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Bondades y riesgos de la lectura crítica

24 de enero de 2016

Por Carlos Sánchez Lozano*

Quiero señalar, primero que todo, que lo relacionado con la lectura crítica no es nuevo. La preocupación por su enseñanza y su evaluación a través de las Pruebas Saber desde 2014 así lo han presentado, pero esto ha logrado que no se observe el contexto y el valor histórico de este tipo de lectura, reduciéndose su enseñanza a ejercicios aplicados del Análisis Crítico del Discurso, cuya orientación se basa en los trabajos del lingüista holandés Teun van Dijk. No está mal, quiero aclarar, pero sí me parece importante destacar que la lectura crítica no es un problema de hoy, sino que tiene una genealogía: en cierto periodo de la historia, situado, se fundaron las actitudes de lo que hoy consideramos un lector crítico.

van dijk

Teun Van Dijk

Sobre este contexto en que surgió la lectura crítica quiero hablar brevemente. Luego señalaré dos aspectos relevantes que caracterizan a los lectores críticos. Por último, expondré algunas propuestas de intervención didáctica en el aula que podrían propiciar la formación de niños y jóvenes lectores críticos.

kant

Inmanuel Kant

Podemos decir que históricamente el momento en que la lectura crítica adquirió una importancia social relevante fue a partir de lo Modernidad, que en términos sencillos -y tomados del filósofo alemán Inmanuel Kant- denominamos “capacidad de pensar por sí mismo sin la dirección de otro”, como muy bien traduce el querido profesor Rubén Jaramillo Vélez esta parte del texto kantiano Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración?[1]

Montaigne y Descartes

Es gracias, sin duda alguna, entre otros, a espíritus como Montaigne y Descartes –fijense que son franceses, no españoles- que el derecho a opinar sin temor a ser castigado (con el silencio o con la muerte) ganó su lugar en la historia de la humanidad. Pero fue la Revolución Francesa de 1789 la que dio carta de identidad a la lectura crítica. No fueron solo los philosophes –según los llama Robert Darnton- como Voltaire, Rousseau, Diderot quienes se enfrentaron al canon sagrado de textos medivales del antiguo régimen, que se suponían inviolables[2].

madame de stael

Madame de Stael

Se olvida a menudo que fueron mujeres como Madame de Staël, por citar la más reconocida, las que en sus aristocráticos salones alimentaron la lectura crítica, el debate y es gracias a ellas, que estos hombres se sintieron estimulados a escribir, a publicar, a debatir ideas que en su momento fueron consideradas subversivas[3]. Una obra como la Enciclopedia –probablemente el primer gran libro de conocimiento cuyas intenciones eran democráticas -nació de un deseo que caracteriza a los lectores críticos: divulgar el saber, luchar contra el dogma y la ignorancia, distribuir el conocimiento entre los menos letrados.

la enciclopedia

La Enciclopedia, dirigida por D’Alambert y Diderot

Y de nuevo, leyendo a Kant[4], es que entendemos las razones por las cuales la lectura crítica tuvo que –perdón la expresión coloquial- ganarse  a “codazos” su espacio en la sociedad a través de periódicos y libros.

Nuestra época es la época propiamente de la crítica, a la que todo debe someterse. De ordinario, a ella quieren sustraerse la religión por su santidad y la legislación por su majestad. Pero pronto despiertan justa sospecha contra sí mismas y no pueden exigir que se les preste el respeto sincero que la razón sólo concede a lo que ha podido soportar su libre y público examen[5].

La crítica, en general, para cerrar esta parte de la exposición, no es bien aceptada sobre todo por los defensores de cierto orden restaurativo basado en la desigualdad o en los intereses creados, pues los lectores críticos son los primeros en ver los lunares y alzar la voz para hacer reclamos.

Quisiera, ahora, señalar dos valores que tienen los lectores críticos.

Al primero lo llamaría “romper el cascarón del yo”: yo pienso, yo creo, yo digo, el “opinadero” imparable. Los lectores críticos son dialogales, esto es, piensan que los textos son una construcción colectiva, no un ámbito para exponer su yo prepotente. La lectura crítica es intertextual, es decir, dialoga con otros autores, otros textos, no se resigna al monólogo. Pero este diálogo no es devoto, ni postrado. El lector crítico no funciona como clon de otro, ni presta su propia voz para reproducir la de otro (cuesta tanto enseñarles esto a los jóvenes, que primero pasan por el nadaísmo, luego por Andrés Caicedo, después por la posmodernidad o el “gurú” de turno). Al lector crítico no le gustan los partidismos arrodillados, ni las ideas “inamovibles”. Es tolerante, abierto, atento al nuevo conocimiento sin dejarse descrestar por las modas intelectuales o la voz del que más grita.

