Eduard Fuchs: marxismo y arte erótico

Por Carlos Sánchez Lozano

 “La historia de la moral es la historia de la hipocresía humana”.

Friedrich Nietzsche, Genealogía de la moral (1887)

En 1933 funcionarios del Tercer Reich, siguiendo órdenes expresas del Führer, incluyeron en el Index Prohibitorium un libro considerado best seller para la época: Historia ilustrada de la moral sexual desde la Edad Media hasta el presente. El libro desde su publicación en 1909 había atravesado una complicada historia repleta de escándalos, persecuciones, censuras, bloqueos de venta. Pero también de éxitos: la primera tirada de veinte mil ejemplares se vendió en 3 meses y luego las reediciones serían constantes hasta el punto de que en 1930 era, según estadísticas, el libro más consultado de la Biblioteca Imperial de Berlín. Muchos de los lectores lo leían buscando un manual de técnicas sexuales, otros por satisfacer el placer voyeur de contemplar la extraordinaria colección de caricaturas y pinturas alusivas al tema erótico, y muchos por mera novelería. Poco interés suscitó en los medios científicos y académicos que lo descartaron como libro pornográfico.

Eduard Fuchs es uno de los más interesantes historiadores marxistas; gran parte de su obra no está traducida al español. Son diversos los aportes que hace a la historia de la fotografía, de la mujer, de la caricatura y del diseño gráfico.

Su autor era Eduard Fuchs (1886-1940), un periodista y anticuario socialdemócrata cercano a Franz Mehring —el Lenin alemán— cofundador con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht del SPD (Partido Socialista Alemán). Fuchs resultaba un personaje interesantísimo, pues provenía de una familiar proletaria que lo formó para impresor, no había tenido formación universitaria, participó en los círculos anarquistas de Münich, poseía una desordenada y vasta cultura, era conocido en los círculos burgueses alemanes, el coleccionista de arte más consultado antes de la primera guerra mundial, y el principal poseedor de las caricaturas de Honoré Daumier (considerado padre de la caricatura política moderna). Además era millonario.

Las múltiples reimpresiones del libro enriquecieron a Fuchs, lo que fastidiaba a los pulcros dirigentes comunistas ortodoxos, que preferían no contar entre su corte intelectual con tan exótico huésped. Solo hasta los años treinta un marxista hegeliano, seguidor de las teorías psicoanalíticas, Max Horkheimer, repararía en Fuchs e invitaría a otro marxista «atípico», Walter Benjamin, a escribir un ensayo sobre el famoso coleccionista. Benjamin escribió para la Revista de Investigación Social, en 1937, un trabajo titulado “Historia y coleccionismo: Eduard Fuchs”, que contextualizaba —y de paso reivindicaba— la labor del historiador y crítico de arte.

Benjamin había rechazado, al comienzo, escribir sobre Fuchs, pero luego descubrió que era una afinidad electiva. Juntos eran coleccionistas obsesivos.

No parecía el marxismo la corriente más adecuada para reflexionar sobre la sexualidad. Condicionado en su versión leninista a estudiar la sociedad en sus aspectos más lúgubres —la explotación del proletario por el burgués, la teoría de la plusvalía, el antagonismo de clases sociales, la revolución comunista—, la moral -y sobre todo la moral sexual— al lado del derecho, el arte y la ciencia, solo constituía una parte de la «superestructura” que reflejaba las condiciones de la “estructura”, es decir, las relaciones de producción en un periodo determinado. Si las relaciones económicas eran de explotación capitalista, el arte y la moral justificaban eses relaciones injustas. La cartilla parecía fácil de recitar. Pero la realidad era más compleja y menos mecánica, y al dudar de la lección los marxistas heterodoxos resultaron tildados de reaccionarios o idealistas. Dos de ellos fueron Walter Benjamin y Eduard Fuchs.

Al comienzo de su ensayo señalaba Benjamin:

Fuchs es sobre todo un pionero: el fundador del único archivo existente para la historia de la caricatura, del arte erótico y del cuadro de costumbres.

