Carlos Sánchez Lozano
Durante la época en que estudié en la Universidad Nacional, en julio de 1984, una amiga medio chiflada -que me gustaba- me hizo una invitación llamativa.
—Vamos a un recital de poesía. Va a estar un poeta cheverísimo —me dijo poniendo las manos en cruz.
Fue la primera vez que oí el adjetivo colombianísimo “chévere” aplicado a la poesía, que, oh, yo tenía por las nubes como lenguaje sagrado.
Como fuera, yo babeaba por ella -por la poesía- y seguí a mi amiga como guardián fiel. Pero recién llegados a un atestado auditorio de una entidad oficial, en pleno barrio colonial de la Candelaria en Bogotá, tuve la impresión de estar en el sitio equivocado. Dos hombres con revólver y una adolescente con una metralleta, tapados los rostros con pañuelos de colores negro y rojo, que los identificaban con un grupo guerillero, saludaban al “Compañero poeta que nos acompaña en la lucha revolucionaria”.
El compañero poeta era un señor semicalvo, de chivera y sonrisa más bien cínica, que a petición del público leyó un poema donde hablaba de universitarios que morían en combates urbanos, místicos que encontraban en el Ché un camino redentor, burgueses a quienes se los comería el piojo de la historia… Aquel libelo versificado terminaba con una alusión enfática a respaldar “nuestros ciclistas Alfonso Flórez y Lucho Herrera, quienes dejan en alto la bandera de nuestro pueblo en el Tour de Francia”.

© Revista Mundo ciclístico
¿Cuál era la relación entre la lucha subversiva y los tenaces escaladores, uno de los cuales ganó sufridamente una etapa? ¿Y entre estos hechos y la poesía? Vaya a saber. Lo cierto es que el poeta fue ferozmente aplaudido por un público juvenil -incluida mi compañera, dulce y adorada Rita de junco y capulí, que gritaba feliz- público, decía, que al tiempo gritaba consignas del tipo “Belisario, esclavo yanqui. Landazábal, perro h.p.” (se referían a nuestro presidente de la época y su ministro de defensa).
El ambiente se calentó más cuando la guerrillera chiquita, pero con metralla, gritó señalando al eufórico recitador:
—Pido un aplauso para el compañero Jotamario Arbeláez.

© Revista Otraparte
—¡Viva! —se oyó un coro en respuesta.
—¡Viva el nadaísmo! —gritó alguien atrás.
—¡Viva! —repitió el coro en bloque.
Mientras yo pensaba en tanto circo, los guerrilleros se esfumaron, el compañero Jotamario firmaba autógrafos y otros jóvenes se peleaban la mesa central para recitar poemas en homenaje al valeroso pueblo cubano, o al obrero y la puta explotados o a la muerte de Dios…
Mi amiga había desaparecido.
Variando el refrán “Fui por la lana y salí trasquilado”, en mi caso: “Fui por cariño y descubrí el nadaísmo”.
