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Eduard Fuchs: marxismo y arte erótico

Por Carlos Sánchez Lozano

 “La historia de la moral es la historia de la hipocresía humana”.

Friedrich Nietzsche, Genealogía de la moral (1887)

En 1933 funcionarios del Tercer Reich, siguiendo órdenes expresas del Führer, incluyeron en el Index Prohibitorium un libro considerado best seller para la época: Historia ilustrada de la moral sexual desde la Edad Media hasta el presente. El libro desde su publicación en 1909 había atravesado una complicada historia repleta de escándalos, persecuciones, censuras, bloqueos de venta. Pero también de éxitos: la primera tirada de veinte mil ejemplares se vendió en 3 meses y luego las reediciones serían constantes hasta el punto de que en 1930 era, según estadísticas, el libro más consultado de la Biblioteca Imperial de Berlín. Muchos de los lectores lo leían buscando un manual de técnicas sexuales, otros por satisfacer el placer voyeur de contemplar la extraordinaria colección de caricaturas y pinturas alusivas al tema erótico, y muchos por mera novelería. Poco interés suscitó en los medios científicos y académicos que lo descartaron como libro pornográfico.

Eduard Fuchs es uno de los más interesantes historiadores marxistas; gran parte de su obra no está traducida al español. Son diversos los aportes que hace a la historia de la fotografía, de la mujer, de la caricatura y del diseño gráfico.

Su autor era Eduard Fuchs (1886-1940), un periodista y anticuario socialdemócrata cercano a Franz Mehring —el Lenin alemán— cofundador con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht del SPD (Partido Socialista Alemán). Fuchs resultaba un personaje interesantísimo, pues provenía de una familiar proletaria que lo formó para impresor, no había tenido formación universitaria, participó en los círculos anarquistas de Münich, poseía una desordenada y vasta cultura, era conocido en los círculos burgueses alemanes, el coleccionista de arte más consultado antes de la primera guerra mundial, y el principal poseedor de las caricaturas de Honoré Daumier (considerado padre de la caricatura política moderna). Además era millonario.

Las múltiples reimpresiones del libro enriquecieron a Fuchs, lo que fastidiaba a los pulcros dirigentes comunistas ortodoxos, que preferían no contar entre su corte intelectual con tan exótico huésped. Solo hasta los años treinta un marxista hegeliano, seguidor de las teorías psicoanalíticas, Max Horkheimer, repararía en Fuchs e invitaría a otro marxista «atípico», Walter Benjamin, a escribir un ensayo sobre el famoso coleccionista. Benjamin escribió para la Revista de Investigación Social, en 1937, un trabajo titulado “Historia y coleccionismo: Eduard Fuchs”, que contextualizaba —y de paso reivindicaba— la labor del historiador y crítico de arte.

Benjamin había rechazado, al comienzo, escribir sobre Fuchs, pero luego descubrió que era una afinidad electiva. Juntos eran coleccionistas obsesivos.

No parecía el marxismo la corriente más adecuada para reflexionar sobre la sexualidad. Condicionado en su versión leninista a estudiar la sociedad en sus aspectos más lúgubres —la explotación del proletario por el burgués, la teoría de la plusvalía, el antagonismo de clases sociales, la revolución comunista—, la moral -y sobre todo la moral sexual— al lado del derecho, el arte y la ciencia, solo constituía una parte de la «superestructura” que reflejaba las condiciones de la “estructura”, es decir, las relaciones de producción en un periodo determinado. Si las relaciones económicas eran de explotación capitalista, el arte y la moral justificaban eses relaciones injustas. La cartilla parecía fácil de recitar. Pero la realidad era más compleja y menos mecánica, y al dudar de la lección los marxistas heterodoxos resultaron tildados de reaccionarios o idealistas. Dos de ellos fueron Walter Benjamin y Eduard Fuchs.

Al comienzo de su ensayo señalaba Benjamin:

Fuchs es sobre todo un pionero: el fundador del único archivo existente para la historia de la caricatura, del arte erótico y del cuadro de costumbres.

Si recordamos que Benjamin trabajaba en un proyecto relativamente similar sobre el París de finales del siglo XIX, hallaremos las afinidades electivas que unen a los dos marxistas desarraigados. Fuchs intentaba por primera vez darle una interpretación materialista a la historia del arte erótico desde finales de la Alta Edad Media. ¿Pero cómo hacerlo sin caer en el evolucionismo histórico que caracterizaba a la crítica de la cultura —piénsese en Francesco de Sanctis en Italia, en el neokantiano Dilthey en Alemania, en Saint-Beuve en Francia, en Menéndez y Pelayo en España—? Según ellos la historia del arte era un continuum hacia adelante, es decir, destino histórico y perfeccionismo nacional.

Fuchs prefería pensar en proceso, en altibajos, en periodos largos y cortos de la historia de la humanidad y, sobre todo, en las relaciones de producción materiales que subyacían al desarrollo de la cultura. Parecía fácil pensarlo, pero difícil de llevarlo a la práctica.

Vicisitudes del método comparativo

La sexualidad contemplada desde el punto de vista histórico invita a la deserción investigativa. La lista de documentos, temas, relaciones, hipótesis, parece inagotable, y más en el caso de estudiar cinco siglos de historia europea. Fuchs enfrentó el reto de la siguiente forma. Dividió su trabajo en tres grandes periodos históricos: Renacimiento (finales siglo XIV hasta 1700), Época galante (período del Absolutismo 1700-1789), Época Burguesa (Revolución Francesa, 1789 – Primera Guerra mundial, 1914).

Luego elaboró ejes temáticos para los tres períodos. Algunos de ellos son:

  • ideal de belleza física
  • el vestuario
  • la ideología del erotismo
  • la seducción
  • los bailes
  • el matrimonio
  • el machismo
  • el aborto
  • el adulterio
  • la prostitución
  • el lenguaje erótico

Antes de cada periodo elabora un marco histórico y en el último volumen incluye un magnífico, aunque breve, capítulo sobre «La sexualidad vista desde el periodismo, la publicidad y la fotografía».

Cada época, en efecto, determina ideológicamente qué es moral en la sexualidad y qué controvierte o altera esa moralidad. Así durante el Renacimiento, el primer periodo de expansión del capitalismo, del culto a la libertad individual y comercial, de la apertura a todo los saberes, el amor sexual llegó a ser abiertamente volcánico: el hombre deseaba fecundar y la mujer ser fecundada. La hiperactividad sexual era considerada como normal y constituía la base de las relaciones entre hombres y mujeres. Una frase de Lutero invitaba a la permanente actividad sexual entre los casados:

A la semana dos veces, como tributo a la esposa no te perjudica ni a ti ni a mí; hazlo en el año ciento cuatro veces.

En la literatura Boccaccio y Rabelais también insistieron en «sentarse en la mesa del amor” de forma permanente.

El ideal de belleza física, tanto masculino como femenino, debía contribuir a ello: en las mujeres los pechos grandes y rebosantes (por los cuales Rembrandt y Rubens muestran fascinación en sus retratos de mujeres ), las caderas anchas, la cintura rellena y los muslos vigorosos; en los hombres el pecho dilatado, la presencia hercúlea, los hombros grandes y los genitales sobresalientes. Los atributos tenían como objeto estar bien provisto para las faenas del amor. La intención del vestuario, entonces, era no ocultar sino mostrar.

Lucy Hay, condesa de Carlisle, cuya belleza e inteligencia dieron qué hablar en la corte inglesa de Carlos I. Grabado de Pieter de Bailliu, el Joven (1630)

Los vestidos resaltaban las formas. El masculino destacaba las formas gruesas y el tamaño de los pechos y los brazos desnudos. El jubón medieval hasta la rodilla perdió terreno ante el jubón que llegaba hasta el bajo vientre donde un braguetero resaltaba el tamaño de los genitales. Para las mujeres la época fomentó el escote más audaz que en muchos casos permitía no sólo ver el nacimiento de los senos sino los mismos pezones, presionados por el corsé. Dice Fuchs: «Esta época no conoció ni la mojigatería ni la timidez». En efecto era bien visto que el novio delante de todos besara y chupara los senos de la novia, como si lo hiciera en las mejillas.

Pero sobre todo el Renacimiento contribuyó a formar el ideal de «divinización de la mujer” y a exaltar la desnudez femenina. Un dicho decía:

«Una mujer está más bella desnuda que vestida de púrpura»

valorando particularmente el busto, que constituía el principal medio de cortejo de las mujeres. Contra tanta dicha en los escotes reaccionaba la iglesia y furibunda llamaba a sus portadora:

Medeas de la corte que para encender a los hombres e incendiario de todo, apañan toda clase de procedimientos que la naturaleza creó para buen uso del género humano y lo usan para calentarlos haciendo cosas puercas y escandalosas.

Igualmente el sentimentalismo cortesano quedó avasallado y los poemas y trovas fueron francamente directos en el tratamiento de asuntos eróticos. Ante versos medievales como:

Tú eres mío, yo soy tuya,
eso no debes dudarlo.
En mi corazón tú estás encerrado,
la llavecita se ha perdido,
dentro de mi has quedado para siempre.

El Renacimiento responde:

Si la muchacha tiene hambre por encima de la rodilla,
no hay que dejarla mucho tiempo en capilla,
y darle un joven amigo
que tenga un pico bien erguido
dos palmas por debajo de su ombligo.

Refranes, chistes verdes, adivinanzas, poemas, diálogos, cuentos, sainetes, metáforas, resaltan esta insaciabilidad del amor y determinan una concepción del amor constreñida a lo físico. Con razón Fuchs concluye:

En el Renacimiento las ansias amorosas de ambos sexos son en general tan objetivas como posibles. El hombre no suspira en absoluto por una compañera de igual alcurnia con la que pueda alcanzar determinadas grandes metas en la vida; la muchacha de igual manera, no suspira por un liberador y educador de su alma. Ambos están llenos del anhelo irrefrenable de realizar el acto sexual. En este deseo y objetivo determinado y concreto se resume para ambos el amor.

Imagen de Romeo y Julieta generada por ChatGPT

En este sentido se comprende la, tal vez, exaltación más hermosa del amor físico que hace una mujer en el —como dice Fuchs— “Cantar de los Cantares del Renacimiento”, Romero y Julieta (1605) de Shakespeare. Dice Julieta:

¡Extiende tu vuelo tupido, noche protectora del amor!… ¡Apáguense los ojos que curiosean errantes, y vuelve Romeo a mis brazos, inadvertido y sin que se le vea!… Para celebrar sus rito amorosos, les basta a los amantes la luz de sus propios atractivos. Y como el amor es ciego, aviénese mejor con la noche. ¡Ven, noche complaciente, plácida matrona, toda enlutada, y enséñame a perder un ganancial partido, jugado entre dos limpias virginidades. Reboza con tu manto de tinieblas la indómita sangre que arde en mis mejillas, hasta que el tímido amor, ya más osado, estime como pura ofrenda el afecto verdadero. ¡Ven joven! ¡Ven Romeo! ¡Ven tú, día en la noche!

Erotismo y nihilismo

En contraste, durante el Antiguo Régimen en la ideología sexual triunfa la voluptuosidad, una idea «desanimalizada” del amor y el placer por la sugerencia, esto es, el amor galante. Si el Renacimiento cantó el placer loco de los sentidos, la época galante resaltará el placer sensual refinado. El ideal físico del hombre ya no es Hércules, sino Adonis: «Nunca como antes los hombres se habían parecido tanto a las mujeres”. En las mujeres ya no es llamativa la robustez, sino la delgadez y la palidez intensa. Ya no se hacen loas a los senos sino a los pies pequeños y particularmente a las piernas:

La única religión consiste en amar las rodillas hermosas… Nada hay más gracioso que las curvas delicadas y provocadora de las que está hecho el interior de las piernas en su línea ascendente… Las piernas, esas orgullosas columnas que sostienen el templo del amor, las cadenas del placer, deliciosas ataduras de la dicha.

El vestido no muestra; insinúa. Aparecen las medias, las enaguas, el liguero y las botas hasta la rodilla, que funcionan como afrodisiacos visuales. El pecho se oculta hasta la mitad y se airea con el abanico que simula una mano masculina. Toma fuerza en la moda femenina el horroroso miriñaque que ensancha las caderas femeninas y convierte la tarea del desnudo un verdadera odisea. Pero sobre todo el amor se superficializa. Más importante que el encuentro sexual urgente y permanente lo constituyen los anticipos: mientras ella espera en negligé, él asiste al baño matutino de la pretendida y luego a la toilette. Es como si ya se entreviera la sensualidad enferma del marqués de Sade. La nobleza impulsa dos corrientes eróticas: el libertinaje cínico, corruptos e inteligente —representado en Casanova y Valmont, personaje de Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos— y el escepticismo sentimental romántico de Werther.

Giacomo Casanova, por Francesco Giuseppe Casanova (1727-1802)

La sensación aristocrática refleja un hondo vacío: el amor no permite construir nada, el alma humana es corrupta y propensa a los placeres sensuales y lo mejor es disfrutar de todo lo exótico en el sexo. Esta forma de concebir la vida como nihilismo aparece representada en una carta escrita por una italiana de paso en París:

Todo aquí es nada, y todo gira en torno a nada, se entretiene con nada, se inquieta por nada, se reconcilia por nada, se hacen grandes gastos, aun cuando a menudo no se tenga nada, se casa uno por nada. Toda esa espiritualidad de la belleza reduce su alma y su religión a nada, y desde que me he afrancesado, le hablo a usted de nada.

El mejor amante no es el marido y el adúltero tolerado es muestra de bon ton entre las clases nobles. No pertenecer a nadie, no tener compromisos, divertirse, engañar, corromper constituye el ideal erótico. Recuerda Fuchs:

Una cierta Mme. de Morin dice a su joven hijo: «Solo un consejo tengo que darte: enamórate de todas las mujeres», Con ocasión de la entrada en sociedad de su hijo, un lord inglés le escribe: «De día estudia a los hombres, de noche a las mujeres. Siempre, empero, a los mejores ejemplares. ¡Sean estas tus lecturas!».

