Durante la época en que estudié en la Universidad Nacional, en julio de 1984, una amiga medio chiflada -que me gustaba- me hizo una invitación llamativa.
—Vamos a un recital de poesía. Va a estar un poeta cheverísimo —me dijo poniendo las manos en cruz.
Fue la primera vez que oí el adjetivo colombianísimo “chévere” aplicado a la poesía, que, oh, yo tenía por las nubes como lenguaje sagrado.
Como fuera, yo babeaba por ella -por la poesía- y seguí a mi amiga como guardián fiel. Pero recién llegados a un atestado auditorio de una entidad oficial, en pleno barrio colonial de la Candelaria en Bogotá, tuve la impresión de estar en el sitio equivocado. Dos hombres con revólver y una adolescente con una metralleta, tapados los rostros con pañuelos de colores negro y rojo, que los identificaban con un grupo guerillero, saludaban al “Compañero poeta que nos acompaña en la lucha revolucionaria”.
El compañero poeta era un señor semicalvo, de chivera y sonrisa más bien cínica, que a petición del público leyó un poema donde hablaba de universitarios que morían en combates urbanos, místicos que encontraban en el Ché un camino redentor, burgueses a quienes se los comería el piojo de la historia… Aquel libelo versificado terminaba con una alusión enfática a respaldar “nuestros ciclistas Alfonso Flórez y Lucho Herrera, quienes dejan en alto la bandera de nuestro pueblo en el Tour de Francia”.
¿Cuál era la relación entre la lucha subversiva y los tenaces escaladores, uno de los cuales ganó sufridamente una etapa? ¿Y entre estos hechos y la poesía? Vaya a saber. Lo cierto es que el poeta fue ferozmente aplaudido por un público juvenil -incluida mi compañera, dulce y adorada Rita de junco y capulí, que gritaba feliz- público, decía, que al tiempo gritaba consignas del tipo “Belisario, esclavo yanqui. Landazábal, perro h.p.” (se referían a nuestro presidente de la época y su ministro de defensa).
El ambiente se calentó más cuando la guerrillera chiquita, pero con metralla, gritó señalando al eufórico recitador:
—Pido un aplauso para el compañero Jotamario Arbeláez.
Mientras yo pensaba en tanto circo, los guerrilleros se esfumaron, el compañero Jotamario firmaba autógrafos y otros jóvenes se peleaban la mesa central para recitar poemas en homenaje al valeroso pueblo cubano, o al obrero y la puta explotados o a la muerte de Dios…
Mi amiga había desaparecido.
Variando el refrán “Fui por la lana y salí trasquilado”, en mi caso: “Fui por cariño y descubrí el nadaísmo”.
Este es un libro de memorias del reconocido editor italiano Roberto Calasso, fallecido en julio de 2021. Se dirá que los libros de editores son monotemáticos y dirigidos en clave a los colegas porque se centran en el negocio de los libros con todos sus accidentes y dolores de cabeza, el primero de los cuales son los autores. Esta memoria rompe este sino porque, al contrario del corpus biográfico que circula en el ámbito librero hispánico, se centra en un periodo central de la vida que nos une a todos: la niñez y la adolescencia. Con ello quiere decir que cualquier persona que quiera narrar y evocar su infancia tendrá en Memè Scianca un referente de gran valor.
Los buenos libros de memorias, a mi parecer, se caracterizan porque:
1) no se pierden en detalles que interesan al autor pero que al grueso de los lectores no, y
2) son un ejercicio de estilo más que una crónica ordenada de hechos. Calasso lo logra en juntos casos. Veamos cómo.
Este librito aparece publicado en una edición portable (los nuevos cuadernos de anagrama en un tamaño de 10,5 X 17,5 cm). Cabe en un bolsillo, y sus 48 capítulos, de dos o tres páginas, se pueden leer en 5 minutos cada uno. Lo maravilloso de este regalo de Calasso es que esa lectura invita al lector a contrastar su propia experiencia con la del editor italiano por lo menos durante otros 5 minutos.
