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La literatura infantil y juvenil colombiana frente al conflicto armado

Por Carlos Sánchez Lozano*1

 “Conflicto armado” es un eufemismo para designar la guerra que tuvo su origen en la exclusión política que inauguró el Frente Nacional, en 1958, ese interesado pacto entre las élites del partido liberal y el conservador, las cuales se repartieron el manejo del país hasta 1974. Para algunos historiadores[1] el conflicto armado se inicia en 1964 con la conformación de la guerrilla de las Farc en Tolima y Caldas, al mando de un antiguo guerrillero liberal: Manuel Marulanda Vélez. Esta guerra no fue “convencional” entre ejércitos claramente diferenciados. Sus actores, los victimarios, iban desde guerrilleros y paramilitares hasta oficiales, suboficiales y soldados de las Fuerzas Armadas. Pero también políticos (los parapolíticos), hacendados y empresarios en la legalidad que con dineros públicos o privados estimularon el conflicto para defender sus intereses.

El liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman el acuerdo que crea el Frente Nacional, en Sitges, España, en 1957. En: Gómez García, J. G. (abril 1989). El Frente Nacional: el sagrado derecho a la continuidad. En: Investigar, 2, 41-49.

La principal damnificada, según el historiador Daniel Pécaut, ha sido la población civil. Las víctimas están entre el “pueblo”, y muchos de los delitos cometidos contra él fueron ejecutados precisamente por los grupos guerrilleros, que tenían entre sus eslóganes defenderlo. Los que más han sufridos los desmanes y brutalidades de la guerra han sido en particular campesinos aparceros, comunidades indígenas o afrodescendientes los más pobres entre los pobres. Las cifras de muertos a causa del conflicto armado varían, pero según el Grupo de Memoria Histórica (GMH, 2013), pueden ser 220 mil entre 1958 y 2012[2]. Todos los actores del conflicto armado han demostrado una capacidad arrasadora y cínica para matar, destruir, secuestrar, expropiar, violar.

La señora Teresa Meléndez reconoce una prenda de su esposo asesinado en San Onofre por paramilitares, dirigido, por alias “Cadena”. Tomada de Ferry, S. (2012). Violentología: un manual del conflicto colombiano. Bogotá: Ícono Editores.

El reparto de la actividad criminal varía: los grupos guerrilleros han secuestrado más (cerca de 27 mil personas), además de reclutar más los niños para la guerra (7 mil, por lo menos); los paramilitares son responsables del mayor número de muertos en alrededor de 2 mil masacres y del desplazamiento forzado de comunidades enteras (Colombia tiene 6 millones de desplazados, por encima incluso de Siria y Palestina); también los paramilitares, en alianza con notarios corruptos se apropiaron de las tierras, animales y cultivos de los desplazados y en acuerdos con políticos locales en algunas regiones del país se robaron el erario y regalías; el Ejército y los servicios secretos del Estado están altamente comprometidos en la desaparición forzada de personas (más de 80 mil), la mayoría sindicalistas, defensores de derechos humanos o líderes populares, y en los espantosos e inhumanos “falsos positivos” (más de seis mil).

Niña, menor de edad, reclutada por las Farc. San Vicente del Caguán, Caquetá, 2000. Tomada de Abad Colorado, J. (2015). Mirar de la vida profunda. Bogotá: Planeta.

Paradójicamente el conflicto armado no ha tocado a las grandes ciudades (Bogotá, Cali, Cartagena), salvo en los casos de los atentados terroristas (el del Club el Nogal), los asesinatos selectivos (Elsa Alvarado y Mario Calderón) y los falsos positivos (el caso de Soacha, por ejemplo). Las huellas del conflicto son percibidas como “lunares” que afectan el paisaje urbano: la niña indígena desplazada que pide limosna en un puente peatonal; el vendedor de dulces que a la fuerza entra a un bus de Transmilenio con la esperanza de que le compren; la joven viuda que trata de ubicarse en el servicio doméstico para sostener a su familia. La guerra, como acertadamente lo ha señalado Álvaro Sierra[3], ha sido un tema de la Colombia rural, no de la Colombia urbana. Esta última ha vivido en un periodo de inconsciencia colectiva. La guerra ha sido un tema de “otros”, un modo de representación de la realidad divulgado por los medios de radio, prensa y televisión, responsables en gran parte de la desinformación que existe sobre el conflicto armado.