La infidelidad es la institución amorosa de la época. Desde Luis XIV a Catalina II de Rusia, el eslogan repetido por los nobles europeos es: “El cambio y la variedad continua en el amor es la ley suprema de la sensualidad”. La decadence de la Restauración anuncia la sensación de fracaso histórica entre las élites absolutistas y sirve de excusa para desviar la mirada ante los acontecimientos revolucionarios. Lo único que persiste del Renacimiento en la época barroca es la perenne dominación y explotación de la mujer por parte del hombre. Una trova del periodo renacentista dice:

Cuando él grita, ella sólo calla;
calla él, entonces ella conversa.
Está él furibundo, está ella serena,
está él sosegado, está ella satisfecha,
está él dicharachero, ella está modesta…

Otros refranes campesinos de la época galante expresan desprecio e insisten en considera a la mujer como un ser intelectualmente inferior, destinado a satisfacer sexualmente a los hombres y permanecer en el hogar al cuidado de los hijos:

  • En su cama es una bella mujer, en cama ajena es una puta.
  • En la virgen y en el pez, la mitad lo mejor es.
  • Miente el proverbio si no es puta una mujer que mueve el culo al correr.
  • Toma al buey por los cuernos, al hombre por la palabra y a la mujer por la falda.
  • «Un pescadito en mi ollita”, pide la mujer al hombre cuando la monta.
«La enamorada», grabado de Courtin, 1725

Con el advenimiento e la Revolución Francesa y el comienzo del periodo burgués reaparecen algunas costumbres renacentistas y de la época galante, otras se funden creando algo nuevo y otras desaparecen. El nuevo evangelio de la ideología erótica burguesa es La Nueva Eloísa (1761) de Rousseau, donde se proclama la idealización del amor, liberado de los apetitos vulgares que se agotaban en el placer sensual, síntomas propios del Antiguo Régimen. Debía amarse el espíritu y el alma, no el cuerpo. Además se comienza a exaltar la rigurosa castidad matrimonial. El matrimonio es ascendido a ideal ascético del Estado.

Los vestidos no deben mostrar ni sugerir y solo con el advenimiento de la Modernidad empieza la batalla femenina por subir las faltas y bajar los escotes, al tiempo que aparecen los brasieres y ya en el último cuarto del siglo XX la eclosión de la maravillosa minifalda, los shorts, las blusas sin mangas, los sensuales bodys y tops, los pantys estrechos.

El flirt, donde todo está permitido, «menos eso», se destaca en todas las músicas. El erotismo es enunciado en los bailes (el cancán, la rumba, la polka), pero nunca deberá terminar en orgía como en el período renacentista. Desaparecen los baños públicos —famosos lugares de retozo durante los siglos XV y XVI— y el taller de costura propio de la época galante donde tantas niñas resultaron embarazadas. Los sustitutos en la época burguesa son la taberna, el hipódromo, el coctel, la fiesta juvenil. La esposa deberá adquirir actitudes eróticas atrevidas para persuadir al marido de no acudir al burdel, y mantener el lecho conyugal ardiente para evitar la caída del matrimonio. Además deberá utilizar métodos anticonceptivos y negar el aborto como posibilidad ante un embarazo indeseado.

Luego de la primera guerra mundial, la publicidad explotó reiteradamente la sexualización de la mujer.

La época burguesa es el periodo de las grandes hipocresías y de sus consecuentes desertores y críticos. Es la época donde todo se vende y todo se compra, donde lo importante es mostrarse, ser conocido y anunciarse, al modo del hombre que puso en 1771 el siguiente clasificado en un periódico londinense:

Busco dama entre 18 y 35 años, de buena educación y una fortuna no inferior a 5.000 libras; aire y miembros sanos, descalza, 5 pies, 4 pulgadas de altura; que no sea gorda pero tampoco flaca, aliento dulce y dientes sanos, que no tenga aire orgulloso o afectado, que no sea muy habladora ni quisquillosa, pero con carácter suficiente para vengar una ofensa, caritativa, no demasiado amante de la moda, si bien en todo caso decente y atildada.

Reencuentro imposible

En ocasiones Fuchs naufraga ante la cantidad de materiales, sus hipótesis parten de un leninismo ramplón y en algunos capítulos —como el dedicado a los clérigos renacentistas («Bebe cual franciscano, come cual bernardino, putea como carmelita, hiede cual capuchino y tiene el pito como un jesuita»)— aparece demasiado parcializado. En otros casos abusa del chisme dándole carácter de verosimilitud y de las generalizaciones históricas, cuestionadas con razón por Georges Duby en Historia de la vida privada (1988).

El apodictismo sentencioso de Fuchs, particularmente visible en el volumen 3 sobre el periodo burgués, hace gala de un moralismo de izquierda chocarrero, agobiante. Llamativo también es su prejuicio contra los homosexuales y la idea errónea de que la sífilis provino de América. Pero estos son lunares frente al vasto trabajo, repleto de sugerencias para los nuevos investigadores.

Tom Wesselman, «Gran desnudo americano», 1964

Ejemplificante resulta su modo de trabajar la historia de las costumbres a partir de fuentes secundarias: ilustraciones, cuadros, material fotográfico, avisos publicitarios, además de recurrir a fuente impresas permanentemente descuidadas: diarios, sátiras, piezas carnavalescas, canciones populares, romanzas, composiciones profanas, hojas volantes, periódicos, etc.

El moralismo frente a la sexualidad nunca ha tenido partido, siempre ha sido conservador y autodefensivo y en sus raíces se hallan, sin duda alguna, huellas de prejuicios ideológicos, miedos ancestrales, culto a la hipocresía, ánimo de destruir al diferente, esto es, un moralismo que niega la otredad. Tan moralistas y mojigatos pueden ser los seguidores de Marx como los falangistas devotos de Franco: la intolerancia frente a los temas sexuales —por ejemplo ante el aborto y la prostitución—, el desprecio al homosexual y a la lesbiana, la censura a la educación sexual libre, el ataque a la poligamia, están en la base moral de los dos grupos. El temor a los desórdenes del sexo los une y querrían encontrar una unidad idílica en el matrimonio heterosexual que impidiera el surgimiento de los bajos instintos o la anarquía de los sentidos. Entre la posibilidad y el sueño cierran una brecha: juntos forman iglesias, son párrocos, no han puesto su yo a distancia, no quieren cambiar de opinión, incluso contra todo opinión colectiva, porque tienen miedo a verse distintos.

Fuchs en esta obra extraordinaria ofrece una lección única de cómo hallar una veta de investigación, cómo superar el tiempo en que se vive y cómo preparar el futuro. El tabú de la sexualidad visto a través del prisma materialista de la historia adquiere sentido y significación como búsqueda permanente de una utopía que desborde y cuestione aquello que constituye represión y aferramiento a lo tradicional y sacré, esto es, interrogamos sobre cómo aprender a ser libres, a pesar de nosotros mismos*.


* La reseña original de los tres tomos en español de Historia ilustrada de la moral sexual apareció en la revista El Malpensante, No. 1/diciembre 1996, gracias a la mediación de Andrés Hoyos (director) y Mario Jursich (editor). La traducción del alemán al español del libro de Fuchs la hicieron para Editorial Alianza (Madrid, 1996): Juan Guillermo Gómez (tomo 1), Gonzalo del Puerto y Luis Pradas (tomo 2), José Luis Gil (tomo 3).

Etiquetación y búsqueda de información en bibliotecas públicas: un modelo basado en el «Libro de los pasajes», de W. Benjamin

Por Carlos Sánchez Lozano1

Este artículo cuestiona la idea de que la catalogación bibliográfica actual y su metadata asociada puedan ser suficientes para dar cuenta de la ingente cantidad de información tanto impresa como digital que deben manejar las bibliotecas públicas. En cambio, propone un control bibliográfico menos formal y cerrado, y más abierto a la interactividad y al trabajo colaborativo, que tiene sustento en la etiquetación apoyada en redes semánticas, intertextuales, un experimento que el filósofo Walter Benjamin desarrolló en su Libro de los pasajes (1982, ed. póstuma). Las reflexiones expuestas a continuación fueron suscitadas por la lectura del texto “La normalización: el trabajo silencioso de las bibliotecas” de Zulma Mónica Abril Vargas, publicado en el No. 92 de 2017 del Boletín Cultural y Bibliográfico.

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A causa de la revolución tecnológica que originó internet a comienzos del siglo XXI vivimos un cambio drástico en el paradigma informacional y en el ecosistema de medios de comunicación social (Doueihi, 2010). Este cambio altera lo que entendemos por libro, lectura, escritura, oralidad, y a su vez genera nuevas formas de representarse el mundo. Asistimos a la eclosión de nuevos medios que mezclan los precedentes y rompen los esquemas verticales de información emisor/receptor/mensaje. Surgen medios complejos como los chats y las redes sociales, que paralelamente generan textos interactivos que unen información escrita, imágenes, video, animaciones. Se habla de comunidades virtuales, de enlaces, de falsas noticias, de likes, de hiperconectividad. Los medios tradicionales sufren su peor crisis en años y deben enfrentar la conversión digital como un reto ineludible. Una sensación de zozobra y de cambios abruptos se apodera de los lectores convencionales, que por momentos ven hundirse un mundo, el de la imprenta, que costó construir quinientos años.

Roger Chartier (2008, p.12) advierte que los nuevos soportes digitales rompen la linealidad y fijeza canónica de los textos publicados en papel. El concepto de “obra abierta” (que Umberto Eco hizo popular en su obra de 1985) vuelve a tomar fuerza, con la diferencia de que esta vez no es el autor el que abre los límites de la interpretación, sino que son los lectores, que alentados por las nuevas tecnologías, se convierten en hermeneutas atrevidos: transforman los textos a su antojo, los abren, los editan, los alteran, los plagian, los hacen decir lo que ellos quieren. A su vez los textos no son unidades verbales selladas, sino que en verdad son hipertextos, textos que tienen dentro de sí otros textos, y que a través de los enlaces amplían el horizonte de interpretación y facilitan al lector adquirir el contexto de lo que lee.

El historiador de la escritura y paleógrafo italiano Armando Petrucci. Foto de Alfonso Castillo G.

El gran historiador italiano de la escritura, Armando Petrucci, antes de morir avizoraba con escepticismo este panorama:

Se va abriendo un modo de lectura de masas que algunos proponen expeditivamente que se defina como “posmoderno” y que se configura como anárquico, egoísta y egocéntrico, basado en un único imperativo: “leo lo que me parece”. (2001, p. 615).

En internet la explosión de textos genera una ansiedad inédita, pues simula la idea de que toda la información del mundo está allí. Esta Babel exponencial, a su vez, genera múltiples problemas, pues la red carece de editor o de bibliotecario catalogador que ordene y clasifique los innumerables textos que se suben por minuto. Fueron ellos los grandes actores en el ecosistema del libro que sirvieron de jueces para diferenciar el grano de la paja, para filtrar la información de valor, de la que es secundaria. Pero ese mundo de normalización estable estalló con la conversión digital y ahora nos hallamos en un nuevo lugar, que exige la revisión de principios y consignas. Uno de esos principios tiene que ver con dónde busca la gente la información que necesita. A lo largo de los siglos XIX y XX las bibliotecas públicas, junto a las librerías, fueron en las ciudades uno de los referentes donde los ciudadanos alfabetizados hallaban libros, periódicos, revistas y documentos que requerían sobre todo para su formación educativa. Hoy lo son los buscadores electrónicos, uno de los grandes valores agregados de la revolución internet.

El frenesí con que se impusieron los buscadores electrónicos en la vida de las personas ha impedido ver con calma, reflexivamente, para qué son buenos y para qué no, y qué se requería para saber moverse en ellos con relativa experticia. Vemos con asombro a lectores inexpertos (que son los más) que ubican cualquier descriptor de búsqueda y se resignan a la información que aparezca en los diez primeros sitios web. En cambio, lectores expertos (que son los menos), que tienen competencias en el manejo de la información (CMI), saben utilizar descriptores más cerrados semánticamente, diferenciar las intenciones de los emisores de los textos y rescatar su aporte y, además, conocen los recursos intertextuales para citar la información en contexto. La idea de “que todo está en Google” es tonta e infundada y supone un conocimiento limitado de los recursos de conocimiento. Sin embargo, no hay que descartarla como indicio de una actitud: la forma como se recupera la información.

Interfaz del buscador electrónico Descubridor, de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Este aspecto juega un papel determinante para sustentar la tesis de este artículo: si los buscadores electrónicos se han convertido en el primer instrumento de consulta de los lectores en búsqueda de información confiable, hay que poner en ellos la información que agrega valor y buscar el modo de que los algoritmos la jerarquicen con mayor relevancia. Pienso en ello a propósito del extraordinario fondo, sobre todo el impreso, de más de dos millones de volúmenes que posee la Biblioteca Luis Ángel Arango. ¿De qué modo los lectores -sobre todo los más jóvenes e inexpertos- podrían conocer los contenidos de estos libros? ¿Cómo lograr que los buscadores electrónicos capturen los mejores contenidos del entorno analógico que se hallan archivados en las bibliotecas públicas?

Se dirá que para ello los lectores pueden acudir al magnífico catálogo en línea de la Luis Ángel Arango y su red de bibliotecas. De acuerdo, pero aquí quiero exponer un reparo. Los diferentes sistemas de clasificación que en la actualidad están vigentes para la normalización bibliográfica -que Zulma Abril (2017) ha expuesto de manera didáctica en su magnífico artículo– tienen limitaciones porque dan respuesta a problemas propios del mundo analógico, es decir, el asociado al mundo impreso, y no al entorno electrónico, que es esencialmente hipertextual, de un lado, y de otro, obedece a nuevas lógicas asociadas a los abruptos cambios de los conceptos libro, lectura, escritura, oralidad.

“Estamos asistiendo a la aparición de nuevos modos de decir y nuevos modos de escribir, a nuevos modos de escuchar lo oral y nuevos modos de leer lo escrito”, advierte Emilia Ferreiro (2001, p. 41). Agrega García Canclini: “El punto de partida es intentar averiguar cómo conviven ahora la cultura letrada, la cultura oral y la cultura audiovisual” (2015, p. 29).

Dicho en otros términos, han cambiado los textos, sus soportes, las formas de relacionarnos con ellos y su forma de leerlos; además de la lectura de textos largos en profundidad y en silencio, se leen disruptivamente fragmentos, se salta de un texto a otro. Las fotos, los videos, el audio, la animación –la multimedia y la transmedia– entran en escena y nos invaden de un modo impensable hace apenas una década. Cambia la representación de la realidad (más rápida, más gregaria, más saturada de datos), de la ciencia, del periodismo, de las industrias culturales. En ese sentido la lectura fragmentaria, atomizada, hipertextual merece ser considerada con particular reflexión. Los nuevos lectores –“lectores transmedia”, los llama Scolari (2016)- no solo leen horizontalmente de la primera a la última línea, como se hace en los soportes impresos (en los libros, los periódicos y las revistas), sino también en forma vertical (tal como sucede en redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram). No suelen leer las obras completas ni en el marco de referencias de contexto. Las frases y los recortes aislados ganan un espacio en las redes sociales. La noción de obra unitaria se rompe y quedan escenas, capítulos, frases aisladas. Este hecho representa un severo problema filológico, pero sobre todo de derechos de autor. ¿Qué es un texto, entonces? ¿Un Todo verbal o sus unidades menores?

