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El hidalgo de la perfecta castidad: sobre la primera novela de Héctor Abad Faciolince

Por Carlos Sánchez Lozano*

Me debía hace buen rato publicar esta entrevista que hice a Héctor Abad Faciolince en julio de 1994, cuando aún no era reconocido como lo es hoy. En «Lo que fue presente. Diarios 1985-2006» (Alfaguara, 2019) evoca que «Asuntos de un hidalgo disoluto» no tuvo ninguna resonancia en el medio crítico. Ese año en la Feria del libro aparecieron libros de autores best-seller: una novela de García Márquez y otra de Fernando Vallejo, y un reportaje de Germán Castro Caycedo. Sin embargo, aquel año su nombre empezó a aparecer reiteradamente, como periodista y escritor. Esta, creo, fue la primera entrevista de perfil completo que se le hizo en Colombia y de algún modo impulsó su carrera y lo hizo conocer entre la comunidad literaria sobre todo de jóvenes y despedirse del papel de novato. Gracias a Marisol Cano y a Juan Manuel Roca, directores entonces del Magazín Dominical de El Espectador, quienes me advirtieron del valor del libro; a Mario Jursich, que en medio de un café, me habló con entusiasmo de Héctor.

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Carátula de la primera edición (1994) de Asuntos de un hidalgo disoluto. El cuidado de la edición estuvo a cargo de Mario Jursich. El diseño es de Paula Iriarte.

El antioqueñísimo don Tomás Carrasquilla -o uno de sus extraordinarios personajes-se hubiera espantado, literalmente, de conocer a Gaspar Medina, ese rarísimo personaje inventado por Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) en su recién publicada novela Asuntos de un hidalgo disoluto (Tercer Mundo, 1994).

Expliquemos: Es parte del imaginario popular suponer que los paisas creen en Dios y la Virgen Santísima, en la plata y el libre comercio, en el fornicio promiscuo, y en que no existe territorio sobre la Tierra donde no se pueda poner un restaurante para comer frijoles con chorizo. Pero este Gaspar Medina, quién sabe de dónde apareció. No cree en nada de lo que dice el Código del Paisa Puro. Medina es contradictorio y excéntrico: es multimillonario, pero no le interesa el destino y manejo de su plata; es un esteticista del sexo porque cree en la castidad, pero los senos de su secretaria Cunegunda Bonaventura lo enloquecen; la injusticia social le resulta terrible, pero con los pobres, de lejitos; los políticos le parecen la estupidez y crueldad resumida en pasta, pero funda en los finales del gobierno de López Michelsen un movimiento político para hacer del país “un potrero menos salvaje”; detesta los ruidos y olores que emite el cuerpo, pero el sonido de un beso -como el de su amada, la enloquecedora Angela Pietragrúa- lo transportaría al centro del tiempo; odia las colectividades, desde los cocteles hasta las revoluciones, pero un encuentro con sus amigos de siempre, es un acto sagrado que respeta; se muestra cínico e indiferente ante los burgueses de Medellín, pero cuando se lo propone es provocador y atrevido, verbigracia cuando lleva al exclusivo Club Brelán a Virgelina Pulgarín, alias La Proletaria, una brava capaz de mandarle la mano “al mercado” en pleno juego de bridge.

En efecto, más que memorias ficticias por su forma narrativa (relato autobiográfico en primera persona), Asuntos de un hidalgo disoluto, es la declaración de identidad de un hombre libre; su decisión de recuperar el pasado a través de la escritura; su testamento de odios y afectos; un plano de sus neurosis; una carta de amor a una mujer imposible de poseer; un retrato de la simulación social de las élites colombianas; una proclama de soledad y un canto al individualismo… Un acta de derrota ante la muerte.

El inventor de Gaspar Medina, Héctor Abad, se parece poco a su personaje (bueno, tiene 35 años y poca plata), salvo en una cosa: la ironía. Cierto, es una clase de ironía, nada agresiva, donde el humor tolerante y las situaciones coloquiales se mezclan con el amor respetuoso -y devoto- por la literatura, y en especial por autores que lo acompañan desde la adolescencia: Sterne, Cervantes, Canetti, Stendhal. Héctor Abad se pone en primera fila con esta novela (él lo sabe, aunque no le interese) y, posiblemente contra su gusto, su obra ya hace parte de esa cosa filológica tan problemática, y que ha provocado tantas garroteras en nuestro medio: la historia de la literatura colombiana. De estas y otras historias conversamos a finales de mayo en Bogotá.

Héctor, quiere ampliar su perfil biográfico de nueve líneas, que se encuentra en la solapa de su recién publicada novela de Asuntos de un hidalgo disoluto. |

Estudié, como buen ciudadano de este país beato, por años y años, con esa firme institución llamada Iglesia Católica. Primaria con las hermanitas de Marie Poussepin, bachillerato con sacerdotes y preceptores del Opus Dei, universidad con los jesuitas de la Javeriana, y con los profesores pontificios de la Bolivariana. Caí en tentación y me expulsaron de esta última universidad. Escribí, ingenuo, que sacerdotes y Pontífice no sabían nada de sexo por carecer de experiencia directa. Gracias a esa expulsión emigré a Italia, en 1982, detrás de una novia con la que sigo amancebado. Logré acabar una ca- rrera, al fin, y al fin en una institución laica: Lenguas y Literaturas Modernas, en la Universidad de Turín. Volví a Medellín en el 87, trabajé en un periódico, unos sicarios mandados por malos volvieron mártir a mi papá; yo me eché tres discursos para protestar y como estaban matando a todos los que echaban discursos, un día, después de que me leyeron un sufragio por teléfono, me asusté y salí corriendo. Otra vez para Italia. Conseguí trabajo en la Universidad de Verona como lector de español, es decir profesor de castellano. Di clases cuatro años, tuve dos hijos mientras tanto, con la manceba que ya dije, hasta que, simplemente para no quedarnos, volvimos. Ahora dirijo la Revista de la Universidad de Antioquia, traduzco y escribo.