La lectura crítica es pues intertextual y propone que el texto  -siguiendo las definiciones de Genette y Barthes-[6] es polifónico, esto es, un encuentro de voces. Por eso el lector crítico referencia, indica la procedencia de una fuente, la contrasta con otra, la valida o la enfrenta polémicamente, no oculta la cita.

El segundo valor que le acreditamos al lector crítico es que es riguroso frente al texto, pero no se deja someter por lo que este dice. El lector crítico lee inferencialmente, ausculta lo que el texto no dice (quizás quiera decirlo), y va más allá. ¿Pero hasta dónde?

Aquí estamos en la mitad de un lío que tiene que ver con la relación lector-texto: ¿cuánto aporta en la construcción de significado el lector?, ¿cuánto aporta el texto?, ¿cómo es esa transacción? ¿Cómo validar que la interpretación del lector esté dentro de los límites semánticos del texto, pero a su vez, aquel los desborde en busca de recontextualizar lo que le dice a él el texto?

Al respecto pienso lo siguiente:

Los niños y jóvenes requieren el apoyo de los mediadores de lectura (docentes, bibliotecarios escolares, sobre todo) para enfrentarse críticamente a los textos literarios que leen en el colegio. Algunos estudiantes -estimulados por la forma como les enseñan a leer sus maestros- se mueven en dos líneas identificadas por Umberto Eco: la del respeto absoluto a los textos y su comprensión reproductiva (hipointerpretación) o la de la exaltada rebeldía crítica -forzosamente subjetiva- que impone los saberes del lector sobre los del texto (hiperinterpretación)[7]. ¿Es posible un punto medio? ¿Cómo hacerlo?

eco

Umberto Eco

En tal orientación creo que como maestros de primaria y secundaria deberíamos considerar acciones de intervención didáctica tales como:

  1. Organizar planes de lectura que observen los intereses de los lectores. De nada vale leer clásicos y libros que no transforman el yo, que no invitan a pensar, y que leídos a destiempo desestimulan el hábito lector.
  2. Apoyar la conformación de una comunidad de interpretación, para que se entienda que los textos –sobre todo literarios- no tienen una interpretación cerrada. Un club de lectura con niños y jóvenes sería una buena opción para estimular esa alternativa de lectura crítica.
  3. Aprovechar los sitios en internet que facilitan el diálogo sobre los libros: las reseñas, los fanfic, los booktubers.
  4. Los encuentros cara a cara con los autores para que los niños y jóvenes compartan puntos de vista argumentados sobre las obras y no les dé temor exponerlos.

Para finalizar quisiera hacer una reflexión y precisar el título de mi texto.

alberto manguel

Alberto Manguel

La lectura crítica tiene sus riesgos. Alberto Manguel con su habitual ironía ha señalado que al poder –sobre todo al poder político- no le gustan los lectores críticos, porque acaban cuestionando todo, invitando a otros a alzarse, a descreer. También otro espíritu irónico –Augusto Monterroso- aclaró que en una época, en su país, Guatemala, ser crítico significaba o el exilio o un tiro en la cabeza.

Laureano gomez

Laureano Gómez

La intolerancia, el ataque al que piensa distinto, la estigmatización del pensamiento alternativo ha caracterizado a un país como Colombia, sobre todo desde los años 50 durante la presidencia del hipercatólico Laureano Gómez, sin duda alguna un momento fundacional en el origen de todas las violencias que en adelante ha sufrido nuestro país. Herencia que incluso hoy vivimos cuando tenemos que soportar a un funcionario público de alto nivel al que no le gustan los gais, el aborto, la eutanasia, la legalización de las drogas, el libre pensamiento y busca por todos los medios neutralizar a quienes defienden esas ideas.