Si aceptamos el valor de estos de estos cambios, ¿no habría que revisar la forma como se clasifica la información y también el modo cómo se llega a este nuevo lector? El sistema de catalogación actual se basa en definir descriptores a partir de una metadata relacional que Zulma Abril resume en tres: relación de equivalencia, relación jerárquica y relación de asociación (2017, p. 232). Ahora, habría que pensar si esa normalización de palabras clave no podría enriquecerse mediante una metadata hipertextual, es decir, que abra los textos impresos, facilite redescubrirlos desde nuevas perspectivas de información y permita acceder a ellos en una lógica digital, esto es, interactiva y colaborativa.

He hecho un ejercicio para exponer la propuesta de forma práctica. He leído la novela La montaña mágica, de Thomas Mann (930 páginas en la edición de Edhasa, 2005, traducción de Isabel García), de las dos formas: horizontal y vertical, de la primera a la última línea y de modo atomizado, con lecturas de secciones al azar. Leída de forma horizontal, y sintetizada tal como la exponen los paratextos del libro, la novela narra la historia de un adinerado joven alemán, Hans Castorp, quien de visita a su primo en un sanatorio de tuberculosos en Davos, acaba descubriendo que él también sufre la enfermedad; allí se quedará siete años, periodo rico en vivencias y autodescubrimiento. En este lugar localizado en las altas montañas, vive su educación sentimental (se enamora locamente de una mujer mayor excéntrica) y a su vez es guiado intelectualmente por dos tutores de tendencias ideológicas opuestas: uno es un cosmopolita liberal italiano y el otro un radical marxista austriaco. Luego de salir del sanatorio, Castorp fallecerá en una de las batallas de la primera guerra mundial.

En la catalogación de contenido que hace la Biblioteca Luis Ángel Arango aparecen seis palabras clave que me parecen completamente acertadas:

Novela alemana – Enfermos novela – Novela amorosa – Guerra novela – Emociones novela – Simbolismo en la literatura

Ahora, leída de forma vertical La montaña mágica, esto es “pedaceada” en fragmentos, puede generar un conjunto de nuevas etiquetas que no dejan de llamar la atención. He recuperado cincuenta temas, pero por razones de espacio solo he seleccionado quince:

Receta de cocina sobre cómo guisar la carne – Cuidados que se deben tener en el uso de los esquís de nieve – Explicación sobre cómo un tenor de ópera debe educar la voz – Una guía turística de Davos – Bella descripción del cuerpo de la mujer amada – El cultivo de café en Java – Particularidades de los uniformes militares – Vida de los jesuitas en los conventos – Criterios para la cata de vinos – Relación entre las caminatas y el pensamiento – Virtudes sanatorias de las sillas tumbonas – Reflexiones filosóficas sobre la enfermedad – Impacto del invento del fonógrafo – Voltaire y la guerra – Avances de las cámaras fotográficas.

Evidentemente estos temas tendrían que convertirse en palabras clave para su catalogación homologada, pero tengo la certeza de que estos microtextos circulando en internet en diversas modalidades textuales (post, flyers, frases célebres, fotos acompañadas de pies de foto, animaciones) y medios (Instagram, Facebook, Twitter, blogs) acercarían a nuevos lectores a una obra que se considera sofisticada y del canon literario occidental.

Léase, por ejemplo, el fragmento dedicado a la popularización de las cámaras fotográficas hacia 1910. La “locura” por tomar fotos, de la que habla Mann, no dista de la que surgió con los teléfonos celulares un siglo después.

Avances de las cámaras fotográficas. Esta pasión se había convertido, durante semanas y meses, en una locura colectiva, con lo cual no quedaba interno que no andase disparado fotografías aquí y allá, inclinado con gesto de suma concentración sobre su cámara, apoyada en el estómago, y la exhibición de los consiguientes resultados a las horas de las comidas no tenía fin. […] Pronto pasaron de moda las fotografías corrientes; el último grito fueron las fotografías con flash de magnesio y en color, siguiendo la técnica de los Lumière. Abundaron, pues, hasta la saciedad, los retratos de personas que, bruscamente sorprendidas por el fogonazo de la cámara, salían con los ojos fijos y el rostro pálido y desencajado, como cadáveres de asesinados a los que hubiesen incorporado con los ojos abiertos para ser inmortalizados en la foto. (La montaña mágica, 2005, p. 817).

¿Cómo convertir estas frases, escenas, cuadros, capítulos, fragmentos en hipervínculos que permitan ser localizados en los buscadores electrónicos? La respuesta puede ser: a través de una “red intertextual”. Una red intertextual, en opinión del profesor Jesús Camarero (Intertextualidad, 2008) tiene su origen cuando se acepta que:

…el sentido de los textos literarios reside no en sus causas exteriores -el mundo, el autor, o las fuentes del escritor-, sino en la relación que las obras literarias propiamente dichas mantienen entre ellas. Entonces comprender la literatura pasaría por considerarla como un espacio o una red, una biblioteca, en la que cada texto transformaría los otros textos al tiempo que estos lo modificarían. (p. 44).

La intertextualidad permite relacionar discursos (D), textos, frases, imágenes que antes no se habían asociado por estar apartados entre sí en otras unidades verbales cerradas.

No son los autores, sino los lectores los que construyen, entonces, la red de intertextos, hecho que daría origen a una polifonía literaria ambiciosa. Es el sueño de Borges en “La Biblioteca de Babel”: la vida como un libro que se escribe de forma permanente. Una intención de esta clase facilita el encuentro entre textos que probablemente nunca serían citados al mismo tiempo: ¿qué une a La montaña mágica con El amor en los tiempos del cólera? Aparte de ser novelas extraordinarias, un almuerzo con carne bien adobada.

Poder apreciar la multiplicidad de redes intertextuales que un libro contiene fue la grandiosa tarea a la que se dedicó el gran filósofo y polígrafo alemán Walter Benjamin entre los años 1927 y 1940, cuando fue asiduo usuario de la Biblioteca Nacional de Francia. Benjamin hizo algo borgesiano: se propuso diseñar una cartografía de la modernidad y de su ciudad emblema, París, a través de fichas de cartulina que compilaba en una caja y les puso como título provisional Libro de los pasajes u Obra de los pasajes.

Walter Benjamin, en 1937 en la Biblioteca Nacional de Francia, recogiendo información para su libro póstumo sobre los pasajes parisinos.

Este libro no fue publicado en vida de Benjamin y la edición póstuma en alemán, que es de 1982, puede resultar densa si se lee de forma horizontal, de la primera a la última línea. La intención de Benjamin, probablemente sin saberlo, era diseñar un libro vertical, multimedia, que pudiera ser leído y entendido en cualquier parte que se abriera. Estas cartulinas contienen citas tomadas de diferentes fuentes (libros, fotos, recortes, revistas), y en ocasiones de sus propios libros, lo que le permite organizar la información cruzando sustantivos de relevancia semántica (descriptores). Las palabras clave aparecen subrayadas lo que permite formar una red intertextual en forma de Atlas de la a la z. El sueño de Benjamin, finalmente, fue materializado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid (2015). Veamos un ejemplo representativo del cruce de descriptores en la letra c.

CIUDAD

“El actual habitante de las grandes ciudades”, escribe escribe [Valery] agudamente, “recae en un estado de salvajismo, es decir, en aislamiento”.

Sobre algunos motivos en Baudelaire

Paul Valéry. Cahier B 1910, París, 1926, p. 88 ss. Cit. en Obras I, 2, p. 233

**************

La ciudad es la realización de un viejo sueño humano: el laberinto. Realidad que persigue al flâneur sin saberlo.

Obra de los pasajes. M6a, 4

*******

“El placer de encontrarse sumergido entre las multitudes es expresión secreta y misteriosa del goce de la multiplicación que el número produce. […] El número está en todo. […] La embriaguez es un número… Embriaguez religiosa de las grandes ciudades”.

Obra de los pasajes

Baudelaire. Œuvres, ed. Le Dantec, vol. II, pp. 626-27. Cit. en Obra de los pasajes, J 34 a, 3

Atlas Benjamin. Web diseñada por el Centro de Bellas Artes de Madrid

¿Es posible que la Biblioteca Luis Ángel Arango aproveche en internet estas redes intertextuales imaginadas por Benjamin?

Sí. Ello requeriría un manejo de la metadata diferente para aprovechar el potencial interactivo y colaborativo de la red. Propongo un proceso con cinco momentos.

Momento 1. El Departamento de Catalogación de la Biblioteca Luis Ángel Arango establece que el manejo de la metadata de etiquetas de contenido de los libros sea abierto. Se habilita la plataforma de catalogación para que los usuarios registrados puedan proponer nuevas palabras clave.

Momento 2. La biblioteca informa a los usuarios registrados el modo de agregar etiquetas teniendo en cuenta la lógica de las redes intertextuales. Expone didácticamente el procedimiento.

Momento 3. Los usuarios registrados divulgan frases, fragmentos, escenas de los libros que hayan leído del fondo impreso de la biblioteca y los etiquetan. Los subirán a una red intertextual que siga el modelo del Atlas Benjamin creado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Estos fragmentos deberán observar las limitaciones establecidas en el artículo 31 de la Ley de derechos de autor (Ley 23/1982).

Momento 4. El área de Comunicaciones de la biblioteca selecciona algunos de los fragmentos seleccionados por los usuarios registrados y diseña piezas digitales para divulgarlas en sus redes sociales, las ubica catalogadas en su Biblioteca Virtual. Facilita de este modo que los buscadores electrónicos localicen las URL asociadas.

Momento 5. El área de Catalogación de la Biblioteca Luis Ángel Arango valida las etiquetas propuestas por los usuarios registrados y aprueba su divulgación externa.

La idea es que progresivamente otras personas diferentes a los usuarios, tales como editores, críticos literarios, blogueros y en general lectores interesados, participen y acojan la idea de etiquetar textos de forma más amplia.

A la propuesta que se ha expuesto en este artículo subyace, primero, una “filosofía share”, una filosofía que valora la construcción colaborativa e interactiva del conocimiento. Segundo, busca que nuevos lectores, los llamados “lectores transmedia” se acerquen al magnífico fondo impreso con que cuenta la Biblioteca Luis Ángel Arango y descubran su riqueza y puedan darle nuevos usos y apropiaciones. Tercero, crear ciudadanía digital, entendida esta, como el ejercicio de la participación para ser civitas en un entorno que el comunicólogo Manuel Castells denominó con razón sociedad-red.

Necesitamos, pues, crear nuevos lectores, facilitar el acceso a los libros, divulgar el conocimiento, consolidar un ciudadano crítico. Qué mejor que los bibliotecarios, en alianza con los usuarios de la biblioteca, puedan abrir esas opciones. Ningún robot, ningún dispositivo de inteligencia artificial (IA), ningún algoritmo puede remplazar el sentido del bibliotecario y de la biblioteca pública.

Bibliografía citada

Abril Vargas, Z. (2017). La normalización: el trabajo silencioso de las bibliotecas. En Boletín Cultural y Bibliográfico, No. 92, 2017. En línea: http://bit.ly/2pUcaOJ

Benjamin. W. (1982). Libro de los pasajes. Madrid: Akal.

Benjamin, W. (2015). Atlas / Constelaciones. Madrid: Círculo de Bellas Artes. En línea: http://bit.ly/1iaFrOx.

Camarero, J. (2008). Intertextualidad. Barcelona: Anthropos.

Chartier, R. (2008). Escuchar a los muertos con los ojos. Madrid: Katz Editores

Doueihi, M. (2010). La gran conversión digital. Buenos Aires: FCE.

Eco, U. (1985). Obra abierta. Madrid: Planeta.

Ferreiro, E. (2001). Pasado y presente de los verbos leer y escribir. México: FCE.

García Canclini, N. et al. (2015). Hacia una antropología de los lectores. Madrid: Alianza.

Mann, T. (2005). La montaña mágica. Buenos Aires: Edhasa.

Petrucci, A. (2001). “Leer por leer: un porvenir para la lectura”. En: Historia de la lectura. Madrid: Taurus.

Scolari, C. (2016). “El translector. Lectura y narrativas transmedia en la nueva ecología de la comunicación”. En: La lectura en España. Informe 2017. Madrid: FGEE.

  1. Este artículo fue publicado originalmente en el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, No. 94 de 2018. ↩︎

La literatura infantil y juvenil colombiana frente al conflicto armado

Por Carlos Sánchez Lozano*1

 “Conflicto armado” es un eufemismo para designar la guerra que tuvo su origen en la exclusión política que inauguró el Frente Nacional, en 1958, ese interesado pacto entre las élites del partido liberal y el conservador, las cuales se repartieron el manejo del país hasta 1974. Para algunos historiadores[1] el conflicto armado se inicia en 1964 con la conformación de la guerrilla de las Farc en Tolima y Caldas, al mando de un antiguo guerrillero liberal: Manuel Marulanda Vélez. Esta guerra no fue “convencional” entre ejércitos claramente diferenciados. Sus actores, los victimarios, iban desde guerrilleros y paramilitares hasta oficiales, suboficiales y soldados de las Fuerzas Armadas. Pero también políticos (los parapolíticos), hacendados y empresarios en la legalidad que con dineros públicos o privados estimularon el conflicto para defender sus intereses.

El liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman el acuerdo que crea el Frente Nacional, en Sitges, España, en 1957. En: Gómez García, J. G. (abril 1989). El Frente Nacional: el sagrado derecho a la continuidad. En: Investigar, 2, 41-49.

La principal damnificada, según el historiador Daniel Pécaut, ha sido la población civil. Las víctimas están entre el “pueblo”, y muchos de los delitos cometidos contra él fueron ejecutados precisamente por los grupos guerrilleros, que tenían entre sus eslóganes defenderlo. Los que más han sufridos los desmanes y brutalidades de la guerra han sido en particular campesinos aparceros, comunidades indígenas o afrodescendientes los más pobres entre los pobres. Las cifras de muertos a causa del conflicto armado varían, pero según el Grupo de Memoria Histórica (GMH, 2013), pueden ser 220 mil entre 1958 y 2012[2]. Todos los actores del conflicto armado han demostrado una capacidad arrasadora y cínica para matar, destruir, secuestrar, expropiar, violar.

La señora Teresa Meléndez reconoce una prenda de su esposo asesinado en San Onofre por paramilitares, dirigido, por alias “Cadena”. Tomada de Ferry, S. (2012). Violentología: un manual del conflicto colombiano. Bogotá: Ícono Editores.