¿Qué había escrito antes de publicar “Asuntos…”?

Toneladas de versos y cuentecitos que parecían resúmenes -muy malos- de novelas rusas. Leía un libro y cambiaba de estilo, imitando el de la última lectura. En 1978 asistí, en México, a unos cursos de narrativa de dos buenos maestros: Felipe San José y José de la Colina. Allá estaba imitando, creo, una especie de literatura comprometida. Al volver mandé un cuento a un concurso nacional y me lo gané. Casi no salgo de la adolescencia literaria. Para culminarla escribí un librito tardío, con los cuentos menos peores. Se llama Malos pensamientos, lo publicó la Universidad de Antioquia hace años y tengo la suerte de que casi nadie lo conoce. Quinientos ejemplares se imprimieron, y todavía quedan cuatrocientos en bodega, si no los han vendido como papel reciclable. A mí me dieron cien por los derechos y los tengo escondidos. Además, unos pocos ensayos, una tesis sobre Cabrera Infante, artículos de prensa.

¿Qué novelas lo decidieron a escribir novelas?

No hubo novelas que, directamente, me llevaran a intentar escribir en este género. Es el género mismo el que, por su flexibilidad y amplitud, me ha parecido el más cómodo, por ser el más difícil de agotar. La novela es un género literario que no tiene fronteras definidas, es omnívoro, capaz de mezclar ensayo, narración, teatro, poesía, historia… Tiene siglos de estar vivo y sus posibilidades son ricas todavía. Novelas como El Buscón, Tristam Shandy, Jacques el Fatalista, Las afinidades electivas, Rojo y negro, La educación sentimental, son distintísimas y pertenecen, sin embargo, al mismo filón. Pasamos a este siglo y llegan Proust, Kafka, Walser, Canetti, Queneau, Calvino, Kundera… Aunque parezca mentira, Conversación en la catedral y El Quijote pertenecen al mismo género, y también La Regenta y Cien años de soledad. De alguna manera, como los seres vivos la novela es capaz de evolucionar, de sufrir mutaciones para adaptarse a nuevas épocas, a hombres nuevos, sin anquilosarse en un esquema rígido. Hay una ley de la conservación de la novela: esta no muere ni se destruye, se transforma. De todas formas la lista de arriba no es casual, aunque sí muy incompleta: me han fascinado y me siguen fascinando las obras y los autores mencionados.

Héctor Abad durante la entrevista para el Magazín Dominical. Foto de Gustavo Aldana.

¿Cómo y cuándo nació la idea de escribir ese “disparatario”: Asuntos…?

Resulta que yo estaba escribiendo una novela pornográfica. Y de un momento a otro me sentí asqueado, saturado, harto de orgasmos y saturado de posiciones. Entonces, para descansar, pensé en inventarme un personaje perfectamente casto, que no sintiera ganas de nada, para quien el apetito sexual fuera completamente desconocido. Ese fue el germen de la novela, aunque después el hombre inventado se me fue de las manos y acabó teniendo una que otra caída corporal. Pero su primera salida fue quijotesca: contra uno de los temas más recurrentes en la narrativa del siglo, el sexo. Gaspar quería ser el ingenioso hidalgo de la perfecta castidad.

¿En qué se diferencia usted de Gaspar Medina, protagonista de su novela?

Él tiene 72 años y yo 35 años, él es rico y yo no, él es imaginario y yo me lo imaginé. Alguien que escribe, alguien que vive, no puede ser más de lo que es; sus personajes, en cambio, son lo que podría o lo que querría o lo que no querría ser. Yo soy lo que soy, Gaspar es lo que yo pudiera haber sido o lo que podría llegar a ser. Un personaje, todo personaje, es la respuesta a esta pregunta: ¿si yo no fuera como soy, cómo podría ser?

Dice Gaspar Medina, en forma sentenciosa, muy hermosa a propósito de la escritura de sus memorias, que “ha escrito para aprender a ser otro”. ¿Usted también escribe por ese motivo?

Claro. Lo terrible de la vida es que es una sola. La trampa para multiplicarla es tratar de convertirnos en muchos otros. Escribir es irse poniendo en el pellejo de otros, es ser capaz de ser otros: mucho más malos, mucho más buenos, mucho más cultos, más inteligentes, brutos, feos, locos, cuerdos que uno. Una novela, para mí, empieza con la imagen, la imaginación de otro: pongamos que haya uno que se llame Serafin, pongamos que sea cojo, pongamos que tenga una mujer que se llama Verónica y pongamos que ella ya no lo quiere, pero no es capaz de decírselo. Ahí está la semilla de una historia, nada. Falta ver si germina en palabras.

Versión de Gaspar Medina hecha por ChatGPT

Hablemos de la “competencia”, es decir, los novelistas colombianos contemporáneos cuyos libros aparecen en los estantes de las librerías al lado del suyo: García Márquez, Moreno Durán, Luis Fayad, Antonio Caballero, Manuel Mejía Vallejo.

