arango. Cuál no sería mi sorpresa el día de la premiación al ver que Óscar estaba entre los invitados especiales y era uno de los finalistas con su libro “El niño que pasaba desapercibido”. Edité el libro en 2009, salió publicado en la prestigiosa colección El Barco de Vapor (azul) y puedo dar fe de cuán interés generó inmediatamente. En dos años pasó la barrera de los 5 mil ejemplares y tiene lectores –y seguidores- en Colombia y México. Miles de niños desapercibidos que sintieron identidad con el protagonista del relato. En homenaje a la felicidad que ha brindado Óscar a tantos lectores, va esta entrevista realizada por correo electrónico.

Han pasado seis años de la publicación de El niño que pasaba desapercibido (2009). Cómo te sientes de tener otro hijo –aparte de tus dos bellas hijas- con esa edad.

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Óscar Rodríguez, autor de «El niño que pasaba desapercibido».

Muy contento, la verdad. Es curioso pero cierto el símil sobre los hijos, porque cuando veo a mis hijas e identifico rasgos y actitudes mías. A veces pienso en que el día que muera mucho de mí seguirá viviendo en ellas. No sé si eso lo piensan todos los padres. Pero con el libro pasa algo similar. Uno queda ahí metido. El día que yo ya no esté, posiblemente alguien abra el libro y al leerlo me volverá a la vida.

Cuéntanos cómo fue el origen de El niño que pasaba desapercibido. La primera idea, su prescritura, los borradores, la versión que enviarías al I Concurso del Barco de Vapor – Biblioteca Luis Ángel Arango.

Bueno, esa es una historia que cuento con frecuencia porque muchos niños me lo preguntan. Mi hija mayor, Ana Canela, por esos días tenía cinco añitos y yo le leía cuentos para que se durmiera. Entonces una noche al preguntarle qué tipo de cuento quería que le leyera me dijo que quería un “cuento de boca”. Yo le pregunté ¿Qué es eso” y ella me respondió: “Uno que tú te inventes”. Me puso entre la espada y la pared y yo traté de recordar la época en que tenía su edad y lo único que se me ocurrió decir fue “esta es la historia de un niño que pasaba desapercibido” y ella me respondió “qué es eso” y me di cuenta que estaba perdido. Pero cuando expliqué que se trataba de un niño que nadie notaba y no le ponían atención, ella en lugar de sentir que era algo malo, le pareció genial. Y seguí: “…y como nadie notaba su presencia, un día decidió robar un banco…”, y ella saltó de emoción. Y por dentro yo me decía “¡Bruto! ¿qué valores le estoy enseñando?”, pero ella estaba encantada y pedía más, yo seguía inventando y ahora mismo no recuerdo como cerré la historia esa noche. A la noche siguiente, quiso que le repitiera la historia, pero ahora tenía montones de preguntas: ¿cómo se llamaba?, ¿ese niño tenía familia?, ¿porque no le ponían atención?, ¿qué hizo con la plata? Y así noche tras noche, hasta cuando me dije: “Si no escribo esto se me va al olvidar”, y ya no podía dejar que ese niño además de desapercibido cayera en el olvido. Y mientras lo escribía se lo iba leyendo y ella me decía cómo le parecía. Por eso siempre le he dicho que ella es la coautora.

Imagino que te emocionó mucho cuando te dijeron que eras finalista. ¿Qué opinaron los jurados sobre el libro?

Me llegó una invitación pero como era nuevo en esto, simplemente pensé que invitaban a todos los participantes. Pensaba que no tenía muchas posibilidades, porque ¿a quién se le ocurre poner una palabra como ‘desapercibido’ en el título de un libro para niños? Era como si lo hubiese llamado la desembocadura del acuífero o algo por el estilo. Pero cuando dijeron que había ocupado el segundo lugar y me hicieron pasar a hablar, no pude salir de mi asombro. Simplemente era imposible. Luego hubo una reunión con los representantes de la editorial y los jurados. Entendí que la decisión había estado reñida, pero para mí la sola posibilidad de ver editado el libro era mucho más de lo que nunca había esperado.