Si recordamos que Benjamin trabajaba en un proyecto relativamente similar sobre el París de finales del siglo XIX, hallaremos las afinidades electivas que unen a los dos marxistas desarraigados. Fuchs intentaba por primera vez darle una interpretación materialista a la historia del arte erótico desde finales de la Alta Edad Media. ¿Pero cómo hacerlo sin caer en el evolucionismo histórico que caracterizaba a la crítica de la cultura —piénsese en Francesco de Sanctis en Italia, en el neokantiano Dilthey en Alemania, en Saint-Beuve en Francia, en Menéndez y Pelayo en España—? Según ellos la historia del arte era un continuum hacia adelante, es decir, destino histórico y perfeccionismo nacional.

Fuchs prefería pensar en proceso, en altibajos, en periodos largos y cortos de la historia de la humanidad y, sobre todo, en las relaciones de producción materiales que subyacían al desarrollo de la cultura. Parecía fácil pensarlo, pero difícil de llevarlo a la práctica.

Vicisitudes del método comparativo

La sexualidad contemplada desde el punto de vista histórico invita a la deserción investigativa. La lista de documentos, temas, relaciones, hipótesis, parece inagotable, y más en el caso de estudiar cinco siglos de historia europea. Fuchs enfrentó el reto de la siguiente forma. Dividió su trabajo en tres grandes periodos históricos: Renacimiento (finales siglo XIV hasta 1700), Época galante (período del Absolutismo 1700-1789), Época Burguesa (Revolución Francesa, 1789 – Primera Guerra mundial, 1914).

Luego elaboró ejes temáticos para los tres períodos. Algunos de ellos son:

  • ideal de belleza física
  • el vestuario
  • la ideología del erotismo
  • la seducción
  • los bailes
  • el matrimonio
  • el machismo
  • el aborto
  • el adulterio
  • la prostitución
  • el lenguaje erótico

Antes de cada periodo elabora un marco histórico y en el último volumen incluye un magnífico, aunque breve, capítulo sobre «La sexualidad vista desde el periodismo, la publicidad y la fotografía».

Cada época, en efecto, determina ideológicamente qué es moral en la sexualidad y qué controvierte o altera esa moralidad. Así durante el Renacimiento, el primer periodo de expansión del capitalismo, del culto a la libertad individual y comercial, de la apertura a todo los saberes, el amor sexual llegó a ser abiertamente volcánico: el hombre deseaba fecundar y la mujer ser fecundada. La hiperactividad sexual era considerada como normal y constituía la base de las relaciones entre hombres y mujeres. Una frase de Lutero invitaba a la permanente actividad sexual entre los casados:

A la semana dos veces, como tributo a la esposa no te perjudica ni a ti ni a mí; hazlo en el año ciento cuatro veces.

En la literatura Boccaccio y Rabelais también insistieron en «sentarse en la mesa del amor” de forma permanente.

El ideal de belleza física, tanto masculino como femenino, debía contribuir a ello: en las mujeres los pechos grandes y rebosantes (por los cuales Rembrandt y Rubens muestran fascinación en sus retratos de mujeres ), las caderas anchas, la cintura rellena y los muslos vigorosos; en los hombres el pecho dilatado, la presencia hercúlea, los hombros grandes y los genitales sobresalientes. Los atributos tenían como objeto estar bien provisto para las faenas del amor. La intención del vestuario, entonces, era no ocultar sino mostrar.

Lucy Hay, condesa de Carlisle, cuya belleza e inteligencia dieron qué hablar en la corte inglesa de Carlos I. Grabado de Pieter de Bailliu, el Joven (1630)

Los vestidos resaltaban las formas. El masculino destacaba las formas gruesas y el tamaño de los pechos y los brazos desnudos. El jubón medieval hasta la rodilla perdió terreno ante el jubón que llegaba hasta el bajo vientre donde un braguetero resaltaba el tamaño de los genitales. Para las mujeres la época fomentó el escote más audaz que en muchos casos permitía no sólo ver el nacimiento de los senos sino los mismos pezones, presionados por el corsé. Dice Fuchs: «Esta época no conoció ni la mojigatería ni la timidez». En efecto era bien visto que el novio delante de todos besara y chupara los senos de la novia, como si lo hiciera en las mejillas.

Pero sobre todo el Renacimiento contribuyó a formar el ideal de «divinización de la mujer” y a exaltar la desnudez femenina. Un dicho decía:

«Una mujer está más bella desnuda que vestida de púrpura»

valorando particularmente el busto, que constituía el principal medio de cortejo de las mujeres. Contra tanta dicha en los escotes reaccionaba la iglesia y furibunda llamaba a sus portadora:

Medeas de la corte que para encender a los hombres e incendiario de todo, apañan toda clase de procedimientos que la naturaleza creó para buen uso del género humano y lo usan para calentarlos haciendo cosas puercas y escandalosas.