Para mí Colombia es un lote de terreno al que le pusieron unas fronteras arbitrarias, un himno feo y un bonito nombre. Haber nacido en un solar que va del Atlántico al Amazonas y del Pacífico al Orinoco, para mí, no crea ninguna hermandad. Las patrias y las filiaciones literarias son personales y en un esbozo de nación como la nuestra no creo que esos escritores y yo compartamos las mismas experiencias, ni siquiera culturales, políticas o sociológicas. Tenemos común el verdoso color del pasaporte. García Márquez es primo de Faulkner, Moreno Durán quisiera ser nieto de Musil, el parentesco de Fayad es con Ester, el de Caballero con Rimbaud y su papá, el de Mejía Vallejo con Rulfo. A mí me gustaría haber sido el sobrino de Diderot. Como se ve, no somos consanguíneos. La novela es un género trasnacional, alérgico a todo nacionalismo. Decía Canetti: “La patria del escritor es la lengua”. Los compatriotas, en literatura, son de tono, de estilo, de temperamento, y en esto la nacionalidad no importa nada.

Si usted lo nombraran Santo Inquisidor de la Literatura, ¿qué escritores salvaría de la hoguera y cuáles no? ¿Por qué?

En alguna parte leí que Picasso dijo que, así como a los borrachitos les gustan todos los vinos -buenos y malos-, también a él le gustan todos los cuadros. A mí me pasa casi lo mismo con la literatura: los libros buenos los disfruto por buenos y los malos me los gozo por lo malos. Eso tiene de bueno ir al dentista o a la peluquería: que uno acaba leyendo lo que nunca leería en la casa. Decía Cervantes que no hay libro tan malo que no tenga nada bueno. Además, en Asuntos… le hice decir a Gaspar Medina una frase de Heine: “Los que queman libros, acaban por quemar seres humanos”. Ningún libro se merece la hoguera; incluso obras abominables como Mein Kampf o los manuales para inquisidores, deben estar disponibles en las bibliotecas. Condenar al fuego, pongamos, la obra de Corín Tellado o de Juan de Dios Peza, sería declararse muy pesimista sobre la inteligencia de los hombres. La inteligencia no desecha quemando; sus mecanismos de exclusión son más sutiles y mucho más selectivos y eficaces que el fuego.

Usted regresó a Colombia hace dos años, después de vivir nueve en Italia. ¿Cómo ve a Colombia? ¿En qué se diferencia la Colombia actual de la que dejó antes de partir?

Cuando me fui, mataban 50 personas diarias. Ahora son como 90 al día. Solo en la ciudad donde vivo hay entre quinientos y seiscientos asesinatos al mes: esto es un matadero y le toca a uno convivir con matarifes. Pese a ese control demográfico, que es el peor imaginable, nuestra producción de seres humanos sigue viento en popa: mientras me fui y volví nacieron y sobrevivieron varios millones de almitas; y la iglesia se sigue oponiendo a la píldora. Hay más pobres y más ladrones que nunca antes en nuestra historia. La tendencia es la misma desde hace decenios: vamos de mal en peor. Al parecer ha habido progresos en fútbol, en tauromaquia, y en las ventas de petróleo. Me gustaría un gobierno que no mostrara con orgullo cifras de exportaciones, sino descensos en la tasa de nacimientos y de muertes violentas.

Bombazo del narcotráfico en los alrededores de la Plaza de Toros en Medellín, en 1991. Foto Archivo de El Colombiano, publicada en Historia de Medellín II (Suramericana, 1996).

Mitos antioqueños como la apología de la raza, el trabajo emprendedor, la unidad familiar, son duramente criticados en la novela. ¿No le preocupa pasar por antipaisa?

Yo no soy anti-paisa, sino anti-oqueño.

Héctor: ¿usted es socialista como García Márquez, liberal como Moreno Durán, godo como Sanín Echeverri, monarcoide como Alvaro Mutis o ecologista como Alfredo Molano? ¿O qué es, políticamente hablando?

No tengo ni idea. Yo no sé qué soy. No me siento cómodo en ningún esquema ideológico. Cada uno de los casos que menciona me parecen gafas o cuadriculas para mirar la realidad. Más que instalarme en grandes concepciones, me interesa analizar los casos particulares. Pregúnteme, por ejemplo, si la producción de novelas debe ser privada o controlada por el Estado, si el transporte es un servicio público que debe ser prestado por el Estado o por los particulares. Si estoy a favor o en contra del aborto o de la pena de muerte o de los colegios confesionales. Mis ideas son claras (bueno: más o menos claras) solo en esos detalles y no sé si obedecen a concepciones de izquierda o de derecha. Además, hay montones de cosas sobre las que no tengo absolutamente ninguna opinión y preferiría que la resolvieran los expertos en vez de someterlas a los vaivenes anímicos míos o propagandísticos de la mayoría de los votantes.

Usted también es traductor. ¿Quiere enumerarnos las novelas que ha traducido y qué otros proyectos de traducción tiene?

He traducido en especial del italiano. Cuentos y ensayos de Calvino, Sciascia, Eco, Mágris. Dos novelas de Bufalino, unas memorias de Tomasi di Lampedusa, poemas de Saba y Caproni. En el horizonte hay una selección de Boccaccio y otras novelas de Bufalino.

Dos preguntas en una sola: ¿cuáles son las virtudes de un traductor y qué idioma le gustaría aprender para traducir escritores de esa lengua?

