El 10 de diciembre de 1513, Maquiavelo inauguró una nueva forma de leer (¡y escribir!)

Por Carlos Sánchez Lozano

Manuscrito de carta de Nicolás Maquiavelo a uno de sus amigos, 21 de junio de 1527.

Exactamente hace 512 años, el 10 de diciembre de 1513, Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1469-1527) envió una carta de cinco mil palabras a su amigo y excompañero de trabajo Francesco Vettori, secretario de la cancillería florentina ante el Papado en Roma1. Si bien la carta no aparece particularmente resaltada en el canónico libro de Armando Petrucci Escribir cartas. Una historia milenaria (2008, 2018), sin duda es una de las epístolas modelo del género porque reúne tres condiciones que la convierten en un documento de gran valor prescriptivo e histórico:

  • Es un magistral retrato de la vida privada de un funcionario público, en obligado retiro.
  • Promete la finalización de una obra política en marcha (“El Príncipe”).
  • Detalla (probablemente sin saberlo) el surgimiento de una nueva forma de leer.

El manuscrito original de la carta se perdió y la copia existente se debe a su nieto Giulano de’ Ricci, quien la copió, y fue divulgada por primera vez en 1810. La carta en su totalidad se puede leer acá, pero nos interesa sobre todo citar dos secciones en donde se ocupa de los temas relacionados con sus hábitos de lectura y de escritura:

Una de las primeras ediciones de El Príncipe.

Ha sido el erudito estadounidense Anthony Grafton quien ha captado para la historia de la cultura escrita el detalle del valor de esta sección de la carta. Al comienzo de su ensayo, “El lector humanista”, incluido en la Historia de la lectura en el mundo occidental (Cavallo y Chartier, eds, 2001), señala Grafton (p. 320-321):

Presentado en un cuadro comparativo las dos formas de lectura que tenía Maquiavelo aparecen claramente diferenciadas:

Maquiavelo de este modo funda el concepto de lectura autónoma, esto es, aquella en que el lector puede leer un texto e interpretarlo de forma personal, sin mediación de glosadores, guías o aclaraciones externas. Y en la que, además, puede seleccionar la forma de lectura que desea, según sus intereses sean enriquecer su subjetividad e imaginación o acumular nuevos aprendizajes. En el segundo caso, Maquiavelo se encierra en su estudio en la noche, sentado y con las mejores galas, e inicia una conversación transhistórica, un “diálogo con voces de la antigüedad”,2 con aquellos escritores que considera claves referenciar en el texto propio que está escribiendo.

Esta autonomía es la propia de un espacio burgués, que ya ha roto los lazos con las formas devocionales de lectura escolástica, y que eran las propias de los monjes en los claustros. Sin ruidos, hasta el amanecer, anota en las márgenes de sus códices y en los libros impresos por Manuzio sus polémicas ideas para confrontar un presente que desea sacar de la confusión. Lleno de papeles alrededor, va anotando las ideas y capítulos de un texto que consideró netamente coyuntural y que le permitiría volver al mundo del trabajo donde consideraba que aún podía aportar algo.


Maquiavelo en su estudio. Retrato hecho por Stefano Ussi, 1894.

No pasó nada de eso: el texto en vida de Maquiavelo fue leído con reserva por tres o cuatro amigos y solo tuvo su primera impresión en 1532, cuando ya había fallecido. El Príncipe se convirtió en manual de las élites cortesanas durante el siglo XVII y campo de batalla de los enciclopedistas y filósofos ingleses durante el siglo XVIII, pero su impacto real de manual de estrategia política y militar fue en el siglo XX, leído tanto por tiranos (Lenin y Mussolini), como por revolucionarios vanguardistas (el Ché Guevara).

“Maquiavélico” no debería exclusivamente ser un adjetivo negativo, usado para referirse al cinismo del poder y los dobles intereses al actuar, sino un concepto asociado al acto de leer de forma crítica y libre, con intenciones explícitas, para transformar el propio mundo interior («leo sobre sus pasiones amorosas y recuerdo sus amores como míos») o centrarse en los propias pasiones de investigación académica («no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarles la razón de sus acciones»), aprender del mundo y buscar su transformación.

Maquiavelo preparándose para sus lecturas académicas y la escritura de su gran manual de teoría política. Retrato de Santi di Tito. Fuente.

La lectura es para Maquiavelo una búsqueda de “la verdad desnuda”, según solía decir al evocar la historia de su Florencia avasallada. (José Luis Romero, Maquiavelo historiador, 1943, 1986, p. 112).

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  1. El contexto de la carta es conocido: Maquiavelo estaba exiliado cerca a San Casciano, donde tenía una casa de campo. Vivía allí con su mujer, cinco hijos y varios campesinos que le servían. En noviembre de 1512 había soportado su noche de horror, cuando depuesta la República de Florencia, dirigida por Piero Soderini, su nombre apareció en un listado de conspiradores en contra del nuevo gobierno de los Médicis -anteriormente derrocados-, ahora bajo el mando de Giuliano de Médicis. Fue torturado y después enviado al exilio, además de perder su empleo en la Cancillería florentina. Quince años de aprendizaje en el mundo diplomático se habían perdido. Amargura, desubicación, impotencia eran palabras que seguramente lo rondaban. Francesco Vettori, su amigo de profesión, había logrado mantener su cargo en Roma, luego de la muerte del papa Julio II, franciscano guerrerista que en mucho fue responsable del fracaso de la unidad italiana. Cfs. William J. O’Conell, «La carta de Maquiavelo a Vettori del 10 de diciembre de 1513». En: https://bit.ly/4iG3G6Y; Francesco Bausi, Maquiavelo, PUV, Valencia, 2015, p. 336. ↩︎
  2. Andrew Hui (Universidad de Yale y Singapur). «Maquiavelo y el surgimiento del estudio privado». En Revista de dominio público ↩︎

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