Libros, niños y guerra

El corpus de la literatura infantil y juvenil colombiana que tiene por tema la violencia ha sido estudiada con atención en su tesis de maestría[4] por las investigadoras Alice Castaño y Silvia Valencia (2016). Lo seguimos, si bien añadimos otras obras que enfocan de manera crítica el conflicto armado.

Sin entrar en mayores detalles de análisis crítico de las obras, por temas de espacio, nos interesa resaltar algunos aspectos.

  • La eclosión de personajes femeninos extraordinarios. Ana María, la nieta del dirigente asesinado de la Unión Patriótica en El gato y la madeja perdida, es una adolescente crítica, abierta a las posibilidades que abre la vida y generosa en su mirada del mundo. Otro personaje que genera inmediata empatía es Mile, la niña wayuu protagonista de El mordisco de la medianoche, por su capacidad de resiliencia, su respuesta para aprender en medio de la adversidad y el espíritu de identidad que la caracteriza. Interrogativa y de gran sensibilidad es la niña protagonista de El árbol triste, el más poético de los libros y el más heterodoxo en la forma de ver la guerra desde la mirada infantil. También son dulces, reconciliadoras, al tiempo que maduran como seres humanos en medio de su dolor Patricia, en Paso a paso, e Isabel en El rojo era el color de mamá. Inteligente, inquisitiva, buena consejera es Violeta en Los agujeros negros.
  • El uso del narrador en primera persona (narrador “autodiegético” en la jerga estructuralista de Genette). Que busca generar empatía (un habla de tú a tú) con el niño o joven lector, y le da mayor verosimilitud al relato al acercar al lector a un tiempo real de vivencia y, a su vez, dar cuenta del valor que los escritores le dan a su pasado de niños al recuperar su voz a través del relato. Vigorosas, honestas, son las voces, el discurso directo libre, de Patricia en Paso a paso, del niño guerrillero en Era como mi sombra, de Juan en Los agujeros negros y de Enrique en La luna en los almendros.
  • El tratamiento de la violencia. Todas las obras incluyen estas escenas, pero una estadística refleja que no son ni corrientes, ni explícitas. A diferencia de la de la llamada “novela de la violencia” para adultos (Cóndores no se entierran todos los días, por ejemplo, de Álvarez Gardeazábal), en estas obras hay un manejo cuidadoso que les permiten a los escritores contar sórdidos momentos del conflicto armado, sin utilizar el morbo visual o la displicencia en el habla. Los victimarios no son protagónicos y son retratados tangencialmente. Las obras se concentran en contar el drama de las víctimas y en lograr que el lector tenga empatía hacia sus tragedias.
  • El aprovechamiento del lector implícito. Estas obras trabajan con un esquema de “lector implícito”, es decir, suponen que los lectores poseen además de una enciclopedia básica sobre el conflicto armado (saben qué es un secuestro), mínimas y determinadas competencias de lectura literaria para formalizar el contrato autor/lector (Iser, 1987; Chambers, 2008). Yolanda Reyes, por ejemplo, no necesita aclarar en su relato que esta obra toma como base real el brutal asesinato de dos líderes comunitarios y ambientalistas, como tampoco Francisco Montaña explica que uno de los posibles referentes reales del personaje del abuelo de Ana María, sea Manuel Cepeda, una de las 3 mil víctimas del exterminio que sufrió la UP.
  • El valor del mediador adulto. Padre, maestro o amigo mayor, que cumple el papel del equilibrio, la razón y el respeto hacia las reglas sociales. Se constituyen en referentes, como la maestra Elvira en el caso dramático del protagonista de Era como mi sombra, que por todos los medios busca que el niño no ingrese a la guerra. Al final se pregunta con un dolor agudo: “¿En qué fallé?”. Cuando el caos y la anomia social, el odio y la brutalidad adulta imperan, los maestros y maestras personajes de las obras exponen razones para la cordura y la búsqueda de salidas.
  • Una actitud prospectiva. La investigadora Lillyam González (2013) concluye que en los libros que tocan el conflicto armado colombiano “se presenta un futuro esperanzador, en el que se asume el pasado y se hacen proyecciones a futuro. No se quedan en el regodeo de una historia realista desarrollada en un contexto de represión; superan la denuncia y se insta a continuar[5]. Los finales de las obras tienden a ser abiertos, y animan al lector al plantearle posibilidades de esperanza para los personajes protagónicos. Hay un llamado implícito a reconstruir el país después de la tragedia.
  • Una postura ética y política, de compromiso intelectual por parte de los autores. No se trata de hacer literatura de denuncia, realismo socialista demagógico, panfleto. Todo este conjunto de obras reseñadas tienen un alto nivel estético-literario al que suman una postura ética que se resume en un principio: no callar. Contra el olvido, contra la dispersión, contra la indiferencia, contra el poder, estos escritores oponen la memoria. La memoria de las víctimas.