Igualmente el sentimentalismo cortesano quedó avasallado y los poemas y trovas fueron francamente directos en el tratamiento de asuntos eróticos. Ante versos medievales como:

Tú eres mío, yo soy tuya,
eso no debes dudarlo.
En mi corazón tú estás encerrado,
la llavecita se ha perdido,
dentro de mi has quedado para siempre.

El Renacimiento responde:

Si la muchacha tiene hambre por encima de la rodilla,
no hay que dejarla mucho tiempo en capilla,
y darle un joven amigo
que tenga un pico bien erguido
dos palmas por debajo de su ombligo.

Refranes, chistes verdes, adivinanzas, poemas, diálogos, cuentos, sainetes, metáforas, resaltan esta insaciabilidad del amor y determinan una concepción del amor constreñida a lo físico. Con razón Fuchs concluye:

En el Renacimiento las ansias amorosas de ambos sexos son en general tan objetivas como posibles. El hombre no suspira en absoluto por una compañera de igual alcurnia con la que pueda alcanzar determinadas grandes metas en la vida; la muchacha de igual manera, no suspira por un liberador y educador de su alma. Ambos están llenos del anhelo irrefrenable de realizar el acto sexual. En este deseo y objetivo determinado y concreto se resume para ambos el amor.

Imagen de Romeo y Julieta generada por ChatGPT

En este sentido se comprende la, tal vez, exaltación más hermosa del amor físico que hace una mujer en el —como dice Fuchs— “Cantar de los Cantares del Renacimiento”, Romero y Julieta (1605) de Shakespeare. Dice Julieta:

¡Extiende tu vuelo tupido, noche protectora del amor!… ¡Apáguense los ojos que curiosean errantes, y vuelve Romeo a mis brazos, inadvertido y sin que se le vea!… Para celebrar sus rito amorosos, les basta a los amantes la luz de sus propios atractivos. Y como el amor es ciego, aviénese mejor con la noche. ¡Ven, noche complaciente, plácida matrona, toda enlutada, y enséñame a perder un ganancial partido, jugado entre dos limpias virginidades. Reboza con tu manto de tinieblas la indómita sangre que arde en mis mejillas, hasta que el tímido amor, ya más osado, estime como pura ofrenda el afecto verdadero. ¡Ven joven! ¡Ven Romeo! ¡Ven tú, día en la noche!

Erotismo y nihilismo

En contraste, durante el Antiguo Régimen en la ideología sexual triunfa la voluptuosidad, una idea «desanimalizada” del amor y el placer por la sugerencia, esto es, el amor galante. Si el Renacimiento cantó el placer loco de los sentidos, la época galante resaltará el placer sensual refinado. El ideal físico del hombre ya no es Hércules, sino Adonis: «Nunca como antes los hombres se habían parecido tanto a las mujeres”. En las mujeres ya no es llamativa la robustez, sino la delgadez y la palidez intensa. Ya no se hacen loas a los senos sino a los pies pequeños y particularmente a las piernas:

La única religión consiste en amar las rodillas hermosas… Nada hay más gracioso que las curvas delicadas y provocadora de las que está hecho el interior de las piernas en su línea ascendente… Las piernas, esas orgullosas columnas que sostienen el templo del amor, las cadenas del placer, deliciosas ataduras de la dicha.

El vestido no muestra; insinúa. Aparecen las medias, las enaguas, el liguero y las botas hasta la rodilla, que funcionan como afrodisiacos visuales. El pecho se oculta hasta la mitad y se airea con el abanico que simula una mano masculina. Toma fuerza en la moda femenina el horroroso miriñaque que ensancha las caderas femeninas y convierte la tarea del desnudo un verdadera odisea. Pero sobre todo el amor se superficializa. Más importante que el encuentro sexual urgente y permanente lo constituyen los anticipos: mientras ella espera en negligé, él asiste al baño matutino de la pretendida y luego a la toilette. Es como si ya se entreviera la sensualidad enferma del marqués de Sade. La nobleza impulsa dos corrientes eróticas: el libertinaje cínico, corruptos e inteligente —representado en Casanova y Valmont, personaje de Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos— y el escepticismo sentimental romántico de Werther.