Marta Traba, Baldomero Sanín Cano, Rafael Carrillo, Rafael Gutiérrez Girardot

Colombia ha tenido muy buenos lectores críticos, algunos inclusos hipercríticos con todos los problemas que ello conlleva. Quiero destacar los nombres de críticos literarios y críticos de arte, y de un gran periodista, que nos ofrecen una lección sobre el significado de ser lector crítico. Quiero mencionar primero que todo a la argentino-colombiana Marta Traba –hoy injustamente olvidada- que dio identidad al arte moderno del país; al maestro antioqueño Baldomero Sanín Cano; al filósofo cesareño Rafael Carrillo; al profesor boyacense Rafael Gutiérrez Girardot que vivió tantos años en Alemania, mientras su corazón no se despegaba de Colombia. Jaime Garzón, compañero de universidad, inolvidable, maestro de la burla, forma selecta si la hay de la lectura crítica.

jaime garzon

Jaime Garzón, por Hernán Díaz

Gracias por su atención.

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* Texto leído ante docentes colegas en el Gimnasio Moderno de Bogotá, el 24 de septiembre de 2015, por gentil invitación de Planeta Editorial.

[1] Tomado de http://bit.ly/1JqNOLy.

[2] Robert Darnton, “La revolución literaria de 1789”. En: El coloquio de los lectores, FCE, México, 2003, p. 187

[3] Benedetta Craveri. La cultura de la conversación. FCE, Buenos Aires, p. 438.

[4] Kant llevó al límite el valor de la lectura crítica al poner en el título de varias de sus obras este concepto: Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788), Crítica del juicio (1790).

[5] Citado por Rafael Gutiérrez Girardot. En: Provocaciones, Fundación Investigar-Fundación Nuestra América Mestiza, Bogotá, 1997, p. 25

[6] Citados por Patrick Charaudeau y Dominique Maingueneau. Diccionario de análisis del discurso. Buenos Aires: Amorrortu, 2005, p. 337.

[7] Umberto Eco. Los límites de la interpretación, Barcelona, Debolsillo, 2012, p. 53.

El niño que pasaba desapercibido cumplió seis años. Como los gatos, va para la segunda de sus siete vidas. Entrevista a Óscar Rodríguez

Por Carlos Sánchez Lozano. Enero 17 de 2016

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A Óscar Rodríguez lo conocí, creo, en 2008, en un taller de escritura en la Javeriana que dirigía Juan Manuel Silva. Yo hice una presentación breve sobre la industria editorial en Colombia y luego sobre la importancia de los libros de literatura infantil, pues en ese momento fungía de editor de LIJ en Ediciones SM Colombia y quería invitar a los noveles escritores de ficción a pensar en los niños. Uno de los asistentes que mostró interés fue Óscar. Hablamos puntualmente: lo invité a que participara en el Premio que organizaba la editorial en alianza con la Biblioteca Luis Ángel Arango. Cuál no sería mi sorpresa el día de la premiación al ver que Óscar estaba entre los invitados especiales y era uno de los finalistas con su libro “El niño que pasaba desapercibido”. Edité el libro en 2009, salió publicado en la prestigiosa colección El Barco de Vapor (azul) y puedo dar fe de cuán interés generó inmediatamente. En dos años pasó la barrera de los 5 mil ejemplares y tiene lectores –y seguidores- en Colombia y México. Miles de niños desapercibidos que sintieron identidad con el protagonista del relato. En homenaje a la felicidad que ha brindado Óscar a tantos lectores, va esta entrevista realizada por correo electrónico.

Han pasado seis años de la publicación de El niño que pasaba desapercibido (2009). Cómo te sientes de tener otro hijo –aparte de tus dos bellas hijas- con esa edad.

Oscar Rodriguez 2

Óscar Rodríguez, autor de «El niño que pasaba desapercibido».

Muy contento, la verdad. Es curioso pero cierto el símil sobre los hijos, porque cuando veo a mis hijas e identifico rasgos y actitudes mías. A veces pienso en que el día que muera mucho de mí seguirá viviendo en ellas. No sé si eso lo piensan todos los padres. Pero con el libro pasa algo similar. Uno queda ahí metido. El día que yo ya no esté, posiblemente alguien abra el libro y al leerlo me volverá a la vida.

Cuéntanos cómo fue el origen de El niño que pasaba desapercibido. La primera idea, su prescritura, los borradores, la versión que enviarías al I Concurso del Barco de Vapor – Biblioteca Luis Ángel Arango.