El reparto de la actividad criminal varía: los grupos guerrilleros han secuestrado más (cerca de 27 mil personas), además de reclutar más los niños para la guerra (7 mil, por lo menos); los paramilitares son responsables del mayor número de muertos en alrededor de 2 mil masacres y del desplazamiento forzado de comunidades enteras (Colombia tiene 6 millones de desplazados, por encima incluso de Siria y Palestina); también los paramilitares, en alianza con notarios corruptos se apropiaron de las tierras, animales y cultivos de los desplazados y en acuerdos con políticos locales en algunas regiones del país se robaron el erario y regalías; el Ejército y los servicios secretos del Estado están altamente comprometidos en la desaparición forzada de personas (más de 80 mil), la mayoría sindicalistas, defensores de derechos humanos o líderes populares, y en los espantosos e inhumanos “falsos positivos” (más de seis mil).

Niña, menor de edad, reclutada por las Farc. San Vicente del Caguán, Caquetá, 2000. Tomada de Abad Colorado, J. (2015). Mirar de la vida profunda. Bogotá: Planeta.

Paradójicamente el conflicto armado no ha tocado a las grandes ciudades (Bogotá, Cali, Cartagena), salvo en los casos de los atentados terroristas (el del Club el Nogal), los asesinatos selectivos (Elsa Alvarado y Mario Calderón) y los falsos positivos (el caso de Soacha, por ejemplo). Las huellas del conflicto son percibidas como “lunares” que afectan el paisaje urbano: la niña indígena desplazada que pide limosna en un puente peatonal; el vendedor de dulces que a la fuerza entra a un bus de Transmilenio con la esperanza de que le compren; la joven viuda que trata de ubicarse en el servicio doméstico para sostener a su familia. La guerra, como acertadamente lo ha señalado Álvaro Sierra[3], ha sido un tema de la Colombia rural, no de la Colombia urbana. Esta última ha vivido en un periodo de inconsciencia colectiva. La guerra ha sido un tema de “otros”, un modo de representación de la realidad divulgado por los medios de radio, prensa y televisión, responsables en gran parte de la desinformación que existe sobre el conflicto armado.

Libros, niños y guerra

El corpus de la literatura infantil y juvenil colombiana que tiene por tema la violencia ha sido estudiada con atención en su tesis de maestría[4] por las investigadoras Alice Castaño y Silvia Valencia (2016). Lo seguimos, si bien añadimos otras obras que enfocan de manera crítica el conflicto armado.

Sin entrar en mayores detalles de análisis crítico de las obras, por temas de espacio, nos interesa resaltar algunos aspectos.

  • La eclosión de personajes femeninos extraordinarios. Ana María, la nieta del dirigente asesinado de la Unión Patriótica en El gato y la madeja perdida, es una adolescente crítica, abierta a las posibilidades que abre la vida y generosa en su mirada del mundo. Otro personaje que genera inmediata empatía es Mile, la niña wayuu protagonista de El mordisco de la medianoche, por su capacidad de resiliencia, su respuesta para aprender en medio de la adversidad y el espíritu de identidad que la caracteriza. Interrogativa y de gran sensibilidad es la niña protagonista de El árbol triste, el más poético de los libros y el más heterodoxo en la forma de ver la guerra desde la mirada infantil. También son dulces, reconciliadoras, al tiempo que maduran como seres humanos en medio de su dolor Patricia, en Paso a paso, e Isabel en El rojo era el color de mamá. Inteligente, inquisitiva, buena consejera es Violeta en Los agujeros negros.
  • El uso del narrador en primera persona (narrador “autodiegético” en la jerga estructuralista de Genette). Que busca generar empatía (un habla de tú a tú) con el niño o joven lector, y le da mayor verosimilitud al relato al acercar al lector a un tiempo real de vivencia y, a su vez, dar cuenta del valor que los escritores le dan a su pasado de niños al recuperar su voz a través del relato. Vigorosas, honestas, son las voces, el discurso directo libre, de Patricia en Paso a paso, del niño guerrillero en Era como mi sombra, de Juan en Los agujeros negros y de Enrique en La luna en los almendros.
  • El tratamiento de la violencia. Todas las obras incluyen estas escenas, pero una estadística refleja que no son ni corrientes, ni explícitas. A diferencia de la de la llamada “novela de la violencia” para adultos (Cóndores no se entierran todos los días, por ejemplo, de Álvarez Gardeazábal), en estas obras hay un manejo cuidadoso que les permiten a los escritores contar sórdidos momentos del conflicto armado, sin utilizar el morbo visual o la displicencia en el habla. Los victimarios no son protagónicos y son retratados tangencialmente. Las obras se concentran en contar el drama de las víctimas y en lograr que el lector tenga empatía hacia sus tragedias.
  • El aprovechamiento del lector implícito. Estas obras trabajan con un esquema de “lector implícito”, es decir, suponen que los lectores poseen además de una enciclopedia básica sobre el conflicto armado (saben qué es un secuestro), mínimas y determinadas competencias de lectura literaria para formalizar el contrato autor/lector (Iser, 1987; Chambers, 2008). Yolanda Reyes, por ejemplo, no necesita aclarar en su relato que esta obra toma como base real el brutal asesinato de dos líderes comunitarios y ambientalistas, como tampoco Francisco Montaña explica que uno de los posibles referentes reales del personaje del abuelo de Ana María, sea Manuel Cepeda, una de las 3 mil víctimas del exterminio que sufrió la UP.
  • El valor del mediador adulto. Padre, maestro o amigo mayor, que cumple el papel del equilibrio, la razón y el respeto hacia las reglas sociales. Se constituyen en referentes, como la maestra Elvira en el caso dramático del protagonista de Era como mi sombra, que por todos los medios busca que el niño no ingrese a la guerra. Al final se pregunta con un dolor agudo: “¿En qué fallé?”. Cuando el caos y la anomia social, el odio y la brutalidad adulta imperan, los maestros y maestras personajes de las obras exponen razones para la cordura y la búsqueda de salidas.
  • Una actitud prospectiva. La investigadora Lillyam González (2013) concluye que en los libros que tocan el conflicto armado colombiano “se presenta un futuro esperanzador, en el que se asume el pasado y se hacen proyecciones a futuro. No se quedan en el regodeo de una historia realista desarrollada en un contexto de represión; superan la denuncia y se insta a continuar[5]. Los finales de las obras tienden a ser abiertos, y animan al lector al plantearle posibilidades de esperanza para los personajes protagónicos. Hay un llamado implícito a reconstruir el país después de la tragedia.
  • Una postura ética y política, de compromiso intelectual por parte de los autores. No se trata de hacer literatura de denuncia, realismo socialista demagógico, panfleto. Todo este conjunto de obras reseñadas tienen un alto nivel estético-literario al que suman una postura ética que se resume en un principio: no callar. Contra el olvido, contra la dispersión, contra la indiferencia, contra el poder, estos escritores oponen la memoria. La memoria de las víctimas.

¿Y qué hacer con la literatura del conflicto armado?

Muchos jóvenes de Bogotá y de las ciudades más grandes han visto la guerra por televisión. La lectura de estas obras literarias, quizá, pueda contribuir a entender que, al contrario de lo que se cree (“la violencia pasa en otro lado”), la guerra es un tema que nos involucra a todos (porque todos somos colombianos y compartimos una historia, una cultura y una geografía común) y que no podemos dar la espalda a los que han sufrido el horror. Lo que ha pasado políticamente, por lo menos en los últimos 50 años, hay que explicárselos a los niños y jóvenes. La brutalidad del conflicto armado y sus secuelas en personas reales, de carne y hueso, que han sufrido todas estas atrocidades, requiere ser recuperado a través de una Memoria que honre sobre todo a las víctimas.

La lectura literaria puede contribuir a ese acto de justicia. Proponemos a continuación algunas intervenciones pedagógicas que pueden ser acogidas por los docentes de Lengua y Literatura.

Uno. Actividades extratextuales para generar conocimiento enciclopédico y empatía con los hechos sucedidos. Recomiendo dos propuestas pedagógicas elaboradas por la Biblioteca Luis Ángel Arango: Los niños piensan la paz y Hechos de paz[6]. Esta última incluye multimedia y permite la interacción de los estudiantes.

Dos. Actividades intratextuales, centradas en la recuperación de información de los textos leídos y en valorar aspectos parciales de los textos. Aquí se pueden trabajar la Ficha de personaje y la Ficha de la trama, la lectura comentada de capítulos, el Juego de roles propuesto por Mabel Pipkin.

Tres. Actividades críticas, cuyo objetivo sea conocer la opinión y los juicios del lector. El comentario crítico, impreso o en forma de video –como los youtuber- o en multimedia usando herramientas como Padlet, por ejemplo.

Cuatro. Actividades de escritura que involucren registros y destinatarios diferentes. Pueden ser desde escribir un correo, un trino o un mensaje en redes sociales al autor del libro que han leído, hasta participar en el Concurso Nacional de Cuento del MEN con un capítulo corto que aproveche una elipsis narrativa que haya dejado la obra que leyeron los estudiantes (esta es una propuesta del profesor Gustavo Aragón).

Si el lenguaje, en la citada frase de Heidegger, es el que nos constituye, somos los maestros de Lengua y Literatura los que tenemos que velar porque el lenguaje de la ignominia que generó el conflicto armado no desaparezca en el velo de los tiempos.


[1] Entre ellos Gustavo Duncan y Francisco Gutiérrez Sanín. En: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia (pp. 249-293). Bogotá: Desde Abajo.

[2] Grupo de Memoria Histórica GMH (2013). ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional. Recuperado de: http://bit.ly/1S5aKKi p. 20.

[3] Sierra, A. (13 diciembre de 2015). El argumento moral. En: El Tiempo, p. 19A. Recuperado de: http://bit.ly/1O8l4cM

[4] Castaño A., Valencia S. (enero-junio, 2016). Formas de la violencia y estrategias para narrarla en la literatura infantil y juvenil colombiana. Ocnos 15 (1) 114-131. Recuperado de: http://bit.ly/1Z5Lm7r

[5] González, L. (2013). Rebeldes, adoptados y transgresores: libros infantiles en la literatura colombiana. Breve recorrido por temáticas realistas. En: Héroe y antihéroe en las literatura hispánicas (pp. 89-97). Liberec: Technická Univerzita v Liberci.

[6] Se pueden consultar en estos sitios web: http://bit.ly/1Qdw1zS y http://bit.ly/2auoqf6.


  1. * Este texto fue publicado originalmente en Tiempo de leer, Ediciones SM, Bogotá, No. 15 de 2016. Mi agradecimiento a María Fernanda Paz Castillo y Juan Pablo Mojica que editaron el texto. ↩︎

Nadaísmo, guerrilla y ciclismo colombiano

Carlos Sánchez Lozano

Durante la época en que estudié en la Universidad Nacional, en julio de 1984, una amiga medio chiflada -que me gustaba- me hizo una invitación llamativa.

—Vamos a un recital de poesía. Va a estar un poeta cheverísimo —me dijo poniendo las manos en cruz.

Fue la primera vez que oí el adjetivo colombianísimo “chévere” aplicado a la poesía, que, oh, yo tenía por las nubes como lenguaje sagrado.

Como fuera, yo babeaba por ella -por la poesía- y seguí a mi amiga como guardián fiel. Pero recién llegados a un atestado auditorio de una entidad oficial, en pleno barrio colonial de la Candelaria en Bogotá, tuve la impresión de estar en el sitio equivocado. Dos hombres con revólver y una adolescente con una metralleta, tapados los rostros con pañuelos de colores negro y rojo, que los identificaban con un grupo guerillero, saludaban al “Compañero poeta que nos acompaña en la lucha revolucionaria”.

El compañero poeta era un señor semicalvo, de chivera y sonrisa más bien cínica, que a petición del público leyó un poema donde hablaba de universitarios que morían en combates urbanos, místicos que encontraban en el Ché un camino redentor, burgueses a quienes se los comería el piojo de la historia… Aquel libelo versificado terminaba con una alusión enfática a respaldar “nuestros ciclistas Alfonso Flórez y Lucho Herrera, quienes dejan en alto la bandera de nuestro pueblo en el Tour de Francia”.

El heroico Lucho Herrera cruza la meta en Alpe d’Huez. Foto:
© Revista Mundo ciclístico

¿Cuál era la relación entre la lucha subversiva y los tenaces escaladores, uno de los cuales ganó sufridamente una etapa? ¿Y entre estos hechos y la poesía? Vaya a saber. Lo cierto es que el poeta fue ferozmente aplaudido por un público juvenil -incluida mi compañera, dulce y adorada Rita de junco y capulí, que gritaba feliz- público, decía, que al tiempo gritaba consignas del tipo “Belisario, esclavo yanqui. Landazábal, perro h.p.” (se referían a nuestro presidente de la época y su ministro de defensa).

El ambiente se calentó más cuando la guerrillera chiquita, pero con metralla, gritó señalando al eufórico recitador:

—Pido un aplauso para el compañero Jotamario Arbeláez.

El poeta nadaísta Jotamario Arbeláez en su época «woke».
© Revista Otraparte

—¡Viva! —se oyó un coro en respuesta.

—¡Viva el nadaísmo! —gritó alguien atrás.

—¡Viva! —repitió el coro en bloque.

Mientras yo pensaba en tanto circo, los guerrilleros se esfumaron, el compañero Jotamario firmaba autógrafos y otros jóvenes se peleaban la mesa central para recitar poemas en homenaje al valeroso pueblo cubano, o al obrero y la puta explotados o a la muerte de Dios…

Mi amiga había desaparecido.

Variando el refrán “Fui por la lana y salí trasquilado”, en mi caso: “Fui por cariño y descubrí el nadaísmo”.

Roberto Calasso: el secreto editorial de las memorias de niñez y adolescencia

Por Carlos Sánchez Lozano

Este es un libro de memorias del reconocido editor italiano Roberto Calasso, fallecido en julio de 2021. Se dirá que los libros de editores son monotemáticos y dirigidos en clave a los colegas porque se centran en el negocio de los libros con todos sus accidentes y dolores de cabeza, el primero de los cuales son los autores. Esta memoria rompe este sino porque, al contrario del corpus biográfico que circula en el ámbito librero hispánico, se centra en un periodo central de la vida que nos une a todos: la niñez y la adolescencia. Con ello quiere decir que cualquier persona que quiera narrar y evocar su infancia tendrá en Memè Scianca un referente de gran valor.

Los buenos libros de memorias, a mi parecer, se caracterizan porque:

1) no se pierden en detalles que interesan al autor pero que al grueso de los lectores no, y

2) son un ejercicio de estilo más que una crónica ordenada de hechos. Calasso lo logra en juntos casos. Veamos cómo.