Es decir que lo invita a uno a dialogar vivamente con un autor que ya está muerto y lo hace a partir de lo que está fijado en un texto escrito. Verbigracia léase el comienzo del capítulo 1 que se encuentra en la red y cómo responde con sencillez a la pregunta: “¿por qué quiero hablar de mi niñez sin parecer afectado u obvio?”:
Era una noche templada a finales de primavera. Estábamos sentados en torno a una mesa de piedra, bajo una pérgola. Un poco más allá, el lago de Garda. Por aquellos días yo estaba leyendo los recuerdos de infancia de Florenski, titulados A mis hijos. Me habían conmovido en particular algunas historias, algunos detalles de sus primeros años en la estepa del Cáucaso. Josephine, de veintiún años, y Tancredi, de doce, me escuchaban interesados, pero también por complacerme. Historias demasiado lejanas, pensé. Después empezaron a preguntarme qué recuerdos conservaba yo de mis primeros años. Dije algo y me di cuenta de inmediato de que sonaba igualmente lejano.
El motivo para escribir Memè Scianca es que Calasso en un primer momento se vio sobrepasado por la pregunta de sus hijos y no pudo responder sino con alguna anécdota general. Entonces se propuso rescatar 48 momentos de su vida que fueran claves para sintetizar su niñez y adolescencia.
El joven editor Roberto Calasso en su Florencia natal.
Leídas las 112 páginas es justo reconocer que hay una experiencia de vida auténtica, más allá de ser editor de libros. Si bien es un texto escrito por un intelectual asociado a un entorno burgués europeo de mitad del siglo XX, sentimos sobre todo en los primeros capítulos que hemos atravesado con Calasso el primer capítulo de nuestras vidas: en mi caso la de un niño en un barrio popular de Bogotá, hijo de padres de origen burgués, en decadencia económica, que súbitamente a los quince o dieciséis años -es decir finalizando la década de los setenta del siglo pasado- descubre de la mano de dos amigotes los libros, el cine y el rock, y se propone indagar un pasado familiar y político que le parece problemático.
Recogidos los temas claves del libro los podemos resumir con estas etiquetas, que leídas despacio pueden dar cuenta del rico valor intertextual de Memè Scianca:
#La escuela montessoriana – #Retratos cercanos de Hitler y Mussolini – #Un niño en mitad de la segunda guerra mundial – #La Italia de la reconstrucción – #La importancia de los traductores – #El mundo intelectual de los abuelos – #El descubrimiento de la poesía a través de Baudelaire – #Juventus y Proust – #Florencia vs Roma – #Primer amor por la protagonista de Cumbres borrascosas – #El gusto por la filología – #Simenon y el relato policiaco – #La persecución fascista al padre – #Una charla con el historiador Arnaldo Momigliano– #El amor a los libros como objetos físicos
Memè Scianca es un personaje que Calasso de cinco años crea para que así lo llamen sus padres. ¿El origen de las dos palabras? Completamente incierto y probablemente es un primer juego con el ánimo de reconocer el poder del lenguaje y darse una identidad literaria. Y este niño al que vemos crecer página a página nos va dando granos de su voz a través de flashes tersos que recogen momentos amables o difíciles de los años 50 y 60: el abuelo abogado que discute con amigos una traducción de Hegel que va a editar, un compañero más grande que luego de un partido de fútbol le habla de En busca del tiempo perdido, un embajador de Mussolini, amigo de un traductor judío, que salva a su padre del asesinato…
En la página inolvidable del libro que he marcado con un posit y sobre la que volveré, dice Calasso:
El primer poema que aprendí de memoria y que todavía resuena en mi cabeza fue de Baudelaire: “L’Homme et la mer”. Me atraía todo lo que tenía que ver con Baudelaire, desde los retratos a los títulos de sus obras, sobre todo Les Fleurs du mal, que emanaba misterio y escándalo.
Nadie sensato olvida su primer poema: el mío fue “Interludio” de Aurelio Arturo, leído por mi padre, una mañana de domingo, en una revista amarillenta.