Bueno, esa es una historia que cuento con frecuencia porque muchos niños me lo preguntan. Mi hija mayor, Ana Canela, por esos días tenía cinco añitos y yo le leía cuentos para que se durmiera. Entonces una noche al preguntarle qué tipo de cuento quería que le leyera me dijo que quería un “cuento de boca”. Yo le pregunté ¿Qué es eso” y ella me respondió: “Uno que tú te inventes”. Me puso entre la espada y la pared y yo traté de recordar la época en que tenía su edad y lo único que se me ocurrió decir fue “esta es la historia de un niño que pasaba desapercibido” y ella me respondió “qué es eso” y me di cuenta que estaba perdido. Pero cuando expliqué que se trataba de un niño que nadie notaba y no le ponían atención, ella en lugar de sentir que era algo malo, le pareció genial. Y seguí: “…y como nadie notaba su presencia, un día decidió robar un banco…”, y ella saltó de emoción. Y por dentro yo me decía “¡Bruto! ¿qué valores le estoy enseñando?”, pero ella estaba encantada y pedía más, yo seguía inventando y ahora mismo no recuerdo como cerré la historia esa noche. A la noche siguiente, quiso que le repitiera la historia, pero ahora tenía montones de preguntas: ¿cómo se llamaba?, ¿ese niño tenía familia?, ¿porque no le ponían atención?, ¿qué hizo con la plata? Y así noche tras noche, hasta cuando me dije: “Si no escribo esto se me va al olvidar”, y ya no podía dejar que ese niño además de desapercibido cayera en el olvido. Y mientras lo escribía se lo iba leyendo y ella me decía cómo le parecía. Por eso siempre le he dicho que ella es la coautora.

Imagino que te emocionó mucho cuando te dijeron que eras finalista. ¿Qué opinaron los jurados sobre el libro?

Me llegó una invitación pero como era nuevo en esto, simplemente pensé que invitaban a todos los participantes. Pensaba que no tenía muchas posibilidades, porque ¿a quién se le ocurre poner una palabra como ‘desapercibido’ en el título de un libro para niños? Era como si lo hubiese llamado la desembocadura del acuífero o algo por el estilo. Pero cuando dijeron que había ocupado el segundo lugar y me hicieron pasar a hablar, no pude salir de mi asombro. Simplemente era imposible. Luego hubo una reunión con los representantes de la editorial y los jurados. Entendí que la decisión había estado reñida, pero para mí la sola posibilidad de ver editado el libro era mucho más de lo que nunca había esperado.

¿Cuándo viste el libro –con las ilustraciones de Sergio Camargo- qué pensaste?

niño escapando policia

Las ilustraciones son maravillosas, pero aunque los niños que salían allí no eran como yo los había imaginado muy rápidamente comprendí que esos dibujos representaban mucho mejor a Octavio que lo que lo había podido imaginar, especialmente la que escogimos para la carátula me parece una obra de arte magistral (ver biografía de Sergio Camargo aquí).

¿Cómo fue la primera vez que fuiste a un colegio a conversar con los niños sobre el libro?

Eso fue inolvidable, me llamaron para decirme que iban a inaugurar la biblioteca en el Agustiniano Norte y que me invitaban a dar una charla sobre el libro. Yo preparé una presentación de diapositivas pensando en una reunión con unos veinte niños dentro de una biblioteca oscura. Pero estaba equivocado, la reunión era en la cancha de basquetbol y estaba toda la primaria, calculo que unos custro cientos niños. Por supuesto fue imposible usar las diapositivas pues había mucha luz, entonces tome el micrófono y pregunté ¿a quién de aquí le gusta leer? y 350 niños alzaron la mano. Entonces dije: “Necesito aquí a un niño al que no le guste leer y en menos de diez segundos tenía una montaña de niños sobre mí”. Creo que nunca antes me había sentido tan emocionado. Cuando los profesores lograron estabilizar la situación leímos un rato charlamos sobre el libro y los niños también se divirtieron mucho. Luego de mi presentación, pasó el padre rector a hablarles de la biblioteca y de la importancia de los libros en la formación del conocimiento. Mientras yo arreglaba mis cosas para salir discretamente, él les estaba diciendo: “A ver ¿quién de ustedes es capaz de adivinar cómo se va a llamar la nueva biblioteca” y los niños en coro gritaron “¡¡¡Óscar Rodríguez!!!” y el padre dijo: “No. La biblioteca se llamará Santo Tomás de Aquino”. Y me sentí apenado con el padre rector por haberle alborotado la audiencia y con Santo Tomás por haberle robado su protagonismo esa mañana, pero se me dibujó una sonrisa que no me pude quitar sino después de varios días.

¿Cuál es la escena o el capítulo sobre el que más te preguntan los niños lectores?

comienzo capitulo 1

Comienzo del capítulo 1 de «El niño que pasaba desapercibido».

