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Trazos de una Bogotá perenne

Por Carlos Sánchez Lozano

Mayo 26 de 2015

Yo nací en la Bogotá de 1964, y mis primeros recuerdos se pueden resumir en unos versos de Aurelio Arturo:

Un largo, un oscuro salón rumoroso

cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica.

Iglesia en el Barrio Modelo Norte, de Bogotá. Allí asistía  a misa con mi madre y hermanos los domingos a las 6 pm. Foto tomada de http://bit.ly/1Knyzpl

Iglesia en el Barrio Modelo Norte, de Bogotá. Allí asistía a misa con mi madre y hermanos los domingos a las 6 pm. Foto tomada de http://bit.ly/1Knyzpl

El barrio en que viví los primeros años, San Fernando, colindante con el Simón Bolívar, el hospital Lorencita Villegas y el acomodado barrio Modelo Norte, no aparece en ningún libro literario que recuerde. Me veo niño asistiendo a la humilde escuela con nombre de héroe nacional, Camilo Torres, tomado de la mano de Doris, la niña de los cachumbos, la primera niña que amé, que me protegió y me enseñó lo que es la belleza femenina.

Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue…

Dejemos al amor y vamos con la pena,

Y abracemos la vida con ansiedad serena,

Y lloremos un poco por lo que tanto fue…

(León de Greiff, Rondeles, IV)

San Fernando era un barrio duro. Habíamos llegado allí con mis padres, mi hermana y mi hermano menor luego de vivir los primeros años en un barrio del centro de la ciudad. Mi padre, un abogado en franca decadencia y ya en el pozo sin fondo del alcoholismo, había sido capaz de llevar a mi madre allí. En un inquilinato, mientras jugaba con otros niños, me quemé. Un niño me empujó y caí sobre una olla de agua hirviendo que se calentaba en un reverbero eléctrico.

Acerca del dolor jamás se equivocaron
los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
mientras alguno cena o abre la ventana
o nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el milagroso Nacimiento, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando en el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones,
donde viven los perros su perra vida
y la yegua del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

(W. H. Auden. Traducción de José Emilio Pacheco)

Debido a la precaria situación económica que vivíamos a finales de los años 60, otra mujer que tenía mi padre, Leonor, me cuidó. Ella tenía un perro, alto, que ladraba duro a los que se me acercaban. Se llamaba Príncipe. Leonor era puta y tenía un café de putas, que luego de que yo llegué, ella cerró. El único cliente, entonces, era mi padre, que acosaba a Leonor con sus requerimientos sexuales –oía su gemidito de perro mientras ella intentaba que eyaculara pronto, visto que el niño –yo- estaba despierto y ella consideraba incorrecta la situación. Para el abogado ahíto de alcohol aquello no era problema. Leonor no había terminado su primaria y sabía más de la vida que todos los abogados juntos del famoso Externado de Colombia donde estudió mi padre. Por lo menos durante un año, ella fue mi “mamá”. Muchos años después fui a buscar su tumba en el Cementerio Central, pero no la encontré. En los registros del Cementerio aparecía que algún familiar, luego de cinco años, había sacado sus restos. Una de las múltiples formas como Leonor me demostraba su amor era llevándome a pasear por Bogotá (ahora ya de 50 años hago lo mismo que ella me enseñó: tomar un bus al azar y bajarme en un lugar desconocido, recorrerlo, apropiármelo). A Leonor le debo mi amor por el cine y todo el rito que lo rodea (ver la nota publicitaria en el periódico, llevar los dulces, tomar luego un café). Ella me llevó a ver en un teatro de la Carrera 10 con Calle 5ª “El niño y el toro”. Luego -cada miércoles en la tarde y sábados de matiné-, todas las películas de vaqueros que a juntos nos fascinaban. La mano de Leonor, su chal negro, inolvidables. Yo fui el hijo que no pudo tener. Ella era campesina, nativa de un pueblo tolimense, Tocaima. Me compraba helado, me llevaba a caminar por parques, me hablaba. No recuerdo su rostro, no recuerdo su voz. Recuerdo su aliento cuando me hablaba a la cara. Leonor: tú eres mi María Virgen.