Este librito aparece publicado en una edición portable (los nuevos cuadernos de anagrama en un tamaño de 10,5 X 17,5 cm). Cabe en un bolsillo, y sus 48 capítulos, de dos o tres páginas, se pueden leer en 5 minutos cada uno. Lo maravilloso de este regalo de Calasso es que esa lectura invita al lector a contrastar su propia experiencia con la del editor italiano por lo menos durante otros 5 minutos.

Es decir que lo invita a uno a dialogar vivamente con un autor que ya está muerto y lo hace a partir de lo que está fijado en un texto escrito. Verbigracia léase el comienzo del capítulo 1 que se encuentra en la red y cómo responde con sencillez a la pregunta: “¿por qué quiero hablar de mi niñez sin parecer afectado u obvio?”:

Era una noche templada a finales de prima­vera. Estábamos sentados en torno a una mesa de piedra, bajo una pérgola. Un poco más allá, el lago de Garda. Por aquellos días yo estaba leyendo los recuerdos de infancia de Florens­ki, titulados A mis hijos. Me habían conmovido en particular algunas historias, algunos deta­lles de sus primeros años en la estepa del Cáu­caso. Josephine, de veintiún años, y Tancre­di, de doce, me escuchaban interesados, pero también por complacerme. Historias demasia­do lejanas, pensé. Después empezaron a pre­guntarme qué recuerdos conservaba yo de mis primeros años. Dije algo y me di cuenta de in­mediato de que sonaba igualmente lejano.

El motivo para escribir Memè Scianca es que Calasso en un primer momento se vio sobrepasado por la pregunta de sus hijos y no pudo responder sino con alguna anécdota general. Entonces se propuso rescatar 48 momentos de su vida que fueran claves para sintetizar su niñez y adolescencia.

El joven editor Roberto Calasso en su Florencia natal.

Leídas las 112 páginas es justo reconocer que hay una experiencia de vida auténtica, más allá de ser editor de libros. Si bien es un texto escrito por un intelectual asociado a un entorno burgués europeo de mitad del siglo XX, sentimos sobre todo en los primeros capítulos que hemos atravesado con Calasso el primer capítulo de nuestras vidas: en mi caso la de un niño en un barrio popular de Bogotá, hijo de padres de origen burgués, en decadencia económica, que súbitamente a los quince o dieciséis años -es decir finalizando la década de los setenta del siglo pasado- descubre de la mano de dos amigotes los libros, el cine y el rock, y se propone indagar un pasado familiar y político que le parece problemático.

Recogidos los temas claves del libro los podemos resumir con estas etiquetas, que leídas despacio pueden dar cuenta del rico valor intertextual de Memè Scianca:

#La escuela montessoriana – #Retratos cercanos de Hitler y Mussolini – #Un niño en mitad de la segunda guerra mundial – #La Italia de la reconstrucción – #La importancia de los traductores – #El mundo intelectual de los abuelos – #El descubrimiento de la poesía a través de Baudelaire – #Juventus y Proust – #Florencia vs Roma – #Primer amor por la protagonista de Cumbres borrascosas – #El gusto por la filología – #Simenon y el relato policiaco – #La persecución fascista al padre – #Una charla con el historiador Arnaldo Momigliano– #El amor a los libros como objetos físicos

Memè Scianca es un personaje que Calasso de cinco años crea para que así lo llamen sus padres. ¿El origen de las dos palabras? Completamente incierto y probablemente es un primer juego con el ánimo de reconocer el poder del lenguaje y darse una identidad literaria. Y este niño al que vemos crecer página a página nos va dando granos de su voz a través de flashes tersos que recogen momentos amables o difíciles de los años 50 y 60: el abuelo abogado que discute con amigos una traducción de Hegel que va a editar, un compañero más grande que luego de un partido de fútbol le habla de En busca del tiempo perdido, un embajador de Mussolini, amigo de un traductor judío, que salva a su padre del asesinato…

En la página inolvidable del libro que he marcado con un posit y sobre la que volveré, dice Calasso:

El primer poema que aprendí de memoria y que todavía resuena en mi cabeza fue de Baudelaire: “L’Homme et la mer”. Me atraía todo lo que tenía que ver con Baudelaire, desde los retratos a los títulos de sus obras, sobre todo Les Fleurs du mal, que emanaba misterio y escándalo.

Nadie sensato olvida su primer poema: el mío fue “Interludio” de Aurelio Arturo, leído por mi padre, una mañana de domingo, en una revista amarillenta.

¿Escritores autodidactas y revolucionarias heterónomas? El caso de Ignacio Torres Giraldo y María Cano

Por Carlos Sánchez Lozano

Ignacio Torres Giraldo hacia 1926 cuando conoció a María Cano. Foto incluida en el libro de Alfonso Rubio.

He leído con interés el ensayo “La escritura de Ignacio Torres Giraldo. El aprendizaje de un autodidacta”, del historiador y profesor Alfonso Rubio de la U. del Valle, incluido en el libro Diversidad y utilidad de la escritura (Instituto Caro y Cuervo, 2022). El texto celebra la formación intelectual de un dirigente socialista, de origen popular y regional, autor de un libro que fue parte del canon de las lecturas de la izquierda colombiana en los años 70: Los inconformes. Pero me ha llamado la atención que el ensayo de Rubio pasa por alto la importancia de una mujer, María Cano (1887-1967), quien fue, de un lado, compañera de vida de Torres (1893-1968) durante dos décadas, y de otro, un referente intelectual clave precisamente en la formación comprensiva, la Bildung, del ambiguo dirigente comunista.

María Cano hacia 1945. Foto de archivo © Melitón Rodríguez. © Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

El ningunismo al que han sido sometidas las mujeres intelectuales en Colombia requiere una revisión detallada, pues demuestra de diversos modos que una forma del ejercicio del poder masculino -evidencia del machismo hispánico asentado en una sociedad jerárquica como la nuestra- consiste en quitarles a las mujeres su papel cultural de influencia ubicándolas en un plano secundario o abiertamente ignorándolas. Esa forma de poder la ejerció Ignacio Torres Giraldo con María Cano.

Si bien Torres escribió un retrato hagiográfico sobre María Cano. Apostolado revolucionario (Carlos Valencia Editores, 1980), el lector notará desde el prólogo que el registro de escritura que emplea es el de paterfamilias: Torres consideraba a María Cano una menor de edad (en el sentido kantiano) a la que él guio por el acrisolado camino de la revolución. A los ojos de Torres, Cano era una socialista a medias «porque no tenía ninguna formación teórica sobre la estructura básica de la sociedad de clases» (Torres, 1980, p. 32) a la que él educó en marxistología.

Nada más lejos de la realidad. Cano ya había desarrollado una identidad revolucionaria, incluso en contra de su origen social, pues pertenecía a una reconocida familia burguesa de Medellín vinculada con el periodismo y el comercio. Beatriz Helena Robledo, quien ha escrito una biografía documentada y valerosa de María Cano, recuerda el primer encuentro entre la joven sindicalista de izquierdas que llega a Bogotá en 1926 y descubre con desconsuelo en la estación de trenes de la Sabana a un revolucionario filipichín, adocenado, presto a educarla con consignas marxistas-leninistas:

«Torres Giraldo decía que su peinado y trajes eran síntomas de una actitud bohemia aburguesada que desentonaba con el movimiento obrero». María Cano. Roja muy roja © Gabriela Pinilla. © La Silueta.

… un señor cuidadosamente vestido, con sombrero, paraguas y un chaleco con muchos bolsillos que le ceñía el cuerpo y del cual sacaba papelitos para leer algunas citas. Todo lo apuntaba y lo guardaba en uno de los múltiples bolsillos del chaleco. En algún momento podía necesitar echar mano de lo apuntado. María supo después que los innumerables chalecos que tenía Torres en su guardarropa eran confeccionados por él mismo, pues había sido sastre de oficio y profesión, sastre de chalecos, no pantalonero. No sabía que esta era una especialidad. (Robledo, 2014, p. 174).

Entrevista a Beatriz Helena Robledo en el Hay Festival, 2018. Impresiones sobre la relación entre María Cano e Ignacio Torres Giraldo. Minuto 28:46 a 33:45.

María Cano amó a Torres Giraldo e incluso cumplió funciones de madre con su hijastro Eddy Torres, cuando aquel la abandonó durante los años 30 y partió a adoctrinarse en la Unión Soviética. Cano no guardó rencor ante estos hechos ni ante el ninguneo intelectual de su compañero. Hasta donde pudo se mantuvo activa como agitadora revolucionaria y luego en los años del Frente Nacional (1958-1970) entró en la sombra, víctima de una enfermedad neurológica que la llevó a la muerte en su natal Medellín. Torres terminó su vida enfrentado con las directivas del Partido Comunista y se recluyó como historiador de la gesta revolucionaria en Colombia y librero en Palmira.

María Cano fungió como madrastra de Eddy Torres, quien luego llegaría a ser director de la Biblioteca Nacional de Colombia durante 1982-1983. © Foto de Melitón Rodríguez. Archivo Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

María Cano fue una gran lectora de literatura (en especial de Cervantes, de la poesía modernista y de la literatura francesa de denuncia como la de Victor Hugo y Zola) fundó una biblioteca popular, ejerció como periodista y denunciante de la injusticia laboral, y creó con sus hermanas círculos de lectura con obreros en la Medellín de los años 20 del siglo pasado cuando arreciaba la furia del partido conservador en contra de una alfabetización democrática. Fue una mujer ilustrada, con vocación de maestra, que no perdió la oportunidad seguramente de ayudar a un revolucionario como Torres a consolidar su educación.

El profesor Rubio presenta en su ensayo a un Ignacio Torres autodidacta, capaz de aprender a leer y a escribir por sí mismo, consolidado como un autor publicado y reconocido en los círculos revolucionarios. Pero olvida que los aprendizajes asociados al ingreso de la cultura escrita son de carácter sociocultural (Vygotsky, 2000, p. 133; Bruner, 1986, p. 85) y que requieren mediaciones basadas en el alcance de nuevas zonas de desarrollo próximo (ZDP) en que intervienen diversas personas (maestros, amigos, bibliotecarios) que jalonan al inexperto a una zona de conocimiento nuevo que le permiten adquirir autonomía como lector y escritor. Estoy seguro de que una de esas mediadoras clave en la formación de Ignacio Torres Giraldo fue María Cano.

Torres Giraldo en los años en que había publicado Los inconformes.Historia de la rebeldía de las masas en Colombia. © Foto del archivo personal de Juan Carlos Celis Ospina.

Una historia de la cultura escrita en Colombia, que recoja el papel de editores, bibliotecarios, promotores de lectura, críticos literarios, autores de literatura infantil y juvenil, programas de lectura, deberá reconocer el papel trascendental de las mujeres. Mujeres que en un entorno de alfabetización atrasado, dominado por una élite intelectual masculina, abrieron puertas para la posibilidad del cambio.

Sí: mujeres fundacionales, berracas, como María Cano.

María Cano. Roja muy roja © Gabriela Pinilla. © La Silueta.

Referencias

Bruner, J. (1986). Realidad mental y mundos posibles. Barcelona: Gedisa.

Pinilla Zuleta, G. (2017). María Cano. Roja, muy roja. Bogotá: La Silueta.

Robledo, B. H. (2017). María Cano. La virgen roja. Bogotá: Debate.

Rubio, A. (2022). Diversidad y utilidad de la escritura. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo

Torres Giraldo, I. (1980). María Cano, apostolado revolucionario. Bogotá: Carlos Valencia Editores.

Vygotsky, L. (2000). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Crítica.

Reflexiones de un católico sobre un personaje secundario de «En agosto nos vemos»

Carlos Sánchez Lozano

Las críticas de la novela En agosto nos vemos se han centrado en aspectos extratextuales -que desde luego tienen valor- y menos en los intratextuales. Una de las críticas más severas provenientes incluso de sectores ideológicos opuestos resalta de modo común la debilidad del personaje protagónico: Ana Magdalena Bach (AMB). Les parece que no tiene identidad, es repetitiva y que no aparece retada por puntos de giro destacables; en definitiva, que es un pálido reflejo de otros poderosos personajes femeninos garciamarquianos que son arquetípicos: Úrsula Iguarán, por citar uno.

Me distancio de esas posiciones. Ana Magdalena Bach es absolutamente cautivadora. La mujer de 50 años de la que un hombre medianamente sensato se enamoraría en el primer encuentro. Pero no es de ella de quien quiero hablar, sino de su hija: Micaela Amarís Bach.

Ordenémonos.

La tesis que quiero sostener en este breve texto es que AMB es un “personaje devenido” (la jerga es hegeliana), esto es, que su configuración solo puede ser comprendida en la relación que tiene con su madre y su hija (juntas llevan el nombre de Micaela). Y que esta relación dialéctica de abuela-madre-hija propone un imaginario de mujer en América Latina en un momento de compleja transición histórica (el comienzo del siglo XXI).

Con el personaje de AMB García Márquez aporta -desde una perspectiva masculina-patriarcal- su mirada sobre el problema y anuncia un giro novedoso en las relaciones entre mujeres, y entre mujeres y hombres.

Ana Magdalena Bach en su visita anual a la tumba de la madre. Detalle de ilustración de carátula realizada por David de las Heras. © Random House, 2024.

Veamos cómo es el camino desde el que he llegado a la anterior conclusión.

Por timidez asumida y gozo personal de lectura en las narraciones y en las obras de teatro y en las películas de cine me gustan menos los personajes protagónicos y más los personajes secundarios. Me gusta los cameos, los personajes de un solo parlamento, la gente de fondo que no se ve clara en las fotos. Me gusta más el sepulturero que Hamlet.

Pero además de ello creo que los personajes secundarios son fuente de historias que los lectores deberíamos investigar y ampliar. En la época de los “relatos extendidos” tendría el prurito -obvio, aclarando los temas de copyright– de hacer un relato multimedia del personaje que más me gustó de En agosto nos vemos: la joven Micaela.

Por ahora solo quisiera aventurar que me encantó el personaje porque esta chica arriesga un perfil femenino que poco se piensa en un momento histórico ateo o arreligioso como el que vivimos. Contra viento y marea Micaela quiere ser monja, es decir, valora ser católica, integrante de una comunidad religiosa y entregada a una fe de reclusión. Con esta actitud propone un desafío a los feminismos radicales en boga.

No existe una teoría del personaje secundario, si bien gurús como Eco, Barthes y Greimas asoman ideas al respecto. En términos generales podemos decir que en las narraciones (visuales, escritas, multimedia) los personajes secundarios cumplen 3 funciones:

  1. Correa de transmisión. Ayudan al protagonista a alcanzar sus objetivos.
  2. Contraste parcial. Complementan o contrarían posturas del héroe o la heroína.
  3. Decorativas. Dan una respiración al texto y le permiten al lector relajarse.