No es tanto una escena o un capítulo, lo niños siempre quieren saber cuál era la primera gran idea de Octavio (se puede leer acá). Todo comienza cuando Octavio tiene una gran idea y quiere comentársela a alguien y nadie le pone atención, entonces decide huir de su casa. Luego pasan tantas cosas y tiene tantas nuevas ideas buenas y malas, que cuando se da cuenta todos esperan que diga cuál es su gran idea y él se da cuenta que su gran idea no era tan grande como inicialmente pensaba y nunca la dice. Así que yo tampoco supe cuál era esa idea. Los niños no me creen que yo no sepa cuál es esa primera gran idea de Octavio, pero qué culpa tengo si tampoco a mí me la contó. O tal vez cuando lo hizo estaba pasando desapercibido y no le puse atención.

Alguna profesora te debe haber hecho un comentario particular sobre tu libro. ¿Cuál recuerdas en especial?

En general a las profes les encanta el libro porque dicen que es un texto que se deja trabajar y sobre todo porque logra entusiasmar a los niños. Pero en el fondo yo sé que ellas también a veces pasan desapercibidas y se sienten identificadas. A todos nos pasa.

Hablemos de la recepción del libro. Para comenzar, ¿cuántos –más o menos- encuentros has tenido con los niños desde que salió publicado el libro?

He hecho unas diez o doce visitas a colegios y unas seis o siete presentaciones en ferias de libro y otros eventos. Claro al principio mucho más y ahora más esporádicamente. Pero por ejemplo hay un colegio a donde he ido tres o cuatro veces porque cada año nuevos niños leen el libro y al firmar libros me han tocado libros con tres autógrafos para diferentes niños que se los pasan de un año a otro. Eso es muy emocionante porque significa que si cada libro vendido se lo han leído en promedio dos niños y se han vendido 22 mil significa que alrededor de 40 mil niños ya han leído la historia y si sólo el uno por ciento de ellos le toma amor a la lectura gracias a Octavio son 400 personas que ya nunca se sentirán solas mientras tengan acceso a la literatura. Son 400 vidas que pueden ser más felices. Eso lo deberían pensar todos los autores. Yo creo firmemente que la literatura nos hace la vida más llevadera cuando somos adultos y si esa experiencia comienza desde la niñez no solo estimula las competencias lectoras sino que impulsa la imaginación y la curiosidad pues cada frase que leen los llena de preguntas y muchas de esas tienen que contestárselas ellos mismos.

¿Cuál es la pregunta o el comentario que más te hacen?

La mayoría quieren contarme situaciones en las que sienten que pasan desapercibidos y siempre hay alguno que cuando le firmo el libro al final de la visita me dice que estuvo levantando la mano todo el tiempo y que yo no le di la palabra: “estuve pasando desapercibido todo el tiempo” y es lógico porque siempre son grupos de por lo menos cincuenta niños y todos alzan la mano. Algunos deben pasar desapercibidos, no hay solución.

Octavio, el protagonista de El niño que pasaba desapercibido, para probar que nadie le pone cuidado, roba el dinero de un banco y nadie se da cuenta. Con todo este asunto del discurso sobre valores en la literatura infantil, qué reacción tomas frente al tema.

niño robando banco

Si, la verdad eso fue un lío porque como adulto que escribe la historia yo quería una trama más políticamente correcta, pero tanto mi hija como el niño que tengo adentro insistían en que esa era la parte que más emocionaba del libro. De todas maneras al desenredarse el hilo afloran los valores de Octavio quien se da cuenta que los pequeños errores se pueden multiplicar y volverse grandes muy fácilmente y cada vez son más difíciles de corregir. Al final hace lo correcto pero el costo en angustias, miedos y peligros es bastante alto. Octavio va madurando lentamente a lo largo de las ochenta páginas del libro y demuestra que el valor de los valores no está en aprenderlos sino en entender su significado de una manera vivencial. La verdad es que robarse quinientos millones de un banco es mucho más fácil que devolverlos.

¿A los niños –y sobre todo las niñas- qué personaje del libro les encanta más?

octavio y corina

A los niños les gusta Octavio por las aventuras que vive y a las niñas les gusta Corina, la niña que Octavio conoce y para la cual no pasa desapercibido. A ellas les gusta Corina porque es responsable, racional y madura, pero también está dispuesta a aventurar para salvar a su papá de los líos en que lo metió Octavio. A las profesoras les gustan los papás de Octavio, que se llaman Maria María y Jose José, porque resulta una forma divertida de comenzar a hablar de las tildes.

