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La literatura infantil y juvenil colombiana frente al conflicto armado

Por Carlos Sánchez Lozano*1

 “Conflicto armado” es un eufemismo para designar la guerra que tuvo su origen en la exclusión política que inauguró el Frente Nacional, en 1958, ese interesado pacto entre las élites del partido liberal y el conservador, las cuales se repartieron el manejo del país hasta 1974. Para algunos historiadores[1] el conflicto armado se inicia en 1964 con la conformación de la guerrilla de las Farc en Tolima y Caldas, al mando de un antiguo guerrillero liberal: Manuel Marulanda Vélez. Esta guerra no fue “convencional” entre ejércitos claramente diferenciados. Sus actores, los victimarios, iban desde guerrilleros y paramilitares hasta oficiales, suboficiales y soldados de las Fuerzas Armadas. Pero también políticos (los parapolíticos), hacendados y empresarios en la legalidad que con dineros públicos o privados estimularon el conflicto para defender sus intereses.

El liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman el acuerdo que crea el Frente Nacional, en Sitges, España, en 1957. En: Gómez García, J. G. (abril 1989). El Frente Nacional: el sagrado derecho a la continuidad. En: Investigar, 2, 41-49.

La principal damnificada, según el historiador Daniel Pécaut, ha sido la población civil. Las víctimas están entre el “pueblo”, y muchos de los delitos cometidos contra él fueron ejecutados precisamente por los grupos guerrilleros, que tenían entre sus eslóganes defenderlo. Los que más han sufridos los desmanes y brutalidades de la guerra han sido en particular campesinos aparceros, comunidades indígenas o afrodescendientes los más pobres entre los pobres. Las cifras de muertos a causa del conflicto armado varían, pero según el Grupo de Memoria Histórica (GMH, 2013), pueden ser 220 mil entre 1958 y 2012[2]. Todos los actores del conflicto armado han demostrado una capacidad arrasadora y cínica para matar, destruir, secuestrar, expropiar, violar.

La señora Teresa Meléndez reconoce una prenda de su esposo asesinado en San Onofre por paramilitares, dirigido, por alias “Cadena”. Tomada de Ferry, S. (2012). Violentología: un manual del conflicto colombiano. Bogotá: Ícono Editores.

El reparto de la actividad criminal varía: los grupos guerrilleros han secuestrado más (cerca de 27 mil personas), además de reclutar más los niños para la guerra (7 mil, por lo menos); los paramilitares son responsables del mayor número de muertos en alrededor de 2 mil masacres y del desplazamiento forzado de comunidades enteras (Colombia tiene 6 millones de desplazados, por encima incluso de Siria y Palestina); también los paramilitares, en alianza con notarios corruptos se apropiaron de las tierras, animales y cultivos de los desplazados y en acuerdos con políticos locales en algunas regiones del país se robaron el erario y regalías; el Ejército y los servicios secretos del Estado están altamente comprometidos en la desaparición forzada de personas (más de 80 mil), la mayoría sindicalistas, defensores de derechos humanos o líderes populares, y en los espantosos e inhumanos “falsos positivos” (más de seis mil).

Niña, menor de edad, reclutada por las Farc. San Vicente del Caguán, Caquetá, 2000. Tomada de Abad Colorado, J. (2015). Mirar de la vida profunda. Bogotá: Planeta.

Paradójicamente el conflicto armado no ha tocado a las grandes ciudades (Bogotá, Cali, Cartagena), salvo en los casos de los atentados terroristas (el del Club el Nogal), los asesinatos selectivos (Elsa Alvarado y Mario Calderón) y los falsos positivos (el caso de Soacha, por ejemplo). Las huellas del conflicto son percibidas como “lunares” que afectan el paisaje urbano: la niña indígena desplazada que pide limosna en un puente peatonal; el vendedor de dulces que a la fuerza entra a un bus de Transmilenio con la esperanza de que le compren; la joven viuda que trata de ubicarse en el servicio doméstico para sostener a su familia. La guerra, como acertadamente lo ha señalado Álvaro Sierra[3], ha sido un tema de la Colombia rural, no de la Colombia urbana. Esta última ha vivido en un periodo de inconsciencia colectiva. La guerra ha sido un tema de “otros”, un modo de representación de la realidad divulgado por los medios de radio, prensa y televisión, responsables en gran parte de la desinformación que existe sobre el conflicto armado.