Saber muy bien dos idiomas y escribir sin muchos titubeos en el de llegada. Además, ser capaz de borrarse para que el otro, el traducido, parezca, sin que se note la voz o la mano del traductor, sino el tono particular que tiene cada autor. Un traductor, como se decía en tiempos de Cervantes, traslada: pasa algo de un sitio, de una cultura, de una lengua a otra. Pero el buen traductor no se nota, debe pasar inadvertido. Me gustaría aprender alemán para traducir a Goethe, a Robert Walser y a Arthur Schnitzler. Y ruso para trasladar a Goncharov, y griego para saber cómo se oye Homero, y latín para traer a Plauto, a Ovidio y a Petronio. Pero todo esto me va a tocar dejarlo para una próxima reencarnación, o para cuando tenga que matar el tiempo en la eternidad del más allá. Querer, lo que se dice querer, me gustaría tener el don de lenguas de Jakobson, que al parecer era capaz de hablar ruso en veinte idiomas distintos.

Usted vivió años en Europa. Comparando, ¿al modo de quién vivió usted?¿Del loco y buscasexo Henry Miller? ¿Del padre de familia siempre en aprietos económicos que fue James Joyce? ¿O de manera dramática -casi al borde la mendicidad- como García Márquez?

Los escritores son unos mentirosos, no les crea nunca lo que cuentan sobre sus aventuras en tierras forasteras: forma parte de un tópico al que, parece, hay que acomodarse. Yo viví como cualquier mortal del montón: era estudiante e iba a la universidad, comía tres veces al día, dormía en la misma cama con mi novia. Nada de vida bohemia ni de quemar las patas de la única silla por falta de calefacción. Cuando me fue peor fue a principios del 88. No me daban trabajo y me puse a vender ropa en el mercado de las pulgas de Turín. Me di cuenta de que inspiraba compasión porque unos de Amnistía Internacional empezaron a darme plata. Y no hay nada peor que inspirar compasión. Quería ser profesor de español, tal vez lo único que sabía hacer, pero me decían que yo no sabía español, pues no pronunciaba la zeta ni usaba la segunda persona del plural. Cambié de acento, me puse a usar el vosotros como el rector del colegio, y me presenté como súbdito de la península; por mucho tiempo tuve que fingir que era español para que me aceptaran como profesor de mi lengua, en clases particulares. Al fin, con ayuda de mis profesores de la universidad de Turín, Ruffinatto y Terracini, me aceptaron como lector en la Universidad de Verona. Al segundo año, cuando se disipó el temor de que me echaran por mi castellano andino, dejé de usar la zeta y el vosotros. La profesora Profeti, que por mi acento me aceptó solo provisionalmente en Verona, por seis meses, acabó siendo una de mis mejores amigas, aunque no me perdone todavía que una obra de Lope es “el nuevo arte de hasser comedias” y no “el nuevo arte de hazer comedias”. Por años tuve que hazer la comedia de ser español y todavía hoy, creo, puedo imitarlos a la perfección.

¿Cuál es su balance después de la publicación de Asuntos de un hidalgo disoluto?

Que, como ya sabía, publicar una novela no tiene la menor importancia. En todo caso me han divertido las críticas. Algunos por hablar mal de la novela, han dicho que no parece colombiana, que más bien pertenece a la literatura italiana. El elogio me parece exagerado. Otros, por elogiarla, me han puesto como el último que se pega al equipo de la literatura antioqueña. Y en esto la crítica me parece excesivamente despiadada. El único premio, porque es lo único que la novela buscaba, son las reacciones de algunos lectores que me dicen o me escriben que se rieron con mi libro, o que pasaron algunas horas alegres leyéndolo.

«A mí me gustaría haber sido el sobrino de Diderot». Retrato de Louis-Michel van Loo (1767).

El año pasado, en 1993, Colcultura falló desierto el concurso de novela colombiana. Esto reflejaría, en apariencia, una crisis del género. ¿Comparte usted este juicio?

Para opinar sobre esto habría que leer las decenas de novelas que mandaron al concurso. En todo caso es muy pretencioso suponer que en un país pueda haber, cada año, una buena novela. Pónganse en cualquier década de este siglo y coja un manual de literatura colombiana: ¿encuentra año tras año una novela buena? Ni siquiera en el apogeo de la novela francesa del XIX pasaba eso. Así que pueden pasar decenios de novelas regulares sin que se tenga que hablar de crisis. Y hay que seguir publicando esas novelas regulares, así como hay que seguir con el campeonato de fútbol, aunque la selección nacional no clasifique para el mundial, pues es la única manera de que algún día lo logre. Lo que sí debe haber en todo concurso es una regla clara: si se puede declarar desierto o no. Los concursos son un abono monetario ínfimo para un trabajo que vive en aprietos económicos y es una lástima que por una vez que hay una partida para novelistas, se guarden la platica. No creo que uno pueda declarar desierto un premio de montaña porque todos los ciclistas subieron muy despacio.

¿En qué proyecto literario trabaja actualmente? ¿Quiere, por favor, describirlo brevemente?

Estoy terminando un pequeño libro que va a llamarse Tratado de culinaria para mujeres tristes. Una serie de recetas inútiles o utilísimas, no sé, para poder convivir con la melancolía.


* Las fotos de esta entrevista las tomó Gustavo Aldana, en ese entonces estudiante de Filosofía de la Universidad Nacional.