¿Y qué hacer con la literatura del conflicto armado?

Muchos jóvenes de Bogotá y de las ciudades más grandes han visto la guerra por televisión. La lectura de estas obras literarias, quizá, pueda contribuir a entender que, al contrario de lo que se cree (“la violencia pasa en otro lado”), la guerra es un tema que nos involucra a todos (porque todos somos colombianos y compartimos una historia, una cultura y una geografía común) y que no podemos dar la espalda a los que han sufrido el horror. Lo que ha pasado políticamente, por lo menos en los últimos 50 años, hay que explicárselos a los niños y jóvenes. La brutalidad del conflicto armado y sus secuelas en personas reales, de carne y hueso, que han sufrido todas estas atrocidades, requiere ser recuperado a través de una Memoria que honre sobre todo a las víctimas.

La lectura literaria puede contribuir a ese acto de justicia. Proponemos a continuación algunas intervenciones pedagógicas que pueden ser acogidas por los docentes de Lengua y Literatura.

Uno. Actividades extratextuales para generar conocimiento enciclopédico y empatía con los hechos sucedidos. Recomiendo dos propuestas pedagógicas elaboradas por la Biblioteca Luis Ángel Arango: Los niños piensan la paz y Hechos de paz[6]. Esta última incluye multimedia y permite la interacción de los estudiantes.

Dos. Actividades intratextuales, centradas en la recuperación de información de los textos leídos y en valorar aspectos parciales de los textos. Aquí se pueden trabajar la Ficha de personaje y la Ficha de la trama, la lectura comentada de capítulos, el Juego de roles propuesto por Mabel Pipkin.

Tres. Actividades críticas, cuyo objetivo sea conocer la opinión y los juicios del lector. El comentario crítico, impreso o en forma de video –como los youtuber- o en multimedia usando herramientas como Padlet, por ejemplo.

Cuatro. Actividades de escritura que involucren registros y destinatarios diferentes. Pueden ser desde escribir un correo, un trino o un mensaje en redes sociales al autor del libro que han leído, hasta participar en el Concurso Nacional de Cuento del MEN con un capítulo corto que aproveche una elipsis narrativa que haya dejado la obra que leyeron los estudiantes (esta es una propuesta del profesor Gustavo Aragón).

Si el lenguaje, en la citada frase de Heidegger, es el que nos constituye, somos los maestros de Lengua y Literatura los que tenemos que velar porque el lenguaje de la ignominia que generó el conflicto armado no desaparezca en el velo de los tiempos.


[1] Entre ellos Gustavo Duncan y Francisco Gutiérrez Sanín. En: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia (pp. 249-293). Bogotá: Desde Abajo.