García Márquez en En agosto nos vemos agrega una cuarta:

  • Ayudar al protagonista a configurarse; a definir lo que no pudo ser.

En efecto, Micaela Amarís Bach es un “desarrollo figural” de su abuela y de su mamá. Si lo miramos a través de un esquema el asunto es así:

De acuerdo con la información que aparece en En agosto nos vemos, Micaela hija aparece en diez páginas[1]. De ellas podemos extraer estos datos explícitos:

Micaela:

  • Al comienzo de la novela tiene 18 años. Al final de la narración tendría 22.
  • No hay descripción de su físico (¿será bella como la madre?).
  • Tiene talento musical como su padre y su hermano, pero no lo desarrolló.
  • Se destaca su espíritu rebelde y su vocación sorpresiva: quiere ser monja. Ingresará a la comunidad católica de los Carmelitas descalzos.
  • No estudia de manera formal en ninguna universidad.
  • Tiene una alfabetización elevada, pues a sus padres les admira que “daba muestras de una información activa y un criterio maduro sobre la actualidad cultural” (p. 47).
  • Convive ocasionalmente y tiene relaciones sexuales con un músico de jazz, mulato. El músico es trompetista. Si bien se resalta que es un jazzista “virtuoso” también se sugiere que es drogadicto.
  • No tiene hijos. Ha evitado un embarazo acudiendo a anticonceptivos. AMB por esta razón la llama “puta”.
  • Le gustan las películas de acción y las ve en televisión hasta la madrugada.
  • Uno de sus discos músicos favoritos es el heterodoxo blusero y rockero Van Morrison.
  • Regularmente es insomne.
  • Con su novio visitó la tumba de la abuela Micaela en la isla y le llevó aparentemente rosas (que la señora odiaba).
  • Es peculiar su entrada al convento: carga un “maletín con sus artículos de tocador” (p. 79). Ingresada, lleva una vida de fe cristiana y no vuelve a casa.
  • Es irreverente incluso con la iglesia católica: piensa que “en los albores del tercer milenio se acabaría hasta con el voto de castidad”. (p. 46)
Micaela hija: del relajo a la contrición. Foto de Kiki. Por © Man Rey, 1922

Al final de la novela descubrimos que un hombre mayor visitaba también la tumba de la abuela Micaela dejando flores. Era el amante clandestino de esa maestra montessoriana que no se resignaba a llevar la convencional vida matrimonial de las mujeres de mitad del siglo pasado. Y fue esa la razón por la que resolvió que a su muerte dejaran el cadáver en la isla donde había conocido el amor. Luego allí su hija Ana Magdalena, cada 16 de agosto durante cuatro años, intentará con tres hombres a quienes convertirá en amantes ocasionales en encontrar el sentido del amor, sin lograrlo. Paralelamente su hija Micaela Amarís Bach renunciará al sexo y al amor, seguirá el camino religioso de la castidad y la oración, y se deslindará del destino de la madre.

Deseo, pérdida del sentido del amor y encuentro en la vocación religiosa marcan a tres generaciones de mujeres de una familia caribeña.

Qué mejor ocasión de hablar de estos temas en semana santa a la luz de una maravillosa novela resucitada, escrita en medio de dudas por ese mago de la narración y de la palabra escrita que es Gabriel García Márquez[2].


[1] En la edición de Random House, 2024: páginas 19, 20, 39, 40, 46, 47, 48, 78, 79, 106.

[2] Este post es resultado de una conversación polifónica con Adriana Pinto, Jackeline Barragán, Serafín Barrero y Conrado Zuluaga. Gracias.

Los lectores como protagonistas del ecosistema del libro

Carlos Sánchez Lozano*

El mundo del libro está viviendo una revolución silenciosa. Y los protagonistas de esa revolución son los lectores, que en el tradicional ecosistema del libro eran valorados como sujetos distantes, borrosos. Hoy, debido esencialmente a internet y a las redes sociales, los lectores han ganado protagonismo y se han impuesto sobre los autores, e incluso sobre los propios textos. Desde luego que esta situación es problemática y plantea retos a los editores y a los mediadores de lectura, pero no puede ser desconocida. El fin del canon, el ocaso de la crítica literaria académica, la apropiación subjetiva de los textos, son algunas consecuencias de esta revolución.

Ruptura en uno de los eslabones

El libro impreso ha necesitado más de 500 años para consolidar su poder y a su vez contemplar su crisis. Esta crisis no debe ser entendida como decadencia (el fin del libro), sino como una oportunidad de mirar su renovación. Y ello, a mi modo de ver, se puede hacer desde una perspectiva dinámica que ve los nuevos productos culturales -el libro electrónico, por citar uno- como reinvenciones de otros, pues une nuevos sistemas de comunicación que permiten su resurrección y su acomodación a un entorno histórico distinto.

Por ejemplo, el cine es ciertamente una reinvención del teatro, de la fotografía y de la literatura escrita, que generan un nuevo arte y una nueva industria. Lo que está sucediendo con la renovación del libro impreso es lo mismo. Las consignas conservadoras de Umberto Eco (2010) -en su diálogo con Jean Claude Carrière- de defensa a ultranza del libro impreso, en consecuencia, sobran y desvían lo que es importante discutir: ¿qué está cambiando en el mundo del libro y cómo podríamos tener pistas para interpretarlo de una manera menos apasionada y más asentada en el sentido común? Ese sentido común que observa los fenómenos empíricos más desde la complejidad que desde los prejuicios.

La construcción del ecosistema del libro ha sido lenta y ha requerido la participación de diferentes actores que enriquecen ese ecosistema. Uno de esos actores es el lector, cuya ubicación en esa cadena ha sido variable en relación con el papel de los textos y de los autores (ver gráfica 1). De cumplir un papel secundario en el Renacimiento (hace cinco siglos), es en este momento histórico el centro del ecosistema, según la tesis central que sustentaré en esta conferencia.

evolucion lector ecosistema

Gráfica 1

Para mostrar el valor del lector en el ecosistema del libro quisiera previamente mostrar su ubicación a partir de un esquema (gráfica 2) que hice hace unos años para estudiantes de una maestría en literatura y mostrarles cómo funciona la “máquina” de producir libros para niños.

ecosistema

Gráfica 2

Si se observa con atención, se podrá apreciar que los actores que participan tanto en lo artístico del libro (los autores e ilustradores) como en el negocio (editores, vendedores) cumplen roles específicos, pero interdependientes de los otros. Así, los editores hacen libros para los niños dependiendo de las edades y de los niveles de comprensión lectora, que a su vez se corresponden con sus avances en la escolarización.

La gráfica quiere introducir otra tesis: la construcción de un lector autónomo, moderno, es un acto histórico-cultural complejo y lento que supone la sintonía de diversas variables. Por ejemplo, no habrá lector autónomo si este antes no ha sido lector heterónomo, es decir, un lector que requiere el apoyo de mediadores. El mediador lo invita a entrar al mundo del libro y la lectura, y lo ayuda a interpretar los textos. Esos mediadores son los padres de familia, los profesores, los bibliotecarios, los promotores de lectura, los compañeros de colegio. En consecuencia, se requiere un sistema cultural que facilite el encuentro entre los niños y los libros para que aquellos se conviertan en lectores autónomos (librepensadores, como los denominaba Estanislao Zuleta[1]). Ser lector no es algo que está dado, ni nadie tiene en el ADN un cromosoma que se llame “lector predestinado”.

El lector autónomo, moderno, que empieza a formarse en el siglo XVI (Chartier, 2000, p. 66) tuvo que “superar” (en sentido hegeliano) momentos críticos para alcanzar un estatus y ser reconocido como actor clave en el ecosistema del libro. Uno de esos momentos críticos tuvo que ver con la prohibición de acceder a los textos de manera personal. El poder -las élites que monopolizaban la cultura escrita- no lo permitieron. Foucault (1973, 2010) advierte las razones:

En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tiene por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. (p. 14).

La lectura autónoma requería de condiciones de posibilidad, la más importante, la democratización del acceso al libro. Esa democratización ha tardado demasiado en darse (en Colombia, apenas hasta 2013 los niños de escuelas públicas han empezado a recibir libros de literatura e informativos proporcionados por el Estado) y ello ha traído enormes problemas educativos y culturales.

La construcción del lector autónomo, librepensador, moderno tiene su origen en Europa en la Revolución francesa (1789) y en los países latinoamericanos luego de las revoluciones de independencia del siglo XIX. Esta revolución de la lectura amplió la base de los lectores, pero se quedó en una élite, según señalan historiadores de la cultura escrita: Hamesse (2001), Darnton (2003), Einsenstein (2010), y en nuestro medio Silva (2002), quien estudió las prácticas de lectura en Colombia durante el siglo XIX.

Esa primera revolución de la cultura escrita en Colombia generó una elitización de la lectura. En efecto, los libros, ya publicados en un margen de producción manufacturada más amplio, seguían siendo apropiados por élites que construyeron la imagen del “lector culto” (varón, blanco, adinerado, con posición social y política de poder). Es la imagen de un lector que deja en su casa un amplio espacio para acumular libros en una biblioteca privada de miles de volúmenes y que publicita su eliticidad[2]. El libro impreso cumplía un papel de compresor de esa eliticidad. Si no tenías para comprarlo, no existías como lector.

Mujeres que venían de estratos medios cultos y que luego se radicalizaron políticamente, como la gran feminista antioqueña María Cano, advirtieron semejante injusticia y la clase de exclusión que podía establecer el libro impreso, e iniciaron campañas para formar clubes de lectura obrera y sacaron los libros de sus bibliotecas a la calle y los divulgaron en sindicatos y espacios públicos (Robledo, 2017).

El “canto de cisne” del canon textual

La siguiente tesis que sostendré es que el modo como las élites ralentizaron la democratización del acceso al libro y la lectura fue mediante el establecimiento del canon textual y la censura. Ese canon fue organizado primero por la Iglesia católica y luego por la crítica literaria académica. La crítica literaria, en mi opinión, elitizó la lectura e instauró una forma de exclusión al determinar qué tenía valor estético y qué no. De paso desconoció el aporte de las nuevas formas de la cultura popular tales como el cómic, el cine, la televisión, la radio y ahora los nuevos textos que han surgido con internet y las redes sociales.

El canon de textos (religiosos, jurídicos, literarios) es el resultado de una estrategia del poder por establecer un orden del discurso (Foucault, 1973, 2010). Ese canon es entendido como:

…fórmulas, textos, conjuntos ritualizados de discursos que se recitan según circunstancias bien determinadas; cosas que ha sido dichas una vez y que se conservan porque se sospecha que esconden algo como un secreto o una riqueza. (p. 26).

Coetzee (2007) ha detallado la forma como la Iglesia católica reaccionó a la Reforma protestante visibilizando su poder en el siglo XVI mediante la prescripción de un canon cerrado: el Index Librorum Prohibitorum, que estableció qué y quiénes podían leer los textos con el sello de aprobación. El caso de la publicación del primer tomo del Quijote (Bouza, 2012) revela las complejas relaciones entre los censores y los artistas. Si el censor hubiera previsto que el Quijote era un libro que invitaba a la revolución (de ideas, de sueños, de los campesinos contra el poder feudal), no se hubiera publicado. Se valoró el humor “ingenuo” que expresaba y el que no tocara ningún órgano del poder con críticas veladas (Gracia, 2017).

La irrefrenable publicación de textos durante los siglos XVII y XVIII en Europa, exigió un nuevo modo de control del orden del discurso que se instaló en los países latinoamericanos a comienzos del siglo XX: los listados de textos canónicos emitidos por la élite intelectual y materializados por entidades educativas de los gobiernos. Aquí el canon se había abierto a textos que fortalecían el nacionalismo, sobre todo literario. En Colombia obras como Memorias del cultivo del maíz en Antioquia (1866), María (1867), La pobre viejecita (1893), La vorágine (1924), eran de obligatoria lectura en el sistema escolar.

Judith Kalman (2006) ha insistido en que toda acción política de promover la lectura en las clases populares es ideológica e intencionada con determinados fines por parte de esas élites. El canon o el establecimiento de libros de prescripción tuvo su origen en una actitud propia del Romanticismo: el “pueblo” debía leer los textos de más alto valor estético. Pero muchos textos de gran valor -sobre todo que no habían dado el paso de la oralidad a la escritura, o que habían sido producidos por las mujeres u otras comunidades excluidas- quedaron hundidos en el olvido y es apenas hasta ahora que se está descubriendo su valor. El caso de Soledad Acosta de Samper en nuestro medio es diciente. En los manuales de lectura escolar para secundaria, hasta hace menos de 10 años no existía como autora incluida en el canon y se ha necesitado el trabajo intenso de varias docentes universitarias colombianas y extranjeras para sacarla a flote y darle una dignidad que la crítica literaria le negó.

La crítica literaria académica ha cumplido ciertamente un papel de exclusión. Centrada en legitimar los textos canónicos, descuidó al lector, sobre todo al “lector débil” (Bahloul, 2002) y se enfrascó en los debates de corrientes y escuelas, alcanzando un grado de ininteligibilidad terminológica que acabó convirtiéndola en una guerra de cenáculos cada vez más cerrados y con incapacidad de comunicar sus logros a la nueva comunidad de lectores (Sánchez Lozano, 1998).

Lo cierto es que el canon literario como mandato exterior de lectura tiene los días contados, así haya profesores del corte de Harold Bloom (2006) que insistan en reclamar su vigencia. El gran historiador de la cultura escrita, el italiano Armando Petrucci (2001), dio aviso de este hecho en los albores del siglo XXI cuando se iniciaba la revolución de las TIC:

Se va abriendo un modo de lectura de masas que algunos proponen expeditamente que se defina como «posmoderno» y que se configura como ‘anárquico, egoísta y egocéntrico’, basado en un único imperativo: «leo lo que me parece». (p. 615).

Inevitablemente clásicos del canon como Shakespeare, Marcel Proust y José Eustasio Rivera se encuentran con la cultura popular (en formato de cómic y multimedia) y ahora los podemos disfrutar al lado de los adolescentes. “Leo lo que me parece”. Algo ha cambiado.

