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María Paula y el descubrimiento de las palabras

Carlos Sánchez Lozano, julio 7 de 2015

Libro con alas. Fabio Morais. Tomado de  http://bit.ly/1G4Ur4K

La primera vez que vi a María Paula tenía seis años. Es la ahijada de mi hermano y la conocí el año pasado en un evento familiar. Mona, de trenzas hasta la cintura, tenía los ojos verdes y grandes, y te hablaba mirándote a los ojos. Nos contó que estaba en primer grado. 

Esa tarde, después del almuerzo, los adultos nos reunimos a conversar en la sala de la casa. Mientras hacíamos chistes, hablábamos de política y contábamos anécdotas de nuestros días de trabajo, noté algo particular: la niña entraba y salía, abrazaba a sus papás y volvía a salir a una habitación contigua. Su mamá le dijo que por qué no veía televisión un rato. Pero la niña regresaba a los pocos minutos.

Hubo un momento en que les pedí a los adultos que visto que María Paula necesitaba atención, jugáramos. Varios se miraron entre sí de forma extrañada. Jugar se entiende de modo muy peculiar entre los “grandes”. Jugar no es lo habitual cuando se es adulto. Les propuse, entonces, jugar “a las palabras”. María Paula puso atención. Y expliqué el juego: cada uno de los adultos y también María Paula diríamos una palabra en orden alfabético. La última palabra debía relacionarse con la anterior y al final debería salir una oración chistosa con las 27 letras del alfabeto.

A María Paula el reto la puso ansiosa. Levantó la mano y dijo preocupada: “Es que yo no sé bien las letras”. Le contesté que no se preocupara, que pusiera atención al juego y que cuando le llegara el turno, le ayudaríamos. Empezó el juego verbal. A medida que decíamos las nuevas palabras, nos reíamos más. María Paula estaba feliz y solo se puso nerviosa cuando le tocó el turno: “A botar cáscaras duras esta feliz gallina hambrienta inglesa…”

-¡María Paula, te toca decir una palabra con j que siga la retahíla!-le gritamos en coro. La niña se puso roja y miraba expectante a su mamá. Luego desviaba la mirada y seguramente recordaba las clases con su maestra de primero. Su mente buscaba en la cartilla de lectura qué dibujo se relacionaba con la j.

-¡Jirafa! ¡Sí, jirafa!-. Todos nos reímos.

-Sí –intervine yo-, pero mira que jirafa no cuadra bien porque se pierde la lógica de la oración-. Y le expliqué que estábamos hablando de una gallina feliz que botaba cáscaras. ¿Qué otra cosa podría hacer esa gallina con j?

María Paula se puso seria. Pensó y pensó. Y luego gritó: “¡Jugar, si la gallina ju-ga-ba!”.

Y entonces con gran cuidado, despacio, reconstruyó la oración a partir de las palabras que todos habíamos aportado y la nueva que ella decía. La niña estaba radiante. El juego de “palabras” le había encantado. Esa tarde, María Paula descubrió algo para sí que la transformó: el lenguaje sirve para crear ideas, volverlas aladas, divertidas. Entraba al extraño mundo de la palabra reflexionada.

Pensando en la que había sucedido entre María Paula y las palabras, a los pocos días busqué una librería virtual y le envié por correo a su casa este libro. Su mamá me contó que lo había recibido con extrañeza porque nunca le habían regalado un libro y que en su colegio no era habitual que la profesora leyera en clase ningún libro, salvo la cartilla para aprender a leer.

Hace unos días recibí en mi perfil de WhatsApp este mensaje de María Paula:

¿Me regalarías otro libro?

¿Qué otro libro le encantará a María Paula?