Libros, niños y guerra

El corpus de la literatura infantil y juvenil colombiana que tiene por tema la violencia ha sido estudiada con atención en su tesis de maestría[4] por las investigadoras Alice Castaño y Silvia Valencia (2016). Lo seguimos, si bien añadimos otras obras que enfocan de manera crítica el conflicto armado.

Sin entrar en mayores detalles de análisis crítico de las obras, por temas de espacio, nos interesa resaltar algunos aspectos.

  • La eclosión de personajes femeninos extraordinarios. Ana María, la nieta del dirigente asesinado de la Unión Patriótica en El gato y la madeja perdida, es una adolescente crítica, abierta a las posibilidades que abre la vida y generosa en su mirada del mundo. Otro personaje que genera inmediata empatía es Mile, la niña wayuu protagonista de El mordisco de la medianoche, por su capacidad de resiliencia, su respuesta para aprender en medio de la adversidad y el espíritu de identidad que la caracteriza. Interrogativa y de gran sensibilidad es la niña protagonista de El árbol triste, el más poético de los libros y el más heterodoxo en la forma de ver la guerra desde la mirada infantil. También son dulces, reconciliadoras, al tiempo que maduran como seres humanos en medio de su dolor Patricia, en Paso a paso, e Isabel en El rojo era el color de mamá. Inteligente, inquisitiva, buena consejera es Violeta en Los agujeros negros.
  • El uso del narrador en primera persona (narrador “autodiegético” en la jerga estructuralista de Genette). Que busca generar empatía (un habla de tú a tú) con el niño o joven lector, y le da mayor verosimilitud al relato al acercar al lector a un tiempo real de vivencia y, a su vez, dar cuenta del valor que los escritores le dan a su pasado de niños al recuperar su voz a través del relato. Vigorosas, honestas, son las voces, el discurso directo libre, de Patricia en Paso a paso, del niño guerrillero en Era como mi sombra, de Juan en Los agujeros negros y de Enrique en La luna en los almendros.
  • El tratamiento de la violencia. Todas las obras incluyen estas escenas, pero una estadística refleja que no son ni corrientes, ni explícitas. A diferencia de la de la llamada “novela de la violencia” para adultos (Cóndores no se entierran todos los días, por ejemplo, de Álvarez Gardeazábal), en estas obras hay un manejo cuidadoso que les permiten a los escritores contar sórdidos momentos del conflicto armado, sin utilizar el morbo visual o la displicencia en el habla. Los victimarios no son protagónicos y son retratados tangencialmente. Las obras se concentran en contar el drama de las víctimas y en lograr que el lector tenga empatía hacia sus tragedias.
  • El aprovechamiento del lector implícito. Estas obras trabajan con un esquema de “lector implícito”, es decir, suponen que los lectores poseen además de una enciclopedia básica sobre el conflicto armado (saben qué es un secuestro), mínimas y determinadas competencias de lectura literaria para formalizar el contrato autor/lector (Iser, 1987; Chambers, 2008). Yolanda Reyes, por ejemplo, no necesita aclarar en su relato que esta obra toma como base real el brutal asesinato de dos líderes comunitarios y ambientalistas, como tampoco Francisco Montaña explica que uno de los posibles referentes reales del personaje del abuelo de Ana María, sea Manuel Cepeda, una de las 3 mil víctimas del exterminio que sufrió la UP.
  • El valor del mediador adulto. Padre, maestro o amigo mayor, que cumple el papel del equilibrio, la razón y el respeto hacia las reglas sociales. Se constituyen en referentes, como la maestra Elvira en el caso dramático del protagonista de Era como mi sombra, que por todos los medios busca que el niño no ingrese a la guerra. Al final se pregunta con un dolor agudo: “¿En qué fallé?”. Cuando el caos y la anomia social, el odio y la brutalidad adulta imperan, los maestros y maestras personajes de las obras exponen razones para la cordura y la búsqueda de salidas.
  • Una actitud prospectiva. La investigadora Lillyam González (2013) concluye que en los libros que tocan el conflicto armado colombiano “se presenta un futuro esperanzador, en el que se asume el pasado y se hacen proyecciones a futuro. No se quedan en el regodeo de una historia realista desarrollada en un contexto de represión; superan la denuncia y se insta a continuar[5]. Los finales de las obras tienden a ser abiertos, y animan al lector al plantearle posibilidades de esperanza para los personajes protagónicos. Hay un llamado implícito a reconstruir el país después de la tragedia.
  • Una postura ética y política, de compromiso intelectual por parte de los autores. No se trata de hacer literatura de denuncia, realismo socialista demagógico, panfleto. Todo este conjunto de obras reseñadas tienen un alto nivel estético-literario al que suman una postura ética que se resume en un principio: no callar. Contra el olvido, contra la dispersión, contra la indiferencia, contra el poder, estos escritores oponen la memoria. La memoria de las víctimas.