¿Cuándo viste el libro –con las ilustraciones de Sergio Camargo- qué pensaste?

niño escapando policia

Las ilustraciones son maravillosas, pero aunque los niños que salían allí no eran como yo los había imaginado muy rápidamente comprendí que esos dibujos representaban mucho mejor a Octavio que lo que lo había podido imaginar, especialmente la que escogimos para la carátula me parece una obra de arte magistral (ver biografía de Sergio Camargo aquí).

¿Cómo fue la primera vez que fuiste a un colegio a conversar con los niños sobre el libro?

Eso fue inolvidable, me llamaron para decirme que iban a inaugurar la biblioteca en el Agustiniano Norte y que me invitaban a dar una charla sobre el libro. Yo preparé una presentación de diapositivas pensando en una reunión con unos veinte niños dentro de una biblioteca oscura. Pero estaba equivocado, la reunión era en la cancha de basquetbol y estaba toda la primaria, calculo que unos custro cientos niños. Por supuesto fue imposible usar las diapositivas pues había mucha luz, entonces tome el micrófono y pregunté ¿a quién de aquí le gusta leer? y 350 niños alzaron la mano. Entonces dije: “Necesito aquí a un niño al que no le guste leer y en menos de diez segundos tenía una montaña de niños sobre mí”. Creo que nunca antes me había sentido tan emocionado. Cuando los profesores lograron estabilizar la situación leímos un rato charlamos sobre el libro y los niños también se divirtieron mucho. Luego de mi presentación, pasó el padre rector a hablarles de la biblioteca y de la importancia de los libros en la formación del conocimiento. Mientras yo arreglaba mis cosas para salir discretamente, él les estaba diciendo: “A ver ¿quién de ustedes es capaz de adivinar cómo se va a llamar la nueva biblioteca” y los niños en coro gritaron “¡¡¡Óscar Rodríguez!!!” y el padre dijo: “No. La biblioteca se llamará Santo Tomás de Aquino”. Y me sentí apenado con el padre rector por haberle alborotado la audiencia y con Santo Tomás por haberle robado su protagonismo esa mañana, pero se me dibujó una sonrisa que no me pude quitar sino después de varios días.

¿Cuál es la escena o el capítulo sobre el que más te preguntan los niños lectores?

comienzo capitulo 1

Comienzo del capítulo 1 de «El niño que pasaba desapercibido».

No es tanto una escena o un capítulo, lo niños siempre quieren saber cuál era la primera gran idea de Octavio (se puede leer acá). Todo comienza cuando Octavio tiene una gran idea y quiere comentársela a alguien y nadie le pone atención, entonces decide huir de su casa. Luego pasan tantas cosas y tiene tantas nuevas ideas buenas y malas, que cuando se da cuenta todos esperan que diga cuál es su gran idea y él se da cuenta que su gran idea no era tan grande como inicialmente pensaba y nunca la dice. Así que yo tampoco supe cuál era esa idea. Los niños no me creen que yo no sepa cuál es esa primera gran idea de Octavio, pero qué culpa tengo si tampoco a mí me la contó. O tal vez cuando lo hizo estaba pasando desapercibido y no le puse atención.

Alguna profesora te debe haber hecho un comentario particular sobre tu libro. ¿Cuál recuerdas en especial?

En general a las profes les encanta el libro porque dicen que es un texto que se deja trabajar y sobre todo porque logra entusiasmar a los niños. Pero en el fondo yo sé que ellas también a veces pasan desapercibidas y se sienten identificadas. A todos nos pasa.

Hablemos de la recepción del libro. Para comenzar, ¿cuántos –más o menos- encuentros has tenido con los niños desde que salió publicado el libro?