[2] Grupo de Memoria Histórica GMH (2013). ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional. Recuperado de: http://bit.ly/1S5aKKi p. 20.

[3] Sierra, A. (13 diciembre de 2015). El argumento moral. En: El Tiempo, p. 19A. Recuperado de: http://bit.ly/1O8l4cM

[4] Castaño A., Valencia S. (enero-junio, 2016). Formas de la violencia y estrategias para narrarla en la literatura infantil y juvenil colombiana. Ocnos 15 (1) 114-131. Recuperado de: http://bit.ly/1Z5Lm7r

[5] González, L. (2013). Rebeldes, adoptados y transgresores: libros infantiles en la literatura colombiana. Breve recorrido por temáticas realistas. En: Héroe y antihéroe en las literatura hispánicas (pp. 89-97). Liberec: Technická Univerzita v Liberci.

[6] Se pueden consultar en estos sitios web: http://bit.ly/1Qdw1zS y http://bit.ly/2auoqf6.


  1. * Este texto fue publicado originalmente en Tiempo de leer, Ediciones SM, Bogotá, No. 15 de 2016. Mi agradecimiento a María Fernanda Paz Castillo y Juan Pablo Mojica que editaron el texto. ↩︎

El niño que pasaba desapercibido cumplió seis años. Como los gatos, va para la segunda de sus siete vidas. Entrevista a Óscar Rodríguez

Por Carlos Sánchez Lozano. Enero 17 de 2016

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A Óscar Rodríguez lo conocí, creo, en 2008, en un taller de escritura en la Javeriana que dirigía Juan Manuel Silva. Yo hice una presentación breve sobre la industria editorial en Colombia y luego sobre la importancia de los libros de literatura infantil, pues en ese momento fungía de editor de LIJ en Ediciones SM Colombia y quería invitar a los noveles escritores de ficción a pensar en los niños. Uno de los asistentes que mostró interés fue Óscar. Hablamos puntualmente: lo invité a que participara en el Premio que organizaba la editorial en alianza con la Biblioteca Luis Ángel Arango. Cuál no sería mi sorpresa el día de la premiación al ver que Óscar estaba entre los invitados especiales y era uno de los finalistas con su libro “El niño que pasaba desapercibido”. Edité el libro en 2009, salió publicado en la prestigiosa colección El Barco de Vapor (azul) y puedo dar fe de cuán interés generó inmediatamente. En dos años pasó la barrera de los 5 mil ejemplares y tiene lectores –y seguidores- en Colombia y México. Miles de niños desapercibidos que sintieron identidad con el protagonista del relato. En homenaje a la felicidad que ha brindado Óscar a tantos lectores, va esta entrevista realizada por correo electrónico.

Han pasado seis años de la publicación de El niño que pasaba desapercibido (2009). Cómo te sientes de tener otro hijo –aparte de tus dos bellas hijas- con esa edad.

Oscar Rodriguez 2

Óscar Rodríguez, autor de «El niño que pasaba desapercibido».

Muy contento, la verdad. Es curioso pero cierto el símil sobre los hijos, porque cuando veo a mis hijas e identifico rasgos y actitudes mías. A veces pienso en que el día que muera mucho de mí seguirá viviendo en ellas. No sé si eso lo piensan todos los padres. Pero con el libro pasa algo similar. Uno queda ahí metido. El día que yo ya no esté, posiblemente alguien abra el libro y al leerlo me volverá a la vida.

Cuéntanos cómo fue el origen de El niño que pasaba desapercibido. La primera idea, su prescritura, los borradores, la versión que enviarías al I Concurso del Barco de Vapor – Biblioteca Luis Ángel Arango.