Eduard Fuchs: marxismo y arte erótico

Por Carlos Sánchez Lozano

 “La historia de la moral es la historia de la hipocresía humana”.

Friedrich Nietzsche, Genealogía de la moral (1887)

En 1933 funcionarios del Tercer Reich, siguiendo órdenes expresas del Führer, incluyeron en el Index Prohibitorium un libro considerado best seller para la época: Historia ilustrada de la moral sexual desde la Edad Media hasta el presente. El libro desde su publicación en 1909 había atravesado una complicada historia repleta de escándalos, persecuciones, censuras, bloqueos de venta. Pero también de éxitos: la primera tirada de veinte mil ejemplares se vendió en 3 meses y luego las reediciones serían constantes hasta el punto de que en 1930 era, según estadísticas, el libro más consultado de la Biblioteca Imperial de Berlín. Muchos de los lectores lo leían buscando un manual de técnicas sexuales, otros por satisfacer el placer voyeur de contemplar la extraordinaria colección de caricaturas y pinturas alusivas al tema erótico, y muchos por mera novelería. Poco interés suscitó en los medios científicos y académicos que lo descartaron como libro pornográfico.

Eduard Fuchs es uno de los más interesantes historiadores marxistas; gran parte de su obra no está traducida al español. Son diversos los aportes que hace a la historia de la fotografía, de la mujer, de la caricatura y del diseño gráfico.

Su autor era Eduard Fuchs (1886-1940), un periodista y anticuario socialdemócrata cercano a Franz Mehring —el Lenin alemán— cofundador con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht del SPD (Partido Socialista Alemán). Fuchs resultaba un personaje interesantísimo, pues provenía de una familiar proletaria que lo formó para impresor, no había tenido formación universitaria, participó en los círculos anarquistas de Münich, poseía una desordenada y vasta cultura, era conocido en los círculos burgueses alemanes, el coleccionista de arte más consultado antes de la primera guerra mundial, y el principal poseedor de las caricaturas de Honoré Daumier (considerado padre de la caricatura política moderna). Además era millonario.

Las múltiples reimpresiones del libro enriquecieron a Fuchs, lo que fastidiaba a los pulcros dirigentes comunistas ortodoxos, que preferían no contar entre su corte intelectual con tan exótico huésped. Solo hasta los años treinta un marxista hegeliano, seguidor de las teorías psicoanalíticas, Max Horkheimer, repararía en Fuchs e invitaría a otro marxista «atípico», Walter Benjamin, a escribir un ensayo sobre el famoso coleccionista. Benjamin escribió para la Revista de Investigación Social, en 1937, un trabajo titulado “Historia y coleccionismo: Eduard Fuchs”, que contextualizaba —y de paso reivindicaba— la labor del historiador y crítico de arte.

Benjamin había rechazado, al comienzo, escribir sobre Fuchs, pero luego descubrió que era una afinidad electiva. Juntos eran coleccionistas obsesivos.

No parecía el marxismo la corriente más adecuada para reflexionar sobre la sexualidad. Condicionado en su versión leninista a estudiar la sociedad en sus aspectos más lúgubres —la explotación del proletario por el burgués, la teoría de la plusvalía, el antagonismo de clases sociales, la revolución comunista—, la moral -y sobre todo la moral sexual— al lado del derecho, el arte y la ciencia, solo constituía una parte de la «superestructura” que reflejaba las condiciones de la “estructura”, es decir, las relaciones de producción en un periodo determinado. Si las relaciones económicas eran de explotación capitalista, el arte y la moral justificaban eses relaciones injustas. La cartilla parecía fácil de recitar. Pero la realidad era más compleja y menos mecánica, y al dudar de la lección los marxistas heterodoxos resultaron tildados de reaccionarios o idealistas. Dos de ellos fueron Walter Benjamin y Eduard Fuchs.

Al comienzo de su ensayo señalaba Benjamin:

Fuchs es sobre todo un pionero: el fundador del único archivo existente para la historia de la caricatura, del arte erótico y del cuadro de costumbres.

Si recordamos que Benjamin trabajaba en un proyecto relativamente similar sobre el París de finales del siglo XIX, hallaremos las afinidades electivas que unen a los dos marxistas desarraigados. Fuchs intentaba por primera vez darle una interpretación materialista a la historia del arte erótico desde finales de la Alta Edad Media. ¿Pero cómo hacerlo sin caer en el evolucionismo histórico que caracterizaba a la crítica de la cultura —piénsese en Francesco de Sanctis en Italia, en el neokantiano Dilthey en Alemania, en Saint-Beuve en Francia, en Menéndez y Pelayo en España—? Según ellos la historia del arte era un continuum hacia adelante, es decir, destino histórico y perfeccionismo nacional.

Fuchs prefería pensar en proceso, en altibajos, en periodos largos y cortos de la historia de la humanidad y, sobre todo, en las relaciones de producción materiales que subyacían al desarrollo de la cultura. Parecía fácil pensarlo, pero difícil de llevarlo a la práctica.

Vicisitudes del método comparativo

La sexualidad contemplada desde el punto de vista histórico invita a la deserción investigativa. La lista de documentos, temas, relaciones, hipótesis, parece inagotable, y más en el caso de estudiar cinco siglos de historia europea. Fuchs enfrentó el reto de la siguiente forma. Dividió su trabajo en tres grandes periodos históricos: Renacimiento (finales siglo XIV hasta 1700), Época galante (período del Absolutismo 1700-1789), Época Burguesa (Revolución Francesa, 1789 – Primera Guerra mundial, 1914).

