
En 1984 yo estudiaba derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. El libro que me acompañó en aquellos días fue La educación sentimental (1869) de Gustave Flaubert. Un espejo total de lo que vivía.
Una amiga, con la que estudiaba derecho civil (el derecho de la propiedad y de los ricos), moría asesinada por la policía, tras un asalto urbano. Era guerrillera. La versión femenina de Senecal.
Un compañero de literatura un día me dijo: “Te voy a dar a leer mi novela. Todo lo que no se ha dicho sobre la violencia en Colombia, yo lo cuento ahí”. Me lo encontré y lo interpelé por su opera prima. “La perdí en un bus”. Era el cínico Hussonet. Y Deslauriers y Cisy rencarnaban en la figura de un abogado, antiguo y feroz sindicalista de izquierdas, que ahora defendía los intereses de alguna iglesia evangélica gringa: “Debo comer, ¿no?”.
Yo mismo me había enamorado de una mujer casada (Frédéric y madame Arnoux). Ay.

Me siento exultante al leer que te encontraste tú en La educación sentimental. Sin duda el viejo Botija tuvo razón cuando en una carta le escribió a Sand: «… Porque yo escribo (hablo de un autor que se respete) no para el lector de hoy sino para todos los lectores que puedan aparecer, mientras la lengua viva. Mi mercancía (sic) no puede ser, por ello, consumida ahora, porque no está hecha exclusivamente para mis contemporáneos…» (Correspondencia. Gustave Flaubert y George Sand. Traducción, notas y epílogo de Albert Julibert. Barcelona: Marbot Ediciones, 2010, p. 206 – 207). Yo también me encuentro, como tú, con Flaubert, de maneras distintas. ¡Qué alegría! Después de más de 100 años.
Flaubert, punto de encuentro permanente, estimado Serafín. Gracias por el comentario. Creo que los dos últimos flaubertianos que somos fanáticos de la Educación sentimental por estos lares somos tú y yo. Un abrazo