Amada, en esta noche tú te has crucificado

sobre los dos maderos curvados de mi beso;

y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,

y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

César Vallejo, “El poeta a su amada”

calle 6a-cra.5a

La calle Sexta, entre carreras 7a hasta la Avenida Caracas, fue un recorrido habitual que tuvimos con Leonor. A veces caminábamos hacia las Cruces -donde tomábamos masato- o íbamos en sentido contrario hacia la Plaza de Bolívar, que me daba miedo por las palomas. Foto del autor.

En San Fernando, como el Édgar Piedrahíta de la pandilla La Tropa Brava, de El atravesado de Andrés Caicedo, me formé para pelear y sobrevivir en medio de la pobreza. Cuando hablábamos con los otros niños (Carbonero, Nené, Borracho, Toño, Caballito) debíamos decir muchas veces puta o malparido, o maricón, o atanaire, palabras que cuando mi madre oía en mi boca, me restregaba con un manazo seco, que una vez me hizo sangrar los dientes.

No era bueno en los juegos, tal vez en el fútbol no era tan malo, pero mi hermano menor pronto brilló como un excelente delantero. Yo mero lateral izquierdo en el San Fernando Club de microfútbol patrocinado por Bavaria-, fui sustituido por él y entonces lo odié.

Y la ciudad, ahora, es como un plano

de mis humillaciones y fracasos…

Jorge Luis Borges. “Buenos Aires”

Siempre he vuelto al centro de Bogotá porque allí pasaron muchas cosas que tuvieron significado para mí. Cuando hablo del centro me refiero sobre todo a La Candelaria y ciertos bares cercanos a la calle 19, entre la 4ª y la Caracas, como Quiebracanto o el Goce Pagano, en los que viví momentos especiales, algunos dramáticos. Encontrarme con poetas, pintores, músicos y a veces con gente marginal, frustrados rabiosos, me enseñó mucho. Fue en el Goce Pagano donde tuve les goces de la salsa y de la marihuana con Guillermo González Uribe, Mateo Cardona, Juan Guillermo Gómez, varias bellas. Allí fui el consentido de una mesera linda con la que me di besos y hablé mucho.

El Goce Pagano (calle 24 con carrera 13), con su nombre de aires de pecado, fue un lugar de encuentro y diálogo con amigos. Allí en 1987 (el lugar no estaba tan deteriorado) solía encontrar a mi profesor Rubén Jaramillo Vélez y conversábamos con el dueño del bar, Gustavo Bustamante, quien también editaba una colección de libros:

El Goce Pagano (calle 24 con carrera 13), con su nombre de aires de pecado, fue un lugar de rumba, encuentro y diálogo con amigos. Allí en 1987 (el lugar no estaba tan deteriorado) solía encontrar a mi profesor Rubén Jaramillo Vélez y conversábamos con el dueño del bar, Gustavo Bustamante, quien también editaba una colección de libros: «Los Papeles del Goce».

También cuando estudié en la Universidad Distrital, en la sede la Macarena, rondaba la Avenida Jiménez con 7ª a altas horas de la noche con mis amigos Julio Acevedo y el querido negro Gildardo Moreno. Sentados los tres alrededor de una mesa en el Saint Moritz, que tenía una máquina italiana para hacer capuchinos deliciosos, mientras evocábamos:

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío

llenas de gente como árboles

batidos por oscura batahola…

Rogelio Echavarría, “El transeúnte”.

El Café San Moritz (ubicado en un callejuela al norte de la Iglesia de San Francisco) vendía un capuchino exquisito... ¡a la 1 de la mañana! Foto del autor.

El Café San Moritz (ubicado en un callejuela al norte de la Iglesia de San Francisco) vendía un capuchino exquisito… ¡a la 1 de la mañana! Foto del autor.