Luego elaboró ejes temáticos para los tres períodos. Algunos de ellos son:

  • ideal de belleza física
  • el vestuario
  • la ideología del erotismo
  • la seducción
  • los bailes
  • el matrimonio
  • el machismo
  • el aborto
  • el adulterio
  • la prostitución
  • el lenguaje erótico

Antes de cada periodo elabora un marco histórico y en el último volumen incluye un magnífico, aunque breve, capítulo sobre «La sexualidad vista desde el periodismo, la publicidad y la fotografía».

Cada época, en efecto, determina ideológicamente qué es moral en la sexualidad y qué controvierte o altera esa moralidad. Así durante el Renacimiento, el primer periodo de expansión del capitalismo, del culto a la libertad individual y comercial, de la apertura a todo los saberes, el amor sexual llegó a ser abiertamente volcánico: el hombre deseaba fecundar y la mujer ser fecundada. La hiperactividad sexual era considerada como normal y constituía la base de las relaciones entre hombres y mujeres. Una frase de Lutero invitaba a la permanente actividad sexual entre los casados:

A la semana dos veces, como tributo a la esposa no te perjudica ni a ti ni a mí; hazlo en el año ciento cuatro veces.

En la literatura Boccaccio y Rabelais también insistieron en «sentarse en la mesa del amor” de forma permanente.

El ideal de belleza física, tanto masculino como femenino, debía contribuir a ello: en las mujeres los pechos grandes y rebosantes (por los cuales Rembrandt y Rubens muestran fascinación en sus retratos de mujeres ), las caderas anchas, la cintura rellena y los muslos vigorosos; en los hombres el pecho dilatado, la presencia hercúlea, los hombros grandes y los genitales sobresalientes. Los atributos tenían como objeto estar bien provisto para las faenas del amor. La intención del vestuario, entonces, era no ocultar sino mostrar.

Lucy Hay, condesa de Carlisle, cuya belleza e inteligencia dieron qué hablar en la corte inglesa de Carlos I. Grabado de Pieter de Bailliu, el Joven (1630)

Los vestidos resaltaban las formas. El masculino destacaba las formas gruesas y el tamaño de los pechos y los brazos desnudos. El jubón medieval hasta la rodilla perdió terreno ante el jubón que llegaba hasta el bajo vientre donde un braguetero resaltaba el tamaño de los genitales. Para las mujeres la época fomentó el escote más audaz que en muchos casos permitía no sólo ver el nacimiento de los senos sino los mismos pezones, presionados por el corsé. Dice Fuchs: «Esta época no conoció ni la mojigatería ni la timidez». En efecto era bien visto que el novio delante de todos besara y chupara los senos de la novia, como si lo hiciera en las mejillas.

Pero sobre todo el Renacimiento contribuyó a formar el ideal de «divinización de la mujer” y a exaltar la desnudez femenina. Un dicho decía:

«Una mujer está más bella desnuda que vestida de púrpura»

valorando particularmente el busto, que constituía el principal medio de cortejo de las mujeres. Contra tanta dicha en los escotes reaccionaba la iglesia y furibunda llamaba a sus portadora:

Medeas de la corte que para encender a los hombres e incendiario de todo, apañan toda clase de procedimientos que la naturaleza creó para buen uso del género humano y lo usan para calentarlos haciendo cosas puercas y escandalosas.

Igualmente el sentimentalismo cortesano quedó avasallado y los poemas y trovas fueron francamente directos en el tratamiento de asuntos eróticos. Ante versos medievales como:

Tú eres mío, yo soy tuya,
eso no debes dudarlo.
En mi corazón tú estás encerrado,
la llavecita se ha perdido,
dentro de mi has quedado para siempre.

El Renacimiento responde:

Si la muchacha tiene hambre por encima de la rodilla,
no hay que dejarla mucho tiempo en capilla,
y darle un joven amigo
que tenga un pico bien erguido
dos palmas por debajo de su ombligo.

Refranes, chistes verdes, adivinanzas, poemas, diálogos, cuentos, sainetes, metáforas, resaltan esta insaciabilidad del amor y determinan una concepción del amor constreñida a lo físico. Con razón Fuchs concluye:

En el Renacimiento las ansias amorosas de ambos sexos son en general tan objetivas como posibles. El hombre no suspira en absoluto por una compañera de igual alcurnia con la que pueda alcanzar determinadas grandes metas en la vida; la muchacha de igual manera, no suspira por un liberador y educador de su alma. Ambos están llenos del anhelo irrefrenable de realizar el acto sexual. En este deseo y objetivo determinado y concreto se resume para ambos el amor.

Imagen de Romeo y Julieta generada por ChatGPT

En este sentido se comprende la, tal vez, exaltación más hermosa del amor físico que hace una mujer en el —como dice Fuchs— “Cantar de los Cantares del Renacimiento”, Romero y Julieta (1605) de Shakespeare. Dice Julieta:

¡Extiende tu vuelo tupido, noche protectora del amor!… ¡Apáguense los ojos que curiosean errantes, y vuelve Romeo a mis brazos, inadvertido y sin que se le vea!… Para celebrar sus rito amorosos, les basta a los amantes la luz de sus propios atractivos. Y como el amor es ciego, aviénese mejor con la noche. ¡Ven, noche complaciente, plácida matrona, toda enlutada, y enséñame a perder un ganancial partido, jugado entre dos limpias virginidades. Reboza con tu manto de tinieblas la indómita sangre que arde en mis mejillas, hasta que el tímido amor, ya más osado, estime como pura ofrenda el afecto verdadero. ¡Ven joven! ¡Ven Romeo! ¡Ven tú, día en la noche!