Tienes un blog para dialogar con tus lectores sobre El niño desapercibido. ¿Cómo es tener un blog centrado en un libro?

En el blog cuelgo fotos de las visitas y los niños encuentran material para algunas de las tareas que les ponen con respecto al libro. Los comentarios son siempre muy alentadores y ha servido para que muchos padres me pregunten dónde comprar el libro y cosas por el estilo.

Los niños luego de leer el libro hacen cosas con él a partir del diálogo que han emprendido con el texto. Póster, dibujos… Imagino que El niño desapercibido debe generar mucha respuesta por parte de los niños que se sientan afines con lo que le pasa a Octavio.

Especialmente las profesoras los impulsan a hacer dibujos y escribir sobre sus propias experiencias. Algunas te tocan el corazón porque se nota que muchos niños sufren a partir de la indiferencia de sus padres y amigos. Muchas veces el silencio al interior del hogar, la falta de al menos una conversación ligera con sus padres sobre temas que para ellos son importantes o las preguntas sin respuesta, hacen que los niños se sientan solos. En ese tipo de ejercicios encuentran una oportunidad para expresar eso que ellos no saben porque los afecta tanto.

Óscar, seguramente muchos niños te lo han preguntado, ¿pero cómo eres tú, cómo te definirías?

Yo me defino como una persona inquieta, que le gusta aprender cosas nuevas cada día, que quiere aprovechar cada segundo de su vida y que se mete con ganas en cada nuevo tema que le entusiasma.

oscar rodriguez te cuento que

Óscar, tú eres economista full time. ¿Tienes pensado escribir otro libro para niños?

Tengo varios adelantados pero estoy en un momento en el que le he dado una pausa a la literatura en mi vida y posiblemente más adelante me anime a escribir de nuevo.

¿En qué países ha circulado el libro? ¿Te ha llegado algún comentario de un niño de otro país diferente a Colombia?

Sé que tiene una edición en México y se envían algunos ejemplares a España y otros países en donde está la editorial, pero nunca me ha llegado un comentario de otro país.

¿Cuál es el balance que haces luego de haber escrito El niño desapercibido?

El balance es que el libro ya tiene vida propia y es independiente de mí. Espero que siga gustando por muchos años, pues siempre habrá niños desapercibidos que se sentirán bien al leer la historia de un niño como ellos.

Una despedida para tus lectores…

Un abrazo muy grande para todos los que han disfrutado el libro y que no sufran cuando sienten que pasan desapercibidos. A veces pasar desapercibido es lo ideal.

NOTA: Los capítulos 1 y 2 de El niño que pasaba desapercibido, leídos por su autor Óscar Rodríguez, se pueden oír aquí:

https://on.soundcloud.com/1NaiA4Po5cke82oq6

https://on.soundcloud.com/LDSzPWf48bFdWvs89

Pedro Agustín Díaz, maestro en cuatro lecciones (1939-2015)

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Foto de Dabit León

Cuatro lecciones

Jorge Luis Borges, en un texto clásico escrito en 1959, en homenaje a Pedro Henríquez Ureña, dice:

Evidentemente, maestro no es quien enseña hechos aislados o quien se aplica a la tarea mnemónica de aprenderlos y repetirlos, ya que en tal caso una enciclopedia sería mejor maestro que un hombre. Maestro es quien enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo.

En breves minutos quisiera hablar del maestro, la clase de maestro, desde mi perspectiva, que fue Pedro Agustín Díaz Arenas. El maestro, como dice Borges de Pedro Henríquez Ureña, que “enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo”.

Como lo dijo mi amigo Mario Ramírez, en un café en el que rememoramos nuestros años de abogados fallidos, “tuvimos muchos profesores, pero poco maestros. Hay profesores que no son maestros –dijo Mario. Pedro Agustín en cambio fue primero profesor y luego nuestro maestro”. ¿Cómo era ese maestro? ¿Qué lo caracterizaba? ¿Qué lo hacía particular? ¿Cómo ayudó en nuestra formación? ¿Cómo gracias a su presencia sentimos que crecimos humanamente? Quisiera recordar puntualmente 4 enseñanzas que el maestro Pedro Agustín, en mi opinión, nos dejó.

Lección 1

Lo conocimos (con Mario, Luis Mendoza, Luis Guillermo Pérez, Marco Muñoz, entre otros) si mi memoria no falla, a finales de 1982 cuando, después de un largo y agobiante cierre, pudimos entrar a estudiar a la facultad de Derecho de la Universidad Nacional.