Bueno, esa es una historia que cuento con frecuencia porque muchos niños me lo preguntan. Mi hija mayor, Ana Canela, por esos días tenía cinco añitos y yo le leía cuentos para que se durmiera. Entonces una noche al preguntarle qué tipo de cuento quería que le leyera me dijo que quería un “cuento de boca”. Yo le pregunté ¿Qué es eso” y ella me respondió: “Uno que tú te inventes”. Me puso entre la espada y la pared y yo traté de recordar la época en que tenía su edad y lo único que se me ocurrió decir fue “esta es la historia de un niño que pasaba desapercibido” y ella me respondió “qué es eso” y me di cuenta que estaba perdido. Pero cuando expliqué que se trataba de un niño que nadie notaba y no le ponían atención, ella en lugar de sentir que era algo malo, le pareció genial. Y seguí: “…y como nadie notaba su presencia, un día decidió robar un banco…”, y ella saltó de emoción. Y por dentro yo me decía “¡Bruto! ¿qué valores le estoy enseñando?”, pero ella estaba encantada y pedía más, yo seguía inventando y ahora mismo no recuerdo como cerré la historia esa noche. A la noche siguiente, quiso que le repitiera la historia, pero ahora tenía montones de preguntas: ¿cómo se llamaba?, ¿ese niño tenía familia?, ¿porque no le ponían atención?, ¿qué hizo con la plata? Y así noche tras noche, hasta cuando me dije: “Si no escribo esto se me va al olvidar”, y ya no podía dejar que ese niño además de desapercibido cayera en el olvido. Y mientras lo escribía se lo iba leyendo y ella me decía cómo le parecía. Por eso siempre le he dicho que ella es la coautora.

Imagino que te emocionó mucho cuando te dijeron que eras finalista. ¿Qué opinaron los jurados sobre el libro?

Me llegó una invitación pero como era nuevo en esto, simplemente pensé que invitaban a todos los participantes. Pensaba que no tenía muchas posibilidades, porque ¿a quién se le ocurre poner una palabra como ‘desapercibido’ en el título de un libro para niños? Era como si lo hubiese llamado la desembocadura del acuífero o algo por el estilo. Pero cuando dijeron que había ocupado el segundo lugar y me hicieron pasar a hablar, no pude salir de mi asombro. Simplemente era imposible. Luego hubo una reunión con los representantes de la editorial y los jurados. Entendí que la decisión había estado reñida, pero para mí la sola posibilidad de ver editado el libro era mucho más de lo que nunca había esperado.

¿Cuándo viste el libro –con las ilustraciones de Sergio Camargo- qué pensaste?

niño escapando policia

Las ilustraciones son maravillosas, pero aunque los niños que salían allí no eran como yo los había imaginado muy rápidamente comprendí que esos dibujos representaban mucho mejor a Octavio que lo que lo había podido imaginar, especialmente la que escogimos para la carátula me parece una obra de arte magistral (ver biografía de Sergio Camargo aquí).

¿Cómo fue la primera vez que fuiste a un colegio a conversar con los niños sobre el libro?

Eso fue inolvidable, me llamaron para decirme que iban a inaugurar la biblioteca en el Agustiniano Norte y que me invitaban a dar una charla sobre el libro. Yo preparé una presentación de diapositivas pensando en una reunión con unos veinte niños dentro de una biblioteca oscura. Pero estaba equivocado, la reunión era en la cancha de basquetbol y estaba toda la primaria, calculo que unos custro cientos niños. Por supuesto fue imposible usar las diapositivas pues había mucha luz, entonces tome el micrófono y pregunté ¿a quién de aquí le gusta leer? y 350 niños alzaron la mano. Entonces dije: “Necesito aquí a un niño al que no le guste leer y en menos de diez segundos tenía una montaña de niños sobre mí”. Creo que nunca antes me había sentido tan emocionado. Cuando los profesores lograron estabilizar la situación leímos un rato charlamos sobre el libro y los niños también se divirtieron mucho. Luego de mi presentación, pasó el padre rector a hablarles de la biblioteca y de la importancia de los libros en la formación del conocimiento. Mientras yo arreglaba mis cosas para salir discretamente, él les estaba diciendo: “A ver ¿quién de ustedes es capaz de adivinar cómo se va a llamar la nueva biblioteca” y los niños en coro gritaron “¡¡¡Óscar Rodríguez!!!” y el padre dijo: “No. La biblioteca se llamará Santo Tomás de Aquino”. Y me sentí apenado con el padre rector por haberle alborotado la audiencia y con Santo Tomás por haberle robado su protagonismo esa mañana, pero se me dibujó una sonrisa que no me pude quitar sino después de varios días.