Erotismo y nihilismo

En contraste, durante el Antiguo Régimen en la ideología sexual triunfa la voluptuosidad, una idea «desanimalizada” del amor y el placer por la sugerencia, esto es, el amor galante. Si el Renacimiento cantó el placer loco de los sentidos, la época galante resaltará el placer sensual refinado. El ideal físico del hombre ya no es Hércules, sino Adonis: «Nunca como antes los hombres se habían parecido tanto a las mujeres”. En las mujeres ya no es llamativa la robustez, sino la delgadez y la palidez intensa. Ya no se hacen loas a los senos sino a los pies pequeños y particularmente a las piernas:

La única religión consiste en amar las rodillas hermosas… Nada hay más gracioso que las curvas delicadas y provocadora de las que está hecho el interior de las piernas en su línea ascendente… Las piernas, esas orgullosas columnas que sostienen el templo del amor, las cadenas del placer, deliciosas ataduras de la dicha.

El vestido no muestra; insinúa. Aparecen las medias, las enaguas, el liguero y las botas hasta la rodilla, que funcionan como afrodisiacos visuales. El pecho se oculta hasta la mitad y se airea con el abanico que simula una mano masculina. Toma fuerza en la moda femenina el horroroso miriñaque que ensancha las caderas femeninas y convierte la tarea del desnudo un verdadera odisea. Pero sobre todo el amor se superficializa. Más importante que el encuentro sexual urgente y permanente lo constituyen los anticipos: mientras ella espera en negligé, él asiste al baño matutino de la pretendida y luego a la toilette. Es como si ya se entreviera la sensualidad enferma del marqués de Sade. La nobleza impulsa dos corrientes eróticas: el libertinaje cínico, corruptos e inteligente —representado en Casanova y Valmont, personaje de Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos— y el escepticismo sentimental romántico de Werther.

Giacomo Casanova, por Francesco Giuseppe Casanova (1727-1802)

La sensación aristocrática refleja un hondo vacío: el amor no permite construir nada, el alma humana es corrupta y propensa a los placeres sensuales y lo mejor es disfrutar de todo lo exótico en el sexo. Esta forma de concebir la vida como nihilismo aparece representada en una carta escrita por una italiana de paso en París:

Todo aquí es nada, y todo gira en torno a nada, se entretiene con nada, se inquieta por nada, se reconcilia por nada, se hacen grandes gastos, aun cuando a menudo no se tenga nada, se casa uno por nada. Toda esa espiritualidad de la belleza reduce su alma y su religión a nada, y desde que me he afrancesado, le hablo a usted de nada.

El mejor amante no es el marido y el adúltero tolerado es muestra de bon ton entre las clases nobles. No pertenecer a nadie, no tener compromisos, divertirse, engañar, corromper constituye el ideal erótico. Recuerda Fuchs:

Una cierta Mme. de Morin dice a su joven hijo: «Solo un consejo tengo que darte: enamórate de todas las mujeres», Con ocasión de la entrada en sociedad de su hijo, un lord inglés le escribe: «De día estudia a los hombres, de noche a las mujeres. Siempre, empero, a los mejores ejemplares. ¡Sean estas tus lecturas!».

La infidelidad es la institución amorosa de la época. Desde Luis XIV a Catalina II de Rusia, el eslogan repetido por los nobles europeos es: “El cambio y la variedad continua en el amor es la ley suprema de la sensualidad”. La decadence de la Restauración anuncia la sensación de fracaso histórica entre las élites absolutistas y sirve de excusa para desviar la mirada ante los acontecimientos revolucionarios. Lo único que persiste del Renacimiento en la época barroca es la perenne dominación y explotación de la mujer por parte del hombre. Una trova del periodo renacentista dice:

Cuando él grita, ella sólo calla;
calla él, entonces ella conversa.
Está él furibundo, está ella serena,
está él sosegado, está ella satisfecha,
está él dicharachero, ella está modesta…

Otros refranes campesinos de la época galante expresan desprecio e insisten en considera a la mujer como un ser intelectualmente inferior, destinado a satisfacer sexualmente a los hombres y permanecer en el hogar al cuidado de los hijos:

  • En su cama es una bella mujer, en cama ajena es una puta.
  • En la virgen y en el pez, la mitad lo mejor es.
  • Miente el proverbio si no es puta una mujer que mueve el culo al correr.
  • Toma al buey por los cuernos, al hombre por la palabra y a la mujer por la falda.
  • «Un pescadito en mi ollita”, pide la mujer al hombre cuando la monta.
«La enamorada», grabado de Courtin, 1725

Con el advenimiento e la Revolución Francesa y el comienzo del periodo burgués reaparecen algunas costumbres renacentistas y de la época galante, otras se funden creando algo nuevo y otras desaparecen. El nuevo evangelio de la ideología erótica burguesa es La Nueva Eloísa (1761) de Rousseau, donde se proclama la idealización del amor, liberado de los apetitos vulgares que se agotaban en el placer sensual, síntomas propios del Antiguo Régimen. Debía amarse el espíritu y el alma, no el cuerpo. Además se comienza a exaltar la rigurosa castidad matrimonial. El matrimonio es ascendido a ideal ascético del Estado.