Pedro nos daba, en primer año de derecho, Ciencia Política e Ideas políticas. En aquellos años la UN –la facultad de Derecho al menos- estaba literalmente arrasada. Nuestro romanticismo juvenil –marcado por la sorpresa y lo inédito de la situación- se exaltaba el estar en esas aulas. Pero a distancia, con mayor criterio, podemos decir que estar allí, en verdad, tenía su lado anacrónico, pues el ambiente era de ruina (material y espiritual). El edificio casi se había venido abajo (el auditorio y la biblioteca no funcionaban pues la humedad había logrado que los techos y paredes colapsaran). Las aulas con lámparas dañadas, de paredes descoloridas y goteras por las que se filtraba el agua en época de lluvia, imitaban –feamente- las de las facultades de derecho europeas de los años 20 con salones grandes de pupitres uniformes de pared a pared, organizados de forma perpendicular, en los que al fondo, en el foso, estaba el pupitre del profesor. El salón estaba organizado, pues, de modo que todos miráramos obligatoriamente hacía allí, el centro del saber, el profesor. En aquel primer encuentro, 60 estudiantes tímidos de diferentes regiones de Colombia estábamos en presencia de un hombre grueso, vestido de modo excéntrico y en el que destacaban sus gafas de carey y el acento santandereano marcado por los dejos de mando y énfasis.

Empezó a hablar y a los pocos minutos ya nos tenía hipnotizados. Fue la primera vez que oí la expresión “Tercer Mundo”. En efecto, y este es el primer atributo que tenía Pedro Agustín como maestro, nos presentaba un tema inédito y lo hacía de un modo soberbio, mezcla de rigor académico y conocimientos adquiridos durante su doctorado en Francia, pero también lo hacía con humor, pues a Pedro le fascinaban las anécdotas. Fue él el primero profesor que me dio como respuesta una sonora carcajada a alguna pendejada que pregunté en clase y al que oí usar refranes santandereanos para comparar los hechos de la vida política nacional. Sagaz para desentrañar la hipocresía del poder, crítico con las teorías del imperialismo y la dominación, rápidamente logró que varios de los estudiantes militáramos en su causa y aceptáramos su tutela sobre nosotros. Oírlo en clase era maravilloso: el grito, la risa, el chascarrillo, la imprudencia –como lo ha recordado Luis Mendoza sobre el maestro Pedro Agustín Díaz– con sus “Jodas” y “Juepuercas”. Es decir, nos enseñaba “un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario y universo”.

pedro estado y tercer mundo

Lección 2

En 1983, en segundo año de derecho, organizó un seminario sobre Imperialismo y América Latina y un grupo de 12 estudiantes (ver foto) ya lo acompañábamos los jueves en la tarde. Pedro, entonces, nos daba la segunda lección de maestro. Rápidamente nos involucró en un tema de actualidad y nos enseñó a investigar. A mediados de 1983 el gobierno reaccionario de Reagan invadió una pequeña isla caribeña de 100 mil habitantes, Granada, con la intención de mandar una advertencia: cualquier intento de renovación político no autorizado por el imperio sería destruido. Los Estados Unidos –el tío Sam como lo representaban las caricaturas de la época- pisaba nuevamente a Nuestra América. Pedro nos invitó a escribir un texto sobre el tema, y creo que todos nos animamos. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Yo, al menos, sentí que era una tarea casi imposible. No sabía escribir académicamente. Hacía largas y enfurecidas parrafadas, llenas de injurias y expresaba la rabia de ser “latinoamericano” y “oprimido”. Pero al releerme, con honestidad, sentía que no había nada de valor en esas páginas. Me daban ganas de llorar por la frustración.

pedro a grupo ciencia politica 1983.png

estudiantes

Pedro Agustín, con paciencia de maestro de escuela, tomaba un esfero e iba señalando y rayando lo que yo había escrito. “Ponga esto, por qué no investiga sobre aquello. Hágale, hágale, juepuerca, que esto es para hoy”. Yo leía su libro clásico, magisterial, Estado y Tercer Mundo, y admiraba aquella prosa rica en ideas, clasificaciones, conceptos. ¿Podría escribir yo alguna vez así? A Pedro Agustín le debo haber aprendido a ordenar la mente –quiero insistir en esto: ordenar la mente-, pasar del caos a cierto orden en la interpretación. A someter la subjetividad, estar atento a los lugares comunes y neutralizarlos, a investigar, cotejar, releer, reescribir. Tremendo aprendizaje hermenéutico este, cuando las palabras al fin se medio empiezan a ordenar en nuestras cabezas de jóvenes de 20 años. Maravillado miraba mi nombre y el de mis amigos, varios de ellos aquí presentes, cuando finalmente publicamos en el Magazín Dominical del diario El Espectador el resumen de la investigación sobre la invasión a Granada, nuestro primer texto universitario formal al lado de la firma de nuestro querido maestro.