He hecho unas diez o doce visitas a colegios y unas seis o siete presentaciones en ferias de libro y otros eventos. Claro al principio mucho más y ahora más esporádicamente. Pero por ejemplo hay un colegio a donde he ido tres o cuatro veces porque cada año nuevos niños leen el libro y al firmar libros me han tocado libros con tres autógrafos para diferentes niños que se los pasan de un año a otro. Eso es muy emocionante porque significa que si cada libro vendido se lo han leído en promedio dos niños y se han vendido 22 mil significa que alrededor de 40 mil niños ya han leído la historia y si sólo el uno por ciento de ellos le toma amor a la lectura gracias a Octavio son 400 personas que ya nunca se sentirán solas mientras tengan acceso a la literatura. Son 400 vidas que pueden ser más felices. Eso lo deberían pensar todos los autores. Yo creo firmemente que la literatura nos hace la vida más llevadera cuando somos adultos y si esa experiencia comienza desde la niñez no solo estimula las competencias lectoras sino que impulsa la imaginación y la curiosidad pues cada frase que leen los llena de preguntas y muchas de esas tienen que contestárselas ellos mismos.

¿Cuál es la pregunta o el comentario que más te hacen?

La mayoría quieren contarme situaciones en las que sienten que pasan desapercibidos y siempre hay alguno que cuando le firmo el libro al final de la visita me dice que estuvo levantando la mano todo el tiempo y que yo no le di la palabra: “estuve pasando desapercibido todo el tiempo” y es lógico porque siempre son grupos de por lo menos cincuenta niños y todos alzan la mano. Algunos deben pasar desapercibidos, no hay solución.

Octavio, el protagonista de El niño que pasaba desapercibido, para probar que nadie le pone cuidado, roba el dinero de un banco y nadie se da cuenta. Con todo este asunto del discurso sobre valores en la literatura infantil, qué reacción tomas frente al tema.

niño robando banco

Si, la verdad eso fue un lío porque como adulto que escribe la historia yo quería una trama más políticamente correcta, pero tanto mi hija como el niño que tengo adentro insistían en que esa era la parte que más emocionaba del libro. De todas maneras al desenredarse el hilo afloran los valores de Octavio quien se da cuenta que los pequeños errores se pueden multiplicar y volverse grandes muy fácilmente y cada vez son más difíciles de corregir. Al final hace lo correcto pero el costo en angustias, miedos y peligros es bastante alto. Octavio va madurando lentamente a lo largo de las ochenta páginas del libro y demuestra que el valor de los valores no está en aprenderlos sino en entender su significado de una manera vivencial. La verdad es que robarse quinientos millones de un banco es mucho más fácil que devolverlos.

¿A los niños –y sobre todo las niñas- qué personaje del libro les encanta más?

octavio y corina

A los niños les gusta Octavio por las aventuras que vive y a las niñas les gusta Corina, la niña que Octavio conoce y para la cual no pasa desapercibido. A ellas les gusta Corina porque es responsable, racional y madura, pero también está dispuesta a aventurar para salvar a su papá de los líos en que lo metió Octavio. A las profesoras les gustan los papás de Octavio, que se llaman Maria María y Jose José, porque resulta una forma divertida de comenzar a hablar de las tildes.

Tienes un blog para dialogar con tus lectores sobre El niño desapercibido. ¿Cómo es tener un blog centrado en un libro?

En el blog cuelgo fotos de las visitas y los niños encuentran material para algunas de las tareas que les ponen con respecto al libro. Los comentarios son siempre muy alentadores y ha servido para que muchos padres me pregunten dónde comprar el libro y cosas por el estilo.

Los niños luego de leer el libro hacen cosas con él a partir del diálogo que han emprendido con el texto. Póster, dibujos… Imagino que El niño desapercibido debe generar mucha respuesta por parte de los niños que se sientan afines con lo que le pasa a Octavio.

Especialmente las profesoras los impulsan a hacer dibujos y escribir sobre sus propias experiencias. Algunas te tocan el corazón porque se nota que muchos niños sufren a partir de la indiferencia de sus padres y amigos. Muchas veces el silencio al interior del hogar, la falta de al menos una conversación ligera con sus padres sobre temas que para ellos son importantes o las preguntas sin respuesta, hacen que los niños se sientan solos. En ese tipo de ejercicios encuentran una oportunidad para expresar eso que ellos no saben porque los afecta tanto.