Cada lugar con un eco especial: El Campín de los años 70, al que asistía a ver a mi adorado Millonarios con la tripleta Alejandro Brand, Willington Ortiz y Jaime Morón. La Biblioteca Luis Ángel Arango y sus largas filas para ingresar a resolver una tarea. A veces había una buena conversadora o conversador que aliviaba la tardanza en entrar a la sala general, espera que podía ser de hasta cuatro horas. Luego consultaba en las cajillas las fichas bibliográficas de papel escrito con máquina Remington, y allí pude encontrar el libro que había soñado leer.

Lugares nuevos no hallarás, no hallarás otros mares.

La ciudad irá tras de ti. En sus calles pasearás,

Las mismas, y en los mismos barrios envejecerás,

Se te verá en estas casas acabarte.

Y siempre llegarás a esta ciudad…

  1. P Cavafis. “La ciudad”. (Traducción de Anna Pothitou y Rafael Herrera)

Inolvidable la larga fila (de hasta 4 horas) que a mediados de los años 80 del siglo pasado debía hacer para ingresar a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Allí leí mi primer Flaubert.

Inolvidable la larga fila (de hasta 4 horas) que a mediados de los años 80 del siglo pasado debía hacer para ingresar a la Biblioteca Luis Ángel Arango. Allí leí mi primer Flaubert.

Cuando salgo de Bogotá, lo que más deseo es volver a ella. Útero, Pasado, Fosa, Eco, Río, Libro. Como dice mi amigo Mario Ramírez, sus montañas al oriente me dan seguridad de estar en un lugar conocido. Siento que el niño que fue Carlos Sánchez Lozano, asustadizo y lleno de preguntas, tiene aquí un hogar donde hay respuestas. Aquí está la mano que amo.

Mayo de 2015

Bogotá en «Sueños intactos» de Julia Mercedes Castilla. 20 preguntas

Por Carlos Sánchez Lozano – 22 de mayo de 2015

Recuerdos de Bogotá en la memoria de la escritora

Julia Mercedes Castilla. Foto cedida por la autora.

Julia Mercedes Castilla. Foto cedida por la autora.

Julia Mercedes, tú eres bogotana. ¿En qué hospital naciste? ¿Cuál fue el barrio de tus primeros años y luego el de tu adolescencia?

Nací en Bogotá en la Clínica de Marly. Cuando niña viví en Chapinero. Pasé la adolescencia en el área del Campín y en la Avenida de Chile.

¿Cuál es tu primer recuerdo de la ciudad, el momento en que dijiste: “Vivo en un lugar particular?

Sabía que vivía en Bogotá porque me lo decía los adultos. Mi primer recuerdo fue de la casa de Chapinero frente al parque.

¿Cómo comparas esa Bogotá con la que recuperas cuando vienes de paso por la ciudad?

Bogotá es una ciudad muy distinta a la que dejé hace varios años, es el doble de grande con una población inmensa. Hay muchos lugares que no reconozco.

A pesar de vivir en los Estados Unidos, Bogotá está de varios modos en tus libros. ¿Cuál es el significado de esta ciudad para ti?

Los primeros años en la vida de una persona son los más importantes, marcando al individuo para siempre. Las personas que veía en mi camino al colegio o a otros lugares quedaron grabadas en mi mente, como los niños de la calle, los pordioseros y otros personajes. Todas estas vivencias se reflejan en mis libros.

¿Qué lugares de Bogotá te marcaron?

Los lugares por los que transité en mi adolescencia fueron La Avenida de Chile y Chapinero. Estos sitios me traen gratos recuerdos.

¿Tenías una librería o un lugar donde comprabas los libros? ¿Lo recuerdas? ¿Había un café donde te gustara leer o encontrarte con amigos a hablar de literatura?

La Librería Nacional. Por lo general la familia me regalaba libros. Mi tío, Alfonso Palacio Rudas, a veces me prestaba uno que otro libro. Por un tiempo pertenecí a un grupo de escritores, los que se reunían cada mes.