Giacomo Casanova, por Francesco Giuseppe Casanova (1727-1802)

La sensación aristocrática refleja un hondo vacío: el amor no permite construir nada, el alma humana es corrupta y propensa a los placeres sensuales y lo mejor es disfrutar de todo lo exótico en el sexo. Esta forma de concebir la vida como nihilismo aparece representada en una carta escrita por una italiana de paso en París:

Todo aquí es nada, y todo gira en torno a nada, se entretiene con nada, se inquieta por nada, se reconcilia por nada, se hacen grandes gastos, aun cuando a menudo no se tenga nada, se casa uno por nada. Toda esa espiritualidad de la belleza reduce su alma y su religión a nada, y desde que me he afrancesado, le hablo a usted de nada.

El mejor amante no es el marido y el adúltero tolerado es muestra de bon ton entre las clases nobles. No pertenecer a nadie, no tener compromisos, divertirse, engañar, corromper constituye el ideal erótico. Recuerda Fuchs:

Una cierta Mme. de Morin dice a su joven hijo: «Solo un consejo tengo que darte: enamórate de todas las mujeres», Con ocasión de la entrada en sociedad de su hijo, un lord inglés le escribe: «De día estudia a los hombres, de noche a las mujeres. Siempre, empero, a los mejores ejemplares. ¡Sean estas tus lecturas!».

La infidelidad es la institución amorosa de la época. Desde Luis XIV a Catalina II de Rusia, el eslogan repetido por los nobles europeos es: “El cambio y la variedad continua en el amor es la ley suprema de la sensualidad”. La decadence de la Restauración anuncia la sensación de fracaso histórica entre las élites absolutistas y sirve de excusa para desviar la mirada ante los acontecimientos revolucionarios. Lo único que persiste del Renacimiento en la época barroca es la perenne dominación y explotación de la mujer por parte del hombre. Una trova del periodo renacentista dice:

Cuando él grita, ella sólo calla;
calla él, entonces ella conversa.
Está él furibundo, está ella serena,
está él sosegado, está ella satisfecha,
está él dicharachero, ella está modesta…

Otros refranes campesinos de la época galante expresan desprecio e insisten en considera a la mujer como un ser intelectualmente inferior, destinado a satisfacer sexualmente a los hombres y permanecer en el hogar al cuidado de los hijos:

  • En su cama es una bella mujer, en cama ajena es una puta.
  • En la virgen y en el pez, la mitad lo mejor es.
  • Miente el proverbio si no es puta una mujer que mueve el culo al correr.
  • Toma al buey por los cuernos, al hombre por la palabra y a la mujer por la falda.
  • «Un pescadito en mi ollita”, pide la mujer al hombre cuando la monta.
«La enamorada», grabado de Courtin, 1725

Con el advenimiento e la Revolución Francesa y el comienzo del periodo burgués reaparecen algunas costumbres renacentistas y de la época galante, otras se funden creando algo nuevo y otras desaparecen. El nuevo evangelio de la ideología erótica burguesa es La Nueva Eloísa (1761) de Rousseau, donde se proclama la idealización del amor, liberado de los apetitos vulgares que se agotaban en el placer sensual, síntomas propios del Antiguo Régimen. Debía amarse el espíritu y el alma, no el cuerpo. Además se comienza a exaltar la rigurosa castidad matrimonial. El matrimonio es ascendido a ideal ascético del Estado.

Los vestidos no deben mostrar ni sugerir y solo con el advenimiento de la Modernidad empieza la batalla femenina por subir las faltas y bajar los escotes, al tiempo que aparecen los brasieres y ya en el último cuarto del siglo XX la eclosión de la maravillosa minifalda, los shorts, las blusas sin mangas, los sensuales bodys y tops, los pantys estrechos.

El flirt, donde todo está permitido, «menos eso», se destaca en todas las músicas. El erotismo es enunciado en los bailes (el cancán, la rumba, la polka), pero nunca deberá terminar en orgía como en el período renacentista. Desaparecen los baños públicos —famosos lugares de retozo durante los siglos XV y XVI— y el taller de costura propio de la época galante donde tantas niñas resultaron embarazadas. Los sustitutos en la época burguesa son la taberna, el hipódromo, el coctel, la fiesta juvenil. La esposa deberá adquirir actitudes eróticas atrevidas para persuadir al marido de no acudir al burdel, y mantener el lecho conyugal ardiente para evitar la caída del matrimonio. Además deberá utilizar métodos anticonceptivos y negar el aborto como posibilidad ante un embarazo indeseado.