Óscar, seguramente muchos niños te lo han preguntado, ¿pero cómo eres tú, cómo te definirías?

Yo me defino como una persona inquieta, que le gusta aprender cosas nuevas cada día, que quiere aprovechar cada segundo de su vida y que se mete con ganas en cada nuevo tema que le entusiasma.

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Óscar, tú eres economista full time. ¿Tienes pensado escribir otro libro para niños?

Tengo varios adelantados pero estoy en un momento en el que le he dado una pausa a la literatura en mi vida y posiblemente más adelante me anime a escribir de nuevo.

¿En qué países ha circulado el libro? ¿Te ha llegado algún comentario de un niño de otro país diferente a Colombia?

Sé que tiene una edición en México y se envían algunos ejemplares a España y otros países en donde está la editorial, pero nunca me ha llegado un comentario de otro país.

¿Cuál es el balance que haces luego de haber escrito El niño desapercibido?

El balance es que el libro ya tiene vida propia y es independiente de mí. Espero que siga gustando por muchos años, pues siempre habrá niños desapercibidos que se sentirán bien al leer la historia de un niño como ellos.

Una despedida para tus lectores…

Un abrazo muy grande para todos los que han disfrutado el libro y que no sufran cuando sienten que pasan desapercibidos. A veces pasar desapercibido es lo ideal.

NOTA: Los capítulos 1 y 2 de El niño que pasaba desapercibido, leídos por su autor Óscar Rodríguez, se pueden oír aquí:

https://on.soundcloud.com/1NaiA4Po5cke82oq6

https://on.soundcloud.com/LDSzPWf48bFdWvs89

Pedro Agustín Díaz, maestro en cuatro lecciones (1939-2015)

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Foto de Dabit León

Cuatro lecciones

Jorge Luis Borges, en un texto clásico escrito en 1959, en homenaje a Pedro Henríquez Ureña, dice:

Evidentemente, maestro no es quien enseña hechos aislados o quien se aplica a la tarea mnemónica de aprenderlos y repetirlos, ya que en tal caso una enciclopedia sería mejor maestro que un hombre. Maestro es quien enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo.

En breves minutos quisiera hablar del maestro, la clase de maestro, desde mi perspectiva, que fue Pedro Agustín Díaz Arenas. El maestro, como dice Borges de Pedro Henríquez Ureña, que “enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo”.

Como lo dijo mi amigo Mario Ramírez, en un café en el que rememoramos nuestros años de abogados fallidos, “tuvimos muchos profesores, pero poco maestros. Hay profesores que no son maestros –dijo Mario. Pedro Agustín en cambio fue primero profesor y luego nuestro maestro”. ¿Cómo era ese maestro? ¿Qué lo caracterizaba? ¿Qué lo hacía particular? ¿Cómo ayudó en nuestra formación? ¿Cómo gracias a su presencia sentimos que crecimos humanamente? Quisiera recordar puntualmente 4 enseñanzas que el maestro Pedro Agustín, en mi opinión, nos dejó.

Lección 1

Lo conocimos (con Mario, Luis Mendoza, Luis Guillermo Pérez, Marco Muñoz, entre otros) si mi memoria no falla, a finales de 1982 cuando, después de un largo y agobiante cierre, pudimos entrar a estudiar a la facultad de Derecho de la Universidad Nacional.

Pedro nos daba, en primer año de derecho, Ciencia Política e Ideas políticas. En aquellos años la UN –la facultad de Derecho al menos- estaba literalmente arrasada. Nuestro romanticismo juvenil –marcado por la sorpresa y lo inédito de la situación- se exaltaba el estar en esas aulas. Pero a distancia, con mayor criterio, podemos decir que estar allí, en verdad, tenía su lado anacrónico, pues el ambiente era de ruina (material y espiritual). El edificio casi se había venido abajo (el auditorio y la biblioteca no funcionaban pues la humedad había logrado que los techos y paredes colapsaran). Las aulas con lámparas dañadas, de paredes descoloridas y goteras por las que se filtraba el agua en época de lluvia, imitaban –feamente- las de las facultades de derecho europeas de los años 20 con salones grandes de pupitres uniformes de pared a pared, organizados de forma perpendicular, en los que al fondo, en el foso, estaba el pupitre del profesor. El salón estaba organizado, pues, de modo que todos miráramos obligatoriamente hacía allí, el centro del saber, el profesor. En aquel primer encuentro, 60 estudiantes tímidos de diferentes regiones de Colombia estábamos en presencia de un hombre grueso, vestido de modo excéntrico y en el que destacaban sus gafas de carey y el acento santandereano marcado por los dejos de mando y énfasis.