¿Cuál es la escena o el capítulo sobre el que más te preguntan los niños lectores?

comienzo capitulo 1

Comienzo del capítulo 1 de «El niño que pasaba desapercibido».

No es tanto una escena o un capítulo, lo niños siempre quieren saber cuál era la primera gran idea de Octavio (se puede leer acá). Todo comienza cuando Octavio tiene una gran idea y quiere comentársela a alguien y nadie le pone atención, entonces decide huir de su casa. Luego pasan tantas cosas y tiene tantas nuevas ideas buenas y malas, que cuando se da cuenta todos esperan que diga cuál es su gran idea y él se da cuenta que su gran idea no era tan grande como inicialmente pensaba y nunca la dice. Así que yo tampoco supe cuál era esa idea. Los niños no me creen que yo no sepa cuál es esa primera gran idea de Octavio, pero qué culpa tengo si tampoco a mí me la contó. O tal vez cuando lo hizo estaba pasando desapercibido y no le puse atención.

Alguna profesora te debe haber hecho un comentario particular sobre tu libro. ¿Cuál recuerdas en especial?

En general a las profes les encanta el libro porque dicen que es un texto que se deja trabajar y sobre todo porque logra entusiasmar a los niños. Pero en el fondo yo sé que ellas también a veces pasan desapercibidas y se sienten identificadas. A todos nos pasa.

Hablemos de la recepción del libro. Para comenzar, ¿cuántos –más o menos- encuentros has tenido con los niños desde que salió publicado el libro?

He hecho unas diez o doce visitas a colegios y unas seis o siete presentaciones en ferias de libro y otros eventos. Claro al principio mucho más y ahora más esporádicamente. Pero por ejemplo hay un colegio a donde he ido tres o cuatro veces porque cada año nuevos niños leen el libro y al firmar libros me han tocado libros con tres autógrafos para diferentes niños que se los pasan de un año a otro. Eso es muy emocionante porque significa que si cada libro vendido se lo han leído en promedio dos niños y se han vendido 22 mil significa que alrededor de 40 mil niños ya han leído la historia y si sólo el uno por ciento de ellos le toma amor a la lectura gracias a Octavio son 400 personas que ya nunca se sentirán solas mientras tengan acceso a la literatura. Son 400 vidas que pueden ser más felices. Eso lo deberían pensar todos los autores. Yo creo firmemente que la literatura nos hace la vida más llevadera cuando somos adultos y si esa experiencia comienza desde la niñez no solo estimula las competencias lectoras sino que impulsa la imaginación y la curiosidad pues cada frase que leen los llena de preguntas y muchas de esas tienen que contestárselas ellos mismos.

¿Cuál es la pregunta o el comentario que más te hacen?

La mayoría quieren contarme situaciones en las que sienten que pasan desapercibidos y siempre hay alguno que cuando le firmo el libro al final de la visita me dice que estuvo levantando la mano todo el tiempo y que yo no le di la palabra: “estuve pasando desapercibido todo el tiempo” y es lógico porque siempre son grupos de por lo menos cincuenta niños y todos alzan la mano. Algunos deben pasar desapercibidos, no hay solución.