Luego de la primera guerra mundial, la publicidad explotó reiteradamente la sexualización de la mujer.

La época burguesa es el periodo de las grandes hipocresías y de sus consecuentes desertores y críticos. Es la época donde todo se vende y todo se compra, donde lo importante es mostrarse, ser conocido y anunciarse, al modo del hombre que puso en 1771 el siguiente clasificado en un periódico londinense:

Busco dama entre 18 y 35 años, de buena educación y una fortuna no inferior a 5.000 libras; aire y miembros sanos, descalza, 5 pies, 4 pulgadas de altura; que no sea gorda pero tampoco flaca, aliento dulce y dientes sanos, que no tenga aire orgulloso o afectado, que no sea muy habladora ni quisquillosa, pero con carácter suficiente para vengar una ofensa, caritativa, no demasiado amante de la moda, si bien en todo caso decente y atildada.

Reencuentro imposible

En ocasiones Fuchs naufraga ante la cantidad de materiales, sus hipótesis parten de un leninismo ramplón y en algunos capítulos —como el dedicado a los clérigos renacentistas («Bebe cual franciscano, come cual bernardino, putea como carmelita, hiede cual capuchino y tiene el pito como un jesuita»)— aparece demasiado parcializado. En otros casos abusa del chisme dándole carácter de verosimilitud y de las generalizaciones históricas, cuestionadas con razón por Georges Duby en Historia de la vida privada (1988).

El apodictismo sentencioso de Fuchs, particularmente visible en el volumen 3 sobre el periodo burgués, hace gala de un moralismo de izquierda chocarrero, agobiante. Llamativo también es su prejuicio contra los homosexuales y la idea errónea de que la sífilis provino de América. Pero estos son lunares frente al vasto trabajo, repleto de sugerencias para los nuevos investigadores.

Tom Wesselman, «Gran desnudo americano», 1964

Ejemplificante resulta su modo de trabajar la historia de las costumbres a partir de fuentes secundarias: ilustraciones, cuadros, material fotográfico, avisos publicitarios, además de recurrir a fuente impresas permanentemente descuidadas: diarios, sátiras, piezas carnavalescas, canciones populares, romanzas, composiciones profanas, hojas volantes, periódicos, etc.

El moralismo frente a la sexualidad nunca ha tenido partido, siempre ha sido conservador y autodefensivo y en sus raíces se hallan, sin duda alguna, huellas de prejuicios ideológicos, miedos ancestrales, culto a la hipocresía, ánimo de destruir al diferente, esto es, un moralismo que niega la otredad. Tan moralistas y mojigatos pueden ser los seguidores de Marx como los falangistas devotos de Franco: la intolerancia frente a los temas sexuales —por ejemplo ante el aborto y la prostitución—, el desprecio al homosexual y a la lesbiana, la censura a la educación sexual libre, el ataque a la poligamia, están en la base moral de los dos grupos. El temor a los desórdenes del sexo los une y querrían encontrar una unidad idílica en el matrimonio heterosexual que impidiera el surgimiento de los bajos instintos o la anarquía de los sentidos. Entre la posibilidad y el sueño cierran una brecha: juntos forman iglesias, son párrocos, no han puesto su yo a distancia, no quieren cambiar de opinión, incluso contra todo opinión colectiva, porque tienen miedo a verse distintos.

Fuchs en esta obra extraordinaria ofrece una lección única de cómo hallar una veta de investigación, cómo superar el tiempo en que se vive y cómo preparar el futuro. El tabú de la sexualidad visto a través del prisma materialista de la historia adquiere sentido y significación como búsqueda permanente de una utopía que desborde y cuestione aquello que constituye represión y aferramiento a lo tradicional y sacré, esto es, interrogamos sobre cómo aprender a ser libres, a pesar de nosotros mismos*.


* La reseña original de los tres tomos en español de Historia ilustrada de la moral sexual apareció en la revista El Malpensante, No. 1/diciembre 1996, gracias a la mediación de Andrés Hoyos (director) y Mario Jursich (editor). La traducción del alemán al español del libro de Fuchs la hicieron para Editorial Alianza (Madrid, 1996): Juan Guillermo Gómez (tomo 1), Gonzalo del Puerto y Luis Pradas (tomo 2), José Luis Gil (tomo 3).

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