La irrupción de los “lectores débiles”

Sin duda alguna un nuevo lector surgió con la irrupción de internet en la primera década del siglo XXI. Los vertiginosos cambios que hemos vivido desde entonces no paran. El primero de los cambios y que convierte al lector en un protagonista de la cadena del libro se produjo con los comentarios que se abrieron en las versiones digitales de los periódicos y revistas. Este espacio interactivo -al principio incontrolable y sin censuras- permitió apreciar que los lectores eran reales, incluso en medio del enmascaramiento virtual. Se pudo apreciar en carne viva que se imponía el lenguaje soez, la incoherencia, el insulto degradado, la amenaza (incluso de muerte), y que no imperaban ni los argumentos ni el sofisticado análisis crítico que reclamó cierta élite letrada (los casos más evidentes fueron los de Daniel Samper Pizano, Héctor Abad Faciolince y Antonio Caballero que cerraron los comentarios del lector de sus columnas). Se pudo apreciar que el acceso a la escritura pública expresaba múltiples rencores soterrados, hablas que no habían podido ser leídas, carencia de conocimiento de la interacción escrita en público. Acallados por los medios, la gente que nunca había hablado, habló. Nuevos emisores ganaban espacio en el entorno digital. La escuela ni la universidad habían preparado a los nuevos lectores para entrar al ágora pública que es la prensa digital, lo que demostraba a las claras que la ciudadanía escrita en Colombia era casi inexistente.

Se pudo apreciar cómo estos lectores de prensa no entendían los textos leídos, o al menos no discutían con ellos. Se imponía la sobreinterpretación. Los autores de los textos eran calificados de comunistas, asesinos, homosexuales. El odio de diverso origen y los prejuicios se imponían sobre la argumentación razonada. Como lo entreviera con razón la profesora María Teresa Uribe:

No tuvimos sujeto moderno [en Colombia] porque el sujeto de la escuela no aprendía a pensar con su cabeza, lo que aprendía era a creer. (citada por Barbero[3]).

El otro espacio inédito en la historia de la escritura que revolucionó el mundo digital fueron las redes sociales. Facebook y Twitter ganaban el protagonismo. Creadas en 2004 y 2006, respectivamente, por grandes imperios estadounidenses de las comunicaciones, generaban un nuevo modo de relacionarse entre las personas y las comunidades virtuales. Como lo han probado diversos artículos y estudios, estas redes sociales (sobre todo FB) fueron utilizadas para distorsionar la información y generar reacciones basadas en la mentira, la polarización y en el desprecio a las opiniones contrarias. El Triunfo del No en el plebiscito de octubre de 2016 en Colombia, y el de Trump a la presidencia de los Estados Unidos en noviembre de ese año, han sido documentados como ejemplos de manipulación mediática, al tiempo que muestran otras caras de poderes globales que no existían antes.

Ese lector que daba likes a noticias falsas, que retrinaba como cierta información sin fuentes verificadas, que se agazapaba en sus emociones de furia y resentimiento contra un sistema que lo había borrado o desconocido, salía a la palestra, era real. ¿Cómo reclamar lectores críticos si nunca se les formó en el sistema educativo para ello? Cierta ingenuidad llevó a los editores a desconocer a este lector débil, acusarlo y excluirlo de contenidos de calidad. ¿Dejarlo, entonces, en manos de los productos más pobres del mercado del ocio, de las cartillas religiosas, de la alfabetización más precaria?

Si algo ha caracterizado a los promotores de lectura en Medellín -y aquí reclamo esto como un logro para la ciudad– es quitarle a la pobreza, al desarraigo y al fanatismo a muchos niños y jóvenes que encontraron oportunidades de verse a sí mismos y al mundo de otro modo, gracias a los libros y la lectura.

Los nuevos lectores privatizan y atomizan los textos

Con internet surgieron una gran cantidad de textos y medios nuevos: el trino, el muro, el blog, el chat, el canal de YouTube, el sitio web, el perfil laboral en Linkedin, el videocast y el podcast, el perfil en Quora, la edición en Wikipedia… A todos estos textos y medios los caracteriza que no son unidades verbales cerradas, sino abiertas, debido a los enlaces. La intertextualidad y la hipertextualidad ofrecen un nuevo poder: los textos pueden continuamente ser borrables y ajustados, al tiempo que permiten al lector la posibilidad de establecer relación con personas desconocidas en cualquier parte del mundo. En la red social Twitter se puede poner tanto una queja sobre un daño de agua en el barrio acudiendo a un hashtag, como interrogar al presidente de la república siguiendo su cuenta. Los nuevos lectores han descubierto, entonces, que pueden ser partícipes de una o varias comunidades. El poder escribir, subir un video, expresar ideas a través de la red, los empodera.

YouTube permitió que un nuevo emisor ganara fuerza: el booktuber. Los adolescentes y los jóvenes se tomaron este medio para exponer sus gustos literarios, que estaban habitualmente por fuera del canon. La crítica académica despreció en varios casos los juicios de estos muchachos acusándolos de ser manipulados por las editoriales y carentes de tener un juicio crítico de peso. Pero en este momento una chica -la mayoría de booktubers son mujeres- en alguna ciudad de Colombia está descubriendo libros de Paulho Coelho, Gioconda Belli, Carolina Andújar y los está promocionando abiertamente, sin importarle la opinión de profesores o gurús de la literatura.

En todas estas respuestas de los nuevos lectores a las textualidades que inauguró internet se pueden apreciar tres evidencias:

  • Apropiación personal de los textos. Con ello quiero señalar que ha nacido una hermenéutica de lo privado que traiciona al texto original. No son lecturas literales sino hiperinterpretaciones, en las que los lectores van más allá del texto y lo alteran para su propio beneficio, apropiándose de ellos, dándole un matiz de subjetividad extremo. Existe Mi Mario Benedetti, Mi Biblia, Mi García Márquez. Si miramos con atención los flyers, pósters y avisos repletos de frases célebres de estos autores y obras que circulan en Facebook, vemos que ni Benedetti, ni la Biblia, ni García Márquez probablemente dijeron lo que dicen los nuevos lectores que dijeron. Los editores, los filólogos y los lectores cuidadosos probablemente se reirán de ello o se enojarán, pero para los nuevos lectores estas frases falsas, estos bulos, son su entrada a un entorno letrado y demuestran un deseo implícito de conversación, que en mi opinión no debería ser desconocido.
  • Lecturas fragmentadas. La apropiación personal de los textos conlleva a su atomización. Estos nuevos lectores no suelen leer las obras completas ni en el marco de referencias de contexto. Las frases y los fragmentos aislados ganan un espacio en las redes sociales. La noción de obra unitaria se rompe y quedan escenas, capítulos, frases aisladas. Este hecho representa un severo problema filológico, pero sobre todo de derechos de autor. ¿Qué es un texto, entonces? ¿Un Todo verbal o sus unidades menores? La fragilidad de los textos electrónicos propicia, además, que fácilmente sean alterables. En un post que circuló en Twitter a propósito de la celebración del día de nacimiento de Lewis Carroll, el área de comunicaciones de una de las editoriales que lo traduce al español puso este póster.

alicia pais

Pues bien, en el texto original aparece que esa frase la dijo la Duquesa, un personaje feo e intrigante, secundario en la obra. No la dijo Alicia. La alteración del emisor o narrador cambia la orientación interpretativa del texto. ¿Le importa esto a los nuevos lectores? No, porque valoran en los textos lo que estos les dicen a ellos, no lo que el texto original expresa. Se podrá llamar a esto interpretación irresponsable, pero nos plantea un reto complejo sobre cómo verificar la unidad y fijeza del texto y su circulación en internet.

En otro contexto más cercano a las áreas de marketing de las editoriales, estos nuevos textos digitales atomizados, fragmentarios, pueden servir para atraer a los lectores. He hecho el ejercicio de leer La montaña mágica, de Thomas Mann, etiquetando los temas que trata la novela y he sacado cerca de 90. Entre ellos están una receta de cocina sobre cómo preparar el pollo, cuidados que se deben tener en el uso de los de los esquís de nieve, explicación sobre cómo debe educar la voz un tenor de ópera, una guía turística de Davos, Suiza, la bella descripción del cuerpo de la mujer amada, en fin. Estos microtextos circulando en internet probablemente acercarían a nuevos lectores a una obra que se considera sofisticada y del canon literario occidental.

  • Ingreso a comunidades lectoras virtuales. La batahola de la novela histórica, de las sagas juveniles, de los libros de autoayuda, de los instant books, generaron en internet la conformación de comunidades de lectores que no se conocían personalmente entre sí, pero que se encontraban en intereses de lectura y subían sus reseñas a sitios web como Goodreads y Librotea. En Twitter y Facebook han crecido comunidades lectoras alrededor de las lecturas bíblicas, las de Harry Potter, de Carlos Ruiz Zafón y recientemente un hashtag, #Dante 2018, ha dado que hablar, pues propone la lectura diaria de un canto de la Divina Comedia, y tiene cerca de mil seguidores en Twitter.

La posibilidad de que los autores interactúen en directo con los lectores a través de medios como Youtube Live o Facebook Live, ha renovado el contrato autor/lector. Los nuevos lectores, además, proponen capítulos inéditos al autor, o se los envían, o los suben a sitios fan-fic. Incluso cambian secciones del libro que no les acaban de gustar y los comparten en la red. Recientemente editorial Anagrama de España propuso a sus lectores escribirle directamente al Nobel de literatura 2017, Kazuo Ishiguro, proponiéndole temas para la novela que comenzará a escribir en 2018. Se cuestionarán los valores sagrados del autor encerrado y solitario en su biblioteca que escribe una obra única, pero las dinámicas de la interacción autor/lector advierten de nuevas formas de construir los textos, y que el lector pueda ser parcialmente coautor o colaborador del texto. La idea de obra cerrada se rompe (vieja propuesta hecha por Umberto Eco en Obra abierta, por allá en los años 60 del siglo pasado).

Conclusiones

Estamos asistiendo a bruscos cambios en la relación de las personas con la cultura escrita, cuyas consecuencias aún no alcanzamos a entrever totalmente. Podemos lanzar hipótesis y es posible que erremos en los juicios de lo que sucederá, pero es tarea de los editores -varios de los cuales se están formando en la Especialización en Edición de publicaciones de la Universidad de Antioquia- avizorar ese futuro forjándolo en medio de la niebla. El editor de Alianza, el español Javier Pradera (2017) enumeró las tareas de las editores, una de las cuales (está subrayada) es construir lectores:

[El editor es] alguien que presenta un interés selectivo en sus preferencias como actor racional a favor de la difusión del conocimiento y de la cultura; la capacidad de allegar y organizar recursos; un mínimo proyecto cultural; la capacidad de armonizar sus gustos personales y las líneas generales de ese proyecto con la demanda social no solo actual sino también potencial; el talento para discriminar y seleccionar entre la oferta existente, es decir, para apostar por autores, tendencias y géneros; la imaginación suficiente para hacer llegar esa oferta mediada por su catálogo a una demanda seleccionada por su proyecto; y, por último, saber administrar los recursos humanos y materiales a su disposición para hacer viable y perdurable su empresa. (p. 61).

Los editores, pues, no pueden ser ajenos a este nuevo puesto que ocupa el lector en la cadena del libro. La democratización de la lectura, la emergencia de otros tipos de texto que han surgido con internet y las redes sociales, las relaciones entre los lectores y los autores, la “traición al texto”, son la muestra de ese cambio vertiginoso y lleno de ruidos que se inició con el nuevo paradigma digital a comienzos del siglo XXI. Esta democratización anárquica, sin observación de cánones ni de reglas académicas, manipulada en algunos casos, abre nuevos retos a la alfabetización y a quienes somos maestros, editores, mediadores de lectura.

Quienes producen libros (impresos, electrónicos, multimedia) y en general contenidos analógicos o digitales de interés público deberían valorar ese lector, invitándolo a ser partícipe activo de la cadena del libro. El derecho que tiene quien no ha sido mirado con atención, ni ha sido protagonista de un proceso. Hay que “consentir” a ese lector. Avisarle de las novedades, tenerlo incluido en los boletines, etiquetarlo en las redes sociales, llamarle por su nombre propio, invitarlo a dialogar con los autores y sobre las obras. La idea del lector “ideal”, borroso y distante que tenían los editores tradicionales, terminó. Recientemente he estado en el Hay Festival de Cartagena y he podido apreciar a lectores reales (señores y señoras mayores, jóvenes curiosos, profesores universitarios abriéndose a la cultura popular) seguir a sus autores en busca de una dedicatoria para sus libros.

En consecuencia, los nuevos lectores tienen derecho a la posibilidad, a ser guiados, a ser oídos, a compartir el valor de los textos. Hay que invitarlos a pertenecer a comunidades letradas y ganar una identidad ciudadana para que puedan alcanzar una capacidad crítica que les permita distanciarse del odio y la manipulación de líderes políticos o religiosos. Es un sueño propio de la Ilustración, que esperamos tenga una segunda oportunidad en nuestro medio.

El gran poeta romántico Friedrich Hölderlin habló de tener la cabeza en alto en medio de las crisis[4] . Y bueno, mientras unos se enfurruñan con los cambios y piden a gritos conservadoramente mantener el statu quo, otros pedimos dar pasos sin perder la serenidad. ¿Dónde deberían estar los editores en ese espacio de renovación? Del lado del lector, digo yo, del lector real. Señoras como la de la foto, que en un viaje en transporte público de 50 minutos no levantó los ojos de El amor en los tiempos del cólera;

señora leyendo

… de esta joven que es capaz de leer una novela clásica mientras consulta su WhatsApp…

joven leyendo al tiempo digital e impreso

Del lado de los excluidos de la cultura escrita, como lo ha pedido la escritora de literatura infantil Irene Vasco, en Letras al carbón (2015).

irene alfabetizacion

Una tarea central de los editores innovadores es ganar nuevos lectores con libros que el mercado tradicional rechazaría porque no son rentables a corto plazo. Si eso es así, entonces habrá que mirar cómo están funcionando estos nuevos lectores y qué textos necesitarían para enriquecer su imaginario. Habrá que buscar autores para escribir esos textos. Yo creo que el lenguaje y las formas textuales todavía admiten nuevas aperturas y corresponde a los editores explorarlas.

Mi opinión es que la cultura escrita (incluidas las culturas orales campesinas, negras, indígenas) pueden ser un bastión de resistencia contra el Texto único, las lecturas homogéneas, las escrituras normatizadas y validadas por los editores y la crítica tradicionales.

Cierto que la palabra libre suscita ansiedad y obliga a mirar hacia el futuro, a lo desconocido. Por eso me gusta la palabra libertad, por todo lo que moviliza.

¡Gracias por su atención!

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[1] Zuleta, E. (2007). Elogio de la dificultad y otros ensayos. Medellín: Hombre Nuevo-Fundación EZ.

[2] El número 92 de 2017 del Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República (http://bit.ly/2nFCUk7) da cuenta de ello y muestra los ejemplos de valiosas colecciones de libros que apenas empiezan a ser conocidas públicamente. Otro artículo señala el infortunio de la magnífica biblioteca del poeta León de Greiff refundida en un prostíbulo en Bogotá: http://bit.ly/2nAUwyp.