¿Y qué hacer con la literatura del conflicto armado?

Muchos jóvenes de Bogotá y de las ciudades más grandes han visto la guerra por televisión. La lectura de estas obras literarias, quizá, pueda contribuir a entender que, al contrario de lo que se cree (“la violencia pasa en otro lado”), la guerra es un tema que nos involucra a todos (porque todos somos colombianos y compartimos una historia, una cultura y una geografía común) y que no podemos dar la espalda a los que han sufrido el horror. Lo que ha pasado políticamente, por lo menos en los últimos 50 años, hay que explicárselos a los niños y jóvenes. La brutalidad del conflicto armado y sus secuelas en personas reales, de carne y hueso, que han sufrido todas estas atrocidades, requiere ser recuperado a través de una Memoria que honre sobre todo a las víctimas.

La lectura literaria puede contribuir a ese acto de justicia. Proponemos a continuación algunas intervenciones pedagógicas que pueden ser acogidas por los docentes de Lengua y Literatura.

Uno. Actividades extratextuales para generar conocimiento enciclopédico y empatía con los hechos sucedidos. Recomiendo dos propuestas pedagógicas elaboradas por la Biblioteca Luis Ángel Arango: Los niños piensan la paz y Hechos de paz[6]. Esta última incluye multimedia y permite la interacción de los estudiantes.

Dos. Actividades intratextuales, centradas en la recuperación de información de los textos leídos y en valorar aspectos parciales de los textos. Aquí se pueden trabajar la Ficha de personaje y la Ficha de la trama, la lectura comentada de capítulos, el Juego de roles propuesto por Mabel Pipkin.

Tres. Actividades críticas, cuyo objetivo sea conocer la opinión y los juicios del lector. El comentario crítico, impreso o en forma de video –como los youtuber- o en multimedia usando herramientas como Padlet, por ejemplo.

Cuatro. Actividades de escritura que involucren registros y destinatarios diferentes. Pueden ser desde escribir un correo, un trino o un mensaje en redes sociales al autor del libro que han leído, hasta participar en el Concurso Nacional de Cuento del MEN con un capítulo corto que aproveche una elipsis narrativa que haya dejado la obra que leyeron los estudiantes (esta es una propuesta del profesor Gustavo Aragón).

Si el lenguaje, en la citada frase de Heidegger, es el que nos constituye, somos los maestros de Lengua y Literatura los que tenemos que velar porque el lenguaje de la ignominia que generó el conflicto armado no desaparezca en el velo de los tiempos.


[1] Entre ellos Gustavo Duncan y Francisco Gutiérrez Sanín. En: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia (pp. 249-293). Bogotá: Desde Abajo.

[2] Grupo de Memoria Histórica GMH (2013). ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional. Recuperado de: http://bit.ly/1S5aKKi p. 20.

[3] Sierra, A. (13 diciembre de 2015). El argumento moral. En: El Tiempo, p. 19A. Recuperado de: http://bit.ly/1O8l4cM

[4] Castaño A., Valencia S. (enero-junio, 2016). Formas de la violencia y estrategias para narrarla en la literatura infantil y juvenil colombiana. Ocnos 15 (1) 114-131. Recuperado de: http://bit.ly/1Z5Lm7r

[5] González, L. (2013). Rebeldes, adoptados y transgresores: libros infantiles en la literatura colombiana. Breve recorrido por temáticas realistas. En: Héroe y antihéroe en las literatura hispánicas (pp. 89-97). Liberec: Technická Univerzita v Liberci.

[6] Se pueden consultar en estos sitios web: http://bit.ly/1Qdw1zS y http://bit.ly/2auoqf6.


  1. * Este texto fue publicado originalmente en Tiempo de leer, Ediciones SM, Bogotá, No. 15 de 2016. Mi agradecimiento a María Fernanda Paz Castillo y Juan Pablo Mojica que editaron el texto. ↩︎