Los vestidos no deben mostrar ni sugerir y solo con el advenimiento de la Modernidad empieza la batalla femenina por subir las faltas y bajar los escotes, al tiempo que aparecen los brasieres y ya en el último cuarto del siglo XX la eclosión de la maravillosa minifalda, los shorts, las blusas sin mangas, los sensuales bodys y tops, los pantys estrechos.

El flirt, donde todo está permitido, «menos eso», se destaca en todas las músicas. El erotismo es enunciado en los bailes (el cancán, la rumba, la polka), pero nunca deberá terminar en orgía como en el período renacentista. Desaparecen los baños públicos —famosos lugares de retozo durante los siglos XV y XVI— y el taller de costura propio de la época galante donde tantas niñas resultaron embarazadas. Los sustitutos en la época burguesa son la taberna, el hipódromo, el coctel, la fiesta juvenil. La esposa deberá adquirir actitudes eróticas atrevidas para persuadir al marido de no acudir al burdel, y mantener el lecho conyugal ardiente para evitar la caída del matrimonio. Además deberá utilizar métodos anticonceptivos y negar el aborto como posibilidad ante un embarazo indeseado.

Luego de la primera guerra mundial, la publicidad explotó reiteradamente la sexualización de la mujer.

La época burguesa es el periodo de las grandes hipocresías y de sus consecuentes desertores y críticos. Es la época donde todo se vende y todo se compra, donde lo importante es mostrarse, ser conocido y anunciarse, al modo del hombre que puso en 1771 el siguiente clasificado en un periódico londinense:

Busco dama entre 18 y 35 años, de buena educación y una fortuna no inferior a 5.000 libras; aire y miembros sanos, descalza, 5 pies, 4 pulgadas de altura; que no sea gorda pero tampoco flaca, aliento dulce y dientes sanos, que no tenga aire orgulloso o afectado, que no sea muy habladora ni quisquillosa, pero con carácter suficiente para vengar una ofensa, caritativa, no demasiado amante de la moda, si bien en todo caso decente y atildada.

Reencuentro imposible

En ocasiones Fuchs naufraga ante la cantidad de materiales, sus hipótesis parten de un leninismo ramplón y en algunos capítulos —como el dedicado a los clérigos renacentistas («Bebe cual franciscano, come cual bernardino, putea como carmelita, hiede cual capuchino y tiene el pito como un jesuita»)— aparece demasiado parcializado. En otros casos abusa del chisme dándole carácter de verosimilitud y de las generalizaciones históricas, cuestionadas con razón por Georges Duby en Historia de la vida privada (1988).

El apodictismo sentencioso de Fuchs, particularmente visible en el volumen 3 sobre el periodo burgués, hace gala de un moralismo de izquierda chocarrero, agobiante. Llamativo también es su prejuicio contra los homosexuales y la idea errónea de que la sífilis provino de América. Pero estos son lunares frente al vasto trabajo, repleto de sugerencias para los nuevos investigadores.

Tom Wesselman, «Gran desnudo americano», 1964

Ejemplificante resulta su modo de trabajar la historia de las costumbres a partir de fuentes secundarias: ilustraciones, cuadros, material fotográfico, avisos publicitarios, además de recurrir a fuente impresas permanentemente descuidadas: diarios, sátiras, piezas carnavalescas, canciones populares, romanzas, composiciones profanas, hojas volantes, periódicos, etc.

El moralismo frente a la sexualidad nunca ha tenido partido, siempre ha sido conservador y autodefensivo y en sus raíces se hallan, sin duda alguna, huellas de prejuicios ideológicos, miedos ancestrales, culto a la hipocresía, ánimo de destruir al diferente, esto es, un moralismo que niega la otredad. Tan moralistas y mojigatos pueden ser los seguidores de Marx como los falangistas devotos de Franco: la intolerancia frente a los temas sexuales —por ejemplo ante el aborto y la prostitución—, el desprecio al homosexual y a la lesbiana, la censura a la educación sexual libre, el ataque a la poligamia, están en la base moral de los dos grupos. El temor a los desórdenes del sexo los une y querrían encontrar una unidad idílica en el matrimonio heterosexual que impidiera el surgimiento de los bajos instintos o la anarquía de los sentidos. Entre la posibilidad y el sueño cierran una brecha: juntos forman iglesias, son párrocos, no han puesto su yo a distancia, no quieren cambiar de opinión, incluso contra todo opinión colectiva, porque tienen miedo a verse distintos.

Fuchs en esta obra extraordinaria ofrece una lección única de cómo hallar una veta de investigación, cómo superar el tiempo en que se vive y cómo preparar el futuro. El tabú de la sexualidad visto a través del prisma materialista de la historia adquiere sentido y significación como búsqueda permanente de una utopía que desborde y cuestione aquello que constituye represión y aferramiento a lo tradicional y sacré, esto es, interrogamos sobre cómo aprender a ser libres, a pesar de nosotros mismos*.


* La reseña original de los tres tomos en español de Historia ilustrada de la moral sexual apareció en la revista El Malpensante, No. 1/diciembre 1996, gracias a la mediación de Andrés Hoyos (director) y Mario Jursich (editor). La traducción del alemán al español del libro de Fuchs la hicieron para Editorial Alianza (Madrid, 1996): Juan Guillermo Gómez (tomo 1), Gonzalo del Puerto y Luis Pradas (tomo 2), José Luis Gil (tomo 3).