Bogotá, desde la llegada del español Jiménez de Quesada, fue una ciudad clasista, racista incluso. ¿Cuál fue tu respuesta cuando lo percibiste?

Sí, en realidad Bogotá fue una ciudad clasista. No me di cuenta de que también era racista hasta que llegué a los Estados Unidos. La clase alta siempre ha discriminado ha los que considera ignorantes y diferentes.

Julia Mercedes habla sobre Sueños intactos

sueños intactos caratula

Hablemos de Sueños intactos. El título de la novela nos parece sintetiza muy bien la trama con la que se encontrará el lector. ¿Cuándo fue el momento en que se te hizo claro que querías escribir este libro?

Me di cuenta que había poca literatura para jóvenes relacionada con la décadas de los 40, 50, y 60. Investigué estos años cuidadosamente. Durante este tiempo las culturas venían de las costumbres impuestas por los españoles desde la colonización. En la actualidad las comunicaciones y la tecnología llevan a igualar la vida de la juventud en muchos países.

El personaje de Paula es bellísimo. La adolescencia en flor, pero también la clara conciencia de que el amor no puede volverse una cárcel… Este mensaje me parece clave en una sociedad marcadamente machista como es –o era- la bogotana.

Creo que Paula representa una sociedad machista en la que ella se desenvuelve de acuerdo con lo que le enseñaron y a su conciencia.

¿Qué lugar ocupa este libro entre el corpus de tu obra? ¿En qué sientes haber avanzado como narradora?

Este libro tiene un lugar muy especial dentro de mi obra. Aunque es diferente a mis otros libros, conlleva el realismo cultural de la época dentro de cierto nivel social. Espero haber avanzado como narradora.

Seis años después de publicada la novela, cómo percibes ha sido la reacción de los lectores, y sobre todo de las lectoras…

A la novela parece haberle ido muy bien. Ha gustado mucho, inclusive es popular en adultos, tal vez les trae recuerdos. Claro que no he tenido la oportunidad de hablar con muchas personas, lo que es difícil viviendo lejos.

Algunos lectores han creído ver rasgos autobiográficos tuyos en la Paula de Sueños intactos. ¿Qué hay de Julia Mercedes en Paula?

Es posible que algunos rasgos míos se hayan adentrado en Paula. Creo que es normal pues todos hemos sido adolescentes.

Paula se enamora en Bogotá

sueños intactos paula

Varios lectores de Sueños intactos queremos hacer un mapa con fotos de los lugares en Bogotá donde estuvo Paula Sanz, protagonista de la novela. Te agradeceremos nos des pistas de los sitios reales que tal vez tenías en mente cuando escribiste la obra.

El barrio en el que vivía.

Para la época sería Chapinero.

El colegio donde hizo su bachillerato

La Presentación.

La casa de la primera fiesta de Paula y en la que conoció a Juan, su primer novio.

En el área de Chapinero.

La Iglesia y el cine donde se veía a escondidas con Juan

El María Luisa – Nuestra Señora de Lourdes.

El club campestre donde iba los domingos con sus padres y hermanos.

Los Lagartos.

La cafetería en que se encuentra alguna vez con Juan.

En el Ley.

El teatro en el que se celebra el cierre del año escolar y donde Paula participa en un baile.

Teatro Colombia

«Sueños intactos», novela para hacer memoria de la Bogotá que fue

Por Carlos Sánchez Lozano – 21 de mayo de 2015

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Sueños intactos es una novela escrita por Julia Mercedes Castilla y publicada en 2009 en Bogotá por Ediciones SM. Por la colección en que se encuentra la obra –Barco de Vapor rojo- y su extensión (216 páginas), considero que los lectores destinatarios principales del libro son jóvenes, y yo creería que fundamentalmente chicas que la leerán de un solo tirón. Es un texto de ficción con base histórica, autobiográfica, pero sobre todo es una encantadora novela de amor juvenil.