Octavio, el protagonista de El niño que pasaba desapercibido, para probar que nadie le pone cuidado, roba el dinero de un banco y nadie se da cuenta. Con todo este asunto del discurso sobre valores en la literatura infantil, qué reacción tomas frente al tema.

niño robando banco

Si, la verdad eso fue un lío porque como adulto que escribe la historia yo quería una trama más políticamente correcta, pero tanto mi hija como el niño que tengo adentro insistían en que esa era la parte que más emocionaba del libro. De todas maneras al desenredarse el hilo afloran los valores de Octavio quien se da cuenta que los pequeños errores se pueden multiplicar y volverse grandes muy fácilmente y cada vez son más difíciles de corregir. Al final hace lo correcto pero el costo en angustias, miedos y peligros es bastante alto. Octavio va madurando lentamente a lo largo de las ochenta páginas del libro y demuestra que el valor de los valores no está en aprenderlos sino en entender su significado de una manera vivencial. La verdad es que robarse quinientos millones de un banco es mucho más fácil que devolverlos.

¿A los niños –y sobre todo las niñas- qué personaje del libro les encanta más?

octavio y corina

A los niños les gusta Octavio por las aventuras que vive y a las niñas les gusta Corina, la niña que Octavio conoce y para la cual no pasa desapercibido. A ellas les gusta Corina porque es responsable, racional y madura, pero también está dispuesta a aventurar para salvar a su papá de los líos en que lo metió Octavio. A las profesoras les gustan los papás de Octavio, que se llaman Maria María y Jose José, porque resulta una forma divertida de comenzar a hablar de las tildes.

Tienes un blog para dialogar con tus lectores sobre El niño desapercibido. ¿Cómo es tener un blog centrado en un libro?

En el blog cuelgo fotos de las visitas y los niños encuentran material para algunas de las tareas que les ponen con respecto al libro. Los comentarios son siempre muy alentadores y ha servido para que muchos padres me pregunten dónde comprar el libro y cosas por el estilo.

Los niños luego de leer el libro hacen cosas con él a partir del diálogo que han emprendido con el texto. Póster, dibujos… Imagino que El niño desapercibido debe generar mucha respuesta por parte de los niños que se sientan afines con lo que le pasa a Octavio.

Especialmente las profesoras los impulsan a hacer dibujos y escribir sobre sus propias experiencias. Algunas te tocan el corazón porque se nota que muchos niños sufren a partir de la indiferencia de sus padres y amigos. Muchas veces el silencio al interior del hogar, la falta de al menos una conversación ligera con sus padres sobre temas que para ellos son importantes o las preguntas sin respuesta, hacen que los niños se sientan solos. En ese tipo de ejercicios encuentran una oportunidad para expresar eso que ellos no saben porque los afecta tanto.

Óscar, seguramente muchos niños te lo han preguntado, ¿pero cómo eres tú, cómo te definirías?

Yo me defino como una persona inquieta, que le gusta aprender cosas nuevas cada día, que quiere aprovechar cada segundo de su vida y que se mete con ganas en cada nuevo tema que le entusiasma.

oscar rodriguez te cuento que

Óscar, tú eres economista full time. ¿Tienes pensado escribir otro libro para niños?

Tengo varios adelantados pero estoy en un momento en el que le he dado una pausa a la literatura en mi vida y posiblemente más adelante me anime a escribir de nuevo.

¿En qué países ha circulado el libro? ¿Te ha llegado algún comentario de un niño de otro país diferente a Colombia?

Sé que tiene una edición en México y se envían algunos ejemplares a España y otros países en donde está la editorial, pero nunca me ha llegado un comentario de otro país.

¿Cuál es el balance que haces luego de haber escrito El niño desapercibido?

El balance es que el libro ya tiene vida propia y es independiente de mí. Espero que siga gustando por muchos años, pues siempre habrá niños desapercibidos que se sentirán bien al leer la historia de un niño como ellos.

Una despedida para tus lectores…

Un abrazo muy grande para todos los que han disfrutado el libro y que no sufran cuando sienten que pasan desapercibidos. A veces pasar desapercibido es lo ideal.

NOTA: Los capítulos 1 y 2 de El niño que pasaba desapercibido, leídos por su autor Óscar Rodríguez, se pueden oír aquí:

https://on.soundcloud.com/1NaiA4Po5cke82oq6

https://on.soundcloud.com/LDSzPWf48bFdWvs89