Lección 3

Luego, hacia 1985, Pedro nos invitó a un grupo de estudiantes a participar en un proyecto en homenaje a la Constitución de 1886, que el siguiente año cumpliría 100 años de vigencia. Era un proyecto que pagaba el Banco de la República. Pedro Agustín daba muestra, entonces, de su generosidad y nos enseñaba su tercera lección: los maestros se vuelven amigos de sus estudiantes y los ayudan a ser autónomos –y de paso a conseguir trabajo. Pedro nos cuidaba y trataba de que siguiéramos en la facultad de Derecho cuando aumentaban ya nuestras reticencias (las de Luis, Mario y yo) a continuar estudiando allí. El maestro –y en eso era sabio- nos lanzaba al mundo y nos pedía que ganáramos nuestro propio espacio intelectual y profesional y decidiéramos qué queríamos hacer. Aquel trabajo lo terminamos agobiados pues, como nos lo enseñó Pedro Agustín, la Constitución del 86 era el símbolo del país más retardatario. En aquellos años el primer paramilitarismo, el narcotráfico, el rearme de las guerrillas revolucionarias daban muestras de que el país del artículo 120 y sus leyes de excepción, estaba mandado a revisar, como se apreció con la expedición de la nueva Constitución en 1991.

Después de mi retiro de la Universidad a finales de 1987, no volví a ver a Pedro Agustín. Sentí que lo había defraudado. No me convertiría en el abogado crítico y estudioso de los imperialismos contemporáneos. Yo, decepcionado de tantas cosas que había vivido en la Universidad Nacional- había tomado otro rumbo, de editor de libros y de profesor de lenguaje y literatura en colegios.

Lección 4

En 1993 me lo encontré en el centro de Bogotá, cerca al edificio de Avianca. Nos saludamos con afecto y luego nos tomamos un café. Me contó –oh para sorpresa mía- que había decidido ser novelista y que quería que yo lo aconsejara sobre qué debía leer. Se reía, con su risa estruendosa. “Este país no aguanta más pingos estudios académicos. Este país hay que volverlo a contar”, concluyó antes de irse.

Con Pedro Agustin en el Caney Comunero a

pie de foto 2

Puede ser que –sin saberlo- empezara a iluminar su idea de hacer un pequeño museo, en homenaje a la revolución encabezada por José Antonio Galán en 1781. Pedro se fue con su esposa Isobel a trabajar a Emiratos Árabes, vivió en Inglaterra, y solo hasta 2009, gracias a Luis Mendoza creo, me enteré de que estaba en plena construcción del Caney Comunero en Barichara. A este proyecto final de su vida Pedro dedicó por lo menos 10 años y sus ahorros como pensionado. De ese modo nos daba su cuarta lección: antes de morir hay que volver a la tierra que nos vio nacer, reivindicarla, luchar contra el olvido que impone el tiempo de los ciegos. Impulsar un último acto revolucionario: hacer de la memoria el presente.

En su emotivo y sincero prólogo a la segunda edición de Estado y Tercer Mundo (1991) Pedro Agustín escribe:

El lector descubrirá en esta obra… que el espíritu díscolo ha hecho del autor un jurista impuro ante los cánones de la ciencia kelseniana, un relector a la luz de la teología ritualista, un revisionista para las ortodoxias marxistas, un subjetivista frente a la sociología gringa, tan desinteresada y neutral. Buscando una identidad personal que prevenga al lector, tal vez podría repetir con Machado:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Bueno, modesto, generoso, atravesado, un vivo ejemplo de lo mejor y más revolucionario que puede dar Colombia. Adiós querido maestro Pedro Agustín.

Carlos Sánchez Lozano (cslozano@gmail.com)

Bogotá, café Abasto, 9 de enero de 2016. Agradecimiento a nuestros queridos y pacientes oyentes, conocedores también de la figura del maestro: Blanca, Deyanira, Bibiana y Favián.

Nota: Pedro Agustín Díaz falleció en su casa de Barichara el 23 de diciembre de 2015.