La novela narra en primera persona la historia de Paula Sánz, una niña de la alta sociedad bogotana de los años 50 del siglo pasado, desde el momento en que está dejando de ser una niña y se convierte en adolescente. El relato jalona desde el comienzo.

¿Un hombre, un caballo, tal vez un pájaro? Las nubes van y vienen. Forman figuras que se alargan y encogen, separándose en fascinantes imágenes que mi mente convierte en hombres y animales mientras sueño con un mundo que no alcanzo a precisar.

Algo dentro de mí me hace sentir extraña. Algunas veces lloro sin razón, otras me río. Según mamá, la melancolía me acompaña la mayoría del tiempo. Me he vuelto temperamental e irritable. A veces ni yo misma me aguanto.

«Esta niña es la adolescencia en su máximo esplendor», dice mamá cada vez que me ve taciturna.

Mi romanticismo se agudiza cuando estoy en la hacienda. El campo, su follaje y colorido exuberante, los campesinos, los animales y el paisaje, penetran en el interior de mi ser mientras vuelo hacia las nubes que escapan en rápida carrera hacia el horizonte. Esta última frase la leí en alguna parte. Me encanta añadir frases poéticas que he leído en algún libro y convertirlas en mi propia creación. La lectura es una de mis pasiones.

«Paula, el almuerzo está servido». La voz aguda de Lucita, mi hermana menor, llama con desgano.

Yo continúo embelesada, con los ojos fijos en las alturas de las que no quiero descender.

Dividida en 20 capítulos (en promedio de 10 páginas) los títulos de cada uno anuncia la principal escena o episodio que sucederá.

indice sueños intactos

Podemos dividir la obra en 4 grandes momentos: 1) el paso de niña a preadolescente de Paula que finaliza con la asistencia a su primera fiesta (capítulos 1 al 5), el surgir del primer amor con Juan y la oposición de sus padres (capítulos 8 a 14), la celebración de los 15 años de Paula y el periodo de estabilidad del romance (capítulos 15 a 19) y la decisión de Paula de romper la relación y continuar sus estudios (capítulo 20).

Un capítulo con un flashback es el 10 (“La revolución”) que recuerda el momento dramático en que Paula, su padre y su abuela María, quedan en la mitad del tiroteo y de los incendios que vivió Bogotá el 9 de abril de 1948 luego del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán.

El 9 de abril de 1948,

El 9 de abril de 1948, «El Bogotazo». Foto de Saddy González. Tomada de http://bit.ly/1PzjSpS

“Todo pasa rápido” (el capítulo final) es vibrante y de gran dulzura. Paula ha terminado su bachillerato y ha tomado la firme decisión de ser universitaria y escritora al tiempo que ha resuelto romper con su primer novio. Parecerá normal hoy a las lectores que sea así, pero hay que recordar que en la Bogotá de los años 50 del siglo pasado persistían diversas exclusiones contra la mujer, una de ella la académica: todavía no podían acceder de modo masivo a la universidad y era poco “bien visto” que una joven anunciara públicamente que su identidad en adelante sería la de intelectual y que escribiría historias de ficción, una profesión que socialmente era valorada para “morirse de hambre”. En el diálogo de despedida con su novio le dice:

sueños intactos escena despedida

«Como quisiera que entendieras. No sabes lo duro que es esto para mí. Lo que trato de decir no es que terminemos; solo que nos dejemos de ver por un tiempo. Yo sé que nuestro amor sobrevivirá. Si realmente nos queremos el sentimiento no cambiará en un par de años. Necesito creer que así será».

Dejo de hablar. Se me acaban las. palabras. Tengo la impresión de que el mundo se inmoviliza. El silencio es agobiante. Continuamos caminando.

Nos miramos a los ojos. Veo resentimiento y dolor en los de Juan. Me ahogo en una horrible angustia. ¿Estaré haciendo lo correcto? No ver a Juan por largo tiempo, o tal vez nunca. Va a ser más duro de lo que imaginé.

«Si es eso lo que quieres, así será», dice sin mirarme.