Empezó a hablar y a los pocos minutos ya nos tenía hipnotizados. Fue la primera vez que oí la expresión “Tercer Mundo”. En efecto, y este es el primer atributo que tenía Pedro Agustín como maestro, nos presentaba un tema inédito y lo hacía de un modo soberbio, mezcla de rigor académico y conocimientos adquiridos durante su doctorado en Francia, pero también lo hacía con humor, pues a Pedro le fascinaban las anécdotas. Fue él el primero profesor que me dio como respuesta una sonora carcajada a alguna pendejada que pregunté en clase y al que oí usar refranes santandereanos para comparar los hechos de la vida política nacional. Sagaz para desentrañar la hipocresía del poder, crítico con las teorías del imperialismo y la dominación, rápidamente logró que varios de los estudiantes militáramos en su causa y aceptáramos su tutela sobre nosotros. Oírlo en clase era maravilloso: el grito, la risa, el chascarrillo, la imprudencia –como lo ha recordado Luis Mendoza sobre el maestro Pedro Agustín Díaz– con sus “Jodas” y “Juepuercas”. Es decir, nos enseñaba “un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo”.

pedro estado y tercer mundo

Lección 2

En 1983, en segundo año de derecho, organizó un seminario sobre Imperialismo y América Latina y un grupo de 12 estudiantes (ver foto) ya lo acompañábamos los jueves en la tarde. Pedro, entonces, nos daba la segunda lección de maestro. Rápidamente nos involucró en un tema de actualidad y nos enseñó a investigar. A mediados de 1983 el gobierno reaccionario de Reagan invadió una pequeña isla caribeña de 100 mil habitantes, Granada, con la intención de mandar una advertencia: cualquier intento de renovación político no autorizado por el imperio sería destruido. Los Estados Unidos –el tío Sam como lo representaban las caricaturas de la época- pisaba nuevamente a Nuestra América. Pedro nos invitó a escribir un texto sobre el tema, y creo que todos nos animamos. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Yo, al menos, sentí que era una tarea casi imposible. No sabía escribir académicamente. Hacía largas y enfurecidas parrafadas, llenas de injurias y expresaba la rabia de ser “latinoamericano” y “oprimido”. Pero al releerme, con honestidad, sentía que no había nada de valor en esas páginas. Me daban ganas de llorar por la frustración.

pedro a grupo ciencia politica 1983.png

estudiantes

Pedro Agustín, con paciencia de maestro de escuela, tomaba un esfero e iba señalando y rayando lo que yo había escrito. “Ponga esto, por qué no investiga sobre aquello. Hágale, hágale, juepuerca, que esto es para hoy”. Yo leía su libro clásico, magisterial, Estado y Tercer Mundo, y admiraba aquella prosa rica en ideas, clasificaciones, conceptos. ¿Podría escribir yo alguna vez así? A Pedro Agustín le debo haber aprendido a ordenar la mente –quiero insistir en esto: ordenar la mente-, pasar del caos a cierto orden en la interpretación. A someter la subjetividad, estar atento a los lugares comunes y neutralizarlos, a investigar, cotejar, releer, reescribir. Tremendo aprendizaje hermenéutico este, cuando las palabras al fin se medio empiezan a ordenar en nuestras cabezas de jóvenes de 20 años. Maravillado miraba mi nombre y el de mis amigos, varios de ellos aquí presentes, cuando finalmente publicamos en el Magazín Dominical del diario El Espectador el resumen de la investigación sobre la invasión a Granada, nuestro primer texto universitario formal al lado de la firma de nuestro querido maestro.