[3] En entrevista publicada en la revista Semana. Cfs. http://bit.ly/2KwefYX

[4] Hölderlin: “Pero a nosotros nos toca, bajo las tempestades de Dios, / ¡oh poetas!, permanecer con la cabeza descubierta, / tomar el rayo del Padre, a él mismo, con nuestra propia mano, / y entregar al pueblo, velados / en la canción, los dones celestes”. Poemas, Alianza, Traducción de José María Valverde, 1987.

Bibliografía consultada

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Bloom, H. (2006). El canon occidental. Barcelona: Anagrama.

Bouza, F. (2012). Dásele licencia y privilegio. Madrid: Akal.

Chartier, R (2000). Las revoluciones de la cultura escrita. Barcelona: Gedisa.

Coetzee, J. M. (2007). Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar. México: Debate.

Darnton, R. (2003) Edición y subversión. Literatura clandestina en el Antiguo Régimen. Madrid: FCE, Turner.

Eco U. y Carrière, J. C. (2010). Nadie acabará con los libros. Barcelona: Lumen.

Einsenstein, E. (2010). La imprenta como agente de cambio: México: FCE.

Foucault, M. (1973, 2010). El orden del discurso. Barcelona: Tusquets.

Gracia, J. (2017). Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Barcelona: Taurus.

Hamesse, J. (2001). El modelo escolástico de la lectura. En: Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid: Taurus.

Kalman, J. (2006). Ocho preguntas y una propuesta. En: Encuesta Nacional de Lectura. México: Conaculta. Descargable en: http://bit.ly/2E4z0s5

Pradera, J. (2017). Itinerario de un editor. Barcelona: Trama. Descargable en: http://bit.ly/2EIvXpi

Petrucci, A. (2001). Leer por leer: un porvenir para la lectura. En: Historia de la lectura. Madrid: Taurus.

Robledo, B. (2017). María Cano. La virgen roja. Bogotá: Debate.

Sánchez Lozano, C. (1998). Siete anotaciones para una crítica de la crítica literaria colombiana de fin de siglo. En: Página 34. Opiniones de una década. Bogotá: El Astillero. Descargable en http://bit.ly/1Pc7dDw

Silva, R. (2002). Los ilustrados de Nueva Granada 1760-1808. Genealogía de una comunidad de interpretación. Eafit-Banco de la República: Medellín.

* Esta conferencia fue presentada por gentil invitación de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia para inaugurar la cuarta cohorte de estudiantes de la Especialización en Edición de Publicaciones. 5 de febrero de 2018. Auditorio Carlos Gaviria. Una versión abreviada se presentó en el «Encuentro latinoamericano del libro, la edición y la lectura», en el Instituto Caro y Cuervo, el 25 de julio de 2018. Correo electrónico: cslozano@gmail.com

La mejor historia que puede contar un bibliotecario escolar es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes”. Natalia Díaz, mediadora de lectura.

Esta es la primera de tres entrevistas a mediadores de lectura y escritura. Los mediadores son fundamentales en la transformación en los hábitos de lectura que está viviendo Colombia y que ha confirmado la Encuesta Nacional de Lectura 2018, realizada por el Dane. Dar visibilidad a esos mediadores me parece más que justo, pues en la prehistoria de cada lector hay un mediador. De un lado a otro del país, en bibliotecas públicas y escolares, en iglesias, en malocas, en parques, en hospitales, en plena selva los mediadores se la juegan toda por ayudar en la reconstrucción de un país acostumbrado a la exclusión en la cultura escrita. Nuestra invitada de hoy es la profesora Natalia Díaz, de Bogotá, quien primero fue bibliotecaria escolar y ahora es maestra de bachillerato. Natalia pertenece a la nueva generación de mediadores formada en una facultad de Literatura y con una mirada más panorámica del problema de la lectura en la escuela. (Carlos Sánchez Lozano).


Natalia nació en Bogotá. De niña fue odontóloga, dueña de restaurante, ama de casa, bailarina, etc. En la adolescencia tenía una costumbre particular: leer hasta altas horas de la noche. Estudió en la Universidad Javeriana. Fue bibliotecaria escolar en cuatro colegios públicos de Bogotá. Hoy es maestra en el Colegio Ramón de Zubiría.

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Foto de Juan David Correa

Natalia, danos una imagen verbal del momento en que te enamoraste de los libros.

Yo tenía el único mueble biblioteca de la casa y allí fueron a parar los libros de mi papá y los que me regalaban a mí. Yo era la guardiana y protectora de estos libros y en esta relación fue que me enamoré de ellos.

¿Pinocho o Hansel y Gretel? ¿Caperucita roja o Cenicienta? ¿Qué historia de niñez te atrapó para siempre?

¡Todas! Tuve una colección de libritos con algunos de estos cuentos, una historieta de Aladín y otra de El sastrecillo valiente. Recuerdo que leí incluso todos los cuentos de mis libros de texto del colegio, aunque no los hubiéramos visto en clase. Aún hoy en día y a lo largo de los años sigo encontrando nuevas versiones o haciendo nuevas lecturas de los cuentos clásicos y creo que siempre me van a atrapar.

¿Tuviste buenos maestros en el colegio que te entusiasmaran por la lectura literaria?

Mis maestros de primaria me enseñaron a leer y escribir muy bien, era un colegio pequeño y tuve esta gran ventaja. Pero curiosamente fue uno de mis maestros de primaria el que frustró muy pronto mi carrera como escritora. A los nueve años me sentí inspirada para comenzar a redactar muchos cuentos en mi cuaderno de español con su respectiva ilustración, pero mi profesor se quejó de que yo estaba distrayéndome de las clases con este tema de escribir los cuentos y hasta ahí llegó mi entusiasmo, creo que también llegó a decir que los cuentos no eran muy buenos como para dejar de lado las clases. Fue un duro golpe del que aún no me recupero, la escritura quedó relegada a las redacciones académicas o laborales y a actualizar de vez en cuando mi diario íntimo o los estados de Facebook.

Ya en bachillerato, tuvimos que leer en octavo El amor en los tiempos del cólera, creo que fui una de las pocas estudiantes que de verdad lo leyó completo y fue una experiencia inolvidable, la mejor lectura obligatoria del colegio. Pero ¿cómo tuve yo la facilidad para leerme un libro completo de García Márquez a los 13 años? Mi gran maestro, el adulto que de verdad me inspiró por la lectura fue mi padre. Y lo único que él hacía era leer. Leía de todo, desde el periódico y las Lecturas dominicales de El Tiempo, las revistas de Selecciones, crónicas de Germán Castro Caycedo y cuanta novela negra le interesaba. Yo lo imitaba y ahí quedé irremediablemente atrapada.

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Mis primeras lecturas de la adolescencia fueron los libros que él terminaba de leer y me prestaba, muchas veces novelas sobre espías rusos o norteamericanos que tenían misiones muy complicadas. Estos libros me enseñaron mucho de redacción, ortografía y la capacidad de sumergirme en una historia por más larga que pareciera. Pero sobre todo, el placer de leer.

Estudiaste literatura. ¿Cómo llegaste a esa decisión? ¿Fue muy aburrido estudiar Literatura con L mayúscula?

Exceptuando algunas pocas clases en las que me costaba mantenerme despierta, estudiar Literatura fue todo un placer y un privilegio. Antes de terminar el colegio tenía claro que quería estudiar algo relacionado con las humanidades. Me presenté a Historia, pero no se dio y después de salir del colegio me decidí por Literatura porque el pénsum era lo más cercano al tipo de clases que quería ver. Me gusta pensar que soy una persona práctica y en ese sentido Literatura era la carrera más cercana para lograr que me pagaran por hacer lo que más me gusta, que es leer, y así sucedió.

¿Cómo llegaste a ser bibliotecaria escolar? ¿Cuántos años duraste?

Gracias a Jenifer Nieto, mi amiga y compañera de la carrera, quien meses después de graduarnos de la universidad me contó que estaban haciendo pruebas para este trabajo. Nos presentamos, pasamos las pruebas, nos contrataron y duré siete años trabajando como bibliotecaria escolar. A Jenifer mi eterno agradecimiento por esto. Mi intención era trabajar en el mundo editorial y la corrección de estilo, pero estar en un lugar con miles de libros y que me pagaran por leer y animar a leer a otros fue mi verdadero destino y yo me sentí más que feliz con esto. Ya no me puedo imaginar en un trabajo ciento por ciento de oficina, trabajar en educación y con personas está bastante alejado de la rutina de una.

Cuéntanos una historia que resuma ser bibliotecaria escolar.

La mejor historia que puede contar un bibliotecario es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes. Que en siete años yo haya prestado miles de libros, la mayoría de ellos escogidos por los niños o sugeridos por mí y no lecturas obligatorias, es la satisfacción más grande y la mejor prueba de que mi trabajo funcionó de alguna forma. Los talleres, la atención en descansos, el trabajo con docentes, los proyectos y todas las actividades que debe realizar un bibliotecario escolar deberían tener este final: te visitan los niños con su documento de identificación -y los más pequeños- con su acudiente a llevar libros a casa y crean esa intimidad entre texto y lector. Es la oportunidad de oro para formar mejores lectores, estudiantes y personas en el futuro.  Yo extraño mucho a mis lectores más juiciosos de las bibliotecas escolares en las que trabajé, pero estoy segura de que la oportunidad y el hábito de ser usuarios de bibliotecas es lo más valioso que les pude dejar y que ahí queda una conexión permanente, así ya no los vuelva a ver.

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Eres un caso especial porque pasaste de ser bibliotecaria escolar a maestra. ¿Cómo fue ese cambio? ¿Por qué decidiste hacerlo?

Esa historia incluye una historia de amor porque fue un exnovio el que me convenció de presentarnos juntos al concurso docente y de alguna forma a él le debo mi actual trabajo. En mi caso el cambio se dio de una forma muy natural, duré más de tres años en todo el proceso del concurso y cuando llegó la audiencia para escoger colegio, el año pasado, yo ya estaba plenamente mentalizada y agradecida con el cambio de empleo, sobre todo porque las condiciones laborales son mejores ahora. Ser bibliotecario escolar es un trabajo maravilloso, pero yo pertenecía a ese grupo de contratistas que van al capricho de cada administración y sin ninguna certeza de continuidad o recibir prestaciones de ley. Además, no estoy muy alejada de mi anterior trabajo: todavía trabajo con niños de colegio público, hacemos algunas clases en la biblioteca y cuando se puede hago promoción de lectura con ellos.

Trabajas con adolescentes en estos momentos. ¿Te han sacado canas porque no les gusta leer?

Me sacan canas por muchos motivos, pero no porque no les guste leer, al final todos terminan leyendo, aunque sea la misión de un videojuego o el chat y las redes sociales. Estar rodeado de pantallas interconectadas nos vuelve a todos lectores, y de alguna forma ellos se dan cuenta de que necesitan esa habilidad en el mundo actual. Lo difícil tal vez es convencerlos de que lean buena literatura, pero por un estudiante de cada curso que termine haciéndolo, ya se justifican todas las canas.

Natalia, ¿cómo te percibes ahora como maestra? ¿Cuál es tu responsabilidad en este momento a diferencia de cuando eras bibliotecaria?

Me veo como subiendo una escalera, con unos escalones más altos que otros y un esfuerzo diferente al que hacía en mi trabajo como bibliotecaria. Antes como bibliotecaria yo estaba en un lugar fijo, mi biblioteca, y tenía que dinamizar este lugar y hacer que toda la comunidad educativa de alguna forma se relacionara con ella. Ahora doy clase a trece cursos y a cada uno lo puedo ver una o dos horas a la semana. No todos tienen el deseo de escucharme o aprender algo de mis materias, que son Comunicación e Investigación. De alguna forma ha sido un reto más difícil y además la mayoría de mis estudiantes son adolescentes de población vulnerable, lo que hace que valore mucho más todo lo que estoy aprendiendo como persona, sobre todo y en este momento, a tener más autoridad y dominio de grupos. Afortunadamente lo que se ha conservado intacto es la oportunidad de usar todos los días mi creatividad para preparar las diferentes actividades, la libertad de cátedra es lo mejor de trabajar en instituciones públicas.

¿Qué idea tienes de ti dentro de cinco años?

La de todos los millenials: tener acumulados más viajes, lecturas, experiencias y mantener una conciencia tranquila, el resto se lo dejo a la vida.

Respuestas cortas para preguntas cortas

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El personaje masculino (o femenino) de novelas que te mata.

Sherlock Holmes.

Una mujer escritora que admiras.

Helena Iriarte, gran maestra y escritora.

El lugar literario que quisieras visitar.

Uno que aún no haya leído. Leer también es habitar.

Lo que le preguntarías a tu escritor preferido

¿Tener un solo autor preferido? ¡Imposible!

Un texto literario al que vuelves una y otra vez

La alegría de querer, de Jairo Aníbal Niño.

Un poema de amor inolvidable

Al menos, si entro en las sombras antes que tú,

te has de acordar de mí después

sin que mi recuerdo te arda o te hiera o te mueva,

porque nunca enlazamos las manos, ni nos besamos,

ni fuimos más que niños.

Fernando Pessoa

La frase de un cuento o ensayo que subrayaste.

“Los estudios siguen sin arrojar resultados concluyentes sobre la posible relación causa-efecto entre la violencia y el consumo de violencia en el ocio”, de Simon Parkin en el libro Muerte por videojuego. Fue uno de los últimos fragmentos que subrayé.

La biblioteca que hace parte de tus sueños.

La biblioteca de Babel.

La librería donde te gastas la mitad de tu salario.

No discrimino, cualquiera donde encuentre lo que estoy buscando en el momento.

El amigo o amiga con el que te gusta conversar de libros.

Después de tantos años dedicados a la literatura y a la promoción de lectura, puedo decir que con casi todos mis amigos me gusta hablar de libros. Pero un reconocimiento especial para mi amiga desde la época de colegio, Diana Rodríguez, quien sin estar relacionada profesionalmente con la literatura, ha leído muchos más autores contemporáneos que yo.

Escuche a Natalia Díaz leyendo un fragmento de Tamerlán, de Enrique Serrano.

Hay que leer siempre lápiz en mano, George Steiner

Avatar de calledelorcoCalle del Orco

En efecto. Y lo repito: casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el que está leyendo. Es una de las grandes arrogancias culturales de mi pequeño y trágico pueblo.

Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: «¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!». No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo : «El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Es in extremis pero encierra una gran verdad. Tener unas obras completas es recibir a un invitado a quien damos las gracias y de quien también toleramos los defectos, que incluso llegan a gustarnos. Y, años más tarde, por esnobismo o arrogancia de mandarín, tratamos de ocultar los rastros de…

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