«Es lo que debemos hacer. Hasta pronto, Juan. Te quiero». Con lágrimas en los ojos y el corazón encogido me alejo del muchacho que amo con todo el corazón.

Sueños intactos recupera históricamente también la Bogotá de la época. Para los que somos cincuentones aquella ciudad (clasista, racista, fea, sin vida cultural) nos es familiar. Paula Sánz, la protagonista de la novela, nos ayuda mucho a recorrer esa ciudad con ella: el Parque Nacional, la carrera 7ª entre calles 13 y 6ª, la Avenida Chile, el Colegio San Bartolomé de la Merced, el Chapinero de la Plaza de Lourdes. De cómo fue esa ciudad que ya no es, nos hablará Julia Mercedes en una entrevista que publicaremos en otro post.

Julia Mercedes Castilla. Foto tomada de su página oficial: http://bit.ly/1EmlbwJ

Julia Mercedes Castilla. Foto tomada de su página oficial: http://bit.ly/1EmlbwJ

La autora de Sueños intactos, Julia Mercedes Castilla lleva escribiendo más de 30 años. Los libros que le dieron reconocimiento literario en Colombia y entre la comunidad hispana de los Estados Unidos fueron Aventuras de un niño de la calle (1990) y Emilio (1997), editados en Torre de Papel, la clásica colección de literatura infantil de Editorial Norma, dirigida tan atinadamente en los años 90 del siglo pasado por María Candelaria Posada. Julia Mercedes ha escrito la mayoría de sus libros más logrados en los Estados Unidos, en Houston, Texas, donde vive con su esposo y sus tres hijos, si bien su lente ha estado enfocada a retratar personajes latinoamericanos, la mayoría niños o jóvenes que sufren pobreza, maltratos en la niñez, desplazamiento forzado, pérdida de la tierra y exclusiones de todo tipo. Ha publicado en Colombia también con Panamericana Editorial, (Luisa viaja en tren). En otro post hablaremos más despacio de la biografía de Julia Mercedes gracias a una entrevista que amablemente nos ha dado.

julia mercedes perfil biografico

Nota personal

Tuve el privilegio de ser el editor de Sueños intactos, en los años en que fui editor de literatura infantil en Ediciones SM Colombia. Julia Mercedes es una autora profesional, gran lectora, mesurada y crítica, y con mucha fe en los efectos que causa su escritura en los lectores. Estuvo muy atenta a las sugerencias de ajustes en la obra lo que da idea del valor que adjudica al papel del editor dentro del proceso de elaboración del libro. Pudimos hacer un trabajo sobre el manuscrito que no pasó de un mes. John Joven, bajo la dirección de Rocío Duque, hizo una ilustración de carátula que nos encantó. Un jovencito (Juan), delgado y de unos 20 años, vestido con gabán de la época y corbata, con cara de perplejidad, observa como huye la amada Paula, quien luce un bello vestido verde con un cinturón de tela naranja, mientras se cubre la cabeza con una pañoleta también de color verde. De fondo, una bella casa de corte inglés, como las que se encuentran en el barrio Quinta Camacho o cerca al Parque Nacional, en Bogotá. Una franja azul-gris con lluvia cruza al personaje de Paula, lo que anuncia el dolor que ella siente por el final del noviazgo.

No tengo datos sobre sus ventas, pero la novela ya en 2011 iba por su segunda reimpresión (además circulaba en varios países como México, Argentina, Estados Unidos), lo que es indicio de que en 5 años que lleva en circulación, puede haber alcanzado los 5 mil ejemplares.

Esta novela, con todos los ecos de nostalgia que suscita de la Bogotá de mediados del siglo pasado, me recuerda los bellos versos de Álvaro Mutis en “Amén” (1964):

Álvaro Mutis en Turín, Italia en 1987. Foto tomada de  http://bit.ly/1PzbTJq

Álvaro Mutis en Turín, Italia en 1987. Foto tomada de http://bit.ly/1PzbTJq

Que te acoja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno de una furiosa adolescencia,

al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.