Lección 3

Luego, hacia 1985, Pedro nos invitó a un grupo de estudiantes a participar en un proyecto en homenaje a la Constitución de 1886, que el siguiente año cumpliría 100 años de vigencia. Era un proyecto que pagaba el Banco de la República. Pedro Agustín daba muestra, entonces, de su generosidad y nos enseñaba su tercera lección: los maestros se vuelven amigos de sus estudiantes y los ayudan a ser autónomos –y de paso a conseguir trabajo. Pedro nos cuidaba y trataba de que siguiéramos en la facultad de Derecho cuando aumentaban ya nuestras reticencias (las de Luis, Mario y yo) a continuar estudiando allí. El maestro –y en eso era sabio- nos lanzaba al mundo y nos pedía que ganáramos nuestro propio espacio intelectual y profesional y decidiéramos qué queríamos hacer. Aquel trabajo lo terminamos agobiados pues, como nos lo enseñó Pedro Agustín, la Constitución del 86 era el símbolo del país más retardatario. En aquellos años el primer paramilitarismo, el narcotráfico, el rearme de las guerrillas revolucionarias daban muestras de que el país del artículo 120 y sus leyes de excepción, estaba mandado a revisar, como se apreció con la expedición de la nueva Constitución en 1991.

Después de mi retiro de la Universidad a finales de 1987, no volví a ver a Pedro Agustín. Sentí que lo había defraudado. No me convertiría en el abogado crítico y estudioso de los imperialismos contemporáneos. Yo, decepcionado de tantas cosas que había vivido en la Universidad Nacional- había tomado otro rumbo, de editor de libros y de profesor de lenguaje y literatura en colegios.

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En 1993 me lo encontré en el centro de Bogotá, cerca al edificio de Avianca. Nos saludamos con afecto y luego nos tomamos un café. Me contó –oh para sorpresa mía- que había decidido ser novelista y que quería que yo lo aconsejara sobre qué debía leer. Se reía, con su risa estruendosa. “Este país no aguanta más pingos estudios académicos. Este país hay que volverlo a contar”, concluyó antes de irse.

Con Pedro Agustin en el Caney Comunero a

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Puede ser que –sin saberlo- empezara a iluminar su idea de hacer un pequeño museo, en homenaje a la revolución encabezada por José Antonio Galán en 1781. Pedro se fue con su esposa Isobel a trabajar a Emiratos Árabes, vivió en Inglaterra, y solo hasta 2009, gracias a Luis Mendoza creo, me enteré de que estaba en plena construcción del Caney Comunero en Barichara. A este proyecto final de su vida Pedro dedicó por lo menos 10 años y sus ahorros como pensionado. De ese modo nos daba su cuarta lección: antes de morir hay que volver a la tierra que nos vio nacer, reivindicarla, luchar contra el olvido que impone el tiempo de los ciegos. Impulsar un último acto revolucionario: hacer de la memoria el presente.

En su emotivo y sincero prólogo a la segunda edición de Estado y Tercer Mundo (1991) Pedro Agustín escribe:

El lector descubrirá en esta obra… que el espíritu díscolo ha hecho del autor un jurista impuro ante los cánones de la ciencia kelseniana, un relector a la luz de la teología ritualista, un revisionista para las ortodoxias marxistas, un subjetivista frente a la sociología gringa, tan desinteresada y neutral. Buscando una identidad personal que prevenga al lector, tal vez podría repetir con Machado:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Bueno, modesto, generoso, atravesado, un vivo ejemplo de lo mejor y más revolucionario que puede dar Colombia. Adiós querido maestro Pedro Agustín.

Carlos Sánchez Lozano (cslozano@gmail.com)

Bogotá, café Abasto, 9 de enero de 2016. Agradecimiento a nuestros queridos y pacientes oyentes, conocedores también de la figura del maestro: Blanca, Deyanira, Bibiana y Favián.

Nota: Pedro Agustín Díaz falleció en su casa de Barichara el 23 de diciembre de 2015.